Eli Terat, revisionario histórico de la Universidad de Machacuttex, no deja de asombrarnos, de causar re-vuelo.
Autor de una verdadera ordalía de concatenaciones astronómico filosóficas, primera novela finalista del concurso Comilla's ("Una verdadera ordalía de concatenaciones astronómico filosóficas" es hoy un libro de culto entre inspectores portuarios de aduana), se convirtió en el primer intelectual con un único implante de silicona en la sien izquierda.
En 1987 saltó a la fama con su "Epistemología Amatoria", tesis de doctorado en la que articulaba una "genealogía de las religiones" con una "arqueología de los enamoramientos" inspirado en la noción de Haeckel de que la ontogenia espeja la filogenia. Productores de películas determinadas/deacabadas (o según otra traducción "condicionadas") le compraron por cinco mil dólares canadienses los derechos de la idea de que nos enamoramos al principio de una pura "formalidad" (el ejemplo escogido era la esclava Briseida, la de las rosadas mejillas, que hace algún tiempo nadie viera empíricamente). Este vacío que espera ser llenado se ve a veces traccionado por las convergentes flechas de piernas chuecas u ojos bizcos que operan como "convocatorias universales".
Ahora, en 2009, su nuevo trabajo "Adiós, admirador" releva algunos aspectos hasta ahora ignorados del histórico desembarco que tuviera lugar el 20 de julio de 1969 (en la luna).
Para ello tuvo acceso al diario de Neil Armstrong, gracias a la gentileza de su viuda, María Conchita Armstrong quien financiara las investigaciones que aparecen en el libro "Adiós, admirador" con la fortuna de la Fundación Armstrong que el astronauta recibiera en concepto de "viáticos" y le legara antes de morir por un tecnicismo en la letra y no en el espíritu de la ley, ya que rezaba que todo pasaría a propiedad de ella "cuando yo, Neil Armstrong, abandone este mundo".
El despegue desde Cabo Cañaveral significó la inmediata transferencia de los denominados "gastos de envío" al patrimonio de María Conchita Armstrong, quien se moviera con discreción en lo sucesivo contando con la distracción tradicional de su consorte "siempre en la luna".
"Adiós admirador" es un libro que admite más de una lectura. Desde que uno lo tiene en sus manos la Fundación Conchita (ex Armstrong) no admite devoluciones y entonces se impone perentorio el leerlo dos, tres, cuatro y hasta cinco veces en la esperanza de comprender.
La primera parte, "Nuestro Adán occidental", de un biografismo innecesario, es como si nos dijeran con qué presión arterial escribió Borges "El Aleph".

La segunda parte, plagada de datos fácticos milimétricamente físicos, dota de cientificidad a conceptos e inferencias abductivas que bajo el modelo de otras estructuras representacionales correrían el riesgo de parecer arbitrarias, caprichosas, subjetivas y hasta ¿por qué no? alucinatorias.
(por ejemplo la frase "entre Alejandro Lerner y un gato hidráulico media la exacta distancia que existe entre los polisacáridos de Houseman y el retorno empírico deletreado por una húngara anoréxica mientras pasan highlihts de Isabel Sarli remasterizadas")
Eli Terat, que ya nos había asombrado con su reconceptualización de los virajes radicales (en palabras de Carl Sogan "un giro copernicano en lo que a giros copernicanos hace"), emerge en el tercer apartado con una revelación ominosa.
Neil Armstrong estuvo a punto de llevarse este secreto a su tumba, pero al volver el 27 de noviembre de 1978 beodo de una reunión de ex alumnos del Trinity Household's Threeasholeschool anota: "Fui el alma de la fiesta porque quise llamar la atención de Sheila, que le hace el culo a María Conchita, aunque desde luego preferiría hacérselo yo. Fui el alma de la fiesta porque ella era la fiesta del cuerpo. Desesperado, tuve que contar el secreto".
Tras una innecesaria serie de comentarios que Terat perfectamente podría haberse ahorrado porque no es la función de un divulgador científico la de rodearse de un áura de misterio cual película policial, viene a saberse que el "secreto" de Neil Armostrong es haber vislumbrado unas inscripciones negras en el borde de un crater lunar, harto más inteligibles que las míticas líneas de Nazca que recientemente confundiera Maradona, ex cocainómano apodado "el crack de la Bolsa".
En estas inscripciones Neil Armostrong leyó "MADE IN CHINA".
Terat nos abruma de pruebas de que la cantidad de alcohol ingerida no permite hablar más que de una "entonada alegría". En la cuarta parte del libro, Terat explora la posibilidad de que la luna, desprendida de la Tierra en una suerte de parto prehistórico que dejara por toda estría el hueco llenado por el Océano Índico, fuera "falsificada" por los berretines de la industria berreta oriental.
Para convencer al lector de tal proeza de la deslealtad comercial intergaláctica, apela al olvidado tratado de San Aristobuluus "La felonía del teflón" (Dunken, 2005) donde se postula un viaje a la luna anterior al norteamericano y al infortunado soviético. Hacia el siglo catorce de nuestra era, bajo órdenes secretas del emperador Aioe-Tss-Meo (Conchufio), cosmongolnáutas barriléticos habrían atravesado la estratósfera munidos unicamente de varas de mimbre y granos de arroz condensado, explorado la superficie lunar conteniendo la respiración en tanques de óxígeno hechos de pulmón de cerdo y dibujado sobre la caparazón de un escarabajo el aparatoso descenso a la capital china en el que perdiera su vida el 0, 03 % de la tripulación (unos veintiseis mil millones de cosmongolnautas).
Terat asegura haber visto ilustraciones sobre papel de arroz de la caparazón de la viuda del escarabajo, cosa que no nos impresiona, pero en la parte final del libro, describe la sustancia que probara en La Manchu, ciudadela china que fuera sede del trono del emperador Aioe-Tss-Meo.
La descripción nos llena de perplejidad porque Terat asegura no solo que su sabor era exquisito y que curó su calvicie, sino porque Terat, que hasta este libro era considerado si bien calvo, de un rigor a toda prueba, afirma para pasmo de los colegas, que la sustancia era no otra cosa que "polvo lunar posta". Cobra así más verosimiltud su conjetura de que lo que consideramos la verdadera luna fuera milenariamente secuestrada mediante el robo hormiga blanca durante imperceptibles cleptomanías subrepticias.
La luna observada por Galileo
, estima Terat, constaba todavía de un porcentaje de pureza lunar considerable, pero la actual luna ya es toda falaz, porque el polvo lunar posta es considerado un manjar clandestino por magnates extravagantes. Neil Armstrong nos da otro indicio, según Terat, en su entrada del 24 de agosto de 1979: "Hablé con mi relojero que me contó que los chinos inventaron el reloj, pero como un adorno, porque el espíritu de la era industrial utilitarista no segaba las horas de sus oblícuos ojos. Pensé si la luna inicial no cumpliría originariamente una función, ahora para siempre perdida."
Harold Bloom ya ha pronunciado su célebre sentencia "bullshit" tras comparar estilísticamente los "diarios" del astronauta de la NASA, Neil Armstrong y las cartas de María Conchita Armstrong a Cadlos, su fornido amante portorriqueño. Sería una pena confirmar el fraude, verse empujado a situar a Terat entre los ingenuos como Florencio Ameghino o Eleonor Rosh, la autora del efecto de tipicidad en "Las mujeres nunca se autoengañan masturbándose".
La posibilidad de que la luna, tan fascinante como decepcionante, no sea realmente la verdadera luna, es demasiado rica como para que la perdamos de vista del todo.
Libros de paraciencia y ficción ya recorrieron estas posibilidades (el Premio Nobel de Literatura de la India, Maharahihi Prandi nos deleitó con sus "Los primeros elefantes en la luna" y el periodista austríaco Joachim Keineswegs nos sacudió con su "Luna hecha de pasta base" en "Planeta rico, planeta pobre").
Pero cuesta negar la interpolación, la casi incrustación heteróclita como un jalón en los diarios del norteamericano ante pasajes de dudosa autenticidad provocados por la tibieza de la Budweiser ( "chinos de mierda, que desenchufan las heladeras a la noche para ahorrar electricidad" )y aún si fuera fidedigna esta fuente, no debemos dejar de cuestionar la plenitud de la integridad mental del senil astronauta en conceptualizaciones como "la muralla china se habría erigido para evitar una invasión de mexicanos liliputenses".
"Adiós, admirador" es un artefacto escriturario algo imbuido de ostranemie, que mereciera que muchos estudiosos no solo le dieran la espalda, sino que innecesariamente condescendieran a mostrarles las posaderas en señal de descalificación. En Argentina, Beatriz Sarlo ha saludado su aparición con palabras ponderadas y de un improcedente sentido común para provenir de una ex-maoista.
Es fundamentalmente en el corazón de la China profunda, en la China "ludmer", donde el libro goza de casi idolátrica reververancia. No son pocos los que atribuyen los trescientos ejemplares vendidos a las mejorías de la traducción mandarín. Después de todo "Adiós, admirador" se lee en español como una novela y se devora. ¿Sucederá algo parecido con la versión oriental "Chau-fan"? 