El domingo 21 de febrero de 1999 avisté a la mujer más hermosa del planeta y, porque me sentía especialmente mal conmigo mismo, decidí seguirla.Sé que lo usual es tomar a la Deidad como premio y que solo cuando una autoestima o un superyo como los míos se sienten excepcionalmente satisfechos se dan permiso para un placer visible. Pero este era un caso diferente, de superación individual, de haber colmado la medida de insatisfacción y de necesitar generar un cambio.Me acababa de dejar mi novia, había tenido que cuidar a una anciana toda la noche, los vecinos de la anciana me habían imputado el robo del diario "La Nación": la muerte, la desolación y la Aufhebung de todas las reglas morales (el robo, el levante callejero) se aunaron en lo que empezó como una apretada de dientes de mi parte y acabaría con una apretada...bueno, no nos adelantemos... 
Nuestros campos visuales se toparon a la altura de Puente Saveedra. Yo fingí estudiar el recorrido del colectivo que ella esperaba (el 27, creo). Después me fui caminando a la buena de Dios(a), levanté la vista y ella me miró con la clásica mirada porteña de una chichi que comunica: "no me molestaría tener algo contigo, si jugás bien tus cartas y me tratás con la delicadeza que mi virginidad a tu respecto impone y el ímpetu que el deseo macho genera para contagiar".Corrí dos cuadras a la velocidad de la luz que de ella emanaba: alcancé el colectivo y lo sentí como un símbolo de todas las conquistas de la humanidad, incluyendo la acaso más emblemática, la de Jennie Jerome: la norteamericana de ascendencia franco-escocesa con una pizca de sangre india que conquistó la percepción de Randolph Churchill y le daría a Winston que conquistó la voluntad británica y norteamericana de oponerse a un buen antídoto en principio contra los bolcheviques gracias a los cuales el mundo igualitario carecería de pobres y de barrios como el que amo y narro, narrowminded por el enamoramiento.
Al verla radiográficamente con la dignidad de una tigresa y la ternura de la miel de sus blondos cabellos al viento que metaforizaba la volubilidad del favor femenino, comprendí que la vida compensa en algunos concentrados pocos minutos cada veinte o treinta años todas las crucifixiones y gaseamientos de la felicidad.
Me dije que me perdería el respeto y que nunca más volvería a hablarme a mí mismo-estaba perfectamente dispuesto a hacerlo, conocía una técnica de yoga para suspender el diálogo interno como prescribe Castaneda-si no tenía la valentía de hacer algo.
Me acerqué no sin taquicardia, temor y temblor y recién después de cobrar valor a la altura de Liniers le pregunté qué colectivo tenía que tomarme para ir a Ezeiza.
Ella respondió con la formalidad que requería mi disfraz de formalidad para conocer y oír la voz que pertenecía a su anatomía.
Agregó que podía bajarme donde fuera y tomar el 86. Le agradecí. Ella se dispuso a bajar y le pregunté si podía bajarme también en ese momento. La pregunta pareció sorprenderla. No tanto por mi ostensible interés menos en Ezeiza, el colectivo 86 o bajarme del colectivo, como por mi solicitud de autorización.

"Bajate donde gustes" me dijo no invitante sino casi indignadamente, como agregando ¡faltaría más! ¡mirá si yo voy ahora a determinar dónde se tiene que bajar o no la gente con la que coincido en un transporte público!.
Esta vez el ligeramente asombrado fui yo: el verbo "gustar" me parecía ajeno a los usos rioplatenses, en especial a los giros expresivos en estado de emoción violenta: hacé lo que quieras, hacé lo que se te cante, sí, pero ¿como gustes? ¿hacé lo que gusten hacer tus pelotas? (¿¿Hacé lo que se te gusten las bolas??).
Bajé sin saber cómo seguir. En rigor mi objetivo primario ya había sido obtenido: atreverme a hablarle. Y ya había capturado el fulgor de su figura en mis imágenes de archivo: tal vez "pajero" sea una palabra poco elegante, pero ¿cómo definir la meta individual que me movió siendo yo menos un casanova que un soñador que prefiere conservar la pureza de la imaginación a construir la hermosura en la experiencia?.
[por eso la línea "no seré la madre de los hijos con los que soñás cuando te masturbás pensando en mí" me pareció la más cruda de la poética de mi querida Clara Anich: cruda en el sentido de que le falta...]

"El NO ya lo tenés" dicen los empiristas lógicos. Pero la experiencia empírica del NO duele tanto, que no hay aminoraciones que valgan en la reconceptualización del racionalismo freudiano de que para el inconciente atemporal no existe el NO y por ende todos los sueños están incontaminados de empirismos de sopapo.
Es importante trazar los lineamientos de la índole de conquista que ansía el pajero sibarita, no el pajero vulgar: no quiere conocer a la mujer, no quiere desilusionarse. Quiere erigirle un pedestal y llenarla de libaciones semánticas. Se evita muy satisfactoriamente así el dolor y también lo que Schopenhauer consideraba la única alternativa al sufrimiento, el aburrimiento (que Tolstoi definió como "desear desear").
La desconocida mujer más hermosa del mundo, valga la contradicción, me agarró del brazo y me llevó hasta la parada del 86. Dado mi puritanismo físico, el contacto me pareció "romper el maleficio" y abrir las compuertas a toda gloria.
Esta mala inteligencia de un contacto fisiológico se parece a otra que consiste en suponerse en la antesala del beso en la boca porque la chica ya confía en nosotros, se muere de risa con nosotros y se conduele de nuestras desgracias. Si la modalidad de enamoramiento femenino fuera matemáticamente paulatina, no cabe duda que la empatía afectiva o la proximidad anatómica obrarían como auspiciosos augurios. Tal como es el mundo, suelen ser la inequivoca señal de que somos como los compañeritos de grado de una chica que se desarrolló lo suficiente como para estar con alguien de la secundaria.
La vi caminar sin dedicarme especiales andares, con resolución y algo hombruna, cruzando un puente que la condujo al barrio de Piedrabuena.
Una vez que desapareció, crucé el puente yo también, completamente perplejo, llevado por la inercia de preferir estar ahí y dilatar la aventura a regresar al hogar donde no sabría cómo evitar (ni cómo sufrir) la visita de unos parientes no tan queridos...
Un niño (Jonathan) me miró con curiosidad infantil.
Supe que someone up there likes me: si cualquier otra criatura de cualquier otra trama etaria, así fuere un duque, unos mariachis o una odalisca hubieran sido los encargados de salirme al paso no hubiera sabido proceder.
Pero los niños son siempre mi cable a Cielo, cuando las circunstancias y obligaciones amenazan con terminar de volverme completamente cuerdo.
En menos de lo que canta un rayo compré una lapicera flúo, un cuaderno naranja (¡¡¡"gloria"!!!)y un chocolate shot como sustancia litúrgica para los transportes chamánicos con el Espíritu que Insufla toda Belleza que es Orden y la Dulzura que es Paz Cuando Te Quedás en la General Paz con la Milk of Human Kindness.
Redacté lo que es el de día hoy que sigo considerando las palabras más vertiginosamente bien apareadas que me fuera dado imantar en mi vida. Recuerdo que otra mujer más hermosa del mundo, Roxana Katinas con quien estudiáramos Gramática bajo la férula de Ofelia Kovacci, sintió algo de celos de que tal grado de perfección compositiva no le fuera dedicada, sugirió que escribiera toda la historia bajo la forma de novela intitulada "CARTAS A NINGUNA" y se ofreció a ir en persona a Mataderos a pasar a buscar el paquete epistolar para siempre perdido, para aleccionarla y que escarmiente: serás preciosa pero no has comprendido al artístico amor poético que con mérito de la cultura emula tu fortuita sobrenaturalidad natural, quería enrostrarle en el rostro por el cual se zarparían mil nabos.
"¿Por este rostro zarparon mil naves?" pregunta Paris a Helena de Troya en la pieza del contemporáneo de Shakespeare, Chistopher Marlowe: "ven, dulce Helena y hazme inmortal con un beso" (o baby giveme a kiss to built a dream on)...
En mi carta había un multiple choice preñado de humor y conjeturas acerca de su vida (¿por qué tenía los pies hinchados, venía de bailar con zapatitos apretados o era una ídola con pies de barro u oblícuamente edípica?).
La pregunta por si era lesbiana siempre me había dado resultado, excepto con lesbianas, valga la paradoja. Toda mujer se ríe de que le planteen dicha posibilidad, a no ser que sea cierta, y se apresura a encantadoramente descartarla, a veces con una deliciosa insistencia, como si no notara que lo que está defendiendo con fervor militante como si se tratara de su mismísimo honor es su agrado por ser atravesada por una pija, que al momento nunca mejor dicho "clave", deviene el Arquetipo Platónico de la Garompa y pierde su singular especificidad y circunstancias.
Había también una cita a Marlowe: si no fuéramos tan duros-dice un soldado al volver de la guerra-no habríamos sobrevivido y si no fuéramos tan tiernos, no hubiera valido la pena haber sobrevivido.
En ese momento creo que yo cursaba Literatura Inglesa y por consejo de Lucas Margarit, cuyo amigo citaba a Kierkegaard en danés, nunca condescendía a explicar nada que presupusiera erudición ("hay que hacer esas maldades" me adoctrinó).
Por lo tanto incluso en un barrio sideralmente alejado de Oxford, Cambridge y Princenton, no me avine a decir más que "como dice Marlowe" en la esperanza de que la ignorancia de mi destinataria abarcara en su magnánimo abrazo a Raymond Chandler.
Incluí una perífrasis de mi autoría: el dolor existe para que abramos los ojos y la belleza existe para que valga la pena tener los ojos abiertos.
Supongo que no era tan José Narovsky a nivel estilístico en el original: explicaría que la conciencia de la adversidad consustancial a la existencia es lo que en valiente actitud de mirar de frente a la realidad nos acaricia el nervio óptico con fulguraciones de intensa agradecibilidad o algo así...
Si mal no recuerdo incluso pasaba de tercera voz narrativa a primera: el sufrimiento existe para abrir los ojos y la belleza EXISTÍS para que valga la pena tener los ojos abiertos.
No sé si conviene detenernos en tecnicismos e influencias ("verla no daba sueño" dice de la Lujanera Borges), ya que la carta no era para Beatriz Sarlo, sino para, llamémosla Valeria Martino...
Le agregaba unos chicles de regalo y le dejaba mi teléfono con la aclaración de que no era necesario que llamara, que yo ya me consideraba feliz por haber realizado toda la antedicha peripateia gracias a su convocante perfección.
Al llegar a mi casa recibí un llamado: creo que todos los problemas cardíacos por haber tenido la caja toráxica demasiado estrecha antes de practicar deporte o tener el corazón demasiado grande, modestamente, volvieron en un instante. Ella me quería agradecer todo y responder una por una a las preguntas (advertir la necesidad de ser reporteada que tiene la gente hizo que durante los subsiguientes tres años yo dejara librada mi manutención a la investigación de mercado y me convirtiera en encuestador, años dorados en los que me hice habitué en Hermann's-Armenia y Santa Fe-de los ravioles gratinados y los riñoncitos al vino blanco).
No era lesbiana, no.
No tenía anillo pero porque se acababa de pelear con su novio que era remisero y la amaba, sí, pero te pueden amar mucho y con eso no alcanza (más tarde, mucho más tarde comprendería que estamos más cerca de apreciar a quien nos odia que a quien nos ama en cierto sentido más de lo que nos queremos a nosotros mismos, o de lo que podemos retribuir...todavía no me resigno a devaluar a la mujer y considerar con Freud que amar es hacerse rechazar y rechazar es hacerse amar).
Se había matado de risa con mi carta y me felicitaba por mi imaginación.
Me decía que la felicite porque era su cumpleaños.
La felicité por dejar que el tiempo transcurriera y la penetrara, pasividad a la que ningún humano escapa, porque felicitarla por ser el Ser que ostensiblemente parecía parecía no conmoverla tanto.
Me daba su número de teléfono y me deseaba que soñara con los angelitos, porque se tenía que ir a dormir porque trabajaba con militares.
Volvió a ponderarme y me congratuló por mi noble "dar por el placer de dar".
Desde hace poco tiempo doy clases a distancia vía Skype a alumnos de español para extranjeros que regresaron a su país de origen: fascinado por esta tanga, este curro tan cómodo como lucrativo se lo comenté a mi analista que me retrucó que también él atiende a algunos pacientes con esta metodología porque en Miami o en Formosa no hay tantos terapeutas como debería.
Eso no es nada-imaginé que nos contestaba un peronista-¡Perón gobernó a la Argentina durante 17 años desde Venezuela y España vía Skype!.
¿Cómo no entender que una vez creado el peronismo Perón se viera fagocitado por él?¿cómo no perdonarle la ambición de una tercer presidencia usando como profilaxis (como forros) a la izquierda, cómo no consustanciarse con la lógica del in crescendo en la que va creyendo cada cristiano boludo engrupido?
Tal vez teniendo que padecer la consecuente Argentina que nos legó...
Lo cierto es que yo me sentí en la obligación de honrar la violación a las convenciones que tan coronada por el éxito parecía.
Porque mi lectura del asunto no fue decir: "si bien escribí en Avenida del Trabajo una carta que contenía el epitafio de Eva ideado por Mark Twain en el Missisipi el efecto obtenido de aceptación y aprobación se hubiera logrado si yo citaba en esa carta a Ovidio o a Jorge Corona lo mismo, porque no responde a las rarezas barrocas de mi estilo, sino a los juegos de seducción que son idénticos en Shangai y los bosques de Ezeiza".
Más bien pensé que la Originalidad originaria le había despertado el indio.
Quien escuche poesía contemporánea comprenderá lo que quiero decir: personas de delicadeza, sentido de la proporción y amor a la belleza se entregan a fealdades y asociaciones libres injustificables. Lo hacen porque creen contactarse con el Más Allá tan ajeno al darle masa acá a la prosopopeya de la vida prosaica. Lo que escribieron en algún estado del alma extravagante les parece un artefacto inclasificable que los parametros con los que en todo orden piden una cerveza no podrían corregir.
Así que decidí duplicar la apuesta y llevarle regalos de cumpleaños cada día impar (porque todo era en más de un sentido "impar" y porque de esa manera alguna regularidad y previsibilidad se aseguraba).
Dije a un amigo que las dos novelas que más podía recomendar a desconocidos argentinos eran "Zorba, el griego" de Nikos Kazantzakis y "La insoportable levedad del ser" de Milan Kundera (si los argentinos no fuéramos tan extranjerizantes, por supuesto "La invención de Morel" y largos etcéteras estarían a la orden del día). Preguntó si el "amigo" que tenía que hacer un regalo a una persona que no conocía tenía que hacérselo a un varón o a una mujer. Cuando supo que a una mujer, me recomendó la insoportable levedad.
Llevé la novela en su edición más cara-la de tapa negra- junto con una copia de vhs de la película (olvidando con cierta ingenuidad lo erótica que era), papafritas Pringles y laargos etcéteras: no porque el fariseismo plutocrático materialista me inclinara a ser obsequioso y regalón con objetos concretos para con mi objeto concreto de indefinible afecto. Más bien porque uno de mis pocos talentos reside en escoger con adecuación inverosímil el regalo perfecto.
Me los recibió el padre: al verlo uno no necesitaba solicitar un ADN. Me estrechó la mano con cordialidad tranquilizadora. Mi habitual caerle bien a los padres surtía su efecto habitual.
Ella me llamó para agradecerme los regalos y algo intrigada de que no la hubiera llamado.
Yo no le revelé que quien llamaba y cortaba cada quince minutos durante los últimos días era yo. Creo que se refirió a que yo intentaba para con su figura lo que dio en denominar "un trabajo fino".
Conjunción de vocablos que no volví a oir reunidos ni cuando emulando a Karl Popper me hice ayudante de carpintería, ni cuando traduje contra la recomendación de mis médicos a Heidegger.
Se despidió, no sin repetir mi balbuceada invitación a algún día tomar un café, con un beso inmenso.
El beso inmenso por teléfono me fue virtualmente destinado en febrero de 1999, hace ya más de diez años, y sin embargo al mentarlo ahora me sigue estremeciendo.
Y no porque me parezca importante el tamaño del beso...
Los regalos que yo no dejaba de puntualmente transportar venían acompañados de un análisis microscópico de cada palabra que me había dicho, pequeñas piezas de teatro que jugaban con ellas, poemas de "originalidad" ad nausem ("contaminas de pureza/ mi corrupta naturaleza", "hay una cercanía aún en lo lejano/cuando soy el niño o soy el anciano/ y no soy el hombre que te busca en vano", "debo aferrarme como una vinchuca/ a este amor que me educa") en los que a la manera del "El cuervo" de Poe se le superponía una reseña crítica que fundaba alguna indispensabilidad de la palabra incluída (por ejemplo "vinchuca" era para el poeta influído por T.S. Eliot una "intertextualidad" de la payada de la vaca de "Les Luthiers" y perdía así su maléfico caracter de portador del mal de Chagas).
Todo quería ser abarcado e incluído, con la totalitaria soberbia minuciosa de Joyce, en mis afiebradas epístolas. Había una curiosa tendencia a no hablarle de cosas bonitas, de violines, rosas, la luna llena y el lago de los cisnes porque eso era "demasiado obvio": así, el gaseamiento de judíos y las vinchucas configuraban sin duda el antídoto profundo contra la cursilería chanta manipuladora y maquiavélica del discurso amoroso falluto.
Recuerdo que mis amigos mujeriegos me habían permitido compilar una serie de técnicas rudimentarias para conseguir chicas (yo titulé a mi manual "UN AJEDREZ DEL LEVANTE") y que las pocas veces que empleé las técnicas funcionaron con indignante eficacia, con insultante facilidad.
[no consistían más que escuchar caaada pelotudez con atención participante, elogiar quirúrjicamente, invadir los espacios físicos-agarrarle la mano, no desaprovechar ningún saludo y abrazar y besar como si fuera apoteóticamente agónico todo ("mientras piensa lo que quiera, su cuerpo va sintiendo que hay un cuerpo de hombre ahí, en su corazón no tiene un nombre escrito, es un espacio que lo llena el primero que lo sepa ocupar, tenés que ser vos, Martín")]
Los regalos siguieron, precipitados por una superstición cuantitativa: cada palabra de más sería diluída por muchísimas otras acaso menos idiotas
. Conocí a su hermano, simpatiquísimo, en absoluto un guardabosques. Parecía complacido en tener en mí a un atípico festejante de su hermana. Junto con la simpatía que su padre y su hermano me inspiraban, sentía una bizarra compasión que nunca más volví a experimentar por pariente alguno: me dio pena que ellos no se pudieran curtir a la mujer más hermosa del mundo, porque eran para siempre el padre y el hermano.
Yo había realizado la traducción al español para la revista de cine "El Amante" de un encuentro entre Wolgang Petersen y Billy Wilder para la revista "Stern". Por toda remuneración me regalaron unos cuantos ejemplares: de ellos recortaba fotos para mis cartas, como por ejemplo de Audrey Hepburn, el beso de Cary Grant e Ingrid Bergman en "Notorius", etc.
Era casi marzo y una publicidad que tenía una foto de una película de terror rezaba "En marzo es tu turno". Imbuído de la certidumbre de que ya había construído con mi enamoradora un código que según el esquema de Jakobson garantizaba la comunicación prístina, ni se me pasó por la cabeza que el monstruo berreta y de clase b estrangulando a la colegiala podía ser tomado como una amenaza de muerte compaginada por un psicótico asesino serial que empieza regalando bombones a sus víctimas.
[¿alguien leyó aquella despedida nostálgica del género policial, "La promesa" de Dürremat, llevada a la pantalla grande por Sean Penn con Jack Nicholson?]
Cuando llamé a la mujer más hermosa del mundo, me atendió su madre, la misma que solía deplorar lo peligroso de las horas en las que me aventuraba a oficiar de lujoso cartero. La mujer más hermosa del mundo impartió la orden de que la dejen sola para hablar conmigo. Entonces me dijo que el excremento de ave entramaba mis celulas grises, dicho de un modo menos florido y que estuvo con custodia policial en virtud de mi amenaza de muerte tras haber hecho analizar por expertos mi caligrafía (estos expertos resultarían su mejor amiga haciendo sus primeras armas en la grafología munida del calendario maya).
Agregó que sabía tae-kwon-do y que pasaba a menudo por la puerta de mi casa. Su furia al hablar fue el contacto físico más tangible que llegué a tener con ella, se palpaba la saliva hecha espuma.
Me dijo que me borrara su número de teléfono y que pretendía seguir pasando inadvertida en su barrio, donde no era amiga de hacerse amigos.
No pude con mi genio y le aclaré que nadie en el barrio podía ser ajeno a su blonda hermosura, que el kioskero que me vendiera la birome se había reído, había dicho "acá somo todo morocho" y me había dado sus señas, la exacta ubicación geográfica de su ubicuo esplendor.
Todavía hoy cuando una mujer está furiosa conmigo adopto estrategias contraproducentes de morigeración. Lo que podría llegar a recomendar a los más jóvenes es que se enreden en acaloradas discusiones con violento frenesí hasta que ambas partes exhaustas se abracen y echen un conciliatorio polvo. Tratar de argumentar racionalmente a una persona que se encuentra bajo el imperio de la rabia agrav(i)a las cosas. Tratar de no contestar también.
Mientras todos mis bruscos asesores se partían de la risa, yo me sentía culpable y hasta oía voces: me parecía sentir sus sollozos.
Le escribí una carta de disculpas.
La carta fue tan hermosa, sincera, con los pies sobre la tierra, sensata y tierna que me sentí bastante absuelto.
Pero como no respondía (y perseveraba en no responder a cada minuto de cada hora de cada día de cada semana, la muy obstinada), decidí rectificar algunos particulares de mi anterior carta de disculpa en la que acaso me había excedido.
En total le habré enviado unas 114 cartas de disculpas y le mandé certificada mi primer y única novela, manuscrita y sin copia alguna.
Se trataba de la historia que nos habia acercado. Se titulaba, no me pregunten por qué "La naturaleza de la aventura". Había sido escrita como toda la obra de Neruda con tinta verde. Y con un formato de "novela coral" en la que intervenía mi amigo Manuel que la leyó y me dijo-jamás he sido más insultado en toda mi vida-que le hacía acordar a Marechal.
Años después un compañero de trabajo muy mujeriego me preguntó por qué en la edad en que las hormonas me hermanaban a cada estallido de la primavera me estaba consagrando a la castidad (Roberto Jacoby no había nacido en aquel entonces).
Le expliqué mis desengaños y me agarró la agenda. Cada historia de amor era detalladamente analizada sin los patrones reduccionistas de muchas escuelas psicológicas. Al concluir el debate y la lectura de los hechos mi compañero de trabajo invariablemente insistía en llamar a la chica en cuestión y se ofrecía personalmente a hablar en mi lugar para defender mis actos,mis dichos y mi trémula inexperiencia.
Así lo hizo con una compañera de la universidad con la que cursamos "Teoría y análisis literario" que me había tirado los galgos de un modo que solo en la decodificación de mi compañero de trabajo resultaba autoevidente, pero que estaba prácticamente casada con un pintor abarcativamente llamado Marcos.
Para mi sorpresa y delirante ilusión, el pequeño cervatillo asustado atrapado en el cuerpo de una espigada preciosura se acordaba de mí y se había separado. Mi compañero de trabajo ideó un programa para invitarla y ella accedió. Esta historia no es la que estoy contando, por lo que aceleraremos el relato: resultó tener una índole de epilepsia para la cual mis jazmines en el Hospital Británico no resultaron de enorme ayuda.

Olmedo manoseaba a Adriana Brodsky por motivos terapéuticos porque ella estaba "cargada": besetzt, vale decir, "cargada" está, según Freud, una representación que resulta perturbadora. Para el traductor de Amorrortu, cuya traducción parece una cargada, la representación está "investida".
Cuando mi compañero de trabajo llamó a la mujer más hermosa del mundo a Piedrabuena, mi cuerpo subió hasta el último piso de la sede de entonces de la Academia del Sur porque esa sola conversación con Ella era de una intensidad intolerable. Bajé todavía con taquicardia unos cuarenta y cinco minutos después. Mi amigo estaba exultante, todo le había resultado mucho más sencillo de lo que creía: ella contaba lo sucedido ahora con más indulgencia y coquetería, revelaba que no era virgen (yo no recordaba habérselo inquirido, pero no era improbable que mi necesidad de su Pureza fuera una de las atribuciones que obstaculizaran el encuentro), revelaba que quería verme y dejarse amar, nada de la irresisitble predisposición a ser cortejada del eterno femenino había cambiado, ni siquiera el haber supuesto que más que cortejada sería cortajeada.
Mi amigo agarró el auto y partimos raudos rumbo a Mataderos. La atmósfera que circundaba su impecable fiat regatta se hacía más y más turbia pero la calentura supina que yo le había infundido por medio de mi palabra lo empujaba a pisar el acelerador. Cuando el tocó el timbre eran las ocho y media más o menos. Por el portero eléctrico, bajando la ventanilla polarizada , lo oí chamuyar y contraargumentar que tenía que vernos porque ella era un dulce de leche, una ser humano no sé qué (a veces lo grasa de la elección lingüística se nos queda incrustada para siempre, pero felizmente olvidé su sanata).
Volvió hecho un basilisco, diciendo que como ella se levantaba a las seis ya estaba en pijamita.
(nunca se me había ocurrido imaginarla en pijama: así de rígida es toda religión)
Todo el viaje de vuelta la furia de mi compañero de trabajo que se quería coger a la mujer más hermosa del mundo que vivía en Piedrabuena se descargó sobre ella y su familia.
Especulaciones acerca de cómo se había ido a la lona económicamente para tener que vivir en semejante barrio de mierda fueron las imprecaciones profanas que le oí bufar.
Anteayer me avisaron que la materia Psicología General en virtud de la gripe A cambiaba la primer fecha de llamados a final y con ella, la de la aparejada firma de libretas.
Envié un mensajito de texto a la compañera de banco que me hizo el favor de quedarse esperando que me firmaran la libreta de Psicología y Epistemología Genética cuando me tuve que ir a trabajar. Le expliqué que iba a necesitar mi libreta. Me explicó que estaba estudiando Estadística y que no se podía mover de su casa. No te preocupes, yo me acerco, ¿dónde vivís?.
Mi mala suerte quiso que mi compañerita vivera en Mataderos: volví a Piedrabuena y espié la ventana de la que otrora fuera la mujer más hermosa del mundo como quien espía un escote.
Piedrabuena ya fue en el iterín escenario de un videoclip de Alfredo Casero y de una publicidad en la que un picadito barrial tiene por hincha a Messi.
Algo mágico hay en la estulticia edilicia que se asemeja a la fábrica de chocolate de Willy Bonka.
Creí verlo así corroborado al advertir que uno de los últimos poemas de Borges se llama "Lugano". El error duró milésimas de segundo: durante ellas, la verdadera aristocracia del planeta demostraba su honorabilidad habiéndose empobrecido: durante ellas el escritor de los escritores no cantaba a un helvético lago de hielo impasible, sino al revoltijo caliente de Villa Lugano.