
Un extraterrestre caracteriza la vida amatoria humana
A continuaciòn las cartas que Platikumski Sombrilikus enviara a sus colegas del planeta Schoppi, tras investigar las extravagancias amorosas de los terrìcolas...
Querido doctor Kikirikllol:
Muchas gracias por sus saludos tan afectuosos. Mi misiòn en la Tierra continùa llenàndome de asombro dìa tras dìa, pero como usted me enseñara, debo dejar de lado mis emociones y tratar de describir frìamente los hechos del calor no solar...
Bien, lo primero que debo señalar es que a despecho de generaciones de amebas y muchas otras criaturas no sexuadas, los seres humanos han tomado demasiado seriamente las diferencias genitales y han asignado a cada sexo una serie de tareas diferenciadas que no se corresponden en absoluto con nada en realidad. Por ejemplo, a las hembras les adjudicaron el papel de inocentes y pasivas, cosa que no son en absoluto, mejor dicho, cosa que son los machos humanos (en el pasado siglo Lou Salomè fue una hembra que pasò por las manos de Nietzsche, Mahler, Kokotschka, Freud y otros terrìcolas considerados “genios intelectuales”: esos machos geniales no tuvieron otro contacto entre sì que el de la posibilidad de saludarse como bomberos diciendo “hemos servido en el mismo cuerpo”, me vi obligado a apelar a un ejemplo del siglo pasado porque parece ser que si la Salomè viviera hoy serìa Nicole Neumann, una pasadora de ropa cenital afecta ya no a los machos geniales, sino a los machos genitales).
Voy a explicarles a ustedes en què consiste la tradiciòn que aùn perdura en todos los sitios que visitè, si bien en muchos distritos la comunidad que ellos llaman “alegre” propone un triste retorno a la unisexualidad, si bien ellos lo llaman “bisexualidad”.
En las regiones que se da en llamar màs sofisticadas, las hembras empezaron a desempeñar labores que antes siempre habìan sido patrimonio exclusivo de los machos-por ejemplo despachar gasolina. En compensaciòn, surgieron los denominados “travestis”, como si los machos furiosos por sentir usurpados sus lugares hubieran dicho: nosotros vamos a demostrarles que podemos ser ellas mucho mejor que ellas...
La tradiciòn indica que se los capacite a machos y hembras con una disparidad pedagògica tal, que lejos de facilitar la ulterior comunicaciòn, la problematizan.
Es asì como el macho aprende desde pequeño a no levantarse de la mesa para llevar su plato y lavarlo, tarea exclusiva de las hembras, para asegurar un interès màs de machos hacia hembras, o una dependencia màs: cuando mayor, el macho padecerà junto con la soledad la suciedad...Las armas de las hembras no sòlo son la belleza que es un cazador que se finge presa: ademàs pueden limpiar, coser, cocinar, actividades todas ellas que constituirìa una deshonra o amaneramiento que dominara el macho.
Dicen unos filòsofos del planeta Tierra,socios al parecer de un restobar llamado de dìa “voluntad” y de noche “representaciòn”, los doctores Schopp and Hauer, que la mujer en realidad sòlo sirve para una cosa.
Me sorprendiò leer tal declaraciòn que contradecìa los hechos pero advertì luego con màs sorpresa aùn que no contradice las creencias humanas. Los travestis, que han venido a demostrar que hacen lo que hacen las hembras mejor que las hembras, aparentemente no saben especialmente mejor còmo lavar los platos, cocinar, surtir nafta, ni nada de las gloriosas conquistas sociales femeninas. Al principio me dije que la frase “las mujeres sòlo sirven para una cosa” era de un intolerable e indignante reduccionismo. Pero como fui constatando, nadie pregunta què cosa serà esa en especial, todos parecen ya saberlo, de modo que se trata de una convicciòn muy profundamente arraigada en el corazòn del imaginario humano.
En la Tierra, no sòlo se da ese fenòmeno inexplicable de reparto arbitrario en lo que se refiere a los sexos. No quisiera remitirlos a temas que nos dispersen de la misiòn, pero aparentemente si a un ser humano se le ocurre ser cantante, no hay ninguna competencia que se le requiera ni en el sentido de aptitud canora ni de rivalidad cientìfica: la publicidad, los sintetizadores de voz y los dobles de cuerpo o instructores de baile lo catapultan a la fama. Millones de mortales con mejor oìdo, silueta y poseedores de mayor encanto bailan fascinados al ritmo del increìble self-made-singer.
Hay lugares que estàn para que los ocupe alguien cualquiera: ese carácter impersonal distingue al acto sexual notoriamente. El aparato uritogenital de la hembra puede ser ocupado por cualquier miembro de la sociedad, no importa el tamaño en lo màs mìnimo, dada la adecuaciòn elàstica que le permite tanto ser sensiblemente escandalizado por un hilo de algodòn como dejar pasar la cabeza de un bebè. El aparato uritogenital del macho se acciona mucho màs rudimentariamente que el primero, que era digital, de forma manual: cualquier mano, o cualquier roce de frecuencia regular y rìtmica lo lleva a un estado de excitaciòn que le engrosa la voluminosidad hasta alcanzar un màximum invariable llamado “erecciòn”.
A pesar de estos hechos, las hembras y los machos consideran màs imperiosa la manutenciòn de sus queridas mistificaciones: la fidelidad, la selectividad, la ardua conquista de la persona escogida y la sideral diferencia entre esa persona y todas las demàs.
Esto se debe a la dimensiòn simbòlica del ser humano: los he visto llorar inconsolables ante un cadaver absolutamente inofensivo y dejarse picar por una gigantesca aguja sin murmurar una queja.
Si usted ne pregunta què cosa es el significado, tendrè que apartarme un poco de las especìficidades de mi misiòn y explicarle cuàn diferentes son en realidad los extraschopianos a nosotros por màs que los schopomorficemos.
Para empezar, todos portan consigo y cuidan celosamente un mecanismo extravagante llamado "ego”. Pensè al principio, porque mi primer conejillo de Indias se llamaba “Diego” que algunos extraschopienses estaban conformados con dos de estos sistemas, pero la verdad fue muy otra.
Los seres humanos han inventado con arbitrario timing las cosas màs diversas, pero esto de que les hablo parece haber nacido con ellos o al menos lo que es seguro morirà sòlo con la extinciòn del gènero.
Para ilustrarles de què se trata, les comento que si ustedes señalan un error tècnico a un humano no deben esperar, como en nuestro planeta una agradecida correcciòn, sino una airada articulaciòn de explicaciones todas ellas lindantes con la esfera de un invento llamado “moral”, que tambièn me costarà un poco definirles.
La “moral” son una serie de supuestos establecidos que tienen inmensas diferencias en distintas regiones o grupos de alienìgenas, pero que tienen en comùn la particularidad de dividir las conductas e intenciones en “moralmente correctas” y “moralmente incorrectas”, es decir, en el asì llamado “bien” y su opuesto al que apodaron “mal”. Sucede que los humanos son sensiblemente afectos a la idea de “juicio”, todos ellos por diversas que sean sus creencias tienen como una suerte de modelo preestablecido de tribunal, es decir, un rito constituido por un banquillo de los acusados, una culpa o delito, un juez o jurado y una pena o castigo a veces tambièn llamada “consecuencia”. Millones de terràqueos estàn persuadidos de que cuando dejen su planeta seràn sometidos a uno de estos rituales de inmemorial procedencia y simulan esa misma situaciòn acaso como preparatorio entrenamiento varias veces a lo largo de cada uno de sus dìas, en todas las circunstancias, oficiando alternativamente de acusado, juez, jurado y de castigo.
El “ego” es la ìntima convicciòn de ser especial y diferente y merecer un tratamiento privilegiado, si bien esa sensaciòn la comparten con vulgaridad todos los mortales.
Podrìamos ensayar una clasificaciòn de estos animales morales distinguiendo a los que diferencian “merecer” de “obtener” y a los que no.
Estos ùltimos, si bien utilizan sus certezas para pendencieramente lograr dinero, fama, reconocimiento, poder y sobre todo, apariencia de èxito, no son tan arduos de comprender como los primeros.
Dado que ante cada lucha hay un elaborado sistema de creencias basado en que existen “armas nobles” y “armas innobles” y que perder con “armas nobles” es “moralmente superior” a ganar con “armas innobles”, los que utilizan estas ùltimas, que son los primeros, dominan a los segundos, de un modo infantilmente sencillo.
Los que sì creen en la diferencia entre, por ejemplo, “obtener respeto” y “merecer respeto”, creen tambièn en una diferencia entre la materia y lo que ellos bautizaron como “el espìritu”.
¿Què diantres es el “espìritu”?, se preguntaràn ustedes. Bueno, taxonomizarlo es difìcil porque se presenta en versiones muy divergentes para cada comunidad de postuladores de ese ente. Para algunos es simplemente lo contrario de la materia: es decir que si alguien està materialmente empobrecido, automàticamente està compensado por verse espiritualmente enriquecido. Para otros es la verdadera esencia que subyace misteriosamente a la materia.
Voy a tener que consignar ahora una breve reseña històrica de la humanidad, tal como lo he podido reconstruir, es decir, empezando por la actualidad y fingiendo que todos los acontecimientos que me testimoniaron desembocaron rectilìneamente en ella.
Al parecer el gran padre de la actualidad humana a nivel pensamiento es un sujeto o una organizaciòn o una deidad llamada Karl Marx. Su cerebro fue el primero o el mejor publicitado en oponerse a la idea de que existe el espìritu, con lo cual convirtiò desde su perspectiva en rìdiculos todos los tradicionales consuelos que mantenìan contenta a la gente. Yo les remito a ustedes un libro con sus ideas, porque hay pocos terrìcolas que nos prodiguen tan engañosamente la idea de que ningùn abismo separa a los humanos de nuestra especie.
La idea de que ninguna compensaciòn econòmica espiritual sobrevendrìa a los laboralmente explotados resultò un “giro copernicano”.Les explicarè esta expresiòn: los “giros copernicanos” son revoluciones conceptuales que deben su nombre a Nicolàs Copèrnico, quien debe el suyo a sus padres.
Copèrnico, segùn unànimes fuentes de distintas tribus, fue el descubridor tardìo de que la estrella axiomàtica de la constelaciòn que he venido a estudiar no era el mismìsimo planeta que los humanos pisaban. Antes de Copèrnico, primaba la idea del astrònomo Ptolomeo, quien aseguraba que alrededor de su planeta de egos giraba todo, y no hubiera vacilado en incluir a Schopi de haber conocido algo real del firmamento.
De manera que un “giro copernicano” no es en modo alguno una lùcida observaciòn correcta, sino una rectificaciòn en 180 grados de una imbecilidad que gozò de largo crèdito.
Los hombres y mujeres que fueron Karl Marx sin duda eran lùcidos, pero adolecìan al mismo tiempo de “egos” y profetizaron una serie de cambios tal y como a ellos se les antojaba que sucederìan, inclusive antes del recambio generacional.
El resultado fue el mismo que toda mentira obtiene en el planeta Tierra. La mentira es algo muy terrible en la Tierra y nada recibe un castigo mayor que su advenimiento: cuando aparece una mentira, la humanidad se ve obligada como acto de contricciòn a renunciar por un buen tiempo a la verdad.
Como tantas muchedumbres creyeron en la profecìa, sus adversarios empezaron a creer tambièn, en especial, conociendo que se trataba de una invitaciòn màs que un anuncio, a poner en pràctica lo declarado.
Entonces se organizò una virulenta reivindicaciòn del espìritu, que es el orden que reina en la actualidad, si bien llamarlo “orden” es una eufemìstica ilusiòn màs.
Esa reivindicaciòn que se fue gestando a lo largo del pasado siglo y todavìa està en marcha, fue especialmente cruenta en la regiòn natal de los autores del “giro copernicano”, es decir, la tierra de las personas que màs tendìan a liberarse de las ataduras emocionales y el “ego” mismo que estoy tratando de explicar. Para reivindicar el espìritu en el paraje llamado “Deutschland”, fue necesario que un santo conocido como Adolf Hitler reencauzara las almas descarriadas, separàndolas de su cuerpo. Al parecer se viò obligado a exterminar fìsicamente a al menos seis millones de aparentes antiespiritualistas, antes de acompañarlos abandonando piadosamente èl tambièn su mero envase corpòreo.
Pero no crean que esa masacre conforma una honrosa excepciòn: al parecer los habitantes de uno de cinco los grandes bloques de tierra, nada sabìan de la existencia del otro y cuando realizaron el “giro copernicano” de advertirlo, las bajas que sufriò la humanidad fueron muchas màs.
La historia del ego presenta sin embargo muchas lagunas y sòlo puedo decirles que en la actualidad, si los seres humanos no tuvieran ese òrgano, toda su vida serìa muy diferente.
La llamada autocompasiòn es algo que nosotros no conocemos: pues bien en la Tierra no hay habitante que no la conozca. Se trata de la nociòn de que el propio ego se ve damnificado en desproporciòn respecto de los demàs egos o de lo que deberìa por causas naturales. Paradòjicamente la autocompasiòn, nacida del ego que fundò el còdigo moral, es lo que màs mueve a las personas a infringirlo.
Sin embargo, noto que lo estoy abrumando a usted con una informaciòn exiguamente iluminadora. Porque es preciso aclarar que la materia no es tampoco en este insòlito cuerpo celeste lo que es para nosotros.
Los humanos han edificado toda una suerte de leyes de la economìa, es decir de la materia, partiendo del erròneo principio de que màs es mejor que menos en caso de que no se pueda dar con la medida justa.
Hay en este momento en el planeta màs artìculos innecesarios que nitrògeno, que era, segùn creìamos la sustancia que màs abundaba. Pero ninguna persona lo sabe, del mismo modo que ningùn enamorado intuye la cantidad de compañeras idòneas que no conoce ni podrìa terminar de conocer en vida.
De manera que retomo ahora el tema que me solicitaron dilucide, no sin revelarles que el ego es de importancia màs central en el amor humano, que lo que era el sol en la teorìa copernicana.
La separaciòn entre espìritu y materia encuentra para muchos organismos moralistas una de sus formas en la separaciòn entre el sexo y amor. La palabra “amor” casi nunca aparece unida a la palabra “materia”, por màs que nada hay menos romàntico y espiritual sobre la faz de este planeta que el amor.
Para empezar, el amor no puede ser definido de manera unìvoca, tiene referentes tan dissìmiles que abarca en su espectro desde lo que puede sentir un paladar hambriento hacia un bocado, hasta el desagrado dulce de la abnegaciòn personal en aras de un ser hacia el que se experimentan lazos de identificaciòn.
El sexo, por otra parte, es algo tan contrastadoramente limitado e idèntico a sì mismo lo encontremos donde lo encontremos que cuesta mucho comprender la extraña vinculaciòn que han establecido los humanos entre uno y otro fenòmeno.
Para procurar echar algo de luz acerca de nuestros objetos de estudio, debo empezar por señalarle, mi estimado mentor, que el sexo dista mucho de ser asumido como algo instintivo y banal por los seres humanos. Al sexo se lo describe como aberrante o divino y se lo entremezcla tanto con ficciones originadas por el temor o la estupidez, que se llega a considerar que se trata de una necesidad no menos vital que la respiraciòn nasobucal, la administraciòn de lìquido por vìa oral, el descanso por medio de la experiencia onìrica o el reconocimiento gratuito que un ser humano necesita de sus semejantes.
Erròneamente la humanidad cree que es el amor lo infinitamente fantasioso y el sexo lo frìamente utilitario. Quien venga en una misiòn por mucho menos tiempo que yo se enterarà en seguida de que las cosas son exactamente al revès: lo que necesita el ser humano, de una manera vergonzantemente indigente, mendicante y desesperada es amor. El sexo, por el contrario, puede faltar en una persona durante toda su permanencia en el suelo terràqueo y lejos de causarle mal su ausencia, lo ayudarà a tener màs los pies sobre el lugar en el que està parado, ya que es el sexo lo que mueve a los cerebros humanos a las màs alocadas e imaginativas desviaciones.
No hay nada de imaginativo en el amor: se trata de tomar una actitud establemente conforme hacia la realidad de un sujeto. Las personas se quieren unas a otras tal como son, aceptan y agradecen sus errores particulares y desean que se prolongue indefinidamente su existencia en la configuraciòn precisa que tienen.
El sexo en cambio es a un tiempo visionario y reformista, es vector de insatisfacciones que buscan producir cambios, alucina con imàgenes distorsionadas de las personas y promueve alteraciones inconstantes.
Pero sexo y amor estàn tan indisolublemente mancomunados en la psique humana, que las personas que los separan reciben una condena moral tàcita desde lo màs recòndito de sus propias conciencias. Las llamadas “prostitutas”, que son hembras que acceden a copular con quien quiera que les abone un monto determinado, son considerados monstruos de la moral no por “prostituir” su intrìnseco deseo, sino por revelar la verdadera faceta trasaccional del de los demàs.
El sexo y la moral tambièn estàn increiblemente asociados y las leyes para determinar lo malo se ensañan mucho màs con las pràcticas eròticas que con el ejercicio del asesinato, el robo, la tortura o la ignorancia.
Imàgenes de personas copulando son expresamente prohibidas para los pequeños humanos a quienes en cambio no se priva de hacer ver toda ìndole de manifestaciones de violencia.
Como el sexo es una realidad, si bien trivial y harto insignificante, los pequeños humanos son aleccionados con alegorìas que mixturan los hechos biològicos inocultables, con ìconos amorosos en absoluto relacionados.
La natural atracciòn que un humano puede sentir hacia otro se narrativiza con un cuento que determina la finalidad ùnica y verdadera de ese impulso: el casamiento.
El casamiento es al amor lo que el orgasmo al sexo, o mejor dirìa lo que la penetraciòn: cada expresiòn amorosa que antecede al casamiento, es sòlo una vìspera y una preparaciòn para el evento supremo.
En esta ficciòn desempeña un crucial papel el culto artificial a la virginidad. Como hemos estudiado,la hembra humana posee una delgada membrana que se rompe al momento de producirse su primer apareamiento. Esta delgada pelìcula epidèrmica sume a los humanos que he investigado en reverencias alucinatorias que los mueven a considerar que una hembra que posee aùn su recubrimiento, es incapaz de albergar en su mente ideas eròticas o lascivas fantasìas y que la fuente de toda su furor lujurioso reside fìsicamente en la supradicha membrana.
Esta peculiar creencia conduce a una ceremonial costumbre que considera de decisiva importancia a la primer copulaciòn por sobre todas las ulteriores. La ubicaciòn espacial y no temporal de la madurez sexual, asì como la de toda madurez, es a todas luces una de esas imbecilidades que està esperando su “giro copernicano”, pero el hecho es que muchas hembras se reservan la magia de la primer fornicaciòn para el momento especial en que hayan hallado un compañero de creencia, no importàndoles dejar pasar las temporadas màs aptas para la realizaciòn de estas acciones. Estàn tan imbuìdas de la supersticiòn emocional fisicalista, que olvidan que en su estado de cachorras su percepciòn era notoriamente màs intensa y vìvida y que no es un lugar sino un momento lo que recubre de hechizo a los actos.
El “casamiento”, o “cazamiento” es una legislada uniòn en principio vitalicia, tambièn infestada de esta convicciòn profunda de que es una relaciòn y no un instante, una situaciòn espacial exterior y no una interior sujeta a fugacidad temporal lo que produce el magnificado eclipse de la confluencia del sexo con el amor.
A la verdad biològica de que la naturaleza produce màs hembras que machos porque los nueve meses de gestaciòn de cada hembra pueden ser muy bien aprovechados por los mismos pocos machos para propagar la especie con otras hembras, los humanos han culturalmente opuesto una instituciòn monogàmica alterados por la monomanìa de que la igualdad es el bien supremo.
Esta instituciòn igualitaria tambièn denominada “matrimonio”, obliga a todos los machos a someterse a las leyes amorosas que protegen a las hembras, de modo tal que todos los discursos amorosos son de raigambre esencialmente femenina.
El casamiento presupone una sociedad financiera, sexual y emocional democràtica.
Esta impronta comercial bienintencionada heredada de los tiempos en que a la hembra se la relegaba a la mera reproducciòn y crìa, tiñe todas las ideas del amor de interès especulativo.
El desagrado con el que se contempla a las "prostitutas" no es producido por el escrùpulo que considera improcedente el pago por los favores sexuales que deberìan ser una recìproca recompensa, sino la indignaciòn de un comerciante por ver que la competencia vende màs barato.
Es curioso que existan expendedoras de fornicaciones y no vendedoras de amor, con la misma explìcita oficialidad.
El carácter de cosificaciòn lucrativa que rodea la bùsqueda amorosa es tan asì, que los padres de una criatura no desean que el fruto de sus copulaciones sienta un intenso y abundante amor por quien quiera que sea siempre y cuando perciba un genuino placer, sino que anhelan que encuentre a una otra criatura de similar o mejor situaciòn monetaria que en razòn de la implìcita afinidad cultural tenga una sintonìa emocional màs adecuada que otras.
Conciliar tantos deseos, para malgastar la siempre trunca y fallida concreciòn en una ùnica uniòn, produce como usted muy bien se puede imaginar los màs desastrosos resultados. Porque el impulso sexual no hace distingos entre opulentas billeteras y bolsillos vacìos o entre coeficientes elevados e incurable taradez.
A esta serie de calamitosas construcciones humanas se agrega el hecho de que el deseo eròtico no se caracteriza precisamente por florecer en el hàbitat del sentido del deber econòmico o el buen criterio cerebral, sino exactamente lo contrario: el descerebrado deseo sexual es estimulado por las prohibiciones.
Esa invenciòn antedicha llamada “moral” juega un rol involuntariamente contradictorio con los amaneceres del deseo.
La prescripciòn de castidad es una recomendaciòn y apologìa mucho màs intensa que la obligaciòn de tener un coito.
Los mecanismos de prohibiciones que han ideado las sociedades terrìcolas chocan indeciblemente con las emergencias del deseo al que sin quererlo acìcatean buscando restringir.
Asì, nada atrae màs a un humano, que ser rechazado por su objeto de deseo. Si ustedes desearan producir en laboratorio un enamoramiento no tendrìan màs que imantar negativamente a uno de los agentes.
La sensaciòn de ser rechazado produce en el animal cultural la errònea certidumbre de estar ante un ser superior a èl, porque la capacidad que tienen los humanos de repeler lo dado es muy restringida, y tienden a confirmar y justificar lo que les sucede. No piensan que si un humano los rechaza muy bien pudiera ser por capricho o malentendido, tienden a considerar que hay profundas razones que operan en el hecho.
En rigor, esta actitud de atribuir razones que sustenten hechos el ser humano la hace extensiva a todo. No puede concebir que algo sea por nada. La nociòn de azar nunca puede ser del todo internalizada por el cerebro de estos seres.
Otro productor de un “giro copernicano” que vino a refutar la insinuaciòn de que el ser humano no pertenece a la misma estirpe que los demàs seres de su planeta, un lùcido observador llamado “Charles Darwin”, tratò de señalar la importancia del azar, pero sus continuadores convirtieron el cuerpo de sus teorìas al determinismo, sacrificando en este caso, el alma.
Donde el copernicano girador decìa “origen”, tacharon y pusieron “evoluciòn” y donde decìa “descriptivo” pusieron “prescriptivo”. Desde luego este pensador era tambièn lùcido pero con ego y revistiò a sus revelaciones de una imaginerìa emparentada con el concepto de “cadena del ser” que era una teorìa innecesariamente necesarista que devolvìa al semidesenterrador del azar al reino de lo no casual y a los humanos despojados del tìtulo de “màs que animales” en coronados de “los animales superiores”.
Como el cerebro humano expulsa y vomita la revulsiva idea de aleatoriedad que choca contra todas sus avanzadas capacidades de imponer regularidades al universo, se ve obligada a tragar la medicina de cada sofisma que se le presente.
Un tercer girador copernicano llamado Sigmund Immanuel Goebbels dijo que la verdad es incognocible, que para el inconciente no existe el “no” y que siempre que se mienta algo de esa mentira quedarà.
De manera que si un humano es rechazado por motivos engañosos, creerà que es por motivos valederos, por su desnudada ìntima imfimidad o ìmfima intimidad y dotarà a su rechazardor de atribuciones y majestades.
El peor dramaturgo del universo por si ustedes no lo sabìan es un terrìcola que se llamò Shakespeare y creò una espantosa obra que es para los humanos sinònimo por excelencia del espìritu del amor: “Romeo y Juieta”.
En esa obra, se alienta la inverosìmil creencia en que a mayores obstàculos, contrariedades e inconveniencias a una mayor demostraciòn cabal de irresistible amor se està asistiendo.
De manera que el amor a lo imposible no sòlo existe, sino que està secundado por su muy poderoso hermano mayor, el amor a lo inconveniente.
Esa obra une al amor el “suicidio”, que es la voluntaria supresiòn de la propia vida, ya que los humanos, no conforme con matarse los unos a los otros a lo largo de todas las èpocas han logrado ser expertos tambièn en el inaudito arte de matarse a sì mismos, descorriendo el velo, por esta facultad superior, aunque sin enterarse nunca, de la profunda in-diferencia entre uno mismo y los demàs.
El concepto de “romanticismo”, como usted puede apreciar, consta por ende de un componente de incomparable egoìsmo material asociado a un simultàneo componente de autodestructividad festiva. A pesar de lo cual se considera acarameladamente primoroso al amor y degradantemente sucio al sexo.
Pasemos revista ahora a las preliminares de la uniòn: la seducciòn.
Se llama asì a la escenificaciòn teatral que logra hacer pasar por personales y espontàneas las actitudes planificadas impersonalmente con ominosas preparaciones. La hembra es tempranamente adiestrada en las artes cosmetològicas y ansìa durante su desarrollo llegar a ser dueña de sinuosas protuberancias que al parecer son las delicias de los machos, o al menos, el anzuelo perfecto.
Las poseedoras de estos atributos, que son realmente fàciles de ennumerar, concretamente: pechos opulentos,nalgas sobresalientes, y algo no menos exterior y superficial pero considerado espiritual, un rostro armonioso, se dedicaràn a publicitar lo màs posible sus posesiones y simular al mismo tiempo que no deben ser en absoluto pretendidas por estos paràmetros, sino màs bien por la dulzura de su carácter, la inteligencia de su criterio, la gracia de su conversaciòn o la pureza de su inocencia.
Los machos, en efecto, se prestan al juego, asegurando que el interès que profesan dista inmensamente de ser sexual, que las poseedoras de glàndulas mamarias gigantescas les inspiran ternura, que las agraciadas con un diseño distinguido de su organo excretor los mueven a pensar en poesìa y que las dotadas de caras que se asemejan a àngeles o muñecas merecen las mayores consideraciones en virtud de sus innatos conocimientos filosòficos.
La farsa se prolonga el tiempo necesario que lleva “conocerse”, lapso variable pero que nunca puede ser instantàneo en los actos, si bien, las fantasìas humanas acarician la idea de “amor a primera vista” mucho màs que la idea de laboriosidad congenial, probablemente a causa de la pereza, el rasgo màs distintivo de los humanos, en especial en lo que a intelecto se refiere (insisto en lo que tantas veces discutimos en mi añorado planeta: no hay personas dèbiles mentales, sino perezosas mentales, en caso de urgencia he podido comprobar que hasta los màs idiotas utilizan un mayor caudal de su potencial cerebral).
Para la hembra conocer a un macho es una acciòn negativa: consiste antes en descartar que sea un serial killer, un retardado, un homosexual, un violador en potencia o lo que fuere que sus prejuicios le hacen temer, que a averiguar què cosas sì es el especimen en cuestiòn. Para el macho, las cosas son bien distintas: èl no necesita conocer màs que lo que lo atrajo los primeros 20 segundos, al contrario, cuanto màs se le permita asistir a la exteriorizaciòn del pensamiento vivo de su bello botìn, màs riesgos corre de verse disuadido.
Notesè el paralelismo entre la màs tardìa consecuciòn del orgasmo femenino y la diligente y menos tanto pretenciosa como intensa culminaciòn masculina.
La copulaciòn humana presenta las mismas caracterìsticas que sus inminencias.
Lo que busca el macho en la hembra es obtener una erecciòn ad oculos, lo que busca la hembra en el macho es poder confiar en èl, lo cual consiste, diabòlicamente en llegar a la firme convicciòn de que èl no està allì por motivos meramente sexuales.
El sexo es inherentemente antiintelectual. La impotencia es causada en numerosas ocasiones por la presencia indebida del cerebro allì donde no debe estar. Sin embargo, la hembra insiste durante todo el examen precoital en manifestar lo màs posible sus ideas y sentir que el macho la conoce interiormente, antes de permitirle llevar este sentir a la verdadera pràctica.
Como indiquè al principio, la asignaciòn de roles està estipulada de un modo mecànico y esquemàtico: la hembra es la portadora de las emociones y el macho debe mostrarse reticentemente poco sentimental.
Su funciòn planificada es ser un sostèn anìmico, lo cual significa, ser realmente un sostèn, un pasivo corpiño que impida desbordes desenfrenados.
El resultado de estas asignaciones, es que a la hembra le està permitido recorrer todos los abanicos y umbrales emocionales pasando en un santiamèn de la tierna afectuosidad al desconsolado llanto sin dejar de recorrer histèricamente la irascibilidad descontrolada, mientras que al macho no le està permitido manifestar, durante el cortejo, màs que afectada caballerosidad imperturbable.
Si la atracciòn es locamente urgente, ambos participantes deben incurrir en un còdigo de simulaciòn de temperancia y autocontrol, que no hace en realidad màs que exacerbar los ànimos.
El macho, por ejemplo, si ha comenzado por pedir el nùmero telefònico a la hembra-se trata de un medio de comunicaciòn interpersonal que los humanos muy ingeniosamente han ideado para poder hablarse sin tener que verse, debe cuidarse muy bien de no llamar inmediatamente a su pretendida para no parecer desesperado.
Ustedes se preguntaràn: ¿para no parecerle desesperado a quièn?¿cuàl es el pùblico censor que impide el dichoso encuentro?. Por increìble que suene, el pùblico està constituìdo por los actores, en este caso.
En este gènero de representaciones los humanos màs admirables llevan la peor parte: quienes genuinamente sientan un profundo interès tenderàn a tener un miedo pànico a todo y a volverse tìmidos y timoratos, mientras que quienes simulen cìnicamente las palabras que fraguan y profanan la sinceridad amatoria estàn condenados a la victoria.
Los enamorados se vuelven locuaces, pero la profusiòn verbal fue repartida a las hembras quienes cuanto màs parlanchinas, màs femeninas, mientras que un macho en exceso charlatàn serà tachado de afeminado. Durante la conquista empero corresponde al macho oficiar de locutor y animador televisivo, mientras que el papel de la hembra es el de desconfiada y huidiza esfinge.
Asì es como la hembra puede protestar declarando que el macho es un “farsante”, un “chamuyador”, un “sanatero”, epìtetos que aparentan ser peyorativos pero encierran un cautivado elogio, ya que se exige implìcitamente que el macho prometa cosas irrealizables y falaces, para posteriormente ser reprochado por ello.
Algo que olvidè aclarar es que en el reparto y asignaciòn de atributos, actitudes y potestades, la reponsabilidad de cualesquier acciòn que resultare inconveniente recaerà inexorablemente sobre los hombros del macho.
Las hembras poseen una dosis mayor de ego que los machos,y por este motivo encuentran ridìculo que se las sorprenda en falta alguna, cosa que en la Tierra significa una humillaciòn y una afrenta, a diferencia de en nuestro bienamado planeta.
En compensaciòn, los machos hacen consistir la insuflaciòn de su inflatuado ego en la tàcita organizaciòn de que a ellos les cabe la culpa porque ellos tienen el poder.
Cito un ejemplo cualquiera: si una hembra casada, es decir, que en teorìa debe pernoctar ùnicamente con su macho, cede a la tentaciòn de revolcarse con otro miembro de la especie, ella agregarà a su hiriente transgresiòn de la regla un comentario que pondrà las cosas en su lugar: declararà que quien causò el adulterio fue el propio perjudicado, ya que le habìa producido carencias afectivas o se negò una vez por ineptitud o imperdonable beligerancia a realizar determinado capricho.
Como ustedes ven, la moral fue creada para dotar de un marco contextual y una justificaciòn de grave solemnidad a las personas inmorales.
La pretendida igualdad no siempre se logra, ya que subsiste la errada creencia de a diferencia del macho, la hembra sòlo puede tener sexo sin amor cuando dejò de sentir amor hacia la persona con la que tenìa sexo: desafortunadamente entonces puede tener sexo sin amor con cualquier persona menos con aquella hacia la que dejò de sentir amor.
Tan irracional es el amor, que esta idea o coartada, a saber, la de que para la mujer sòlo puede aparecer un tercero cuando las cosas estàn mal entre los dos, coexiste con la idea que sustenta los celos posesivos, cuya razòn de ser es partir de la base de que son los terceros y las ocasiones las que producen infidelidades.
Los celos, màs que la demostraciòn de inseguridad, son la acabada prueba de la falta de imaginaciòn de una persona, quien consideràndo a su pareja una divinidad, no puede imaginar que represente para los ojos de los demàs una desconocida no urgentemente conocible.
Sin embargo, el amor sin celos, es considerado una pauperizaciòn intolerable. Quien ama debe mostrarse irrazonablemente temeroso a perder su amor, o en caso contrario serà acusado de no amar con suficiente y desestabilizador ardor. Los roles nuevamente aquì han sido meridianamente trazados: son los machos quienes deben sufrir los celos y las hembras gozar de ser celadas, es decir, recibir el sostèn emocional de ser sospechadas perpetuamente de inconstantes.
Los celos de la hembra producen en el macho en cambio un efecto inverso: lo alientan a buscar una nueva presa, ya que su pretensiòn carcelaria de posesividad demuestra concluyentemente que esa presa ya està cazada.
Por lo general, la hembra actùa ante el macho como el niño ante el adulto: reclama un tutelaje, se presta a una dependencia y demanda omnipotentemente omnipotencia.
La inmadurez es un rasgo encantador, por lo tanto, en la hembra y detestable en el macho.
Esta es la razòn por la cual las hembras se ven atraìdas por machos que las doblan en edad y podrìan ser sus padres: porque ìntimamente querrìan que fuera un nuevo padre.
La “emancipaciòn femenina” curioso nombre con el que se le designa en la Tierra a la apariciòn de mètodos abortivos que permiten a la mujer no temer dejar descendencia en cada acto de debilidad, consiste en permitirle libertad absoluta a las emancipadas hembras para elegirse paternales amos.
Lo que las hembras màs admiran en los machos no es el virtuosìmo para tocar el violìn, la fundaciòn de un proyecto filantròpico, la obtenciòn del premio Nobel, o cualquier virtud domèstica objetiva, sino la capacidad de dominarlas y superarlas a ellas mismas, en especial en el item perversidad.
Eso explica la uniòn de hembras en apariencia majestuosas con ejemplares deficitarios de la especie, la asignaciòn del rol de princecitas o regalos lujosos induce a la hembra a querer siempre verse esplendorosas con un divismo que a veces no redunda en la misma destelleante magnificencia para el cuadro general de la pareja.
En el rubro erotismo no existen Van Goghs por descubrir desde el fango de la miseria: cada hembra realmente atractiva sabe que lo es. Sin embargo, cada macho que ve a cada hembra realmente atractiva cree haber realizado un descubrimiento de ìndole personal exclusivamente insustituible.
La verdad complementaria lamentablemente no se da: los adefesios y bagallos, las verdaderas hembras carentes de todo encanto y arrobo, no siempre tienen un profundo grado de autoconocimiento acorde a su autoestimaciòn.
Es como si la naturaleza hubiera dotado a cada hembra con una igual dosis de ego y altanerìa para que quien pueda desarrollar las condiciones materiales que hagan consensuada la alta opiniòn que de ellas mismas tienen lo ejerzan, no importando que la resultante de esta peligrosa medida sea que las que no puedan igual se consideren el sol de Copèrnico.
Enamorarse es llevar la inicial admiraciòn por algo en particular a la totalidad de una persona. Implica un gigantesco peligro, porque el amor busca homogeneizar, unir: los enamorados de una cabellera rubia admiran ya no sòlo estèticamente el color amarillo, sino que lo convierten en valor ètico. Enamorarse es creer en una divinidad personal constituida realmente por una persona: si es estùpida, la estupidez se eleva a recomendaciòn.
Las canciones de amor tildan al enamoramiento de experiencia maravillosa e inocua, pero lo contrario es la realidad: la situaciòn de enamoramiento produce màs despotismo autoritario que ninguna militancia polìtica, ninguna educaciòn temprana o religiòn fundamentalista. A la pregunta –“¿vos sos idiota o te hacès?” hay que tener la agudeza de incluirle como alternativa: -“¿o estàs enamorada de un idiota?”.
Las personas toman un pedido de matrimonio como algo personal...