martes

Periferias de mi primer beso





(...)cómo me gustaría tener la capacidad de decir todo lo que siento por Dostoievski: nunca vi a este hombre y nunca tuve una relación personal con él, y de pronto, cuando murió, entendí que para mí era el más cercano, el más querido, el más necesario de todos los seres humanos. Yo fui literato y todos los literatos son vanidosos, envidiosos, en todo caso asi fui yo como literato. Y jamás se me ocurrió medirme con él, jamás. Todo lo que él hacía (lo bueno, lo auténtico que hacía) era de tal magnitud que cuento más hiciese, mejor era para mí. El arte suele despertar en mí la envidia, la inteligencia también, pero lo que tiene que ver con el corazón, sólo suscita júbilo. Para mí era un amigo y siempre pensé que un día u otro nos encontraríamos y que yo tenía la culpa de que aún no nos conociéramos. Y de pronto, a la hora de comer, -estaba yo comiendo solo, llegué tarde-leí: murió. Fue como si se desplomara algo en lo que yo me apoyaba. Me sentí muy desconcertado, y de pronto entendí hasta qué punto me era querido, y lloré, aún ahora lloro (...)
(León Tolstoi, 10 de febrero de 1881 carta a Nikoláievich Strájov)


Aviso: esta entrada goza de seguimiento de hilo satelital, un GPS que acompaña el recorrido de tu lectura para que nunca pierdas la ilación, problema tan recurrente en nuestro columnista que se manda demasiadas pérdidas del hilo ex nihilo al hilo...

Mis padres, hijos de primera o segunda generación de inmigrantes judíos, se conocieron en un grupo de jóvenes cuyas actividades recreativas coordinaba un templo reformista de Belgrano C.

Nunca los había visto yo reñir a los gritos ni arrojarse objetos cortantes: constituían para mí por ende un modélico paradigma romántico más que dignos de ser imitados. De manera que fui más o menos para la edad en la que ellos se conocieron al mismo templo, mientras aprendía piano con el Cuaderno de Ana Magdalena Bach y algo que se llamaba el clave bien templado o algo así, lo recuerdo porque la palabra templo me llevó a templado, pero no es difícil de seguir el trayecto de mi foco atencional, el cual caminará con pies de plomo para que ustedes no insistan en que salto con agilidad incontestable y presteza inalcanzable de un campo semántico a otro.

Además, hace a lo que venía contando, no es como si me limitara a decir "la gente del templo era cálida, su temperatura emocional no era templada". Esa clase de asociaciones libres interrumpe y distrae... ¿de qué estábamos hablando?¿de que atacar a Scioli por manco no es superficial porque en ello reside su duradero capital político?
¡Ah! Sí, bueno, la cuestión es que había solo dos chicas en el grupo que me asignaron, una abominabilisimamente fea y la otra, bueno, la otra era la chica más hermosa del lugar, aunque si te ibas a otro lugar seguro encontrabas a cuatro o cinco considerablemente más considerables.
De manera que con un corte de pelo a lo MacGyver fui, vi y vencí: jugué al bowling, gané y Gaby, la chica más hermosa del lugar no tardó en convertirse en mi noviecita
La diferencia entre ser mi novia y ser una amiga era en ese momento racional y no empírica, casi diría incluso que era un tipo de verdad por definición. Como en el caso de "todos los solteros son no casados", no había nada que ponerse a buscar en la práctica, ni te ibas a poder encontrar nunca con un popperiano soltero casado, ni ibas a poder ver prácticas que conformaran al inconformable universo amatorio.


Mi pánico al rechazo era tal, que tuve que contar con toneladas de evidencia acumulada de que si le daba un beso, no me iba a abofetar, llamar a las autoridades, denunciar en los medios y odiarme y desearme el mal o lo que es peor, la muerte, que tal vez después de todo no sea peor, pero no perdamos el hilo...dental.

La evidencia consistía en sus miméticas emulaciones a mis posturas corporales y a mis posturas políticas, que yo cambiaba, descruzándome de brazos y poniendo los brazos en jarra solo para confirmar que ella se dejaba conducir por el tácito baile silencioso que quiere ser licencioso.

Así que la pobre Gaby tuvo que demostrarme antes de recibir mi afecto que Fidel Castro había llevado educación, salud y un sentimiento de dignidad nunca antes conocido al pueblo cubano y que por si esto fuera poco se trataba un dictador perpetuado a la fuerza en el poder, por más tiempo que Mao, acólito de un liberticida régimen a cuya obsolescencia asistían los grandes bloques de países comunistas pauperizados y quedados en el tiempo, en los que la iniciativa y la creatividad se vapuleaban, el individuo perdía sus derechos y el hombre era el lobo vigilante batintin, ba-ti-dor-or-ti-ba del hombre.
(¿Qué es un buchón? se preguntó San Asustín
si no me lo preguntan, lo sé...)
-Claro, Alfonsín es un estadista demasiado genial para este país de mierda, los peronistas lo sabotean-me decía mientras la acompañaba a tomar el colectivo, para dos cuadras más tarde coincidir nuevamente conmigo-yo no sabía coincidir conmigo mismo tan pronto-conviniendo en que el padre de la democracia había contravenido hasta la parcial democracia de su partido pactando personalistamente con Menem y que si esos medios valían para justificar el noble fin de una nueva Constitución más pluralista y más independiente y con cincuenta hermosos preámbulos que tan bien nos supo recitar, por qué no se avino a pagarle la extorsión al Sapag ése que le coartó la reforma sindical.

Gaby era una buena compañera, o una ideal acompañante terapéutica, me preparaba ricos sandwiches caseros cuando nos recostábamos en Barrancas de Belgrano para estar de acuerdo en que Ernesto Sábato plagió bastante "El túnel" de "El extranjero" de Albert Camus o que si no supiéramos que Picasso vino después que Miguel Ángel creeríamos que es al revés.
Me acompañaba a la fonoudióloga y me esperaba toda la sesión afuera, como una boluda, porque yo la dejaba hacer, como un hijo de puta.

El problema es que su experticia como avezada besadora era cero. Habíamos descubierto autodidactas el piquito y de ahí no pasamos, ni imaginamos del todo que hubiera más. Yo había visto besos largos en películas, pero inferir que las bocas están abiertas y las lenguas pasan de una a otra tal vez era demasiado conceptualmente arduo, o una ficción como Cristopher Reeve sobrevolando el negligé de Margot Kidder.

Por una cuestión etaria yo no necesitaba tampoco su saliva en mi paladar para estar en alza, pero ella debía de manejar una noción alarmante respecto de cómo vienen al mundo los embarazos múltiples no deseados porque me preguntaba siempre si yo estaba en condiciones de mantener a un hijo, sabiendo que no, como justificativo para impedir todo avance en materia de excitabilidad o acariciamientos en zonas erógenas.

No hubo nada tortuoso en mi relación con ella, con lo cual es difícil llamarlo "amor": yo imitaba a mi padre como podía-mi padre podía más facilmente ser imitado en sus gestualidades que en la imitación de un título de doctorado en filosofía y sociología, yo imitaba gestos que quedaban bien en un profesor eminente y levemente absurdos en un muchachito sin calle, ni malicia, ni conocimientos acerca de la interdependencia según Althusser, ni presencia de ánimo como para sobrellevar el desdén normal de una chica.

Caminábamos por Avda. Pueyrredón, yo entraba a la librería El ave Fénix, miraba con interés "Izquierda y derecha en el cosmos" de Martin Gardner, Editorial Alianza, como está en saldos reducido a la mitad de precio y seguíamos caminando y entonces en mi cumpleaños inesperadamente me daba cuenta de cuánto me conocía Gaby, de cuan hondamente había pensado en mí, de cómo pudo dar con ese libro, saber que ese estrambótico libro que a nadie se le ocurriría querer hacía mi felicidad.

En enero tres sinagogas unían sus esfuerzos por perpetuar la estirpe judía fomentando un locus amoenus para jóvenes con ánimo de amar...a alguien de la cole.

Se organizó un campamento a Salta y con Gaby vendimos porciones de tortas y rifas hasta juntar el monto del pasaje y la estadía.


Viajamos juntos en uno de los tres micros, pero ya ambos habíamos visto agradeciblemente ampliado el espectro de posibilidades de interacción y ya ambos le habíamos echado el ojo a dos o tres o cuatro o cinco especímenes respectivos, únicos sin duda en el espacio y el tiempo.


Decidimos asimilar la ruptura con tibetana templanza y conservar de nuestro gran amor una bella amistad, que no duró por supuesto ni un día más que los que estrictamente estuvimos obligados a pasar juntos.

Una impresionantemente atractiva ninfa de doce años cautivó mi atención porque era lo más parecido a Marilyn Monroe que había visto en persona y hasta ese momento nunca había entendido por qué se ponderaba tanto la belleza de Marilyn Monroe.


Se llamaba Ana, vivía en Vicente López, tenía el pelo platinado pero era pelirroja y llena de pecas: en su mano tenía el libro "Corazones en llamas" y sobre su cabeza un sombrero idéntico al que ostentaba Charly García en la foto de tapa.

Pese a su hermosura inverosímil, la paicarrita te daba pelota, te daba charla, como se afirma que las legendarias bellezas rosarinas por una cuestión de convención social se ven obligadas a hacer sin poder gozar del privilegio porteño de simular la ceguera sordomuda con estreñimientos.


Es cierto que su conversación no estaba a la altura de su aspecto, porque no había nada original, desafiante ni discordante en su aspecto: su aspecto era la ortodoxia de la perfección anunciada por revistas y films y representaciones culturales de consenso irresistible. En cambio cuando hablaba decía por ejemplo que Charly García era admirable, sí, y que eso se iba a notar fundamentalmente en su entierro, por la cantidad de gente que asistiría.

O si mencionaba a los animales elegantes y uno le proponía un felino, ella lo rechaza con felina gracilidad arguyendo que si se le corta una pata a un tigre, éste pierde su elegancia de manera total y no solo un tercio de ella. En contraposición una cobra poseía cierta elegancia invulnerable, munida de inmunidad amputacional. Era desconcertantemente seria en tecnicismos referidos a nimiedades y podía ofenderse y decirte que no la estabas tomando en serio, si llevabas su ridículo argumento hasta sus últimas consecuencias y le sugerías a Cheyenne rengo, etc.

También estaba Jezabel, una morocha cheta de ojitos picarones, coquetería catatónica y no sé si elegante con sus pantalones jardineros y chomba sin corpiño, pero decididamente interesante.

Creo que estoy rememorando con tan entrañable delicadeza aquella edad porque al despertar sexual explosivo se lo acompañaba de las magias del pudor, que tal vez ahora de más grande solo se consigue siendo muuuy papelonero: en ese entonces uno tenía la riqueza de sonrojarse por haber hablado demasiado bajito ante un desconocido
Ya en Salta, cuya luminosidad circundante hacía palidecer la niña de los ojos de las niñas de nuestros ojos en cuanto a esplendor, nos asignaron a dos madrijás, dos líderes que tenían apenas cuatro años más que nosotros, pero eran las encargadas de dirigir algunas actividades o preguntarnos si tomabamos el té con leche o café.


Una de ellas, Laura, me pareció de un rostro tallado por lo que hubieran producido Praxísteles y Boticelli después de tomarse juntos un papel de ácido lisérgico, así que ni bien me preguntó si quería té le dije "te quiero" con el escudo que me daba el ingeniosísimo juego de palabras y ella se ruborizó y sonrió y esa creo que fue la última vez que la vi, lamento decir.


La otra, Yanina Abdala o algo por el estilo, tenía ojos por momentos verdes y por momentos turquesa, cabello castaño, labios color rodocrosita que es la piedra patria, un cuerpo lleno de hospitalarias redondeces bien proporcionadas y como le había pasado a Swann con Odette: ¡no me gustó para nada, no me pareció que fuera mi tipo!.


(...)Pero, mientras que cada una de aquellas relaciones, o cada uno de aquellos coqueteos había sido la realización más o menos completa de un sueño nacido de la visión de un rostro o de un cuerpo que, espontáneamente, sin esforzarse, Swann había considerado encantadores, cuando un día en el teatro le presentó a Odette de Crécy uno de sus amigos de otro tiempo, quien le había hablado de ella como de una mujer encantadora, con la que tal vez pudiera llegar a algo, pero describiéndosela como más difícil de lo que en realidad era para que parciese que había tenido un detalle aún mayor al dársela a conocer, Swann la había considerado, en cambio, no carente de belleza, desde luego, pero de un estilo que le resultaba indiferente, que no le inspiraba deseo alguno, le causaba incluso cierta repulsión física, una de esas mujeres-todo el mundo tiene las suyas, diferentes para cada cual-que son el tipo opuesto del que nuestros sentidos reclaman (...)


Digo esto para aclarar que no era inconcebilbe para mí fijarme en una mujer más grande que yo (años más tarde mis primeras fortunas se labraron en el campo de la investigación de mercado, donde mis compañeros encuestadores me caratularon como "exitosísimo seductor de señoras").


Solo que yo me había fijado en la otra.


[lo inconcebible, seguramente, era que ella se fije en vos, eso habrá sido lo perturbador, enamorarte de Greta Garbo es lo normal...]

Bueno, esta Yanina evidentemente me encontró fascinante y todo el tiempo trataba de preguntarme quién me gustaba y qué pensaba hacer al respecto y demás gratas curiosidades que normalmente tiene la esposa de un amigo o tu jefa o alguien que goza de un impedimento exterior garantizado que le asegura una nominal inocencia.
De la nada una tal Bárbara quedó también prendada de mí al verme y declaró que yo le gustaba y que yo le gustaba y que yo le gustaba. Por lo cual todas las chicas venían a explicarme que yo le gustaba y que yo le gustaba y que yo le gustaba y que en Argentina es un desaire imperdonable y una ofensa que se paga con la elección sexual no acudir al llamado de una hembra que nos ha escogido (hallarán ustedes el mismo código moral en la filosofía de Alexis Zorba de Kazantzakis).

Así que sin que la chica me pareciera digna de interés alguno, la cité en la cancha de paddle y esa misma noche abrió grandes sus fauces y recorrió con su baba mis mejillas y premolares revelándome que los besos, si bien eran diferentes a como yo los conocía hasta el momento, también podían ser desasgradables en el departamento ph salivar y adecuación maxilar. Imbuído de la ilusión de la discreción, sugerí que si ella volvía a los dormis primero y yo media hora más tarde, nadie se enteraría de que habíamos intentado la odontología autodeterminada con los obreros oficiando de herramientas de producción.






Al volver yo con el sigilo que me hizo famoso y la discreción y capacidad de guardar secretos por la que soy mundialmente conocido, Yanina me esperaba ansiosa para preguntarme cómo había salido todo (o entrado algo).

Le expliqué con desencanto que bueno, era necesario que Barbie se sacara el gusto y me besara para olvidarse de mí y no quedar atada a un espejismo de idealización, por lo que me sacrifiqué y la besé, pero que la experiencia distaba de ser más satisfactoria que leer un buen cuento de Mark Twain en una biblioteca pública.

Esto pareció desconcertar a Yanina, que miraba con insistencia mi boca negando todo desperfecto técnico y que si bien nunca leyó "El arca de Noé inspeccionada en un puerto alemán" o el cuento del canibalismo en el tren, me aseguraba como que dos más dos eran por aquel entonces todavía cuatro, que darse besos no podía sino ser una experiencia sensorial, espiritual y hasta intelectualmente más fascinadora.

Le dije que eramos muy diferentes, que para algunos seres básicos y rudimentarios, todavía presocráticos o anteriores a Descartes en más de un sentido, la ingesta de hamburguesas parecía dotar de suficiente sentido al sufrimiento humano, pero que para un viejo cascarrabias atrapado en un atlético cuerpo de dieseis años como yo, el beso era una forma primitiva de vinculación en el que el encuentro entre dos subjetividades insustituibles se suspendía alucinatoriamente para reducirse a la edad mental de un lactante.


Entonces ella me ordenó me cepillase los dientes, cosa que yo hacía de buen grado cinco o seis veces diarias, por una estúpida dentista que me había traumado al contarme la asiduidad de la recurrencia de las bacterias.


Al regresar a mi bolsa de dormir Yanina me dijo que no quería que yo me cohibiera por lo que ella estaba a punto de hacer. Yo estaba tan cohibido, siquiera por ser la primera vez que oía a un ser humano de carne tiernita y hueso utilizar la palabra "cohibido", que le aseguré que claro que no, que no iba a estar cohibido por lo que fuere que ella fuera a hacer.

Entonces me pidió que cerrara los ojos.



Hay algo mágico en cerrar los ojos per sé, creo que por eso cerramos los ojos a tantas realidades evidentes, estoy seguro de que si los señores asaltantes tuvieran la deferencia de pedirnos que cerrásemos los ojos cuando van a extraernos una billetera y un celular, no pasaríamos un momento tan malo, al menos mi imaginación visual suele ser bastante benevolente.


Su boca suave de terciopelo y alabastro de dientes perlados y esmalte nacarado hizo los reflejos de prensión palmar propios de un reciennacido en mis labios y yo empecé a disfrutar por primera vez en mi vida de un beso.

Diríase que una sonrisa jugueteó en mis labios, pero que, al revés de en la frase hecha, no era mía esa sonrisa.

Mi deleite no hubiera podido ser mayor.

El de Yanina, evidentemente sí, porque me pidió que no me ofendiera pero si no me podía pedir algo.


En general cuando alguien me pide que no me ofenda, lo que acostumbro hacer es ofenderme, porque si alguien es conciente de que va a decir algo ofensivo y está dispuesto a decirlo igual y cree que voy a insensibilizarme solo por el expediente verbal de formular la advertencia, tiene que saber que tiene tanto valor legal como los cartelitos de "la casa no se responsabiliza por la sustracción de sus bienes personales" o todo lo que antecede a una adversativa, por ejemplo "ya sé que el vasco Arruabarrena es un pésimo director técnico capaz de llenar de presión a sus dirigidos diciéndoles que cada pelota perdida es como si violaran a la madre en lugar de crearles un entorno de contención y andamiarlos y apuntalarlos para que salgan de la retracción futbolística comparable al aislamiento encapsulador ermitaño de los autistas y los adolecentes, pero...".


Pero esta persona me estaba revelando la existencia de un fenómeno asequible a diferencia del noúmeno, o, al menos admitiendo que algunas chicas tendrían ese fenómeno eternamente nouménico para mí, reconozcamos que en otras ya podía llegar a ser, después de conversar y tomar unos tragos, fenoménico.


O sea: yo me sentía fenoménico en ese momento y podía permitirle a la prodigadora de la mera sombra, a la imagen y fotocopia de segundamano del arquetipo platónico del beso, que me pegara con un bate de beisbol si ese era su precio.



"¿Te puedo pedir que saques la lengua?" me dijo Yanina


Yo hice lo que cualquier payaso herido en su amor propio haría en circunstancias similares y le saqué la lengua pero ella me miró furiosa, como si mi forma de tomar en serio algo no fuera investirlo de la energía humorística.

Entonces, por supuesto, vi el Aleph. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa de Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Iverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página...


O mejor dicho, la versión Disney: vi arco iris y helados y todo eso y Yanina me dijo "espero que ahora puedas dormir bien" porque yo fingía sufrir insomnio para dármelas de intelectual profundo.


Al día siguiente me despertó para pedirme que le jurara por Dios y la Virgen que no se lo diría a nadie.


Yo juré pero aclaro que el juramento se circunscribía a los días que estuviéramos bajo su mando en el campamento para preservarla de ser acusada de abuso, negligencia criminal, irresponsabilidad en el cuidado de sus polluelos, etc.


O sea que, creo, ahora no la estoy perjudicando para nada, porque hasta donde yo sé, se casó con un tocayo y hastan tienen una casa de fin de semana en Del Viso y ya no necesita ser madrijá para ganarse el puchero, le basta con hacerle pucheritos.


Sentí una responsabilidad inmensa, como si Su Santidad me hubiera confiado que habló con Alá y que el Vaticano debería ser demolido si alguien más se enterara, trayendo oprobio y desamparo a miles de fervientes feligreses.


Creo que mi homeostatis se vio afectada: sentí una seguridad muy grande en mi capacidad de seducción y en lugar de realizar la normal ecuación hipotético-deductiva "Yanina gustó de mí, ergo yo debo tener algo para la singular estructura psicopatológica que las series constitutivas le instauraron" o en clave marxiana "las circunstancias históricas de convergencia espaciotemporales con la materialidad del artefacto culturalmente construído y que los marxistas vulgares llaman mi boca llevaron a que el interés económico del capital de su saliva alienada por una falsa conciencia de clase" o en clave machista barrial "qué puta que es", sino una generalización poco sagaz: "yo, que sin siquiera proponérmelo he hecho la conquista de semejante hembrón, qué no podré producir en el corazón de las que realmente me gustan".


Pero evidentemente mi puritanismo o mi ideal romántico monoteista pudieron más en su megalomanía sometedora y con petrificada interpretación rumiante el deshielo de las ataduras me condenó a quedar bastante pegado a la figura simbólica de Yanina, cuya bella figura real yo no sabía instrumentalizar.

A ella le molestaban mis juegos de palabras, odiaba el doble sentido.


Tardé bastante en entender que lo que odiaba era la unidad de medida del doble sentido: cada perverso discursito acerca de la responsabilidad que me decía a tres milímetros de mi boca y con el minigesto de acomodarse el pelo que le cubría la orejita era un doble sentido, solo que no abarcaba una palabra, sino tres párrafos.


Tardé también bastante en "despiojarme de una obsesión" como lo dice Artaud, llegué a considerar que Yanina y yo estábamos hechos el uno para el otro en un grado mayor al que vos lectora y tu hermana , si es que tenés y tu amiga y yo y Alfio Lamborghini y Marquitos Lardapide y Sebastián Kleiman estamos hechos para el paki recíproco usufructo genital, como lo formulara Kant.


A ella le halagaba la vanidad ver que yo no podía rehacer o empezar a hacer mi vida amorosa desde que me besó (una violación de la que me defendí enamorándome, según mi psicólogo de entonces, al que recién ahora entiendo desde la teoría de la madre atentando sexualmente contra el bebé y activando sus pulsiones).


La llamé por teléfono y fuimos a tomar un café a Churba. Yo la invité, ella me contó la historia de su vida, como se estila decir, aunque por supuesto solo se trata de dar un par de datos que no dicen absolutamente nada.






Por ejemplo la historia de mi vida es que nací en Alemania y que fui al colegio Pestalozzi y que hermana tengo, etc.






Creo que van a conocer más a cualquiera si le preguntan cómo fue su primer beso.






De hecho, en la contratapa de los libros no debería decir "José Saramago nació en Portugal", debería decir "Una pendeja española que está como un tren se lo llevó a vivir a Lanzarote".






Cada vez que me sentía especialmente bien conmigo mismo me premiaba llamándola o escribiéndole una carta llena de atenciones o mandándole regalos.






Como no muy seguido me sentía especialmente bien conmigo mismo, supongo que ella estuvo autorizada a creer que no pensaba muy seguido en ella.

Lo cierto es que no alentó mis planes de casarnos. Para empezar no solo tenía el obstáculo de su novio, sino que alegó estar algo encariñada con él. Antes que nada aclaró, para ella el beso no significó nada, no sintió nada especial, si había sido mi tomacorrientes a ella la electricidad no le había llegado pero ni en estúpida metáfora.

En tercer lugar yo no había hecho el amor todavía con nadie, y es evidente que a ninguna chica le gusta "tener que enseñar".


Este último argumento me parecía intolerable:¿esperaba que yo aprendiera con otra hacia la cual no sentía nada, ni siquiera la conocía, probablemente para convencerla tuviera que pegarle o incluso pagarle?.

Dijo que a todas las chicas les gusta tener al chico enamoradito ahí, pero que ella no tenía el menor interés en mí, solo en que le hablara horas acerca de las diamantinas facetas de sus propias perfecciones.


Le dije que no era cierto, que si a mí una chica no me gustaba no quería que sufriera la ilusión que yo no podía corresponderle, que de hecho su lascivia me resultaría repulsiva y no levantaría mi autoestima, haciéndome sentir atractivo, pleno y deseado.



Además: existía la prueba científica ya pasada por el tamiz empírico de la experimentación metodológica de que yo le encantaba.



Verla fue durante un tiempo un ritual muy significativo que yo siempre hacía coincidir con algo importante: por ejemplo la compra de mi primer cd (que fue, a causa de la importancia que le concedí y mi indecisión primero "Brothers in arms" de Dire Straits pero me permitieron cambiarlo por "A night at the opera" de Queen, pero me permitieron cambiarlo por "24 nights" de Eric Clapton en vivo en el Royal Albert Hall porque era un cd doble).







Muchos años después volví a llamarla, acababa de hablar con una chica que no pensé estar en condiciones de atraer y me sentía muy seguro de mí mismo, y le aseguré que después de luchar contra mí mismo me desenamoré y podíamos ser amigos. Ella me invitó entonces a unas actividades de su nuevo templo y para mi desconcierto y pasmo me volví a enamorar.


Desde entonces sé que el enamoramiento es realmente lo contrario del amor, en el sentido de conexión y capacidad de escuchar al otro y de ser un par y de brindar cuidados y favores de toda índole con involuntario servilismo mutuo. Es más bien una monomanía voyeurística que hace caso omiso a las realidades de una personalidad y sus requerimientos y a la que solo se le pide que exista, que sea tal cual uno la recuerda y que al día siguiente vuelva a existir y ser efectivamente idéntica a sí misma, inigualablemente igual.



Pero debo decir que mi experiencia en cuanto a besos-y esto lo digo sin suscribir al positivismo-fue cada vez mejor y mejor.


Un antropólogo me explicó que el primer beso surgió cuando una madre masticó la comida para su bebé y se la administró boca a boca.

Un tanguero me dijo que las prostitutas no besan en la boca, que el beso es más íntimo que todo otro acceso carnal.


Una alumna cuyo teléfono no voy a nombrar me dijo que ganó una apuesta en un boliche respecto de a cuántos hombres podía besar en cuestión de horas.



No sé si el beso puede universalizarse en su significado o en sus fisiológicas consecuencias: sé que para mí fue siempre el antes y el después, el cruce del Rubicón, la posibilidad de asegurarme la aceptación de mi víctima obligada a partir de entonces a leer los textos secretos que no le dejo leer a nadie...

2 comentarios:

  1. al final Swann dice
    "¡Y pensar que he desperdiciado años de mi vida, he querido morir y he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!"

    ResponderEliminar
  2. Anónimo10:05 p.m.

    Para demostrar que lei casi todo o bastante (y seré el único) y para ningunear el romanticismo de primer amor acoto intrascendencia



    Ese debe ser el único Gardner que no lei pero se asemeja al primer Asimov a mis 11: El Electrón es Zurdo

    Ídolos ambos Oscar Samoilovich

    ResponderEliminar

la peor opinión es el silencio, salvo...