sábado

¿Fue Darwin lamarckiano de gagá?


Los documentos incontestables nos interrogan
¿Puede pensarse en un Charles Darwin, el acérrimo enemigo, el predador natural de Jean Baptiste-Pierre-Antoine de Monet, caballero de Lamarck convertido al lamarckismo en sus años de chochera y senectud?
Les ruego a aquellos a quienes en su universo (en su poroto) emocional Darwin les parezca irrelefante, que por favor tengan un gesto para con el Coñicet: a dos años de las elecciones para presidente, la noticia podría inclinar el fiel de la balanza en uno u otro sentido y es menester discriminar si estamos en presencia de un pato o de una gallareta, antes de que se nos arme una galleta o un patarato
Este trabajo ha sido bendecido por Charles Romuald Superyó, el más destacado de nuestros científicos que en virtud de su severísimo rigor intelectual jamás nos ha dado siquiera un paper que considerase digno, pero vive por suerte del aporte pecunario de sus supervisados y sus supervisaditas a las que le despierta las más recónditas pasantías
El elemental Watson nos asiste desde el indemostrable Cielo, diciéndonos aunque se quedó sin voz (pero conserva su yo) que si sienten repulsión, rechazo y repugnancia ad nauseam ante la perspectiva de leer esta primicia, estamos dispuestos a condicionarlos repitiendo esta experiencia por ensayo y error, errando hasta que a quien le quepa el sayo, no pueda volver a decirnos que no tenemos experiencia
¡viva la ciencia justicialista!¡mueran los gorilas que reclaman el retiro de las fuerzas intervinientes en el Conicet!



El Estado benefactor según la ciencia médica puede llegar a ser benigno si se administra en lugares fríos (como Noruega...)







2) “La complicada naturaleza de las respuestas del adulto le impiden al conductista iniciar con ellos sus estudios sobre la emoción. Debe hacerlo con el niño, en el cual el problema se presenta más sencillo”. Explique el sentido de esta cita dando cuenta del papel que juegan el “aprendizaje” y el “ambiente” en el origen de las emociones, contrastando luego la posición tomada por Darwin en relación a la “herencia”. A partir de lo desarrollado, ubique y compare el concepto de "pasión" retomado por Ribot, ponderando además de las variables consideradas anteriormente el factor “tiempo”
El sentido de la cita de John Watson parte de su cruzada en pos de insertar a la psicología como ciencia natural pasible de verificaciones experimentales en laboratorio, afán que le hace recortar como objeto de estudio al comportamiento observable y diseñar experiencias que, dicho sea de pasada, se ciñen al criterio de demarcación popperiano de lo que es y lo que no es científico: aquello pasible de ser refutado. Lo que busca refutar el conductismo al negarse a iniciar sus estudios sobre emoción con adultos es la idea de que existan emociones innatas heredadas y universales en lugar de emociones aprendidas por medio de condicionamientos generados específicamente por el ambiente (o el laboratorio oficiando de ambiente con variables controladas) Si se postula que la mayoría de las emociones fueron aprendidas, no puede rastrearse el origen de dichos aprendizajes en la complicada naturaleza del adulto al haber sido el adulto ya objeto de un condicionamiento cuyo nacimiento bien podría confundirse con lo congénito, vale decir, lo anterior al nacimiento mismo. Lo que los perros del Premio Nobel Pavlov demostraron respecto del condicionamiento en animales ateniente a la fisiología digestiva, lo que demostraron los gatos de Thorndike y lo que demostrarían las palomas de Skinner lo pueden demostrar los niños, al reaccionar sin haberles sido inculcado el temor ante determinados animales (“Estos test con niños no condicionados emocionalmente probaron en forma terminante que son meros cuentos de hadas las clásicas versiones acerca de respuestas hereditarias a objetos y animales con pelaje” proclama Watson en Experimentos acerca del origen y desarrollo de las reacciones emocionales [1])

Si cabe una digresión descontextualizada, es llamativo que Watson emplee como énfasis la figura del “cuento de hada” para rechazar la respuesta hereditaria, dado que Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas postula una suerte de respuesta hereditaria hacia el cuento de hadas: enfrentando las posturas empiristas que reprochan la truculencia de brujas, el tronchamiento de miembros del lobo feroz, la quema de villanos, las violencias que se le inculcan al infante, Bettelheim afirma que el temor innato con el que venimos al mundo nos impone pesadillas cruentas y que la misión terapéutica del cuento de hadas es canalizar dicha tendencia, ordenarla y enseñar que se la puede dominar: el mal existe, el ogro no es negado, los maleficios están a la orden del día en el mundo pero finalmente el bien siempre triunfa, el dragón es vencido-o como se estila redefinirlo ahora por ejemplo en Shrek, resultó ser un pan de dios.
Bettelheim se situa así, hobbesianamente, a las antípodas de Rousseau, la sociedad no corrompe a, digamos, Kasper Hauser o a Emilio, sino que le hace más llevaderas sus pulsiones innatas universales y ahistóricas. Inclusive falsaría el pasaje del poema de T. S. Eliot “The waste land” que reza: (…)“I will show you something new: fear (…)
[2]
En el extremo opuesto de dichas caracterizaciones innatistas, Watson nos recuerda en el apartado Planteo conductista del problema de las emociones algunos estímulos que despiertan determinadas respuestas y los contrasta con divergentes respuestas producidas por los mismos estímulos en otras culturas (“el negro del sur de Norteamérica se queja y tiembla al encontrarse en la oscuridad provocada por un eclipse total de sol; cae de rodillas y llora a gritos, rogando a la Divinidad le perdone sus pecados” (…) ”una mujer podía tener numerosos maridos, un hombre muchas mujeres, eliminarse la progenie en época de hambre y escasez; usarse la carne humana como alimento; sacrificar la progenie a fin de aplacar la divinidad; ofrecerse la propia mujer al vecino o al huésped”)
[3]
El místico hindú Krishnamurti solía abogar en sus conferencias por una comprensión holística de lo que percibimos, sin la captura del lenguaje que aplana: “un niño ve a un pájaro hasta que conoce la palabra pájaro” Esta cita puede servir para ilustrar la operación conceptual de Watson en el sentido de que no se viene al mundo con temores innatos, sino que se aprende culturalmente a temer. Pero también a través de esta cita podemos advertir el abismo que separa a William James, el antecedente americano más prestigioso de Watson que se ocupó de estudiar la emoción: ante la presencia de un oso, explica James, mi cuerpo experimenta automáticamente la activación del sistema noraderenérgico, el aumento de los latidos, la piloerección, en suma: todas aquellas respuestas fisiológicas que me preparan para la huída (incluyendo la defecación súbita, aquel mecanismo de aligeramiento corporal que rige en el saber popular expresado coloquialmente como emblema por excelencia de la noción de cobardía). El registro por parte de mi conciencia de todas aquellas respuestas corporales, la percepción de los síntomas del temor constituyen para William James el temor mismo. Vale decir, si Roosvelt arengó a su opinión pública a aceptar el ingreso a la guerra europea con la frase “we have nothing to fear but fear in itself” podríamos parafrasearlo y decir que “the conciousness of the sweat, the heartbeat and the alert is the fear in itself”. Con su “Pragmatismo”, su definición de “verdad” como aquello que nos es útil, su adscripción a la política de la navaja de Occam de no multiplicar innecesariamente los entes y su recomendación de sonreír si estamos tristes para que la alegría venga recorriendo el camino del gesto a la emoción, William James, hermano de Henry, autor de “Otra vuelta de tuerca”, parecía haberle dado al problema una vuelta de tuerca eminentemente empirista y libre de toda metafísica, evitando supuestos tan irrefutables como incomprobables.
Sin embargo, en La gallina de los huevos de oro de James dice Watson
[4]: “Si suponemos una emoción intensa y luego procuramos abstraer de la que tenemos de ella las sensaciones de sus síntomas corporales, nos encontramos con que no queda nada, ninguna “sustancia” mental de que pueda constituirse la emoción y que únicamente persiste un estado frío y mental de percepción intelectual” Vemos así que a estar con James, la mejor manera de estudiar las emociones consiste en quedarnos tranquilos mientras tenemos emociones y comenzar a “intro-inspeccionarnos”. El resultado de nuestra introspección podría sintetizarse así: “tengo una sensación de un latido retardado del corazón; una sensación de sequedad en la boca; un grupo de “sensaciones” provenientes de mis piernas. Tal grupo de “sensaciones”-tal estado conciente- ES la emoción del miedo” Cada hombre debe realizar sus particulares instrospecciones. No cabe método experimental alguno, ni verificación de las observaciones. En otras palabras, el estudio científico y objetivo de la emoción es imposible”.Watson le va a criticar a James el método introspectivo que no se aviene al escrutinio del laboratorio, dado que la percepción de los síntomas “definidos, tangibles y realmente observablesno es objetiva de la misma manera que la percepción del dolor no lo es: si recibo un balazo en una pierna pero debo seguir corriendo para salvar mi vida, la percepción del dolor solo me alcanzará una vez a salvo, el tálamo oficiará de, por así decirlo, corporativo medio de comunicación monopólico que filtra y distorsiona (con esto no pretendo recomendar que se evite la percepción del malestar por el dolor de garganta haciéndose perseguir por forajidos armados).
A través de la observación externa Watson admite únicamente tres tipos de respuesta emocional de evidente origen no aprendido: el primero es el miedo, provocado por ruidos fuertes (salvo una excepción, para la cual Watson abre el paraguas: Entre los cientos de niños con que hemos trabajado, solo pudimos encontrar uno en quien los ruidos fuertes no despertaban ninguna respuesta de miedo. Se trataba de una niñita robusta, bien desarrollada y normal en todos sus aspectos. Tampoco frente a otros estímulos evidenciaba miedo. La manifestación más cercana al miedo que nos fue dable observar en ella, se produjo ante la presencia y ruido de abrir y cerrar un paraguas. No sabemos cómo explicar este hecho
). El segundo es la ira:¿Le ha ocurrido alguna vez a usted que llevando orgullosamente de la mano en un paseo por la calle a su hija de dos años, de súbito se le antojara a ésta arrastrarlo en otra dirección?¿Y al sujetarla y ejercer usted cierta firme presión sobre su brazo a fin de dirigirla por donde debían ir, que ella se pusiera rígida, empezara a gritar a viva voz, se tirase al suelo plantándose como un tronco en el medio del camino, dando alaridos a toda mandíbula hasta amoratársele la cara, y que continuase gritando hasta no poder más? Si nunca ha pasado por esto, no sabe usted lo que es ira”
El tercero es el amor: al acariciar la piel, las cosquillas, el mecimiento suave el llanto termina y se esboza una sonrisa: comienzan el gorjeo y el arrullo (notesé la permanente impronta zoológica de Watson al atribuir canoridades ornitológicas a un ser humano: es un recorte o una construcción imprescindible para hacer de la psicología una ciencia natural).
Charles Darwin, a partir de un gesto que advirtiera en uno de sus hijos, un gesto que no pudo ser aprendido ni obedecer a imitación-la empatía hacia las lágrimas de su nodriza- atribuye a la herencia la mayor parte de nuestros actos expresivos: podemos deducir la herencia de gestos como encogerse de hombros en señal de impotencia, viéndolos ejecutar por niños de corta edad, por ciegos de nacimiento y por las razas más diversas” escribe y también: “se puede ver en niños de dos o tres años apenas, aun los ciegos de nacimiento, ruborizarse de confusión; el cráneo desprovisto de cabellos del recién nacido se torna rojo cuando la criatura se encoleriza.
[6]
Se pregunta por qué nuestro cuerpo se prepara para morder cuando en una discusión de dinero, digamos, con el dentista, mostramos los dientes. Y considera que los gestos no eran gestos, sino acciones que en algún momento fueron voluntarias y con el tiempo se hicieron involuntarias y hereditarias, aunque hayan perdido su razón de ser (Es muy probable que heredásemos de nuestros antecesores la costumbre de contraer nuestros músculos pediculares cuando lloramos dulcemente, es decir, sin gritar; y esto porque nuestros antecesores experimentaban, al llorar, durante su infancia sobre todo, una sensación desagradable en sus glóbulos oculares).
[7] Cuando una madre durante el proceso de socialización primario atribuye a su hijo al deseo de señalar algo para que se lo alcancen el extender un brazo, está instituyéndole culturalmente una función deíctica aceptada por convenio por su comunidad, pero Darwin no consideraría este gesto como perteneciente a su teoría. Para Darwin dicho gesto sería un gesto heredado si es que en algún momento bastaba para algún primate o antecesores anteriores con extender el brazo para alcanzarlo. Vale decir: no hay una codificación aprendida y heredada, sino que decodificamos como si fuera un símbolo, algo que en algún momento fue una acción eficaz para la supervivencia. [8]


Para quienes estén familiarizados con El origen de las especies la causación del gesto que expresa emoción en Darwin sorprenderá por lamarckiana. En un ejemplo que ya de tan remanido podría considerarse innato y heredado, el de las jirafas, se cifraba una explicación del cambio de las especies en el que intervenía la volición: el anhelo de alcanzar las copas más altas de los árboles llevó por insistencia interior a generar cambios anatómicos en el cuello haciendo que se heredara el esfuerzo de los ancestros. La teoría de Lamarck que fuera refutada por la de Darwin, podría decirse que nos resulta instintivamente más satisfactoria dado que permite suponer alguna ética y orden de méritos en el desolador panorama de la lucha por la supervivencia: un premio en alguna medida racional a quien mejor se esfuerza. Freud mismo, determinado en su determinismo, sitúa en sus escritos que postulan orígenes a la pulsión interior como motora del desarrollo. Para los darwinistas la razón del cuello de las jirafas es un error de traducción en el ácido desoxirribonucleico: las jirafas con hipotiroidismo que nacieron deformes por mutaciones aleatorias impredecibles se vieron favorecidas por determinados cambios en el ambiente (sismos, terremotos) también accidentales[9]. En su teoría que representaría un modelo de cientificidad a imitar hay ¡ay! inconcebible azar tanto en el motivo de una alteración genética como en el motivo de una alteración de un hábitat. Pero al explicar las expresión de las emociones todo se invierte: gestos que creíamos más o menos casuales o inmotivados fueron necesidades de supervivencia en absoluto contingentes: la fuerza nerviosa toma voluntariamente las vías que ha recorrido ya con frecuencia” [10](…) “cuando, con el tiempo y los progresos de la civilización, la costumbre de gritar casi fue borrándose, quedó una tendencia a la contracción de los músculos perioculares bajo el imperio de una contrariedad aún ligera. Ahora bien: entre esos músculos, los piramidales de la nariz están menos inmediatamente colocados que los otros bajo el influjo de la voluntad y su contracción no puede ser contrarrestada, sino por la de lo manejos del frontal más próximo a la línea media, éstos atraen hacia arriba los extremos internos de las cejas, y arrugan la frente de una manera especial; reconocemos en seguida la expresión que resulta de esto por la del dolor o de la ansiedad. Por fin parece Darwin atender nuestra necesidad psicológica de sentido teleológico, que nos consuele de no ser frutos del creacionismo: al menos somos parte de un plan progresivo, nos avergonzará nuestra abuela, con el rubor producido por el relajamiento de las pequeñas arterias del tegumento, pero nuestros futuros nietos felizmente se avergonzarán de nosotros. Sin embargo el desamparo de la ausencia de necesidad, en este caso de razón de ser de la modalidad residual de las emociones que denominamos gestos, resurge en el siguiente pasaje: Hubiera tal vez bastado un muy pequeño cambio en el trayecto de las arterias y de las venas que se distribuyen en la cabeza para impedir la acumulación de sangre en los globos oculares durante una espiración violenta: en efecto, ese fenómeno muéstrase solamente en un reducido número de cuadrúpedos. Si así hubiera sido, algunas de nuestras expresiones más características no habrían podido producirse. Al comienzo de su texto había escrito: Hasta los insectos expresan la cólera, el terror, los celos, valiéndose de su zumbido. En el hombre, los órganos respiratorios desempeñan en la expresión un papel capital, no solo por su acción directa, sino también y mucho más de un modo indirecto[11]. Ahora nos recuerda el origen accidental de los cimientos que nos constituyen fisiológicamente cuando especula con un inquietante rediseño de nuestro cuerpo: Si el hombre hubiese respirado en el agua con ayuda de branquias exteriores-perdónesenos la extrañeza de tal suposición-en lugar de inspirar el aire por la boca y las ventanas de la nariz, sus facciones no hubieran ya expresado sus sentimientos, como lo hacen sus manos y sus miembros.Antes de Darwin en la configuración actual de nuestros miembros creíamos ver necesidad donde había azar y en la configuración actual de nuestros gestos creíamos ver azar donde había necesidad.Pasemos ahora al concepto de “pasión” de Ribot, médico que dará para la etimología el término "anhedonia" (no tan abarcativo como el neologismo de Lamarck, "biología"), fundador de la clínica francesa cuyos integrantes serán Charcot, Freud y Dumas. Prescribe el método patológico, basado en el caso por caso. Recupera de Darwin un inconsciente fisiológico, vale decir, acepta las emociones innatas, si bien le critica que haya caído en desuso el concepto clásico (y humanista) de “pasión” desde que lo empleara Kant en su Antropología.
Hablará de un “choque”: la emoción rompe un equilibrio (idea que retomará Freud en sus primeros trabajos al hablar del umbral de excitabilidad): se basa para esto en Paulhan: la emoción se caracteriza por ser intensa y breve.
Opone pasiones a emociones distinguiéndolas fundamentalmente por su duración: para él la emoción es breve pero la pasión puede durar toda la vida gracias a que está anudada a una idea. Toda pasión es secundaria, vale decir, adquirida, pero “las llamo innatas cuando salen directa y espontáneamete de una tendencia predominante en un individuo”. Escribe también que “la pasión es una emoción prolongada e intelectualizada”
Está más cerca de Darwin que de Watson en relación al origen de las emociones y pasiones: las causas internas las originan y sostienen, las circunstancias exteriores son inversamente proporcionales: cuanto más fuerte una tendencia innata (por ejemplo la de la música) menor estímulo externo se requerirá para fomentarla. A las causas externas las divide en fortuitas, imitación y sugestión, pero considera mucho más importantes a las internas. Declara: Tomemos un campesino rudo inculto y limitado. Necesidades de nutrición (comer y beber), apetito sexual, instinto ofensivo y defensivo de conservación, algunas tendencias familiares y sociales, una curiosidad pueril y sin alcance( que es una forma de sentimiento intelectual), un conjunto de creencias supersticiosas, una vaga necesidad estética que se satisface con cuentos, groseras imágenes o canciones; tal es aproximadamente todo su bagaje afectivo, que marcha a la par con un bagaje intelectual equivalente. Por humilde que sea esta muestra de humanidad, posee una vida afectiva completa. Si entre todas estas tendencias no hay ninguna que sobresalga, si todas están en el mismo nivel de medianía, realiza el tipo amorfo y le falta ese carácter afectivo que buscamos y que constituye la pasión. Pero si una tendencia cualquiera (al amor, al juego, a la bebida, etc.) se le abre paso, se pone de relieve, tenemos los primeros elementos, la forma embrionaria de una pasión
[12]

La pasión no es un mood, una Stimmung, sino un estado especializado. Lo caprichoso y efímero se encuentra en el sentimental que se solaza con la fantasía, pero no actúa, no encuentra como amarra su afectiva inclinación fijada en una idea que la haga mantenerse en el tiempo. Tal vez sea didáctico recordar para el concepto de pasión cómo se descubre al asesino en El secreto de sus ojos, donde Sandoval, encarnado por Guillermo Francella, da voz a la teoría de Ribot declarando que un hombre puede cambiar de casa, de apariencia, de hábitos para esconderse de la policía, pero no puede cambiar de pasión: así, el fanático de Racing es apresado en la cancha, a la que no pudo renunciar ni por salvar su vida.
Ribot disntingue a las personas de una pasión de las de varias simultáneas o sucesivas. Ejemplifica la primer clase con Napoleón con la exagerada tendencia al amor al poder. Edgar Allan Poe no es un apasionado, sino un sensitivo inestable que se gasta en impulsos. Ribot compara una pasión a una enfermedad: una diátesis. La diferencia es que se nutre de afectos, se alimenta de reviviscencias, de recuerdos que no pueden ser representaciones secas, enteramente intelectuales. En una definición que seguramente pudo inspirar conceptualmente a Freud la idea del yo empobreciéndose ante un síntoma, Ribot sintetiza: la pasión es un sólido haz de fuerzas cooperadoras: en el centro una tendencia enérgicamente dirigida a un objeto fijo; arrastrando en su torbellino percepciones, imágenes e ideas; añadiendo a lo real el trabajo de la imaginación; sostenida, en fin por una lógica racional y extranacional. Así se explica su poder irresistible y el aniquilamiento de la voluntad que le sigue

Conclusión: Darwin inscribe al ser humano como un animal más, como si continuara la labor comenzada por Descartes de ir arrebatándole a la Iglesia pedazos del cuerpo para que la ciencia pueda estudiarlo. El cuello de botella en Descartes era la glándula pinal y según el psicólogo infantil Lic. Rodolfo Urribarri el indicador de que un niño pasa de la etapa de latencia temprana a la tardía es cuando su psiquismo le permite dibujar en sus representaciones de personas cuerpos con cuello. Si suscribiésemos a la teoría de Haeckel (la ontogenia reproduce la filogenia)podríamos considerar que el cartesianismo es una etapa evolutiva individual tal como se advierte en el dibujo infantil descrito por Luquet que se llama “realismo intelectual”: el niño dibuja dos ojos de perfil aunque vea uno porque confía más en lo que sabe del objeto que en lo que percibe. Darwin si somos más rigurosos y no “dibujamos” estos conceptos, si no nos “emocionamos mal” como se estila decir en la jerga del slang juvenil actual, se inserta en la tradición empirista anglosajona-americana y Descartes pertenece al linaje racionalista, como Ribot. Sabemos que en la biblioteca de Freud uno de los libros más subrayados fue El origen de las especies: Freud admiraba grandemente a Darwin pero consideraba, como Ribot, que la “presión evolutiva” individual proviene de un interior y no es producto de una adaptación al medio.
Para John Watson hay que circunscribir al hombre al reino animal para poder estudiarlo en laboratorio prescindiendo de la hipótesis de conciencia, al menos hasta que "me traigan la conciencia en un tubo de ensayo"

Darwin lo circunscribe al estatuto de animal por muy otros motivos y llega a conclusiones diametralmente divergentes. Watson ansía hacer de la psicología una respetable y “cogotuda” ciencia natural. Darwin ansía cimentar con el ser humano su teoría referida a un mismo origen, a un tronco único para todas las especies: de allí su empeño en universalizar la expresión de las emociones. Para Darwin damos los gestos por aprendidos porque cuanto más innatos nos reconozcamos menos lugar le reconocemos a la cultura, más obligados quedamos a admitir la prevalencia de nuestra dimensión biológica.
Quedan claras las discrepancias teóricas: Ribot considera que además de tener nuestro componente bestial, somos depositarios de la pasión. Watson y Darwin podrían quedar articulados por colocar al ser humano en el orden de los animales: sin embargo sindicar lo humano a la fauna no los hermana demasiado, Watson requiere observables susceptibles de cambiar en el laboratorio y trata de llevar las aguas a la esfera de lo adquirido. Darwin, a su vez, está interesado en mostrar que tras una adaptación que muy bien podría haber sido cualquier otra y de casualidad no tenemos branquias, ya todo está inmutablemente preestablecido por aprendizajes que han devenido instintivos. Ribot, así como más adelante Freud no es en rigor un rupturista para con los que abogan por una continuidad ordinaria entre los animales y el hombre: su concepto de pasión, así como el de voluntad de poder de Nietzsche instalarán una animalidad intrínseca y enraizada, enredada en el epicentro de la racionalidad misma. Señalados estos puntos de contacto, o al menos focalizado el campo de visión de cada uno con nuestros lentes de contacto, debemos poner de manifiesto junto a las diferencias cronológicas el hecho de que a Watson le interesaba lograr la modificación de la conducta, a Darwin le interesaba explicar el origen de heredadas acciones defensivas que ahora pasan por gestos que expresan emoción y a Ribot le apasionaba rescatar la noción de “pasión” para repensar su complejidad en la que interactúan el interior y el exterior, de un modo que Freud sintetizará con sus “series complementarias”. El factor tiempo aparece en Ribot como se ha indicado para aislar a la pasión de la emoción, en Watson es un indicador de aprendizaje . En Darwin la escala es muy otra: nos explica que la risa es más antigua que el llanto, puesto que solo los homínidos más avanzados lloran. Pero podemos reírnos tranquilos de alguien que sacándolo de contexto lo lea en clave de los tiempos mediáticos: no va a estar fuera de moda nuestra prehistórica carcajada.



Bibliografía:
Bettelheim Bruno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Colección Ares y Mares. Barcelona: Editorial Crítica, 2006
Ribot; Theodule, Ensayo sobre las pasiones, Biblioteca Científico-Filosófica, Daniel Jorro Editor, Madrid, 1907
Watson, James, El conductismo, La batalla del conductismo, Exposición y discusión, Prólogo de Emilio Mira y López, Paidós, Buenos Aires, 1986
Darwin, Charles. La expresión de las emociones (en el hombre y en los animales), Plaza&Jane Editores, Madrid, 1997
Urribarri, Rodolfo. Replanteos acerca del período de latencia, Paidós, Buenos Aires, 2004
[1] Watson, James, El conductismo, La batalla del conductismo, Exposición y discusión, Prólogo de Emilio Mira y López, Paidós, Buenos Aires, 1986[2] En “La secta del Fénix” Jorge Luis Borges ironiza con una fábula que alude sublimadamente al onanismo y declara en las últimas líneas del cuento “alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo”. Su cuento viene a cuento en el marco de la discusión acerca de si nacemos como creía Hobbes con una tabula rasa y como creía Watson con una caja negra, si la mente es un puro receptáculo vacío y como suele sugerirlo la expresión popular “estudio esta materia pero no me entra” (no pretendo realizar una epistemología de las alocuciones verbales de la doxa; “están cortados con la misma tijera” nos remitiría en dicho caso a la era de la reproductibilidad técnica; el reproche despechado “todos los hombres son iguales” al Manifiesto Comunista).[3] opus cit[4] ibidem[5] veasé: http://www.youtube.com/watch?v=xWkZ_StRjU0&feature=fvsr
[6] Darwin, Charles. La expresión de las emociones (en el hombre y en los animales), Plaza&Jane Editores, Madrid, 1997[7] Opus cit.[8] A este respecto el etólogo Konrad Lorenz escribió que el labio superior fruncido típico del estudiante altanero de Oxford ya puede advertirse en el ganso y también que probablemente la recomendación por parte de Jesucristo de dar la otra mejilla fuera una estratagema para la supervivencia equivalente a cuando un perro en el decurso de una pelea muestra su cuello desprotegido haciendo que los mordaces enemigos hasta ese entonces retrocedan con remordimiento. Si no fuera peligrosamente contiguo al intento de una taxonomía de los criminales por parte de Cesare Lombroso, a la frenología localizacionista de Franz Gall y a la sitcom de los microgestos que detectan mentiras “Lie to me”, podría recomendarse también la postulación de una suerte de diccionario natural de rasgos y las emociones que estos suscitan que escribiera el paleontólogo darwiniano Stephen Jay Gould en el artículo “Homenaje a Mickey Mouse” recopilado en el libro “El pulgar del panda” (donde se declara que una cabeza proporcionalmente más grande en relación al cuerpo que la del humano adulto inspira instintivamente ternura).
[9] Recuérdese la impronta del apocalíptico reverendo Thomas Malthus de quien Byron escribiera:
Come Malthus and, in Ciceronian prose
Show how a rutting population grows,
Till all the produce of the soil is spend
And brats expire for lack of aliment
[10] ibidem[11] En “El sentimiento trágico de la vida” don Miguel de Unamuno especula desopilantemente respecto de los gestos que expresan emoción en los animales: “El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado"[12] Ribot; Theodule, Ensayo sobre las pasiones, Biblioteca Científico-Filosófica, Daniel Jorro Editor, Madrid, 1907

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