jueves

Mi dermatólogo es la piel de Judas, pero lo amo igual por una cuestión de piel

LA PIEL QUE HABITO (comentario solo para quienes ya la vieron)

En “El secreto de sus ojos” asistimos al final a una venganza-o justicia por mano propia-en la que el perpetrador está encadenado y se le da de comer lo mínimo indispensable para que siga vivo y sufra su castigo al día siguiente (una concepción contraria a la pena de muerte por insuficientemente cruel). Lo mismo parece presentarse en una escena “bisagra” de “La piel que habito”, una escena que la crítica consideró alusiva a “Prometeo encadenado” (algo que remitiría a la intertextualidad con Frankenstein, a quien su autora subtituló “el moderno Prometeo”). Y sin embargo lo que se despliega a partir de allí marca la distancia entre el cine nacional y el cine de autor europeo: al reo se lo somete a una vaginoplastia. No es que la idea en sí sea sobrenatural: en el guión no hay un alarde de ingenio, sino una aplicación muy inteligente de las nuevas tecnologías quirúrgicas. Fue maravilloso ver el efecto dominó en el público, ver cómo visiblemente pero a diferente ritmo se iban percatando de la gran sorpresa.
Si a alguna película de Hitchcock hubiera que remitirse, sería seguramente a “Vértigo”, por la maniática reconstrucción de una figura añorada, pero eso sería solamente en el plano del contenido: en el plano formal el antecedente hitchcockiano es “Psicosis”: es la única gran película de Hitchcock que depende de una inconcebible sorpresa.
 El manejo de los flashbacks lleva a que partamos de ver a este cirujano plástico teniendo encerrada en su casa a una mujer-experimento, y que incluso con todos los elementos a nuestra disposición tardemos en caer en la cuenta de que es el varón que violó a su hija que se suicidó.
La sobriedad con la que Almodóvar puso la cámara en cada encuadre, el hommage a Luiose Borgouise no solo en el aspecto estético, de los muñecos que vemos, sino fundamentalmente en su desapego emocional y en su desprecio por la familia y el discurso edulcorado del amor a la vida no nos conducen lo suficientemente a distanciarnos de nuestras viejos esencialismos naturalizadores para los cuales un varón es un varón y una nena es una nena (es divertido el término “hemisexuales” con el que recientemente nos criticara a los argentinos un brasilero abiertamente bisexual, valga la redundancia).
“Pigmalion” es otra referencia a la que aludió la crítica: así como Oliver Stone se encariñó con Nixon cuando hizo su película, así como al momento de documentarse para “La vida de Brian” los Monthy Python descubrieron que Jesucristo era admirable, Antonio Banderas siente genuino amor hacia su producto, para decirlo en marxista, se reconcilia con el fruto de su trabajo.
Esto no es llamativo si se piensa en que no se trató de una venganza, sino del usufructo de un cuerpo. Sería un modo más frío todavía de pensarlo que aquel de “la venganza es un plato que se saborea mejor frío”, aquella rebuscada analogía que no tiene parangón (sería ridículo decir “el orgasmo simultáneo es un desayuno americano con huevo frito y panceta” o “el sentimiento triste que se baila es un helado de limón con champagne que se degusta entre la raviolada y la suprema de pollo con papas noisette”). Antonio Banderas sufrió la pérdida de su esposa a manos de las llamas, decidió abocarse a desarrollar piel incombustible como la de Maradona, Britney Spears o Cristina y suicidada su hija después de una traumática violación (un suicidio aprendido, como la mayoría, porque había visto saltar de la ventana a su madre) necesitaba un conejillo de indias.
Lo fascinante de esta película que muchos críticos para mi sorpresa calificaron de exenta de humor es la reflexión a la que nos obliga respecto de la cuestión de género. No en un plano lingüístico (desde el “Madame Bovary soy yo” de Gustave Flaubert hasta el “Yo era una chica moderna” de César Aira aquella astronómica diferencia entre mujeres de Venus y hombres de Marte no parece tan planetaria). Una reflexión que el censo ya nos sugería (me preguntó una colegiala que me censó si yo me considero varón o mujer). ¿Y sí de mujer convertían al muchacho en varón?¿qué define hoy por hoy a una mujer o a un varón más que lo que a la luz de las travestis podríamos lacanianamente definir como “la función varón” y “la función mujer”? (levistraussianamente concebibles como estructuras vacías que cada cultura resolverá a su modo: en Argentina se es poco femenina si no se gasta un dineral en productos cosmetológicos y se es poco hombre si no se hace asado, por ejemplo)
Está por supuesto lo que la crítica específicamente de cine no perdona: que las habituales peripecias de culebrón no sean contadas en lenguaje cinematográfico, sino referidas verbalmente, etc.
Woody Allen tampoco es un cineasta, pero amamos sus películas como modo de expresar sus libros o sus monólogos de stand-up o sus sesiones psicoanalíticas.
Ya Shakespeare en su momento sufrió por parte de la crítica ataques a su falta de respeto por la dramaturgia, ya de las obras de teatro de Voltaire se dijo que ni siquiera había suficiente afrecho para los caballos del establo del fondo.
Pedro Almodóvar reincide en una canción espectacular (como la de Caetano en “Hablé con ella”), en una mujer ultrasensual (Victoria Abril en “Átame” meando descuidadamente es más sexy que todas las barbies hollywoodescas con dobles de cuerpo en desnudos cuidados), en Marisa Paredes, en crímenes, en parentescos ignorados, en transgredir, en innovar, pero “La piel que habito” no sería nada representativa de su obra si fuera lo único que de ella quedara (algo que por otra parte se podría decir de “La metamorfosis” de Kafka)
Creo que la última vez que me vi obligado a dejar de lado mis matices y sutilezas, mi inconformismo profesional, las reservas y escrúpulos que a toda película debemos si queremos juzgarla sin fanatismos fue con “La vida es bella” en virtud de la polémica que desató.
Y yo ya he estado defendiendo “La piel que habito” y calificándola de obra maestra, nuevamente por las exageraciones a las que nos empujan los debates. Si “La vida es bella”  pecaba (además de de ser una apología de la mentira protectora) de sentimental y en cierto sentido inmoralmente redentora (así como la obscenidad que Jacques Rivette le imputó a “La lista de Schindler” cuando corrige estetizando el plano del alambrado eléctrico), este film ha sido acusado de emocionalmente indolente, de no permitir que el espectador se identifique con la historia.
Es curioso que se diga eso, porque yo creo que precisamente lo que intentó Almodóvar es meternos en la piel del protagonista: en narrarnos todo en tercera persona pero con su tesitura afectiva. Que un médico con complejo de Dios, herido por la muerte de su amada, vapuleado por el suicidio de su hija que tenía problemas mentales y fue violada no pertenezca a la mayoría feliz que no puede contemplar un bebé de seis meses sin sonreír como un idiota no me parece incongruente. Tampoco la crítica puede alegar que no haya justicia poética ni final feliz, que el asesino no sea asesinado ni el violador violada.
O que la víctima no encuentre en el yoga aquel ámbito inviolable de autorrevelación y autosuperación personal.
En esta película yo encuentro muchas cosas que trascienden su argumento: entre ellas una profunda reflexión relacionada con la imposibilidad de odiar a largo plazo (en “San Manuel Bueno Mártir” Unamuno postula que Sarmiento amaba dentro de su odio a Rosas). “Acá hay mucho que hacer con el odio, pero más con el amor” se lee en “Romeo y Julieta”, la tragedia de Verona que sigue increíblemente pasando por una suerte de monumento a la consagración amatoria y no al suicidio doble al pedo. Si dijéramos “este Richard Burton está buscando su Elizabeth Taylor” seríamos millones de veces más amorosos que cuando decimos “este Romeo busca su Julieta”. Digamos que todo el trabajoso barniz con el que recubrimos a nuestro objeto de odio se asemeja a la baba del caracol, la que lanza antes de posarse sobre todo terreno. Por eso en el cuento de Henry James el protagonista no consuma la venganza para no tener más contacto con su verdugo.
¿No se hacen una panzada los psicoanalistas con esta película? Muestra cómo nos enamoramos de nuestras creaciones.  
Muestra también lo que declara “The Ballad of Reading Gaol”:
Yet each man kills the thing he loves,
By each let this be heard,
Some do it with a bitter look,
Some with a flattering word,
The coward does it with a kiss,
The brave man with a sword!
Antonio Banderas de tanto que puso de sí en el objeto de su vengaza se enamoró. Pero esta película también nos habla de cierta imposibilidad del amor. Porque el amor cuanto más apasionado, más aprisionador. Es un símbolo la cámara, la jaula de vidrio, la celda de lujo que vemos en el celuloide. Posesividad asfixiante hay en la pareja más holgadamente propietaria de un espacioso barrio privado. Sentirse ahogado por la idealización de quien nos ama y llegar a odiarlo es algo muy próximo. Claro que al odiarlo terminaremos de algún modo, amándolo, es un gasto emocional tan caro nuestro odio, que lo justificamos inventando grandeza en nuestros despreciados. Es como pagar 37 pesos por ver esta película y dos horas de nuestra vida: ¿no siente todo espectador, salvo los críticos snobs a los que les pagan para hacer lo contrario, la tentación de justificar ese gasto?


 el filme nos interpela como espectadores: ¿no encerramos también el significado oculto de encerrar a unos personajes para contemplarlos a piacere y operar sobre ellos nuestras fantasías?




1 comentarios:

  1. Anónimo4:37 PM

    Y sí, yo no pertenezco, no sé di desgraciadamente, a esa mayoría feliz que no puede contemplar un bebé de seis meses sin sonreír. Recién 18 años después (y siempre que sea una beba) podría hacerlo).
    Reitero que tendrías que dedicarte a la crítica cinematográfica. O a cualquier cosa, bah
    Te debo larga explicación sobre mi innecesaria presencia en tu cumpleaños. ¿O fue, como decía Macedonio, que si faltaba uno más no cabía?
    Un abrazo.

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