domingo

Almodóvar, un director de cine trash atrapado en el cuerpo de un reggiseur qualité...




(...)quería hablar también de varias humoradas, de que el violador esté empastillado y la violada también pero legalmente, de cómo la militancia gaylésbica siempre optó por el bando antibiologicista de considerar que ha de respetarse la "elección" sexual (cultural, ambiental, digamos) pero en este panfleto a favor de la transformación de sexo (comparable al libelo "My fair lady" en el que se puede transformar a una florista en aristócrata y no son castas que vienen de la cuna, comparable a "Mann ist Mann" de Brecht con su desprecio marxista por una esencia individual atomizada y desapegada de las determinaciones históricas y materiales), Almodóvar incurre en el empirismo yanqui, la tecnocracia superficial
y por otro lado, que se inscribe en la tradición isabelina, donde un actor declara que es Julieta, sin que Shakespeare se esfuerce por hacérnoslo visiblemente mujer, con graduales procesos ni nada, acá la actriz perfectamente bella nos obliga a la involuntaria suspensión de la incredulidad


y respecto de la identidad: que se pretende colonizar la personalidad...en fin, tengo demasiadas ideas: que hay más erotismo en cómo le agarra una teta el violador al maniquí que en cómo se las agarra el cirujano a su experimento...


decime qué te parece!!!


Hola!!!
Me perdí! El texto que me mandaste al face era una publicación de tu blog? o era para el nuestro? Como sea, y usando el texto colorido que me mandaste, tengo varias cuestiones a debatir:

1. Las ideas de que me pasaste en este mail que te estoy contestando me parecen bárbaras, estoy de acuerdo con la lectura que hacés (eso no importa, pero te lo digo igual) y re da para un post.

2. El asunto de la tipografía variopinta. Es necesario? porque es medio ecléctica con respecto a la estética del bingo. Si te parece importante la respetamos, si es prescindible, la volamos.
3. Algunas cosas para que no escribas al pedo. Primero medí la longitud. Si tenés muchas cosas que decir, no hay problema,  las partimos en varios post y las vamos publicando en etapas

La profusión de líneas, creo, atenta contra la voluntad del léctor vago que se pierde. Otra cosa son los insert de otras críticas... nosotros no las copiamos enteras, principalmente porque no sabemos si a sus autores les interesa que usemos sus palabras en nuestro humilde foro. Lo que hacemos por lo general cuando queremos citar a otros es  linkearlos, así respetamos el derecho de autor del citado y de paso los usamos sin complejo alguno

Por lo demás, es un gusto compartir espacio con vos, nos honra tu presencia. Bienvenido!!! nos mantenemos en contacto, así ya te hacemos debutar lo antes posible!!!


Beso.

P.




A continuación cedo a las presiones y comento ahora sí para los que no la vieron la película que tanto me fascinó sin revelar detalles esenciales de su trama y agregando como bonus track dos reseñas complementarias de voces amigas...Estas reseñas también respetan por amor al film los secretos de su argumento para quienes todavía no la vieron. Yo los respeto por amor a mis lectores, no al film, por respeto a su decisión de no ver esta película. Respeto la decisión de no ver la película de Almodóvar, pero no la de no leer mi crítica al respeto, digo al respecto. Eso sí: revelo los secretos del argumento de las películas "Vértigo" de Hitchcock y "Dr. Jeckyll y Mr. Hyde" de Victor Fleming...

"La piel que habito" es un film que refuta aquella bella galantería que le dedicaran Eric Rohmer y Claude Chabrol al cine de Hitchcock: "Alfred Hitchcock no es ni un narrador de historias ni un esteta, sino uno de los más grandes inventores de formas de toda la historia del cine. Posiblemente solo Murnau y Eisenstein se le puedan comparar en este aspecto...La forma aquí no adorna el contenido, lo crea".
Pocas veces asistimos al espectáculo de una forma tan clásica, sobria, apolínea, comedida comunicando un contenido tan salvajemente dionisíaco, excesivo y desmesurado.

Nos remite a las palabras de Zygmunt Bauman en "Comunidad" (¿Múltiples culturas o una sola humanidad?.Siglo XXI, Bs. As., 2003):

"En efecto, como más tarde afirmó célebremente Pierre Bourdieau, la tentación y la seducción han llegado a sustituir a la regulación normativa y al control obstructivo como los principales medios de construcción de sistemas e integración social. El quebrantamiento de las normas (o más bien, el trascender la norma con un apresuramiento que priva a los hábitos del tiempo que requieren para coagularse en normas) es el principal efecto de la tentación y esencia de la seducción. Y en ausencia de normas, el exceso es la única esperanza de vida. En una sociedad de productores, exceso equivalía a derroche, y por esta razón ofendía y se predicaba contra él; pero nació como una enfermedad de la vida orientada a normas (una enfermedad terminal, como acabó viéndose). En un mundo carente de normas, el exceso había pasado de ser un veneno a convertirse en una medicina para las enfermedades de la vida; quizá en el único apoyo a la vida disponible. El exceso, el enemigo jurado de la norma, se había convertido él mismo en la norma. Una norma curiosa, qué duda cabe; una norma que elude toda definición. Habiendo roto las cadenas normativas, el exceso perdió significado. Nada es excesivo cuando el exceso es la norma" Es divertido advertir cómo en su diatriba contra nuestra época, Bauman no registra el sentido literal de su metáfora, imbuído de su odio y con una vena y un veneno así...olvida la denotación de su connotación: nada ilustra mejor el sentido del sentido de la medida que el veneno, dado que en dosis homeopáticas el arsénico es un tónico, y el curaré, ya sabemos, bottox. Por eso decimos que Dios está en el adverbio y casi aclaramos "de cantidad", incapaces de recomendar el agua mineral sin especificar que no en dosis oceánicas durante un naufragio...(recientemente, dicho sea de paso y como para ir remando esta guitarreada, detuvieron a una conocida mía que cuando quieran les presento y le declamaron el siguiente piropo: "por vos remo el titanic con dos vainillas" ¿no es muchísimo más manierista, rebuscado, resucitador y excesivo este elogio a una belleza que lo que quieran decir de Almodovar?)-

El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría, sentenció William Blake, en su mejor sentencia, porque nunca sabremos cuánto es suficiente hasta que no sepamos cuánto es más que suficiente.¿No parece más que William Blake, Máximo Kirchner el autor? Fíjense que el kirchnerismo consiste en  dos operaciones basicas: llevar las cosas hasta un exceso que nadie se atrevía antes y después retroceder obligados por el límite que impone el exterior. Las mejores y más sabias medidas para perdurar en el poder fueron, en orden de aparición, no aplicar las retenciones móviles, morirse y cancelar los subsidios(esperemos que esta última sabiduría no se lleve consigo el prestigio de ninguna figura que se limite a llamar a la sensatez y sea apedrado y emparedado como un Judas Iscariote)

Vi por segunda vez la película en la esperanza de que mi nueva partenaire comparta mis visiones (cada día más cerca de la acepción alucinatoria del término)

Compartió las del grueso de la crítica: inverosimilitud.

Me pregunto si algún tipo de patología o exceso mío me lleva a considerar esta película como una obra maestra. Claro que el concepto de "obra" ha caído en desuso, y eso por no hablar del de "maestra". La crítica de arte marxista ha obrado estragos en la noción judeocristiana de "obra" y precisamente el sentido etimológico y judeocristiano de la palabra "vocación", entendida como llamado divino, impide que los docentes y maestras tengamos un sueldo acorde a una práctica laboral que demanda esfuerzos más allá de que en efecto produzca afectos inolvidables el arte de transmitir una pasión. Para unir a Marx con la pedagogía me basta recordar a Leonard Cohen cuando declara "no me suicidé cuando las cosas me fueron mal, no me dediqué ni a las drogas ni a la enseñanza": allí une (algo perversamente) la toxomanía a la docencia, no en el trillado mito de que sean puertas de la percepción que nos enseñen nada, sino en el peyorativo de que ambas son escapismos indignos. Marx lo había hecho con la religión, en una frase que retomó de Engels: "Los que no caen en el misticismo, se ven degradados por la ebriedad". En "La piel que habito" no hay narrativa puramente cinematográfica, es cierto, casi el 80 % de los hechos trágicos nos es relatado por Marisa Paredes cuando se lo cuenta a Vera. Tampoco son acertados o indiscutiblemente acertados los flashbacks. Podemos pensar como en "Vértigo" que Antonio Banderas está obsesionado por reencontrarse con una mujer que vio morir, pero no podemos recordar la sabiduría de Hitchcock al develar la sorpresa de la novela antes al público. Recordemos cómo se lo explicó a Truffaut: "Como usted sabe, hay dos partes en esta historia. La primera parte llega hasta la muerte de Madeleine, y su caída desde lo alto del campanario, y la segunda comienza cuando el héroe encuentra a la muchacha morena, Judy, que se parece a Madelaine. En el libro (de Boileau y Narjerac, escrito para que le comprara los derechos Hitchock después de oír que hubiera querido comprar los de "Las diabólicas"), al comienzo de la segunda parte, el héroe encuentra a Judy y la obliga a parecerse más a Madeleine. Sólo al final el lector descubre, al mismo tiempo que el héroe, que se trataba de una misma mujer. En el film yo he procedido de otra manera. Cuando comienza la segunda parte, cuando Stewart ha encontrado a la muchacha de cabello castaño, decidí desvelar en seguida la verdad, pero sólo para el espectador: Judy no es una muchacha que se parece a Madelaine, es Madelaine misma. A mi alrededor, todo el mundo estaba en contra de este cambio, pues pensaban que esta revelación no debía producirse más que al final de la película. Yo me imaginé que era un chiquillo que se sienta en las rodillas de su madre que le cuenta una historia. Cuando la mamá cesa de contar, el niño pregunta invariablemente:"Mamá, ¿qué sucede después?" Encontré que en la segunda parte de la novela de Boileau y Nercejac, cuando el individuo ha encontrado a la muchacha castaña, ocurre como si no pasara nada después. Con mi solución, el muchachillo sabe que Madelaine y Judy no son más que una misma y única mujer y ahora él pregunta a su madre: "¿Y entonces no lo sabe James Stewart?" "-No".
Henos aquí de nuevo ante nuestra alternativa habitual: ¿suspense o sorpresa?. Ahora, tenemos la misma acción que en el libro; Stewart, durante cierto tiempo, va a creer que Judy es Madelaine, luego se resignará a la idea contraria a condición de que Judy acepte parecerse, punto por punto, a Madelaine. Pero por su parte el público posee la información. Por lo tanto hemos formado un suspense fundado en esta interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madelaine? (...) Borges describió indignado el caso no virtuoso de develación de una sorpresa análoga: "En el libro, la identidad de Jekyll y de Hyde es una sorpresa: el autor la reserva para el final del noveno capítulo. El relato alegórico finge ser un relato policial; no hay lector que adivine que Hyde y Jekyll son la misma persona; el propio título nos hace postular que son dos. Nada tan fácil como trasladar al cinematógrafo ese procedimiento. Imaginemos cualquier problema policial: dos actores que el público reconoce figuran en la trama (George Raft y Spencer Tracy, digamos); pueden usar palabras análogas, pueden mencionar hechos que presuponen un pasado común; cuando el problema es indescifrable, uno de ellos absorbe la droga mágica y se cambia en el otro. (Por supuesto, la buena ejecución de ese plan comportaría dos o tres reajustes fonéticos: la modificación de los nombres de los protagonistas). Más civilizado que yo, Victor Fleming elude todo asombro y todo misterio: en las escenas iniciales del film, Spencer Tracy apura sin miedo el versátil brebaje y se transforma en Spencer Tracy con distinta peluca y rasgos negroides" (El Dr. Jekyll y Edward Hyde, transformados, Discusión, Emecé, Buenos Aires, 1932). En esta película hay una sorpresa tan colosal que por eso la comparé (dado que había que mencionar a Hitchcock, dado que había su presencia en cada plano, con "Psicosis"). Por eso todo el relato melodramático de tragedias que se nos relata ayudan a que supongamos que la cuota de horror se ha colmado y a darle verosimilitud a la sorpresa increíble, valga la paradoja.
Al verla por segunda vez me dediqué a admirar lo entretenida que es la película a pesar de conocer su componente shockeante. Sin la sorpresa resiste una segunda visión pero no en la propia casa: solo por el suspenso de ver cúando el público caía. Pero me di cuenta de que mi concepción es algo universalista: no era por no conocer el final del cuento policial o el remate del chiste que la humanidad no coincidía conmigo: era porque después de todo ungieron a Fito Páez y reeligieron a Cristina, era porque somos diversos la humanidad y yo, muy rara vez se da el prodigio de que, enamorado de la vida, se descorra el velo y recupere la sensación de que el mundo Madelaine y yo Judy somos Uno.

Almodóvar homenajea al Buñuel que decía "si faltan veinte minutos le agrego un sueño": en la escena en que Vicente está en la tienda de ropa se nos prodiga la información con aparente economía narrativa y después la cámara se queda, como en aquella emulación de "La colmena" de Camilo José Cela, "El fantasma de la libertad" (de Jean Claude Carriere). Y aparece un gordo para vender la ropa de su mujer que se ha fugado o desaparecido y solo un crítico estructuralista podría caer en la tentación de sugerir significativa o profética esa pura escena excesiva, ese gag.
El cautiverio al que se somete al ser amado es alegórico: todos vivimos en esa cárcel o en la prisión de nuestros días como dice el poema de Auden con rima asonante (in the prision of his days/teach the free man how to sing). Con respecto a los sexos: lo primero que escribí sobre esta película apuntaba a subrayar la íntima in-diferencia, cómo varones y mujeres necesitamos en realidad las mismas cosas, cómo se exagera el tamaño de la importancia del tamaño de la pequeña diferencia...Ahora que la vi de nuevo descubro que rara vez un film muestra una diferenciación de los roles masculinos y femeninos más marcada, supongo que solo en películas de tango se llega a tanto. Como en la vieja noción biológica de la que Freud fue, en cierto sentido, heredero o de la que es deudor (vale decir que heredó una deuda, porque la noción es harto errónea) la hembra está para ser pasiva y el macho activo. Recordar la broma de Shaw de que la araña parece pasiva y la mosca parece activa, no sirve. Pero la película perdería la tensión y el contraste que postula si presentara ambiguas androgenias e hibridajes mixtos. La película pertenece al género del terror y al género masculino también (no falta la que piensa que el género masculino es de terror). Ver en una escena a Antonio Banderas siendo rechazado en la cama y suplicando "al menos abrázame" no es solo una revisita a "Átame" con su mismísimo protagonista (en "Átame" Victoria Abril, para quien fue pensado este papel, pero ya no le daba la edad, concedía sus favores más de una vez y era contínuamente revisitada por los embates cabríos). Es una broma gay en la que se convierte al sex symbol rompeconchas en puto pasivo, sin dejar de mostrar con estilística pornosoft "versátil" su tallado cuerpito gentil. Lo que diría después de ver por segunda vez la película y de estudiar la reacción del público es que esta película presenta un grado de misoginia que excede al de la mayoría de los machistas: solo las mujeres y los homosexuales logran despreciar tanto a la mujer, a la carne propia en debilidad, a la debilidad en carne propia. Los varones heterosexuales tendemos a subestimar la servidumbre del cuerpo atravesado por vaivenes hormonales...

El candor del dr. Frankenstein no debería sorprender: también Stalin, que había pasado a cuchillo a la cúpula militar y a su amante, el sanguinario desconfiado fue candoroso ante el pacto de no agresión de Hitler.

Esta película derriba unas barreras que no dudo la tecnología médica va a derribar (como en "Las partículas elementales") pero es cierto que no llega a cumplir con todas sus contradictorias ambiciones...la crítica mundial acierta al señalar que no conmueve generando identificación. Creo que se debe a que el tono lo da el frío protagonista inconmovible. Pero por otra parte, Almodóvar es tan excesivo en su tendencia al culebrón (la cual, como en el caso de Puig, se ha pretendido leer en calidad de elevada sátira de un genre menor) que podemos agradecerle: lloramos solo como nos hace llorar una pastilla de menta, con el thrill, no con el dramón...

 

reseña amiga 1: Almodóvar con Sófocles: tragedia griega, fábrica del cuerpo humano y responsabilidad subjetiva”, un comentario de ”La piel que habito” (Almodovar, 2011), por Juan Jorge Michel Fariña –esta versión no revela detalles significativos de la trama 

http://www.eticaycine.org/La-piel-que-habito

  reseña amiga 2: paola simeoni, de "esto es un bingo", la consejera de arriba (gratuita)...


http://defiliasyfobias.blogspot.com/2011/11/soy-lo-que-soy.html



Trato de imaginarme a Almodóvar viendo cómo ataviarse para La piel que habito. Lo veo frente a un placard lleno de colores rojos y verdes intensos pensando cómo se va a vestir esta vez. Agarra un traje negro cruzado de Hitchcock. Casi nunca lo usó, pero le queda cómodo. Después ve un espléndido diamante de Douglas Sirk, a veces con más brillos, otras más opacos, pero este accesorio sí lo viene luciendo hace tiempo y le encanta. Después manotea prendas de otros directores de culto, piensa que pocos los van a identificar, pero que después se va a divertir revelando sus nombres en las entrevistas. Ahora veo la película, ya está vestido de pies a cabeza y opera el milagro: usó ropa prestada, pero se lo ve tan personal que es imposible dudar que es él. Porque La piel que habito habla de la identidad que sigue perenne –para Almodóvar y para todo cristiano– sin importar que mute la piel que uno habita, que cambie de forma, de color o de sexo.
Por eso no estaría de más para hablar de la película separar la forma del contenido. Respecto al contenido, resulta difícil no contar detalles que provoquen insultos de quienes todavía no la vieron. Pero se puede decir que Antonio Banderas es un cirujano loco que tiene secuestrada a Elena Anaya para cambiarle la piel y moldearla a su gusto y placer. Viendo la primera parte, donde apenas se presenta historia y los personajes, podría pensarse que Almodóvar tiró todo por la borda y se metió de lleno en la ciencia ficción. Pero al cabo de la segunda parte, cuando se empiezan a atar cabos y explicar motivos, es fácil identificar géneros más afines a la filmografía de este español tan amigo de los melodramas. Hay amores locos, pasiones absurdas y, también un poco de humor. Como no podía ser de otra manera, las madres (que son siempre un poco la suya pero en sus diferentes facetas) también están presentes. Marisa Paredes (mamá de Banderas) y Susi Sanchez (mamá de Jan Cornet) son dos presencias fuertes que marcan territorio y marcan historia. Las madres son el punto de partida y punto de llegada en la vida de sus hijos. Marisa Paredes dice que en su vientre solamente puede engendrarse locura, y ahí anda el nene en su casa-prisión, escarpelo en mano, secuestrando y mutilando gente, mientras su madre le prepara las masitas que a él le gustan. Paredes advierte que las cosas van a terminar mal, pero no hace nada para impedirlo y, cuando la última desgracia finalmente ocurre, no duda en acompañar a su hijo en el final de quien mal anda mal acaba. Por otra parte, está Sánchez y su feria americana, el sitio del que el hijo reniega, pero del que nunca se hubiera ido sin avisar, el único espacio donde en La piel que habito hay lugar para la comedia. Al final de su odisea, Cornet vuelve junto a su madre que, a pesar del tiempo, lo sigue esperando. Solamente volviendo al seno materno, Vicente logra confirmar que a pesar de todo lo sucedido no ha perdido su identidad.

Por otra parte, la forma resulta impecable y nunca se vio a Almodóvar tan preciso y especulador (saludemos acá al viejo Hitch). Los movimientos de cámara están manifiestamente presentes, el manchego quiere que prestemos atención a lo que está haciendo, a quien se está refiriendo, a veces en detrimento del relato. Parecería que quisiera incluir a todas las bellas artes en la pantalla. Hay escenas en que el encuadre y la composición están tan cuidados que las tomas parecen cuadros (a veces se refieren directamente a un cuadro, como en la que Banderas se recuesta para ver a Anaya y ambos funcionan como espejos de maja vestida y desnuda respectivamente –aunque ahí no se sabe bien quién tiene más desnuda el alma). También hay alteraciones temporales casi literarias y títulos de libros en manos de los protagonistas. El Cigarral está lleno de cuadros reconocibles y el fantasma de Louise Bourgeois –con sus muñecos cosidos y sus imágenes abstractas que deschavan el inconsciente– parece habitar la clínica-palacio de Toledo donde Banderas tiene cautiva a Anaya.
Almodóvar estuvo rasqueteando duro a Banderas para sacarle la cubierta de macho latino, porque lo dejó en carne viva (una carne viva demasiado tostada, hay que decirlo). Aprovechó la poca ductilidad del actor para el lado del bien, porque lo vemos en pantalla frío e inexpresivo. Si existe alguna duda en el personaje, o algún rasgo de pasión, tenemos que imaginarlos, porque la cara de Banderas y su actitud corporal no nos dicen nada. Por su lado, Elena Anaya es todo cuerpo, desnudo y vestido. En su caso, la piel que habita fue diseñada por otro (si creemos en la ficción, por el cirujano Robert Ledgard y si vemos la ficha técnica, por Jean Paul Gaultier), pero su actuación conserva como testimonio de identidad la expresión de sus ojos, los que, en primerísimos primeros planos, transmiten de principio al fin lo que en verdad siente su personaje.
En mi familia es habitual el dicho que vaticina que “el de que prestado se viste, en la calle lo desvisten”. Pero justo a Almodóvar, tan gustoso de las sentencias de viejas de pueblo no se le puede aplicar esta amenaza. En La piel que habito consigue tirarse encima casi todo el guardarropa de la cinefilia sin por eso perder su personalidad. Su cine por sí mismo ya forma parte de la alta costura.

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