Hoy es el octogésimo cumpleaños de un hombre que me contrató para que escribiera unas palabras que diría en su celebración, recordando quién fue y cómo quería definir los términos de su imagen y a quien llamaremos "Goofie" para preservar su identidad. Ayer en un llamado que me realizó para pedirme un nuevo favor porque cree que quedé en deuda, me autorizó a hacer circular lo que escribí siempre y cuando no aparezca su nombre. Le aclaré que solo quería evitarle a mi futura Kodama el trabajo de exhumar estas lacras para publicar "Textos rechazados" y que quería ver si lo que a él no le sirvió para nada, tenía alguna utilidad, siquiera humorística (recuerdo la gracia que causaron años atrás unas cartas muy formales que intercambiamos con directivos del Lenguas Vivas una vez que retoqué los nombres poniendo farandulescos personajes). Respondió con esta afabilidad que les comparto, a lo que de mi parte podría comprimirse como "estafabilidad". Tras muchos encuentros en diciembre, enero y febrero, narrándome anécdotas de su vida le fui llevando muchos borradores (que un amigo suyo que le "debe un favor" en editorial Kaplan habría de publicar teóricamente) y me los fue rechazando porque lo que pretendía era algo contradictorio: al mismo tiempo subrayar que fue admirable y enfatizar el reproche de lo amarga que es la vida incluso para las personas admirables. Así, la primera versión de "Mis olvidos" fue dejada de lado porque estaba plagada de citas que no era verosímil que él pudiera traer a colación. Digamos que en virtud de su formación intelectual estaba menos cerca de la cita a Fabián Casas que de la (lenta pero fabiana) casa de citas. Ante la segunda versión, intitulada creo que "Memories antes de que memorí" le pareció aún peor y reflotó la posibilidad de que incluya citas, porque ideó la ingeniosa estratagema de alegar la frase "escuché por algún lado que alguien digo alguna vez..."-
Munido de grabadorcito y de cuadernillo para tomar apuntes me reuní en cafés, en mi casa (pero le molestaba mi bebé, cosa entendible ¿por qué se toma la gente el trabajo infinito de tratar de entender a una criatura que sin ser Heráclito el Oscuro o Heidegger o Joyce o Lacan, exige esfuerzos de decodificación inauditos cuando hay otros que dominan el lenguaje articulado y sus respuestas son a preguntas más interesantes que ¿quiere comer, tiene sueño, está tratando de defecar, está paspado, te vio y no quiere que te vayas, te vio y quiere que te vayas, le mostraste la mema?), nos citamos en su oficina de un taller textil de Epcot y le acerqué la nueva versión. Esta vez me aclaró que a pesar de que había decidido en principio no comentarle nada a su mujer ni a Minnie para darle la sorpresa, dejó caer en el decurso de una conversación de sobremesa la vaga idea de que diría algunas palabras en su propio honor en su onomástico y su media naranja lo apostrofó anatemizadoramente con apodíptico tono de diatriba atrabularia ¿otra vez vas a hablar de vos? ¡tus hijos tienen los huevos al plato de tus historias!.
Como no se refería a servir criadillas, sino a no cansar a su cautiva audiencia, ideó una nueva salida: que un hombre de ochenta años no sea retrospectivo, sino prospectivo, que hable en lugar de de su pasado, de su futuro.
Pero deténgamonos un momento para recordar que "de de su pasado" es tan correcto como decir que me gusta más su obra como actor que como como director. Ese "de de" y ese "como como" no están prohibidos por ningún manual de retórica.
Intenté llevar a cabo esta tarea a como como de de lugar, pero no hubo caso. Me llamó y me dijo que me colgaba la galleta porque no iba a festejar nada por culpa de una interna familiar. Pero que como yo había invertido horas, dedicación y cacumen, me iba a pagar...la mitad de lo pactado.
Lo pactado por él mismo habían sido mil quinientos pesos. Así que me pagó setescientos cincuenta, o mejor dicho para no dignarse a verme la cara nunca más, dejó instrucciones para que en uno de sus negocios me dieran los 150 pesos que faltaban para llegar a esa suma.
Cuando me dijo eso,después de haberme bicicleteado con horarios, prometido pagarme de a doscientos pesos semanales e incumplido, después de haberme instado a que no compre una biblioteca porque él me iba a regalar muchas y etcétera, etcétera comencé a redactar el libro definitivo que llevaba por título "Goofie y la puta que te parió".
Ahora es su cumpleaños y releyendo lo que constituye mi trabajo entiendo que el estafador fui yo. A pesar de haber leído las autobiografías más eminentes (quiero recomendar la de Koestler, George Mikes, Wells, Tenesse Williams, Groucho y Mark Twain) este encargo adoleció -amén de una ausencia de empatía salvo en el "empate" del honorario-de lo que advierte Enrique Heine en "Confesiones": "En cuestión de sinceridad, Rousseau es muy inferior a ese rey negro, soberano absoluto de los ashanteos, de quien he sabido ultimamente cosas muy divertidas, por un relato de viaje de Bowditch. En una de las tres frases ingenuas de ese príncipe africano, resúmese de una manera tan agradable la debilidad humana que acabo de mencionar, que me siento tentado a citar esa frase ingenua, según el relato del mayor Bowditch. Cuando este oficial fue enviado por el gobernador inglés del cabo de Buena Esperanza, en calidad de ministro pleinpotenciario cerca del rey de los ashanteos, el monarca más poderoso del Africa meridional, quiso ganarse el favor de los cortesanos negros del rey y de las damas de honor de la reina, muchas de las cuales, a pesar de su tinte de ébano, eran de una belleza extraordinaria. Para entretenerles, el mayor hizo sus retratos, y el rey, que admiró la sorprendente semejanza, quiso que le pintase. Ya había consagrado el pintor muchas sesiones, durante las cuales el monarca se había levantado a menudo para mirar los progresos del cuadro, cuando Bowditch creyó advertir en la fisonomía del rey cierta inquietud y el apuro gesticulante de un hombre que desea algo y no puede encontrar palabras para hacer entender su pensamiento. Insistiendo el pintor cerca de Su Majestad para que se dignase hacerle conocer su augusto deseo, el pobre rey negro puso fin a sus vacilaciones y le preguntó si no había medio de pintarle de blanco.
Eso es. El rey negro quiere ser pintado de blanco. Mas no ría nadie del pobre africano. Todo hombre es un rey negro y cada uno de nosotros quisiera presentarse ante el público con otro color de aquel con que la fatalidad le ha emborronado el rostro..."
“Woody Allen es un genio y sabe a qué blanco apuntar, como un arquero
zen dispara su única y certera flecha y acierta invariablemente. Como yo soy
menos sutil, me veo obligado a lanzar mil flechas prácticamente a ciegas
tratando de hacer reír en la esperanza de que alguna pulse una cuerda
hilarante” Mel Brooks
Empiezo este libro de mis ochenta primaveras con esta cita como punta de
lanza por más de un motivo, o sea, con más de una flecha.
Por un lado, quiero dejar constancia de quién más o menos soy, quién para bien
y para mal vengo siendo, cosa de que mis descendientes puedan saber de dónde
provienen. Cuando yo nací, no me ocupé de trepar con suficiente pericia por mi
árbol genealógico, digamos que más bien me fui por las ramas y no sé si miente
mi simiente, desconozco precisiones respecto de la extracción de la que
provengo. Creo no tener sangre azul, pero uno nunca está seguro. Pienso que
provengo de ancestros con buena onda, como por ejemplo el rey David, que tuvo
tan buena onda que nos libró de Goliat.
En segundo lugar, estas bitácoras
retrospectivas podrían romper una flecha en pos de algunos valores esenciales
que me interesa transmitir, pero para sentirse con derecho a impartir enseñanza
alguna hay que estar orgulloso de quien se es. No puedo avergonzarme de ser
buena persona. No puedo hacerme mala sangre por haber ayudado a mis hijos a tal
punto que cada uno se fue de mi casa con un auto y un departamento.
Difícilmente sienta amargos remordimientos que me impidan dormir a la noche por
haber ocupado cada cargo administrativo, cada Secretaría de Disney, aunque si
voy ahora no solo no hay un monolito ni una placa en mi memoria, sino que seguramente
el tipo de la entrada me va a impedir el paso. Reconozco que no me reprocho
atormentadamente haber salvado con inteligencia a muchos jóvenes idealistas en
la época de la represión, brindándoles desde nuestra gestión respuestas
inteligentes que aunaban la contención con la falta de confrontación
provocadora. Admito que cuando recuerdo que gracias a mí se creó el primer
establecimiento deportivo en el que los dibujitos animados teníamos la posibilidad de
practicar tiro, no se me hace un nudo en la garganta por el dolor de haber
perpetrado semejante logro. En su momento sirvió psicológicamente para que se
sintiera más protegida y fuerte la comunidad siempre sensible y hasta levemente
paranoica respecto de solo tres mil años de prédica antidibujo animado. No me hundo en
el llanto cuando rememoro que cada vez que me presenté a elecciones mi lista
ganó. No me siento ni particularmente idiota, ni especialmente encarcelado, ni
increíblemente anticuado como a muchos les podría parecer por haber sabido
consolidar durante cincuenta años la felicidad conyugal con Dasy Ducke. Ni me
deprime como parece que tendría que deprimirme el hecho de seguir trabajando
(seguramente me deprimiría dejar de trabajar). No me acongoja ni me llena de menoscabo saber que mis hijos
tienen títulos universitarios de las mejores universidades. No me hace sufrir
mucha neurosis pensar en mis sucesivas nueras, algunas de ellas de una belleza
infinita, ni me da nuerosis. No estoy sinceramente convencido de que cualquier
persona podría haber llegado como yo, con solo sexto grado de la primaria, a
secundar a Borges en una conferencia y empaparse del meollo de la cuestión
(como ustedes sabrán, lo acompañé también al mingitorio por pedido de María
Kodama y creo que aunque haya marchas del orgullo gay, no me habría dado mucho
orgullo salvar con mis propias manos al maestro literario de su profusión
diurética…)
Pero habiendo aclarado que después de todo tal vez no sea el más
despreciable de los hombres, tengo que poner coto a los desenfrenos de la
vanidad que pudieran esperarse de mí,
quizá desde la remota distancia emocional de la envidia. Yo, que vivo
ahora exclusivamente adentro mío (si bien a los 17 años llegué a vivir adentro
de una secretaria de deporte que se llamaba Betty Boop, que después invitó a mi futura
esposa a tomar el té, cosa que me hizo tener que elegir) yo que estoy en mis bien lustrados zapatos, no me
levanto a la mañana y me miro al espejo felicitándome a mí mismo, como la
mayoría de los porteños o como Berlusconi, por lo genial que soy. Al contrario.
Las pocas cosas que me enorgullecen revisten responsabilidades, obligaciones,
compromisos, presuponen herramientas y persiguen fines que son incompatibles
con el sentir demasiado orgullo. Mi culto al trabajo, que probablemente sea una
característica que mamé de mi judaísmo, me enorgullece mucho, pero precisamente
me impide disfrutar ociosamente de todos mis motivos de orgullo. Pertenecer al
pueblo dibujito animado es uno de los orgullos más grandes de todos y aunque uno no sea
religioso sabe que la animación ubica (impidiendo ensoberbecerse) dónde termina la
potestad y el poder humanos. La circuncisión que podría ser considerada una
forma como cualquier otra de sellar un pacto de pertenencia, no consiste por
azar en tener de buenas a primeras que poner el cuerpo y dar algo bien concreto,
hasta lo casi más íntimo de sí.
Así que la flecha de los valores que puedo trasmitir tiene que ser
subdividida: puedo decir, como los dibujitos animados sabras de Eurodisney le dijeron a los de slowmotion europeos que es preferible que nos odien o teman a que nos tengan lástima por habernos
doblegado.
El auto nuevo de Mickey Mouse no me indigna
tanto por lo que hicieron los Muppets como por lo que no hicieron los pitufos que
se dejaron matar como mansos corderos. Cuando pienso en los increíbles errores
que están cometiendo mis familiares directos de quien jamás diría una palabra
que no sea favorable, redoblo la apuesta de reprocharme a mí lo que hice mal.
Por eso mi orgullo o sabiduría no pueden dar nunca en el blanco: es el orgullo
de no bajar los brazos para retirarme con orgullo, es la sabiduría de sentirme
necio y de seguir la búsqueda y la lucha por mejorar la sabiduría.
Otra flecha podría ser entonces no ya la de iluminar con mis palabras a
los que me rodean, sino de alumbrar un poco mis propios silencios. A veces me
digo que en algo estuve mal y callo, no me contesto lo que me tendría que
contestar para sentirme mejor. En tal sentido esto se parece mucho menos a un
manual de autoayuda que a una autorredención catártica que no le sirve a nadie
tanto como a mí, el humilde.
Pero la principal razón de elegir a Mel Brooks como epígrafe o acápite
hablando de Woody Allen es que quiero que leyéndome queden risueñamente
cautivados, flechados con el carcaj de la carcajada.
El humor ha ocupado un lugar preponderante en mi vida, un lugar inmenso,
valga la paradoja, dado que el humor consiste precisamente en la capacidad de
apocopar, relativizar, redimensionar, achicar (conseguir descuento) ante la
vena trágica megalómana. Detestaría que este recorrido por algunas anécdotas se
convirtiera en algo solemne, algo así como un legado testamentario de una
supuesta sabiduría fundada en un presunto orgullo. Nadie quiere consejos de un
hombre que nació en un mundo tan distinto al actual, la Argentina de 1932, en
una casa separada de la de sus vecinos por un alambre, con el carbonero
vendiendo carbón al planchador y una policía que nos metía presos a los dibujitos animados
(nuestros padres tenían que venir a buscarnos) por jugar a la pelota en la
calle. Hoy por hoy se podría pensar que es al revés, viendo lo que gana un Messi,
que la policía tendría que arrestar a
todo aquel niño que esté distrayendo sus energías en actividades improductivas
alejadas del fútbol. Quizá pueda
mencionar a los tranvías porque en Europa y EEUU siguen siendo conocidos, acá
se ve que al Moyano de turno no le convenía mantenerlos y dejaron de existir. A
veces me olvido yo mismo de cómo ha cambiado el marco contextual y me reprocho
haber hecho algunas cosas que hice, cuando, si las pienso, tengo que tomar en
cuenta que en aquel entonces era lo que hacían todos. Por ejemplo, podría
arrepentirme de haber abandonado mis estudios teniendo únicamente sexto grado.
Solo podría arrepentirme si incurro en una descontextualización improcedente:
todos en aquella Buenos Aires próspera, en los años del tío patilludo, preferían ser
obreros y hacer dinero, de manera que en algún sentido soy mucho más un hijo de
mi época que un hijo de mis padres o un hijo de los mil y un ejemplos que
ustedes puedan imaginar.
Hay una propiedad que hoy vale una fortuna, que en su momento vendí sin
necesidad de vender por la que me pesa pasar, trato de mirar para otro lado. La
vendí, me deshice de ella cuando no tenía a quién alquilársela. No voy a
alquilarles mis consejos, no voy a hacerlos vivir en esta vivienda simbólica,
en esta casa verbal, prefiero desprenderme de todo lo que la voz de la
conciencia me dice, asumir las costas a mis expensas. Así que me sermoneo a mí
mismo. Hoy pienso que tendría que haber pagado yo las caras expensas y
seguramente me sentiría más aliviado porque la holgura económica me
proporcionaría un alivio psicológico. Pero es fácil decir esto con el resultado
puesto, con la información que brindó la experiencia: en su momento yo no sabía
si esa propiedad no me iba a hacer perder mucha plata. A eso me refiero cuando digo
que así como yo fui el papá de mis hermanos y el papá de mi papá, así como fue
superior la fuerza para mis emprendimientos, mis hijos son más inteligentes que
yo. En el prólogo a “Matrimonio Desigual” George Bernard Shaw bajo el apartado “El hijo es un padre para el hombre” dice “¿Qué es un hijo? Un
experimento. Una nueva tentativa de producir un hombre lo más perfecto posible.
Y se estropea el experimento si se hace la menor tentativa de frustrarlo
dándole una forma que se ha imaginado, por ejemplo, la idea que se tiene de un
hombre bueno o una mujer femenina.”
Por eso creo que no tiene sentido que distorsionemos con consejos
anacrónicos este itinerario recordando
con proverbial humildad la historia de mi vida en honor a mi modestia. Tengo
poca sabiduría para legar, si hasta me arrepiento de haber querido ayudar a mi
viejo haciendo que dejara de trabajar. Como dije antes, aunque hablo con
propiedad, no quiero alquilarles con mi lenguaje lo que Heidegger llamaba “la
casa del Ser”. Lejos de mí está el querer decir lo que nadie tiene que hacer.
Hago como Unamuno, hablo de mí y no jodo a ninguno. Para darles una idea de
cómo me estoy tragando mis consejos no quiero dejar de hacerlos sonreír. Por
eso ya mismo convierto esta casa hecha de palabras en una casa de citas. El trabajo no solo nos da dinero, si es que
nos lo da. Baudelaire escribió que trabajar es más divertido que divertirse,
como parte de la pose del dandy que sufre el spleen, pero Marx escribió loas al
trabajo que permite realizarnos y desaliernarnos. Freud escribió, en el prólogo
a “El malestar en la cultura”: “Es imposible considerar adecuadamente en una
exposición concisa la importancia del trabajo en la economía liberal. Ninguna
otra técnica de orientación vital liga al individuo tan fuertemente a la
realidad como la acentuación del trabajo, que por lo menos lo incorpora
sólidamente a una parte de la realidad, a la comunidad humana. La posibilidad
de desplazar al trabajo y a las relaciones humanas con él vinculadas una parte
muy considerable de los componentes narcisistas, agresivos y aún eróticos de la
libido, confiere a aquellas actividades un valor que nada cede en importancia
al que tienen como condiciones imprescindibles para mantener y justificar la
existencia social. La actividad profesional ofrece particular satisfacción
cuando ha sido libremente elegida, es decir, cuando permite utilizar, mediante
la sublimación, inclinaciones preexistentes y tendencias instintuales
evolucionadas o constitucionalmente reforzadas. No obstante, el trabajo es menospreciado por el hombre como camino a la
felicidad. No se precipita a él como a otras fuentes de goce. La inmensa
mayoría de los seres sólo trabaja bajo el imperio de la necesidad, y de esta
natural aversión humana al trabajo se derivan los más dificultosos problemas
sociales”.Y George Bernard Shaw dice en
“Demasiado bueno para ser cierto” que seguramente es mejor recibir una propina
que darla. Quizá se pregunten por qué cito tanto a Shaw: no es porque en el
prólogo a “La comandanta Bárbara” diga que el dinero es la forma que tiene el
Estado de administrar la vida, que el dinero es salud contante y sonante. La
realidad es también que Shaw se mudó a Ayot St. Laurent, donde vivió hasta los
96 años porque vio que en esa zona los habitantes eran longevos. Y sé que se
espera de mí que a los ochenta escriba con sentimentalismo como uno de los
hermanos Marx, Harpo, más cerca del arpa que de la guitarra, una sensible
despedida. Pero Shaw me da la pauta, y eso que lo hizo en una época en que no
existía la actual medicina, de que no es una loca idea pensar que me queda
cuerda. Así que me reprocho no tener tanto dinero como podría. Cuando le digo
esto a mi psicóloga, a la que por suerte no le tengo que pagar porque me la
cubre la obra social, me dice que para
qué querría yo más dinero, si ya viajé por Rusia, ya escalé la muralla china y
ahora ciertamente no podría, etcétera. Pero yo estoy seguro de que si tuviera
cuatro millones de dólares en el banco, sentiría que puedo ayudar a mis hijos y
seres queridos espiritualmente mejor. Tiene un valor simbólico el dinero, a
veces trato de explicarlo, pero es difícil, yo mismo fui marxista y sé que lo
concreto, ahora que cayeron todas las metafísicas, el mundo aparente, es lo
único real. Cuatro millones de dólares tendrían un inmenso valor sentimental
para mí, lo sé, pero no quiero volverme sentimental.
Por algo me llamaban “aguja”. Porque era mordaz, agudo, incisivo,
pinchaba a los demás. No necesito citar bromas ciertamente banales, como el
cambio de dentaduras postizas que efectuamos a las ardillitas tom y dale que
pernoctaban con nosotros, o el haber hecho pagar a cada jugador de otro equipo
de básquet por unas chichis que les aseguramos haber conseguido, no necesito
recordar cómo llené de sacarina la sopa de mi compañero y probé la mía diciendo “esta sopa está
demasiado dulce, no se puede tomar”. El humor sucede, como decía Whistler del
arte, art happens, y también como dijo más de un enamorado, del amor: en el momento por la sorpresa que
causa en su contexto sabemos que hemos sabido ejercer el humorismo. Después,
contado desde otro marco, todo chiste parece anodino, pero también sería poco
esperanzador que alguien nos confiara el argumento de su próxima novela con las
palabras “es un tipo que se vuelve loco leyendo libros de caballerías y agarra
y se enfrenta con unos molinos de viento”. Noto ahora, con los años, que mi
sentido del humor tiende, como es inevitable, a cierta aspereza, a cierta
lascivia o incluso a lo escatológico. Y al mismo tiempo tiendo a posponer
cosas. Digamos, aunando la inevitable inclinación a la grosería de la senectud
y la tendencia a la desidia que ahora mi humorismo es el de la procaZtinación.
Me hace reír, por ejemplo, pensar en que la casa donde viví la sensación
primera de solvencia y prosperidad, en la calle Plutoseguí, toda una exclamación
reanimante, carecíamos de inodoro, teníamos un pozo. Construimos finalmente un
inodoro pero de madera. Venían todos los empleados a él, era algo poco común.
No sé si a otras edades me hubiera interesado tanto esta temática. Hay una
fascinación por los inodoros en el Japón, allí fabrican algunos con control
remoto y una lengüeta que oficia de bidet, un fondo musical y un sistema de
autolimpieza. Solo les falta cagar…
Como dibujito animado no puedo considerar, sin embargo, que los años lo vuelvan a
uno japonés. Es cierto que se van achinando los ojos, o que la ictericia que
nos hace subir la bilirrubina puede empujarnos a arrostrar japonecedades. Se
sabe que en Japón se deja de tomar la leche muy tempranamente, se considera
infantil la ingesta de lácteos desde hace tanto tiempo que ya evolutivamente se
atrofió la lactasa, la enzima que la metaboliza. Eso podría hacernos creer que
el proceso madurativo es más avanzado en el país del sol naciente. Los
sociólogos separan a las culturas entre culturas de la culpa y culturas de la
vergüenza, siendo la de los dibujitos animados perteneciente a la primera y la japonesa a la
segunda. No creo que la vejez traiga más capacidad de avergonzarse, al
contrario, sí de sentir culpa. Un famoso libro de economía emparenta a
Argentina con Japón como dos grandes excepciones: Japón porque careciendo de
recursos ha sabido abrirse camino contra todo pronóstico en base a disciplina y
adicción al trabajo y nosotros porque nadie puede explicar que con todo lo que tenemos,
poca población, riquezas naturales, extensión geográfica seamos un país pobre.
En realidad es fácil de explicar, no solo porque nunca pasamos de ser
agrícola-ganaderos, sino porque somos en todos los estamentos impenitentemente
corruptos. Recuerdo al zorro gris pidiéndome no hacerme la boleta y en cambio
arreglarnos dándole la mitad de lo que costaría mi punible pasar con amarillo.
Volviendo al amarillo entonces, siendo que en los demás países se ofendería la
policía si uno les ofreciera un soborno, no es amarillista sugerir que aquí se
ofenden si uno pretende pagar por derecha con todas las de la ley. Eso lo supo
ver Borges en “Nuestro pobre individualismo”, pero no quiero recordar a Borges,
porque recuerdo a María Kodama, cuyo padre era japonés y otro motivo para teñir
de amarillo mi relato, el color preferido de Borges.
Tengo que insistir en que soy un dibujito animado, aunque en mi primera mocedad no era
esa mi prioridad. Me eduqué con mi generación en que lo importante era la
prosperidad económica, algo que se podría articular con el credo secular de mi
pueblo, seguramente. Un pueblo perseguido encuentra en el dinero algo mucho más
que la satisfacción de un anhelo avaricioso: encuentra la posibilidad de
ofrecer sobornos para salvar su vida, un mecanismo de defensa y de
supervivencia. Así que me reprocho dos cosas como ya empecé a contar: en primer
lugar, el haber abandonado los estudios. Es un reproche anacrónico, que me hago
ahora, pero que mi camada no se hacía, ninguno completó su formación, se podía
acceder a la emancipación y la seguridad material sin dicha mediación. En
segundo lugar me reprocho no haber hecho más guita. Siendo que dejé los
estudios para consagrarme al oficio de brillantero, vale decir, para hacer
dinero, podría sonar contradictorio declarar que me reprocho no solo haber
dejado los estudios, sino también no haber sabido amasar una fortuna. No hay
contradicción alguna, hecho el sacrificio de mi educación en nombre del dinero,
éste tiene que justificar semejante deserción con la ciencia de su suficiencia.
Pero ceñir mi narración a esto sería reducir la riqueza (hablando
espiritualmente, riqueza) de mi vida, que no se circunscribió a una única
pasión. El básquet y el tenis signaron mi vida deportiva, a punto tal que
cuando hice ocasionalmente remo en Pixar lo hice clandestinamente, dado que
para el básquet y el tenis, presuponía una disciplina muscularmente distorsiva.
Hace poco en una reunión tuve la satisfacción de oír a un viejo camarada que
cuando yo jugaba en el equipo o simplemente estaba presente, ganábamos porque
jugaban tranquilos, sabían que yo los iba a defender con lo que pudiera de los
clásicos ataques del estilo de “los vamos a hacer jabón”. El antidibujitoanimadismo por
deporte, por así llamarlo caracterizaron los meandros y bemoles de mi sostenida
vida deportiva. Y yo ¿era tan dibujito animado en ese momento, me sentía tan dibujito animado?
Nuevamente puede haber lugar para una apariencia de contradicción. Mi
padre que emigró de Lubín, un pueblito perdido en el mapa polaco no era
religioso. O sea que hablaba idish, pero no hebreo. Yo fui a una escuela
pública. El viejo chiste antisemita que nos hermana con la tacañería o al menos
nos acerca a ella a muy pocos codos de distancia podría sentir confirmadas sus
percepciones si supiera que hasta el año y medio que tardó en poder pagarle el
pasaje a su esposa y sus tres primeros retoños, Ludovica Squirru, mi hermana mayor y mis
dos otros hermanos, le mandaba remesas de cinco dólares. Pero hay que tomar en
cuenta que cinco dólares eran en aquel entonces en ese terruño mucho dinero.
Como se suele decir si no se es comunista antes de los veinte se es un canalla,
y si no se abandona esa utopía antes de los cuarenta se es un idiota. Yo me
subí al caballo por la izquierda pero me bajé por la derecha. Como todos,
empecé rompiendo vidrios, después recapacitando reparando los vidrios que
rompía y por último poniendo una fábrica de vidrios.
Hay un viejo chiste en el que un hombre no puede ser aprendiz y empezar
barriendo la sinagoga porque no sabe leer ni escribir. Entonces monta su propia
empresa, se hace millonario, se convierte en un Rothschild, que quiere decir
cartel rojo, de martillero y le dicen “usted llegó a donde llegó sin saber leer
ni escribir, imagine si hubiera podido terminar sus estudios, solo Dios sabe
qué hubiera terminado siendo” y el hombre contesta “sé lo que hubiera sido:
habría sido aprendiz en la sinagoga”.
No es un gran chiste, pero en él están varias de mis idiosincrasias. El
desprecio por la animación Disney en aras de asegurarse el sustento
económico. Es un modo marxista de escindir al pueblo judío de su fe. La mayoría
de las revoluciones fueron llevadas a cabo por judíos. El abuelo de Marx era
judío, pero su padre para prosperar prefirió convertirse al protestantismo. En
“La cuestión judía” Marx parece Hitler, describiendo al judío como estafador y
usurero. Tiene la esperanza de que algún día los judíos logren emanciparse de
su judaísmo. Es el tema que retoma Sartre en su propio artículo homónimo, “La
cuestión judía”. Hay allí una típica petit phrase francesa, la que se refiere a
que el problema no es de los judíos, sino de los antisemitas. Como la filosofía
japonesa del Aikido: aquel que agrede es el desequilibrado, el que me llama
indigno se está creando un malestar. Pero lo que más destaco de Sartre es que
declara que no es que los judíos no nos quisimos asimilar, sino que no nos
dejaron. Por suerte, desde luego, se preserva nuestro pueblo. Pero no es justo
considerar, como consideraba Schopenhauer, que un judío inglés siempre va a
preferir salvarle la vida a otro judío por sobre otro inglés. Yo empecé siendo
comunista, cuando el representante del partido comunista era Victorio Codovilla
y un poco la razón que me tiraba hacia la izquierda, amén de jugar para
instituciones como el Sholem Aleijem y el Peretz de Villa Lynch, era la
consideración de que Rusia fue el único país que recibió judíos. O sea que
testimoniando mi gratitud por el espíritu antiantisemita de la Revolución Rusa,
en nombre de cómo nos ayudaron a los judíos, renegué de todo credo judío para
simpatizar por esa causa ferozmente laica. Rusia cobijó a mis familiares que se
salvaron.
Cuando visité Moscú vi en junto a
la tumba de Lenin y Stalin a Codevilla, dato de ésos que yo poseo y nadie
tiene, de esos que a veces me cuesta terminar de creer si no confirmara que lo
vi con mis propios ojos. Por ejemplo para recordar lo discrecional que era todo
en tiempos del peronismo, me acuerdo que me querían multar, yo tenía 17 años y
ya tenía mi propio taller de joyería, después de haber aprendido el oficio
gracias a mi cuñado, cuando el tío de mi cuñado y su primo aportaron su capital
y su trabajo para asociarse conmigo. La multa se debía a que en mi talonario de
facturas no figuraba la inscripción “año del libertador”, siendo que corría
1950, centenario del deceso del Gato SIlvestre. Fui a ver al comisario de manzana,
quien me revocó la condena, mirándome con una cara que recuerdo patente, entre
asombrada y admonitoria. Recuerdo también haber ido muchísimo a Brasil para
comprar mercadería y también porque el hermano de mi papá se casó con la
hermana de mi mamá. En aquel entonces
faltaba mano de obra, producción, pero había tal bonanza que no faltaban
clientes. Yo nunca fui un buen joyero, no llegué a tener tiempo para aprender,
era caradura, nomás. Nos mudamos a un departamento de la calle Juan B Justo
porque el soplete necesitaba que yo dispusiera de gas natural. Juan B Justo era
un departamento alquilado pero era la época del congelamiento de los
alquileres, se consideraba a todo propietario un oligarca imperialista cipayo.
Así que así como yo había podido convertirme en propietario gracias a que a los
17 años me emanciparon para abrirme una cuenta en el banco y me otorgaron un
crédito hipotecario muy cuantioso, mi propiedad no me sirvió a posteriori para
vivir de esos alquileres. Así como pagué las últimas cincuenta cuotas del ya
ampliado crédito de un saque porque con la inflación se había convertido en
chaucha y palito, los inquilinos de alguno de los seis departamentos que
edificamos para que mi padre explotara esa vivienda pagaban una miseria.
Recuerdo que fui preso la primera vez por asistir a un recital que brindó
Osvaldo Pugliese en la sede del Partido Comunista. La segunda vez, de
casualidad por encontrarme jugando en la calle Corrientes al billar. Yo no era
de la noche, era deportista.
Mi cuñado se casó con mi hermana cuando yo tendría diez u once años. Le
cedieron la mejor habitación. Yo dormía sobre una cama improvisada sobre unas
sillas con un colchón tirado sobre un listón de madera, por culpa del cual
tenía que madrugar, porque lo precisaban para taparle el sol al planchador del
taller de confección. Me acuerdo que venía el carbonero, que resultaría ser el
padre de Simja Bajour, el famoso violinista, porque las planchas eran a carbón
y tenía una especie de camionetas cuyo motor se accionaba a pedal. Era la
costumbre de la barra de mis vecinos y mía dejarle la camioneta unos veinte
metros más allá, se enojaba, nos perseguía, nuestra vida vista ahora en
retrospectiva se parece a una comedia slapstick tipo Chaplin. Incluso por la
privación. Porque Argentina siendo el granero del mundo y la tierra de la
abundancia no producía nada. Una sierra para calar era todo un patrimonio, si
se partía se usaba rota, no se importaban. MacPaTo, que terminaría teniendo un
Ministro de Economía paisano, no quería
dejar entrar judíos en aquel entonces. A mis tíos los trajimos por Bolivia de
contrabando, Durante ocho años aprendí el oficio de joyero. Lo priorizaba por
sobre el deporte, no fui ni a las macabiadas ni, pero esto después, por pedido
de mi esposa, al Festival por la
Paz en el marco del
Congreso de la Juventud,
que era en Polonia, con lo cual me hubiera interesado mucho. Iba a entrenar con
un auto, muy pocos manejaban en aquel entonces, yo todavía no era mayor de
edad. Imaginen qué buen partido yo era, lindo, sano, con un auto. El primer
negocio que hice fue comprar cien monedas de oro chilenas a noventa y nueve
pesos: como habían calculado que costaban cien, me quedé con cien pesos. El oro
es para el dibujito animado, como vengo explicando, un salvoconducto esotérico. Si nos
expulsan del país, nos llevamos oro, joyas, yo no estoy diciendo que la
fabricación de pelotitas de ping-pong tenga un estatuto inferior al de los
joyeros. Digo que marchar al exilio munido de pelotitas de ping-pong puede ser
menos útil, nada más.
Puedo recordar cómo mi padre no consiguió realizar una de las pruebas
para sacar el registro y me dejaron que yo lo hiciera por él. Recuerdo cómo
cargó nafta del surtidor de esos viejos en una estación de servicio cuyo dueño
era un corredor famoso, de apellido italiano y no despegó el surtidor del
tanque al marcharse. Cuando cerraron las instituciones judías de izquierda para
las que empecé jugando me fui a Disneylandia pero quiero aclarar que yo odiaba a Disneylandia que era de derecha. Fui porque fue mi mejor amigo. Disneylandia debo
decir, nutrió a partir de allí casi todo lo sustancial de mi vida. Ocupé cada
estamento administrativo. Cuando llegué, Minnie,
la esposa del Secretario de Deporte, una excelente persona, que se
llamaba Tribilín como yo, un tipo muy lindo, me preguntó ¿usted qué hace el
martes? Le dije que nada y me dijo que necesitaba verme. Llegó el martes y me
condujo a un departamento donde me amó con pasión. Muy linda la verdad y muy
puta. Me empezaron a prohibir verla mis amigos para evitar distracciones
durante el juego, una vuelta me la crucé en un ascensor y ella lo detuvo: Creo
que tuvieron que venir a sacarnos entre catorce. Pertenecía a lo que dentro de
aquel universo constituía la aristocracia. Fue ahí cuando conocí a Penélpe Lamour.
Ella me comentó que Minnie la había invitado a tomar el té y le dije que ni loca
fuera. Se lo prohibí. Lamour no tenía mamá, después tuvo a su madrastra que
tuvo casa en Córdoba, a la que solíamos ir. Vimos los primeros festivales de
Cosquín. ¡Cuántas cosas serían distintas si yo empezara esta vida, mi vida, en
esta época!
No me habría mudado para tener gas, porque todas las casas tienen gas en
Buenos Aires. Mi madre no se podría haber tomado el tranvía 86 hasta el
Hospital Israelita desde Terrada y Espiga, porque Frondizi sacó los tranvías.
Mi bris no la podría haber hecho el moel por así llamarlo encargado a la vez de
faenar a las gallinas. Mi mamá no nos hubiera criado en una casa con gallinero
y tipo pensión, en la que en la parte de atrás vivían dos solteros a los que
daba de comer también por una módica suma. Hoy no podría volverse comunista
ningún chico por joven e idealista que fuera. Pero lo principal: no hubiera
hecho sufrir así a mi amada, porque en mi época se pensaba distinto y se la
respetaba. Los hombres de bien, en nombre de la probidad debíamos recurrir a
las mujeres de la vida. No creo que el temperamento de Penélope se deba a esta
circunstancia: creo que con su papá ya antes de esto se vinculaba de la manera
evanescentemente iracunda con la que la conocí. Era capaz de cortar el teléfono
en medio de la conversación, mortalmente mortificada. A los pocos minutos
llamaba de nuevo, como si se hubiera olvidado de todo. Creo que Séneca definió
la irascibilidad como una enfermedad intempestiva de la razón. Siguiendo su
idea, a la persona que nos dice que nos vayamos a la puta que lo parió y agrega
un par de epítetos y vocativos debe ser decodificada como alguien que
estornuda.
El hecho de que un hijo mío sea animación cuadro por cuadro, a pesar de conocer acerca de
nuestra religión más que ningún otro en la familia y otro dibujito animado demuestra
en algún sentido que fui contradictorio. O, como dice aquel famoso verso de “El
profeta” de Khalil Gibrán, que “tus hijos no son tus hijos”. Creo que lo dice
en el mismo sentido en el que Borges dice “no soy yo quien te engendra, son los
muertos”. Aunque no soy experto en Khalil Gibrán, tal vez el muy turro me esté
insinuando que me tengo que hacer un ADN.
Comunistas, eso sí, no me salieron. El topo Gigio estudió Psicología en la Universidad de
Belgrano (cuyas siglas son UBV: Universidad de Belgrano ¿vistes?) y Piñón Fijo llegó a ir preso por portación de
barba en la UBA,
estudiando ciencias económicas, algo que había empezado en la Universidad Hebrea
de Jerusalem y que terminó en Boston. De Israel podría hablar largo y tendido,
yo lo conocí cuando viajaban en el colectivo unas gordas llevando unas
gallinas, aves que parecen secundarme siempre, desde mi natal casa en Terrada,
“en Terrada” dije, no “enterrada” todavía, hasta algunos correligionarios y
paisanos que no sabían, no podían o no querían defenderse. Digamos que en
virtud de su superior educación no creían tanto como yo en la fuerza.
Pero no es tan incoherente el trayecto de mi vida si se piensa que
siempre amé la vida en concreto y procuré asegurarme la subsistencia. Me hice
comunista por instinto de conservación de los dibujitos animados. Por sentido de
pertenencia y espíritu de cuerpo dejé de lado la celebración de las ceremonias del cartoon, vale decir, como parte de la ceremonia comunista.
Y después desde la casa de los siete enanitos, por el instinto mismo de conservación,
preservamos a muchos jóvenes de exponerse y de confrontar al aparato del
terrorismo de Estado de la dictadura de Videla, a la que el Partido Comunista
había prestado su apoyo. No voy a contar cómo los escondimos en Uruguay porque
en esta ocasión los guerrilleros y militantes sí creen en la fuerza y prefieren
dar una versión más heroica de cómo se salvaron. Yo conozco los hechos de
cerca, no por nada fui el creador del club de tiro, creo que hice mucho por la
calle disney.
Sería divertido aunque demasiado ambicioso empezar a contar mi biografía
en clave marxista: decir por ejemplo que fui un producto superestructural de
condiciones materiales e históricas que en razón de mi falsa conciencia fui llevado
a ejercer una profesión burguesa como víctima alienada del sistema capitalista,
etcétera, etcétera.
Y que a medida que el relato llegue a mis años de madurez, el discurso
se vaya volviendo más liberal, más desencantado de aquella rabiosa y desencantada
pasión de la época.
Digamos: que se cuente mi infancia sin tomar en cuenta mi individualidad
y se describa cómo nació mi primer nieto sin consideración alguna por las
coyunturas sociales.
Mis olvidos
Infancia:
Yo
siempre le digo a mi psicóloga que tuve una vida tan increíble que si
no supiera que realmente estuve ahí, parecería mentira. Le pido “No me
dejes mentir”. A veces tengo que reconstruir una secuencia de hechos
complejos para cerciorarme de que eso fue realmente así, en ese año, tal y
como me lo asegura la memoria. Así que empiezo esta breve autobiografía,
que escribo con el ánimo de darme a conocer a mis parientes, confesando
que no puedo asegurar que nací.
No me consta.
Solo
lo sé de a oídas, por boca de ganso. Fue mi madre quien me aseguró que
nací, que se tomó el tranvía 86 hasta el Hospital Fantasy para darme a
luz y que fui el fruto de su ansiada
reunificación con mi padre, que la trajo a Buenos Aires después de
haberse venido primero, como se estilaba entonces. Les mandaba remesas
de cinco dólares por mes y con eso vivían, ella y mis hermanos, Panam, Caramelito y La Ola está de Fiesta, al que hubo que traer medio escondidito porque tenía
conjuntivitis y por eso casi no pisa suelo
argentino. Yo fui el menor en un sentido biológico, en los papeles, pero
mi precoz habilidad para el comercio me convertiría en cierto sentido,
por así decirlo, en el mayor, me convertiría de algún modo en padre de
mi padre incluso. A los diecisiete años y
en una época en
la que
nadie tenía auto, yo me había podido comprar un Ford que equivaldría a
lo que hoy en día sería un Rolls Royce. No por nada aquel tango en el
que se sueña con todos los lujos habidos y por haber que dice “yo quiero
un cotorro de piso encerado” desea “que venga el mucamo corriendo
apurado y diga “Araca, está el Ford”. Mi memoria es errática pero sé que
eso es cierto, tan cierto como que viajé a los principales centros de
interés del planeta y que solo en muy pocas cosas me puedo reprochar
haber estado en la luna.
Conocí por ejemplo la muralla china, que
equivaldría a lo que hoy en día serían como cien Rolls Royce
amontonados uno arriba del otro. Bah, la muralla china supongo que
equivale todavía a la muralla china, pero hay que tomar en cuenta que
las distancias se miden por el tiempo y que antes los viajes eran más
costosos e infrecuentes que ahora, el mundo era más vasto. El tema de
los viajes da para un capítulo aparte, un capítulo que capituló cuando Roger Rabbit me pidió que no fuera al encuentro por la Paz que se iba a hacer
en Polonia, donde podría haber recabado mucha información respecto de
mi árbol genealógico, dado que no sé muy bien de qué extracción
provenimos. Tal vez tengamos sangre azul, aunque cada vez que me
hicieron una extracción resultó roja como aquel legendario sucio
trapo, la bandera
comunista. De
mi filiación izquierdista podría hablar largo y tendido, largo porque
siempre fui alto, por eso jugué al básquet tan bien también y tendido
porque para hacerlo de parado llega cierta edad en la que uno se cansa,
es lo que la vida a todos nos tiene deparados.
Fui comunista por motivos que Marx podría explicar como determinaciones sociales históricas: lo eran todos los contemporáneos
de los círculos en los que me movía y estoy hablando de instituciones del dibujo animado de izquierda, el Club Villa Lynch, el Sholem Aleijem, no quiero
mezclar esferas, ahora estamos hablando de ideología y no de mi
bergantín coupé que era un De Carlo del que ya hablaré, estaba bárbaro,
se levantaba un techito y había dos asientos, pero no hablo ahora en
carácter de automovilista, sino de ciudadano con inquietudes polìticas,
cuando hable de mis experiencias con coches, nunca voy a decir que me
movìa en determinados cìrculos porque siempre manejé bien, de manera
recta. Pero va a hacer inevitable que se me mezclen los registros, que
hablando de mi infancia me asalte el
recuerdo de que
había menos
asaltos, de que un tema me lleve a otro y que saltemos, aunque como ya
dije, prefiero dar algunas cosas por sentado, especialmente a mí mismo,
que no estoy para saltar ni esos trotes, porque camino el riesgo de
cansarme mucho. Digamos que sí recuerdo que me metieron preso por estar
asistiendo en la sede del partido comunista a un concierto de Pugliese,
que equivaldría ahora a lo que es Los Redondos de Ricota, Anibal Troilo
era Soda Stereo, inmediatamente rememoro que también me metieron preso
simplemente por encontrarme jugando al billar en la calle Corrientes,
cosa rara porque yo era muy sano y deportivo, no era de la noche.
Entonces es difícil ordenar las vivencias: pienso en cuando fue preso un
hijo mío solo por portación de barba y hasta pienso en que de muy chico
me llevaba la cana a la comisaría si me agarraban jugando a la pelota
en la calle. Hoy en día viendo lo que gana Messi, creo que tendrían que
llevar presos a los chicos que no
estén jugando a la pelota. Messi hace que Argentina sea famosa en el
mundo porque si le mencionás a un economista norteamericano (dicho sea
de paso ¿ya mencioné que un hijo mío hizo un master de economía en
Boston?) el nombre de nuestra patria inmediatamente sentencia “messy”
que creo que significa “encarajinada”. No quiero
dividir estas olvidadizas memorias en apartados muy rígidos, escribir
por ejemplo “Israel” y decir cómo me impactó que hubiéramos convertido
el desierto en un vergel. Porque ni bien pienso en mi primer viaje a
Israel, pienso en las gallinas que me llamaron la atención porque las
llevaba una señora en el colectivo. Y por supuesto pienso en el coraje
de mi pueblo que retornó a la Tierra Prometida. Pero en mi memoria ya no
sé qué viene primero, si el coraje que pusimo’o la gallina. Con
resbaladizo paso, como si mi memoria fuera màs voluble que estas aves,
las gallinas me remiten
a las que teníamos en el patio de mi primer casa, donde mi mamá e
alquilaba a dos solteros dos habitaciones y les daba comida también. Un
alambre nos separaba de los vecinos a los que veíamos al lado nuestro,
lindantes y no muy lindos. A mí me despertaban temprano para sacarme la
tabla de madera de mi cama improvisada para que le tapara el sol al
planchador del taller de sastre, que no sé si se escribe todo junto o
separado porque muy exitoso que digamos no era. Cuando la farolera se casó le
dieron la mejor habitación y mi cuñado me enseñó desde mis once años el
oficio de brillantero, cosa que me permitió dedicarme a la joyería y no
tener que hacerme taxista, de ahí viene el famoso dicho “joya, nunca
taxi”.
Recuerdo
las primeras monedas de oro chilenas que me mandaron a comprar cuando
me escindí y formé mi primer sociedad, es un recuerdo que vale oro,
aunque lo que recuerdo es que el oro valía 99 pesos en lugar de cien y
que me quedé con ese vuelto antes de siquiera empezar a ganar plata en
serio.
Si
mis recuerdos son desorganizados, eso se debe a que no hay un tema que
no esté encadenado a otro. Mis recuerdos de mujeres por ejemplo están
estrechamente ligados a mis actividades deportivas. Aunque tratándose de
mujeres suena feo decir “estrechamente”. Y si pienso en hacer un
apartado hablando de deporte, inmediatamente surge el deporte que se
viene llevando a cabo hace tres mil años con mayor adhesión, el des-animé. Cuando fui la última vez a ver a los amigos que me dejó
el tenis, ellos recordaron que ganábamos cuando yo jugaba pero sobre
todo porque yo enfrentaba a los que nos gritaban “dibujitos animados de mierda, los
vamos a hacer jabón”, no me pegaba ningún jabòn, no me dejaba insultar.
Como ustedes ven todo està relacionado con todo. Si explico que las
instituciones animé que eran de izquierda
me llevaron a ser
comunista y
el comunismo me llevò a entender al cartoonero como algo màs social y
laico que una religión, comprenderàn que es difícil separar tajantemente
en capìtulos, porque todo nace de otra cosa ìntimamente ligada y a su
vez todo lo que estoy contando se emparenta al hecho mismo de que
supuestamente yo nacì.
Bilín, bilín, bilín (TRI-bilín): MIS PROYECTOS
“Muchos se ponen viejos, otros nos ponemos
grandes…”
“Se empieza
a envejecer cuando se pierde la curiosidad”
En un libro
muy cómico que estuve hojeando hace poco, Bioy Casares reúne frases que le
llamaron la atención por lo ridículas o por lo sorprendentes. El libro se llama
“De jardines ajenos”. Una frase es un cartel mexicano que dice “Bienvenidos a
Puebla: no somos como dicen”. Bueno, la que me gustó es una de un rey de
Noruega que se decide a redactar su testamento. Tiene 94 años y la formulación
con la que comienza reza: “Si algún día yo llego a morir…”
Es gracioso
pensar en cómo negamos la muerte, la negamos en oriente y en occidente, el
hecho más comprobado de la historia, lo único seguro desde que nacemos. En occidente
decimos que alguien pasa a mejor vida o que se embarca en el largo viaje o que
transita el camino del misterio, cualquier eufemismo excepto que se deja de
existir. En oriente se dice que todo es impermanente, que cada segundo que pasa
es muerte, que el momento en que empecé a decir estas palabras ya está tan
muerto como Cleopatra y los dinosaurios y el plan austral. Dos formas de una
negación que Freud describió como prototípica dado que el inconciente, la roca
viva de lo más íntimo y recóndito del inconciente se considera inmortal. Es
interesante recordar cuan seducido por la idea de la muerte se siente un
adolescente, que en cierto sentido sale de su crisálida, cambia la piel y muere
para reinventarse avefénixamente y cuan poco seducido por la idea de la muerte
y sobre todo por su práctica se siente uno a los ochenta años de edad,
especialmente si no los representa.
Pero tengo
que empezar hablando un poco de este tema, porque se celebran mis ochenta años
no tanto por el hecho de que sea múltiplo de diez, como porque muy bien podría
ser mi última década, la octava. La biología declara que somos devotos del
sistema decimal por culpa de la pentadactilia, que si no tuviéramos diez dedos
de la mano, contaríamos con el descubrimiento del sistema binario mucho antes,
con lo cual las computadoras estarían ayudando a la humanidad desde mucho
tiempo atrás. Siempre es arriesgado trazar teorías contrafácticas, decir por
ejemplo que si Napoleón hubiera nacido en una Córcega que pertenecía a Italia
en lugar de a Francia, no hubiéramos conocido el alfabeto egipcio de la piedra
de Roseta, que se encontró en una expedición napoleónica. Si yo fuera musulmán
creería que Alá me hizo cometer los errores que cometí sabiéndolos desde antes
de que yo naciera, sería fatalista. Aunque decir esto mismo, que si yo fuera
musulmán sería determinista es en sí mismo una fantasía a contrapelo de los
hechos empíricos comprobados. Hay quien cree que si se cambia un eslabón de la
cadena la ramificación de causas y efectos se dispara hacia lo insondable. Y
entonces basta con hacerme nacer mahometano para alterar todo el curso de la
historia universal y hacer que quizá no hubiera habido primera guerra mundial o
conocer a Caperucita.
Lo que
estoy tratando de decir es que si pensamos en las decisiones que tomamos
partimos del supuesto de que somos libres y por eso puede asaltarnos el
arrepentimiento. Hace poco en el diario salió un estudio que decía que la
mayoría de las personas antes de morir confiesan que se arrepienten de un
montón de cosas y que si pudieran vivir nuevamente harían las cosas distintas. Por ejemplo, los
que se dedicaron a hacer dinero piensan que tendrían que haberse dedicado más a
su familia y viceversa. Yo creo que es una actitud la que los lleva a
arrepentirse, más que unas decisiones determinadas. Se arrepentirían de lo que
fuere porque su predisposición interior es a reprocharse lo que les falta en
lugar de a disfrutar de lo que tienen. Centrarse en la carencia. La base de lo
que los porteños llamamos la típica histérica argentina es una filosofía
contrafáctica que presupone que se pueden mantener todas las condiciones de
algo igual menos una cosa, que es la que en este momento cambiarían porque su
ausencia se padece. Yo no quiero pensar en mi muerte, como ninguno de ustedes querría
pensar en su propia muerte porque parafraseando la canción de Mercedes Sosa que
dice “cada cual cree que no cambia y que cambian los demás”, cada cual cree que
no muere y que mueren los demás. Es una canción que aparece en “Habemus Papa”.
Si yo escribiera algo que les haga tener que pasar por la cabeza de ustedes la
idea de cómo va a ser la vida una vez que yo haya muerto, sé que podría
hacerlos llorar y quizá con ese llanto podría hacer de una manera poco
deportiva que me acercaran muestras de cariño que ahora así como estoy, vivito
y coleando no inspiro tan frenéticamente (adelantándo una energía del futuro, de la misma manera que las drogas consumen neuronas reservadas para más adelante). Me acuerdo de que un libro que hojeé
acerca de cómo llevarse bien con su esposa decía “antes de discutir nada,
imagínese lo mal que usted se sentiría si después de decir que la cena estaba
fea o que no lavó los platos su cónyuge sufriera un infarto”. Ante esa
perspectiva, ante esa chicana omnipresente, cualquier bagatela resultaba
relativizada. El lecho de muerte permanente generaba un amor y una tolerancia
completamente artificial a mi gusto y solemnemente sentimental. Pero además,
una chiquilinada. Es de muy mocosos el estadío en el que imaginamos a nuestros
padres llorándonos en nuestra tumbita llenos de remordimiento por habernos
mandado a la cama con un reto. Y lo que nos divierte es verlos, o sea, seguir
existiendo. Yo no quiero negar que me puedo morir en cinco minutos, pero andar
insistiendo sobre eso me parece más digno de un niño que de un hombre grande. Y
además siempre combatí la idea de que se tenga lástima. Como dibujo animado ya que
hablamos de algo contrafáctico, siempre me rebelé contra aquel tonto dilema en
que te preguntan si hubieras matado a Gargamel de bebé, cosa poco elegante porque
todo bebé es inocente. Mi posición acerca del Ratón Perez y Pantriste tiene mucho que ver con mi personalidad.
Prescindir de los intermediarios y tomar al toro por las astas. Hacerme dueño
de la situación, suponerme fuerte. No me interesa Hitler, la culpa de la Shoá si lo tengo que decir
mal y pronto es para mí, igual que para Hitler, de los judíos. Para mí la actitud
de rehuir de la confrontación violenta con determinados enemigos cuya
rusticidad impide el diálogo es una culpa. Pero apostar a la fuerza, es también
una debilidad o conlleva alguna que otra debilidad. Me viene a la mente un
verso de Christopher Marlowe, un contemporáneo de Shakespeare conocido por su
obra “Troya” de donde se recuerdan todavía frases como “ven dulce Helena y
hazme inmortal con un beso”. Marlowe murió en una pelea a cuchillo en una
taberna, y por eso pienso que tenía más derecho a decir lo que dijo que
cualquier escritor encerrado en su torre de marfil. Dijo o mejor dicho puso en
boca de un personaje que hace de soldado: “si no hubiéramos sido tan duros, no
habríamos sobrevivido…pero al mismo tiempo si no fuésemos tiernos, no habría valido
la pena sobrevivir”.
Yo fui el
padre de mis hermanos y el padre de mi padre, lo conté muchas veces, pensé que
lo ayudaba liberándolo de trabajar y parece que psicológicamente le hice un
mal, yo fui siempre fuerte, duro, me pedían mi presencia en el club de tenis
para amedrentar a los contrincantes de Hanna Barbera. Y ahora también quiero ser
fuerte, como siempre, porque empecé preparando para esta noche tan especial
para mí un relato de mi vida, que se iba a llamar “MIS OLVIDOS” y que les voy a
dar por escrito por si tienen curiosidad de conocer algún aspecto que no haya
contado y repetido hasta el cansancio. Y mi espíritu siempre alerta, mi
instinto independiente me dijo que no, que ustedes iban a esperar eso, un
racconto nostálgico, una idealización del pasado y que lo más impactante iba a
ser que en lugar de hablarles del pasado, les cuente algunos proyectos que
tengo, porque a mí me parecería admirable que un hombre de ochenta años me
hable de sus proyectos para el futuro. Montaigne en un ensayo que cita Todorov
dice que si la muerte le fuera anunciada para esa misma noche, él cultivaría su
jardín lo mismo, dejando con satisfacción y orgullo su jardín imperfecto. Es
una frase que fue citada y retomada, Voltaire escribió como lema “cultivo mi
jardín” y Martin Luther King dijo que si fuera el último día de su vida haría
lo mismo que estaba haciendo, refiriéndose a aquello que solo podía hacerse
postulando un largo plazo constructivo. Una de las tantísimas cosas que me
propongo para mi largo futuro en estos, mis primeros ochenta años, es a dejar
de comer tanta fruta. Fíjense que dije dejar de comer, no dejar de mandar
fruta. Bueno, la cita de Montaigne decía que iba a seguir cultivando sus
melones. Pero como yo siempre estoy tratando de aggiornarme, de actualizarme y
parece ser que la posmodernidad descubrió que el lenguaje es la mediación para
todo nuestro acceso a la realidad, para todo menos para el conflicto
árabe-israelí parece, no quiero decir la palabra “melones” porque no tengo que
comer tanta fruta y cada acto de ingesta parece que también está precedido
lingüísticamente por un relato, les estoy hablando de un tema, como su nombre
lo indica, morfológico, lógicamente.
Y si bien yo soy un gran mitómano, que es una forma mentirosa de llamar a un
mentiroso, es cierto que también soy un gran melómano. Hace poco tuve la
satisfacción de desasnar a alguien que me preguntó la diferencia entre una
orquesta filarmónica y una orquesta sinfónica. Le dije que no había ninguna
diferencia. Pero como me asaltan algunas lagunas y a veces mi memoria flaquea,
al llegar a casa tuve la necesidad de confirmar este dato, que era correcto, o
sea que de música sé todavía, como buen melómano. Pero “melómano” no significa
adicto al melón. Hay un poema de Mario Benedetti que dice que todavía puede
alcanzar el colectivo si lo corre como cuando tenía veinte años y que todavía
puede subir las escaleras de dos en dos. Va diciendo todo lo que puede hacer
igual que a los veinte años y termina diciendo que la única diferencia con sus
veinte años es que a los veinte años no necesitaba felicitarse a sí mismo por
hacer las cosas que hacía. Y yo a mis ochenta así como pienso que los larguiruchos
podríamos habernos defendido por nosotros mismos muchas veces que no lo
hicimos, no espero que otra persona nos felicite tampoco: tenemos que
felicitarnos a nosotros mismos. Ya van a ver ustedes en las dos versiones de
autobiografía inconclusa o interruptus que les copio, que enumero logros pero
no porque me quiera vanagloriar o porque esté engrupido. Sino porque siento la
necesidad de recordarme quién fui para sentir que lo soy todavía. Hay muchas
cosas que se pierden con la edad por mejor que se la sobrelleve. Quizá si yo
hubiera sido un jugador de dominó desde los veinte años, no añoraría deportes
como el básquet y el tenis que ahora tengo prohibidos. Siempre se nos dice a
los que hemos vivido vidas intensas y saboreado los platos fuertes, a los que
realizamos viajes y fuimos los pioneros de algunas cosas, las voces cantantes,
los líderes como los Lieder de Schumman que nadie nos puede quitar lo bailado.
Pero la neurología moderna descubrió que solo se mantiene vivo en el recuerdo
lo que titila permanentemente en nuestro interior. Así como solo iluminan las
estrellas que no han muerto, que son bolas de fuego en permanente ebullición,
el recuerdo de que estuve en la muralla china solo sigue en mí si las neuronas
sensitivas que me lo constituyen se consagran a mantener verde esa memoria. Así
que no es que me quiten lo bailado, porque lo “bailado” así en participio es lo
pasado y lo pisado. Lo único que no me pueden quitar es lo bailante, lo que
está todavía bailándose en mí si es que sé mantener la batuta. Cuando murió
Fellini, Roberto Benigni dijo que no podía creerlo, que decir que moría Fellini
era como decir que moría la luna o el agua o los melones. Una frase poética o
que quería ser poética, aunque yo inmediatamente asocié los melones no a
Fellini tanto como a Anita Eckberg. Borges en un poema que se llamó fundación
mitológica de Buenos Aires termina declarando “a mí se me hace cuento que la
fundaron, la juzgo tan eterna como el agua o el aire”. El agua es para los
poetas el sinónimo de la eternidad, mientras que para los ambientalistas se
está terminando…
Y ese
milenarismo, esa manera científica de Apocalipsis que tienen los ecologistas
viene a cuento del deseo de avenirse a morir solo si se mueren todos los demás
con uno. Es otra fantasía infantil. Por autocompasión pensamos en el dolor que
causaremos con nuestra ausencia. Como dijo una vez alguien, la inmortalidad que
nos molesta no tener es la futura: no haber participado de las pinturas
rupestres paleolíticas no nos molesta demasiado.
Pero lo mío
es muy distinto: si alguna razón tengo para relajarme, para permitirme
desentenderme es la hermosa familia que construí y que lleva en su antorcha el
fuego que me trajo. Sería muy contradictorio creyendo que son ustedes mi única
inmortalidad soñar con morir todos juntos en una tercera conflagración mundial
durante un holocausto termonuclear. La única satisfacción que me llevaría a la
tumba sería suponer que no se pelearon nunca algunos sectores de la familia que
siento que por respeto a mí no se agarran todavía a botellazos.
A modo de despedida de esta demostración de que no se puede prostituír el deseo de escribir sin ser rígidamente castigado por las musas, otra de mis escrituras fantasmales, en este caso para un estudio sobre comercialización, que tampoco verá la luz, salvo estas penumbras aluciernagales...
“La tienda es un
teatro, los productos son actores; los clientes, los consumidores son los
espectadores”. El sentido de estas palabras aplicadas al
merchandising activo carece del vuelo lírico que podía tener en los tiempos del
Globe Theater cuando Shakespeare aseguraba que el mundo es un teatro. El
sentido singular que adopta este concepto presupone el itinerario histórico que
atravesó la evolución de la cultura tanto en el terreno del arte como en el
registro científico y particularmente en el contexto contemporáneo en el que se
funden interdisciplinariamente sus fronteras. Cuando surgían los supermercados,
Andy Warhol hacía devenir hecho estético al diseño masivo comercial: su
representación celebérrima de la lata de sopa “Campbell’s” en tanto obra de
arte desafió en su momento la égida de delimitados compartimentos, desdibujando
vaporosamente los límites entre estética y comercialización, entre producción
de obras de arte y factoría (no en vano recuperó para nominar a su escuela el
concepto de “fábrica” y rescató la práctica que inaugurara Rembrandt de
permitir que sus discípulos sean los encargados de la manufactura del producto
artístico: esta división del trabajo articulada con la prescindencia del
soporte, que caracterizó al arte hasta entonces, liberó, literalmente
desencadenó la posibilidad de la distribución artística al punto de que Walter
Benjamin se viera impelido a escribir “La obra de arte en la era de la
reproductibilidad técnica”[1]
y más recientemente Michel Houllebecq “El mundo como supermercado[2]).
Con la caída de los grandes relatos que caracterizaron la modernidad cada rama
del saber vio desmanteladas sus dicotomías. La mayor de las revoluciones fue la
toma de conciencia misma de que las verdades primigeniamente religiosas y más
tardíamente científicas se fabricaban y distribuían con el mismo mecanismo con
el que se estructuran las ficciones. En “Metahistoria” Hayden White
“Metahistoria”[3] desnuda
los procedimientos de los historiadores clásicos demostrando que no difieren de
los recursos retóricos que se emplean para las narraciones ficticias. Roland
Barthes en “Mitologías”[4]
dramatiza el “efecto de realidad” de las técnicas publicitarias emparentándolas
a las efusiones de la mitología griega tanto desde su pathos como desde su
ethos: queda así vinculada Afrodita emergiendo resplandeciente de la espuma con
la crema humectante y los efectos revitalizadores que su propaganda promete: se
evidencia que la base del consumo actual está centrado en productos que no
necesitamos pero que cumplen la función psicológica de hacernos creer que nos
proveen de algo que sí. El tenedor se compra una única vez y no tiene un margen
de ganancia elevado (salvo para los tenedores de bonos de crecimiento de las
fábricas de tenedores), pero el tapador al vacío del vino, aquel utensilio nos
sirve de instrumento simbólico para elevarnos a las cúspides de la divina
experticia del sommelier: las palas “Atenea” tal vez nos sugieran salir de
nuestro menoscabo desenterrando las raíces de lo que metaforiza todo jardín
impidiéndonos caer en un pozo depresivo. Así engarzadas actividades tan
aparentemente divergentes como la comercialización y la teratología
espectacular, queda claro que la modalidad de seducción de Acme es maquillarse
de cara lavada. El cliente de acme encuentra invisibilizados y naturalizados los
resortes que analizamos para producirle la sensación de que evita lo superfluo
y apunta solo a lo descarnadamente crucial, la depuración.
“La naturalidad es la pose más difícil”
decía Oscar Wilde y Stephan Mallarmé se burlaba de los jóvenes idealistas que
simulaban no fijarse en algo tan mundano como su aspecto señalando su
“sistemático desarreglo”. Como hemos visto en la empresa de retail en formato
descuento la disposición mobiliaria apunta a la representación de la sencillez
con prescindencia de todo ornato relacionado con lo suntuario. El paralelismo
trazado entre la evolución de la historia del arte, que a partir de Duchamp se
escinde de la pretensión de conmover agradablemente los sentidos para pasar a
generar efectos de extrañamiento escindidos de la belleza, y la historia de la
evolución del retail, cuyo canon de belleza
(“el placer de la compra”) mutó, nos llevaría a
recordar que el merchandising nunca realizó este paso de apartarse de la
necesidad de agradar. Vale decir: si hoy en día un tiburón conservado en
formaldehído es exhibido y subastado como obra de arte porque perturba, si un
mingitorio fue colocado en un museo, si las intervenciones y performances
procuran generar un efecto de distanciamiento alejado de la catarsis
aristotélica en sintonía con la dramaturgia de Brecht, cada paquete de cada
producto y cada publicidad por el contrario pretende deleitar sin descuidar el
diseño, la estética, la combinación de colores y la seducción al olfato, la
vista, el tacto y el oído.
El comercio se nutrió del arte y el arte se
dividió en aquel que busca inquietar y generar preguntas, aquel que muchas
veces resulta incomprensible, y al que llamamos “arte elevado”, y aquel que satisface
nuestra necesidad de finales felices y justicia poética, equilibrio, armonía y
caricias a nuestros ideales y esperanzas. Borges llama al happy-end muchas
veces encajado a la fuerza contra todas las posibilidades del argumento “halago
industrial”, el arte “comercial” es sinónimo de arte bajo, masivo y hasta
innoble.
En el caso que nos ocupa, el supermercado acme ostenta una insignia roja con el símbolo del porcentaje (%) enfatizando el
carácter de emergencia económica casi a la manera de la cruz roja
internacional. Vance Packard en “Las formas ocultas de la propaganda” [5]
relata cómo se les dio el mismo polvo para lavar la ropa a las amas de casa,
empaquetado en azul, en amarillo y en rojo y se les pidió que lo probaran.
Ignorando estar en presencia del mismo producto los experimentados conejillos
de india del experimento respondieron que el azul era demasiado débil, que el
amarillo era perfecto y que el rojo era tan fuerte que había llegado a arruinar
su ropa.
La nueva disposición de acme en secciones
(bodega ordenada verticalmente) se engarza sobre la estética primigenia en la
que el cliente va a buscar antes que nada descuentos, ahorro y no el plus de
goce que aporta aquello que masajea nuestra percepción. Sin que esto implique
que cada franquicia acme sea un manifiesto artístico de vanguardia, cabe también
recordar que el montante de la teoría económica clásica se vio problematizado por
diversos descubrimientos que pusieron en jaque la noción de que el consumidor
actúa racionalmente. A caballo de los avances interdisciplinarios en el campo
de la psicología, conviene que destaquemos el nombre del Premio Nobel Daniel Kahneman quien destaca dentro de la
teoría de las perspectivas los “atajos heurísticos” que se apartan de las
probabilidades a la hora de tomar decisiones. Contra la concepción neoclásica
del homo economicus está la llamada “aversión
a la pérdida”. De esta manera un individuo no puede estudiarse
simétricamente en su comportamiento para la toma de decisiones porque siempre
tenderá a preferir no perder 100 dólares a ganar 100 dólares (nociones que en
“Economía en 3D” nuestro Martin Losteau ha contribuido a divulgar).
Acme en todo el mundo apunta al ahorro,
explota la aversión a la pérdida y proponiéndose como la forma reducida a la
mínima expresión del supermercado, no necesariamente despliega su seducción
sobre las extracciones más marginadas del tejido social. En Alemania el culto
al ahorro permitió que este tipo de cadenas fuera vista hasta con un dejo de
suficiencia chic y que su público no se circunscribiera a quienes necesitan
recorrer buscando precios. Muy enlazado a la concepción salvacionista que
expone Max Weber en “La ética protestante y el capitalismo”, el supermercado de
descuento en Alemania está asociado a formas de cuidado de la salud y del medio
ambiente mediante la renuncia al derroche de lo accesorio. Un ejemplo de
penetración de las elevadas cúspides teológicas en el seno de la
comercialización es cómo el verbo “comprar” se emplea en una acepción de “acto
de fe” (por ejemplo en la frase “compro la invitación a no gastar más que lo justo
y necesario”).
Acme reduce sus costos operativos (un poder
grande de negociación frente a los proveedores dada la masa crítica de compra,
la mano de obra dimensionada a la venta, la venta de bolsas camiseta, la
presencia de réplicas de cámaras de seguridad en lugar de verdaderas) y
presenta así precios comparativamente más bajos. El queso es más barato que en
otros supermercados, pero la pregunta de por qué el queso es tan caro en otros
supermercados no la puede responder esta cadena de retail de formato descuento,
que no es formadora de precios. En ese sentido cabe remontarse a la Antigüedad Clásica,
porque así como hemos recordado de su “Poética” las bases que sentara el
Estagirita para definir la función catártica de objetivar y purgar a partir de
la empatía una emoción inducida de un hecho estético, Aristóteles termatizó
también dos de las más decisivas preguntas que la economía clásica se haría.
En “Historia de la economía” (Ariel Sociedad
Económica, Buenos Aires, 1994) John Kenneth Galbraith hace remontar a
Aristóteles la preocupación tanto por un precio justo como por la
correlacionada pregunta por el concepto de valor: “Dado que en el mundo antiguo
no existían salarios ni intereses, tampoco podía haber una teoría de los
precios tal como hoy se la concibe. Los precios derivan, de una u otra forma,
de los costos de producción, y éstos carecían de función visible para los
propietarios de esclavos. En consecuencia lo único que pudo preguntarse
Aristóteles fue si los precios eran justos o equitativos, preocupación que
sería el meollo del pensamiento económico en los dos siguientes milenios y que
representa el nudo gordiano del interrogante aún vigente en nuestros días: ¿es
ése realmente un precio justo? Nada ha ocupado tanto la atención de la doctrina
económica durante siglos como la necesidad de persuadir a la gente de que el
precio de mercado tiene una justificación superior a cualquier preocupación
ética (…) Aristóteles también prestó atención a otro problema de proyección
ética que continuaría luego preocupando a los economistas: ¿por qué algunas de
las cosas más útiles son las que tienen los precios más bajos en el mercado,
mientras que algunas de las menos útiles se cotizan a precios muy elevados? Ya
muy entrado en el siglo XIX, los autores económicos habrían de continuar
todavía lidiando con el motivo de la diferencia entre el valor de uso y el valor
de cambio: por ejemplo, con el hecho de que el pan y el agua potable sean
útiles y relativamente baratos, mientras que las sedas y los diamantes son mucho
menos útiles y desde luego mucho más caros. Con seguridad que en este aspecto
hay, o había, algo éticamente perverso”.
[1] publicado en “Benjamin,
Walter, Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989
[2] ” http://www.tuslibrosgratis.net/houellebecq-michel-el-mundo-como-supermercado.html
[3] White, Hayden, Fondo de
Cultura Económica, México, 1998
[4] Barthes, Roland, Mitologías,
Siglo XXI, Buenos Aires, 2005
[5] Packard, Vance, “Las formas
ocultas de la propaganda”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989
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| Martín Brauer comentando con Goofie las ventajas de viajar en limou, cuando todavía eran felices socios de una autobiografía que se iba a vender como perro caliente... |










Profe,
ResponderEliminarJustamente a media lectura de Goofie ( ¿lo que? Para mi fue siempre Tribilin) me llega esta publicidad que se parece bastante a tu tortuoso peripo y a una idea de mi hermano de hace mas de 10 a
----- Forwarded Message -----
From: Marcos Stofenmacher
To: osamoilo@yahoo.com
Sent: Monday, March 5, 2012 7:40 PM
Subject: Contar su historia para las generaciones futuras
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Alguien que ha vivido los tiempos turbulentos de los siglos XX y XXI tiene una historia fascinante para contar. Un día, sus nietos o bisnietos harán preguntas sobre su vida.
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AHORA es el momento para registrar su historia para las futuras generaciones de su familia.
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Algún miembro de la familia va a pasar por un acontecimiento importante: ANIVERSARIO, CUMPLEAÑOS, CASAMIENTO, COMUNION, QUINCE AÑOS, BAR O BAT MITZVA, COLACION DE GRADO, este es el momento para registrar el acontecimiento.
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Mejor renunciar a algo que en el mejor de los casos era: que su misma vida que ya todos conocian, contada por alguien con talento para escribir gracioso les despertara el interés que no despierta.
ResponderEliminarEn una de mis anécdotas favoritas, el insufrible Gide le dice a Valéry: "moriría si me prohibieran escribir", y Valérie le contesta: "y yo si me obligaran a hacerlo". Es decir, se escribe mejor si uno lo hace porque le sale de adentro. Y a vos te salió de afuera: no te obligaron a escribir esto, sino que te pagaron por hacerlo, lo que en el caso, es casi lo mismo.
ResponderEliminarEl resultado es deleznable. No sé para qué lo mandás: si es para jactarte, releelo varias veces. Si es para que te ayuden a corregirlo, nadie puede hacerlo: es incorregible.
Lo es porque se mezclan la vanidad y el increíble yoísmo de este tipo que no hizo más que lo que cualquier persona normal, solo que él se jacta por ello. Porque se mezclan tu sentido del humor con el de él, que son el agua y el aceite. Habría que decir mejor la falta de su sentido del humor, al punto de imaginar que es gracioso echarle azúcar a la sopa de un compañero.
Pero las dos escrituras son también agua y aceite. Uno sabe perfectamente cuándo estás escribiendo vos, y cuando el otro te dijo: "bueno, ahora dejame a mí".
Directamente te digo: hacele una rebaja, pero con la expresa condición de que tu nombre figure en ninguna parte. Si estás de acuerdo con la idea, decile además que yo accedo a poner mi nombre por la mitad.
Tras 3 semanas de franelas, el viernes logré entrevistarme con la tal Virginia Janza de Siempredeviaje en el edificio de Bibi, y tras 1 hora de blabla, me manda por mail que no tienen cupo para grupales y me ofrecen individual por 180$ la clase. Por esa guita le encomiendo 3 biografias a Brauer!!!
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