jueves

La otra LA OTRA MUERTE

Sebastián Kleiman
Anoche con mi amigo Sebastián Kleiman empezamos a escribir un cuento plagado de sinécdoques y metonimias que se interrumpían por paréntesis aclaratorios. Fue una delicia como siempre la coescritura con un cerebro en el que las palabras resbalan con un ángulo de inclinación tan similar al mío. Estamos preparando un libro en el que cada figura retórica esté ilustrada autorreferencialmente por la narrativa: así, Alí Teherán, nuestro héroe de la aliteración cuenta su historia con las mismas estructuras consonánticas, etc.
A pesar de que tendencia en el calembour es musical, es como la de Les Luthiers deslizándose por los fonemas más que por la semántica, me confesó que Les Luthiers le parece demasiado políticamente correcto, poco arriesgado, que agrada en el mal sentido de la palabra "agrado" aplicado al urticante arte de revolucionar significados. Fue interesante esta opinión para mi necesidad iconoclasta de no idolatrar con fundamentalismos indignos a nadie, así sean los Les Luthiers. Era poco hasta ahora, en años de admiración babeante, lo que pude pergeñar contra ellos: solo hace una semana, en el programa "Pura Química" oí en el minuto 24 con 30 segundos que Mundstock afirmaba que los instrumentos musicales son "una de las columnas vertebrales" de Les Luthiers. Me pregunté cuántas columnas vertebrales se pueden tener, cómo pudo emplear tan mal la expresión, casi como cuando el "mostaza" Merlo jugador al ser preguntado cómo corría tan rápido, cúantos pulmones tenía respondió sonriente y halagado "uno, como todo el mundo"...
Para defenderme this side idolatry de Les Luthiers urdí estas miserias: que en relación tiempo y cantidad de chistes Dolina produce más (no es realmente cierto si escuchan a Dolina doscientas noches seguidas). Que plagian (lo cual difícilmente sea un deshonor: desde Shakespeare hasta Borges pasando por la Premio Martin Fierro Susana Gimenez que admitió haber copiado solo el primer año de Rafaela Carrá, el sello distintivo del genio es reconocer agudamente lo valioso y olvidado y apoderarse de ello en primera persona para renovarlo). Incluso el exceso de originalidad hace según palabras de Borges que en Shakespeare se vea al "macaneador": en el prólogo a Macbeth escribe "El inglés es un idioma germánico, a partir del siglo XIV, es también latino. Shakespeare deliberadamente alterna los dos registros, que nunca son del todo sinónimos. Así: 
The multitudinous seas incarnadine
Making the green, one red.
En el primer verso resuenan las resplandecientes voces latinas, en el segundo, las breves y directas, sajonas.
("Prólogos con un prólogo de prólogos, Alianza, Buenos Aires, 1998)
En el "Borges" Bioy anota el domingo 20 de agosto de 1961: "Hablamos de neologismos. Moonlit es palabra inventada por Tennyson (en 1817); international, por Bentham (en 1780), centripetal y centrifugal por Newton (en 1709 y 1727), gloom en el sentido de oscuridad, en cierto modo por Milton (había formas parecidas en anglosajón); multitudinous y baseless por Shakespeare (...)Cita versos de Shakespeare con mutitudinous y baseless
The baseless fabric of this vision... (Tempest, IV, 1)
y (Macbeth, II, 2)Esta mi mano teñirá en cambio de encarnado los oceános innumerables, volviendo rojo el verde mar
This my hand will rather
The multitudinous seas incarnadine,
Making the green, one red
Borges: "Cuando uno sabe que inventó las palabras, los versos parecen menos admirables...Uno descubre al macaneador" (p. 743, Borges, Adolfo Bioy Casares, Ediciones Destino, Barcelona, 2006)

Los plagios que detecté: el tatuaje de Daniel Rabinovich en "Las majas del bergantín" parece proceder del de Groucho y su genial canción "Lyddia, the tatoed lady", el uso evasivo de la palabra "metáfora" en "Himnovaciones" podría provenir de "Il postino" cuando el poema de Neruda dice "desnuda eras como una mariposa" y la madre de Maria Gracia Cuccinota se indigna ¿así que vistes en pelotas a mi hija?; la aparición del contestador automático de Dios en "Daniel y el Señor" se parece sospechosamente a la del contestador automático de Zeus en "Poderosa Afrodita" de Woody Allen y eso por no hablar de chistes viejísimos como el de eslora, la fragata que yo digo se llama Bilbao, y largos etcéteras.
Pero detecté más plagios en Borges (toda la "Historia universal de la infamia" deriva de una nota al pie en "¿Ha muerto Shakespeare?" de Mark Twain y su estilística es robo a mano armada de Gibbon).
Resultó que la recomendabilísima novela "El viento que arrasa" de Selva Almada (ficción, Mar Dulce, Buenos Aires, 2012) no plagiaba mi apellido, como ahora van a ver que lo hace Kleiman, queriendo parecerse a Borges nombrando a Bioy, sino que, les cito sus textuales palabras:  


  • Selva Almada
    Martes
    Selva Almada
    • Hola, Martín, muchas gracias por leerla y me alegra que te haya gustado! Mi suegro (que es chaqueño) tiene un amigo con un apellido parecido, no sé cómo se escribe, pero suena como Brober, algo así... me gustaba el sonido, pero no quería ponerle exactamente el mismo apellido, así que vaya a saber de dónde se me ocurrió Brauer, por derivación. En todo caso, me alegra que exista, jaja. Y ojalá el personaje-tocayo te haya gustado. Un abrazo. S.
  • Martín Brauer
    • si investaste mi apellido oscar wilde tiene razón: la naturaleza imita al arte, sí me parecés una escritora sorprendente, lo mismo que opinaron todos, sarlo, oliverio coelho, etc
    • sorprendente por lo madura y acabada
    • acabada la novela, no vos
    • lo sabia que ya parcecés, no parece algo primerizo, eso quise decir
    • no parece mi comentario
  • Selva Almada
    Hace 16 horas
    Selva Almada
    • seguramente lo habré escuchado antes, pero no recuerdo... jaja, se entendió lo que quisiste decir, no te preocupes. y otra vez gracias por los comentarios. un abrazo. 
      aquí les dejo entonces la transliteración antiK del cuento de Borges que consiguió Kleiman y abajo el cuento de Borges, por si una ironía más fuera que mi amigo ayudase a hacer más atrayente esta fuente tanto más plena de Su Exclencia...
      Guardan la exacta relación entre "Patoruzú" y "Patorucito" o para citar a Antoine de Saint Exupery y a Nicolás Maquiavelo, entre "El Príncipe" y "El principito"...


Un par de años hará (he borrado su mensaje de texto), Brauer me escribió desde Corrientes, anunciándome que finalmente se dignaría a prestarme el volumen con las Obras Completas de Chesterton en inglés, agregando, a través de un chat, que don Néstor Kirchner, de quien yo guardaría alguna memoria porque había sido Presidente de nuestro país durante cuatro años, había muerto tres meses atrás, en Calafate, de un infarto. El hombre, arrasado por las críticas que sobrevinieron al asesinato de un joven integrante del Partido Obrero, había revivido en su delirio los sangrientos años de su propia militancia universitaria; a pesar de que provenía de Brauer, la noticia me pareció previsible y hasta convencional, porque don Néstor, durante los últimos siete años de su vida, se la había pasando hablando de los Derechos Humanos y de sus años mozos en los que había seguido las disímiles banderas de Perón y de Galimberti, en las que había creído ver una sola, en gran parte debido a su estrabismo. El golpe de estado de 1976 lo tomó en los pasillos de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata, a donde había ido en busca de mujer y de un diploma de abogado; Néstor Kirchner era santacruceño, de Río Gallegos, pero fue a estudiar adonde los amigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero de café y en la batalla última por ver quién conquistaría a la mujer más bonita de la facultad; repatriado a Santa Cruz ese mismo año, abandonó la militancia y se abocó con ambiciosa tenacidad a la usura en beneficio propio y de los bancos de su provincia, hasta que la situación se apaciguó y él hubo adquirido dinero y poder suficiente como para aspirar a la función pública. Que yo sepa, ya no volvió a dejar la política. Los últimos veinte años los pasó en algún puesto de gobierno, como intendente, gobernador, presidente o primer caballero; en medio de aquel trajín de negociados, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una tarde, porque no me llevaba el apunte y siempre parecía estar mirando a otro lado), hacía 1992. Era hombre charlatán, de pocas luces. La huída de La Plata al Sur y un efímero arresto en Río Gallegos agotaban su historia de militancia durante la dictadura; no me sorprendió que no los reviviera en la hora en que avalaba el indulto de Carlos Menem a los militares y durante la privatización de YPF… Supe que no vería más a Néstor elogiar a Menem y quise recordarlo; tan pobre es mi memoria visual que le pedí a un camarógrafo que me enviara una copia del video que filmó para la televisión local en donde se ve a Néstor recibir al entonces presidente riojano y hablar maravillas de él. El hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de 1992, cuando ver videos en Internet era casi tan utópico como imaginar a Néstor en la Casa Rosada. Brauer me mandó hace poco el link a ese video en youtube; lo he perdido y ya no lo busco. Me daría miedo encontrarlo.
El segundo episodio se produjo en Buenos Aires, años después, cuando Néstor asumió la presidencia. La dicción y el estrabismo del santacruceño me sugirieron una película fantástica sobre un joven militante universitario que seduce a dos mujeres al mismo tiempo mirándolas en los ojos; el chueco Suar, a quien le referí el argumento, me dio unas líneas que le habían sobrado de la noche anterior con tal de que lo dejara en paz; dijo que la próxima vez mejor fuera a molestar al periodista Horacio Verbitsky, que había militado en Montoneros en los años de estudiante de Néstor. El periodista me recibió después de cenar, para no tener que convidarme más que un café. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron, de minas que eran una bomba y de yeguas rendidas a sus pies, de hombres dormidos tejiendo laberintos para no abordarlas, de Galimberti, que pudo haberse asentado en la ciudad y que se desvió, «porque el peronista le teme a Buenos Aires», de una guerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño utópico de un puñado de trasnochados. Habló de Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, o que estaba leyendo en voz alta. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Néstor.
¿Néstor? ¿Néstor Kirchner? —dijo el periodista—. Ése no sirvió conmigo. Un pingüinito al que le decían Néshtor los muchachos—. —Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe, con fingida o veraz incomodidad.
Con otra voz dijo que las dictaduras servían, como la mujer, para constreñir las libertades de los hombres, y que, antes de entrar en la clandestinidad, nadie sabía quién es el dueño de la casa donde habrá de dormir esa noche. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Néstor, que se anduvo floreando en los bares de la facultad con sus pantalones patas de elefante y después flaqueó el 24 de marzo de 1976. En algún tiroteo con los peronistas de López Rega se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando las tres armas se levantaron y empezaron las desapariciones y cada hombre sintió que cinco mil hijos de puta se habían coaligado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasando hablando del General y que de pronto comprendió a qué se dedicaban los generales…
Lógicamente, la versión de Verbitsky avergonzaría a muchos simpatizantes de La Cámpora. Ellos hubieran preferido que los hechos no ocurrieran así. Con el joven Néstor, entrevisto en una vieja fotografía en blanco y negro, ellos habían fabricado, sin proponérselo, una suerte de ídolo revolucionario; la versión de Verbinsky lo destrozaba. Súbitamente comprendí el revanchismo de Néstor y su saña contra los militares; no los había dictado la sed de justicia sino el bochorno y la hipocresía. En vano me repetí que un presidente acosado por un acto de cobardía es más complejo y más interesante que un presidente meramente corrupto afecto a las mujeres y las Ferraris. El amor carnal de Menem por George Bush, pensé, es menos memorable que el encono de Galtieri por Thatcher, aunque igualmente perjudicial para la Argentina. Sí, pero Néstor, como presidente electo con menos del treinta por ciento de los votos, tenía la obligación de despotricar indistintamente contra uno y otra —particularmente ante los micrófonos. En lo que Verbitsky dijo y no dijo percibí el agreste sabor de lo que se llamaba populismo: la consciencia (tal vez incontrovertible) de que el votante en Uruguay es menos elemental que el de nuestro país, y, por ende, resulta más bravo engañarlos con el cuento del tío Cámpora y el transversalismo… Recuerdo que esa noche me fui a dormir con ganas de irme a vivir a la rambla de Pocitos.
En el verano, la falta de uno o dos miles de dólares para irme a Cabo Polonio y de muchísimos más para filmar mi película fantástica (que torpemente se obstinaba en no dar con su productor) hizo que yo volviera a ver al periodista Verbitsky. Lo hallé con otro señor de edad: el señor Firmenich, que también había militado en Montoneros. Se habló, previsiblemente, de fútbol y de mujeres. Firmenich refirió unas anécdotas de alcoba y después agregó con lentitud, como quien está aprendiendo a hablar en otro idioma:
Lo hicimos toda la noche con la Santa Irene, me acuerdo, y en mitad de la fiesta se nos incorporó alguna gente. Entre ellos, un octogenario francés que murió la víspera de la acción por sobredosis de Viagra, y un abogado ejecutor de hipotecas, de Santa Cruz, un tal Néstor Kirchner.
Lo interrumpí con acritud.
Ya sé —le dije—. El santacruceño que flaqueó ante las balas.
Me detuve; los dos se miraban en el espejo.
Usted se equivoca de pe a pa—dijo, al fin, Firmenich—. Néstor Kirchner murió como querría morir cualquier hombre: con cuentas en Suiza. Serían las 7 de la mañana. En la cumbre del Monte Chingolo se había hecho fuerte la infantería del ejército; los nuestros cargaron, pero ellos se hicieron un festín con el estrabismo y los pantalones de Néstor, que iba de punta en blanco y una bala lo acertó y lo manchó de sangre en pleno pecho. Se abrochó el saco cruzado, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó entre las patas de elefante de un compañero. Estaba muerto y la última carga del celular no le había servido de mucho. Tan valiente y no había empezado aún su pelea con el campo.
Hablaba, a no dudarlo, de otro Néstor, pero algo me hizo preguntar qué gritaba el pingüino.
“¿Qué te pasha? ¿Estás Nervioso?” —dijo Verbitisky—, que es lo que gritaba cuando lo cargaban.
               Puede ser —dijo Firmenich—, pero también grito ¡Viva Perón!
Nos quedamos callados. Al fin, Verbitsky murmuró:
No como si peleara contra el ejército de un gobierno peronista, sino contra la Revolución Libertadora, veinte años antes.
Agregó con sincera perplejidad:
Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de un Néstor.
No pudimos lograr que lo recordara, ni que nos invitara otro café.
En mi casa de Flores, después de ver a dos peruanos robar un estéreo, el estupor que me produjo su olvido se me olvidó. Ante el deleitable volumen con las Obras Completas de Chesterton en inglés, que me había prestado el día anterior, encontré, a la tarde siguiente, a Martín Brauer. Me preguntó si ya las había terminado de leer, porque quería utilizarlo para un curso de humor que pensaba dar en las cercanas villas del Bajo Flores. Le pregunté si no le convenía trabajar con una traducción. Dijo que no pensaba enseñar a Chesterton traducido, porque las traducciones españolas eran tan tediosas que podían lograr que el mismísimo Chesterton sonara aburrido. Le recordé que me había prometido no reclamarme el libro, al menos, durante seis meses, en el mismo mail en que me escribió la muerte de Néstor. Preguntó quién era Néstor. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror advertí que lo único que le interesaba era que le devolviera su libro, y busqué amparo en una discusión literaria sobre los detractores de Chesterton, escritor más complejo, más diestro y sin duda más difícil de encontrar entre las novedades que Dan Brown.
Algunos hechos más debo tergiversar. En abril tuve gripe de Horacio Verbitsky (me había contagiado al convidarme agua de la canilla en su mismo vaso); éste ya no estaba engripado y ahora se acordaba muy bien del santacruceñito que hizo Punta en plena primavera menemista y que enterraron como si fuera un héroe de la Revolución de Mayo. En julio pasé por Calafate; no di con el rancho que compró Néstor durante la dictadura; en su lugar encontré un hotel de cinco estrellas. Quise interrogar al kioskero Diego Arroba, que lo vio cambiar de auto varias veces; éste había fallecido de hambre porque le habían prohibido vender ejemplares de Clarín. Quise traer a la memoria los rasgos de Néstor; meses después, mirando una película en el canal Volver, comprobé que el rostro desorbitado que yo había conseguido evocar era el del célebre comediante Tristán, en Mingo Cavallo y Aníbal Fernández contra los fantasmas de la inflación.
Paso ahora a los desvaríos. El más fácil, pero también el menos gracioso, postula dos Néstores: el cobarde que se enriqueció durante la dictadura hacia 1976, el valiente, que descolgó el cuadro de Videla en 2004. Su defecto reside en no explicar lo realmente enigmático: cómo es que existen jóvenes universitarios de clase media que apoyan a este modelo de la hipocresía. (No acepto, no quiero aceptar, un desvarío más simple: la de muchos de estos jóvenes hayan soñado que el de Néstor no sería otro gobierno peronista). Más curioso es el desvarío sobrenatural que ideó Martín Brauer. Kirchner, decía Brauer, pereció en las elecciones legislativas a las que se presentó como candidato testimonial a diputado por la Provincia de Buenos Aires, y en la hora de su muerte política suplicó a Dios que presentara a Magnetto como su nuevo enemigo. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, porque un titular de Clarín en su contra bastaría para vaciar las iglesias, y porque quien la había solicitado había sido, hasta hacía muy poco, aliado de Magnetto, y algunos millones de hombres lo habían visto concederle la transmisión del fútbol a Cablevisión y la fusión de Multicanal. Dios, que es argentino pero solo atiende en Buenos Aires, cambió la imagen nítida del Trece por el desfallecimiento de la del Siete, y la sombra de Marcelo Araujo volvió de la tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de menemista, así como debemos recordar que Menem ahora es kirchnerista. Néstor, por su parte, vivió en la soledad del poder, gobernando sin consultar a su mujer, sin amigos; todo lo acumuló y lo poseyó, pero desde lejos, a través de testaferros; «murió» políticamente, y su tenue imagen se transformó en la de un héroe. Ese desvarío es erróneo, aunque bastaría para convencer a más de un camporista. El verdadero despropósito (el que hoy creo verdadero, porque quizás mañana no tenga más remedio que hacerme pasar por oficialista) es a la vez más argentino y más peronista. De un modo casi mágico lo descubrí en el último atado de cigarrillos que compró Néstor. En la segunda advertencia de ese atado, se sostiene que Dios puede efectuar que alguien haya sido lo que no nunca fue, pero no puede limpiar los pulmones de un fumador. Leí esa advertencia y empecé a comprender la trágica muerte de Don Néstor Kirchner.
La adivino así. Néstor se portó como un cobarde durante la dictadura, y dedicó la vida a hacer plata para aprovechar esa bochornosa flaqueza. Volvió a Santa Cruz; no alzó la mano ni la voz a ningún militar, no perdonó ninguna deuda hipotecaria, no buscó fama de valiente, pero en los despachos de la intendencia, primero, y luego en los de la gobernación, se hizo duro e hipócrita lidiando con el aparato peronista y su esposa chúcara. Fue preparando, sin duda y sin saberlo, una pantomima del progresismo y la transversalidad. Pensó en lo más hondo: si el destino me trae alguna vez una segunda vuelta contra Menem, yo sabré ganarla con ayuda de Duhalde, aunque en la primera vuelta no obtenga ni el 22% de los votos. Durante veinticinco años la aguardó con oscuras intenciones, y el destino al fin se la trajo, con el país en la hora de su muerte. En la agonía de la convertibilidad, revivió la flotación cambiaria y se condujo como un hombre y encabezó el desfile de asunción a pie y una cámara fotográfica lo acertó en pleno rostro. Así, en 2010, por obra de la propaganda oficial, Néstor murió como si hubiera muerto en 1977, peleando codo a codo con Rodolfo Walsh.
En la Torá se niega que Dios pueda condonar las deudas hipotecarias del pasado, pero nada se dice acerca del default y de la intrincada concatenación de presidentes que desfilaron en los años previos a la asunción de Néstor, que es tan vasta y tan ignominiosa que no cabría rescatar una sola medida tomada por ellos, por insignificante que fuera, que haya contribuido a mejorar el presente. Modificar el pasado no es tan fácil como modificar un cuento de Borges hasta convertirlo en una sátira; es anular los contratos que se firmaron y negar sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea con palabras más actuales: es crear dos relatos. En el primero (digamos, cipayo o golpista, para quedar bien), Néstor Kirchner murió en una clínica en 2010; en el segundo, peleando por los derechos humanos, durante la dictadura. Esta es la que vivimos ahora, pero la supresión de las conferencias de prensa que permitieran indagar más acerca del pasado no fue inmediata, y produce incoherencias como el apoyo a la privatización de YPF que he referido. En el periodista Verbitsky se cumplieron diversas etapas: al principio recordaba que Néstor obró como un cobarde durante la dictadura y como un obsecuente durante el menemismo; luego lo olvidó totalmente; luego recordó que era Él quien financiaba el periódico para el que estaba escribiendo. No menos esquizofrénico es el caso del ex Jefe de Gabinete Alberto Fernández; éste fue obligado a renunciar, porque tenía demasiadas memorias de don Néstor Kirchner.
En cuanto a mí, entiendo correr un peligro análogo. He adivinado y registrado un proceso no accesible a la prensa oficial ni a mis amigos kirchneristas, una suerte de escándalo del progresismo de Palermo Hollywood; pero algunas circunstancias mitigan las críticas que me esperan. Por lo pronto, al igual que los funcionarios del Indec, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi relato, tal como sucede con el relato oficial, hay falsos recuerdos. Sospecho que Néstor Kirchner (si existió y no fue un ángel enviado para salvarnos del oprobio menemista) no se llamó Néstor Kirchner sino simplemente Él, con mayúscula, y que yo lo recuerdo con ese nombre para no confundírmelo con Dios. Algo parecido acontece con el libro de Chesterton que mencioné en el primer párrafo y que versa sobre un vicepresidente proveniente de la Ucedé que se hace pasar por rockero para poder infiltrarse en una secta anarquista y despotricar con impunidad contra El hombre que fue Domingo. Hacia 2012 creeré haber fabricado una parodia fantástica y habré escrito otro bodrio monumental; también el inocente Moisés, hará tres mil quinientos años, creyó recibir de manos de Dios un prototipo de las milagrosas tablets de Steve Jobs y en realidad se trataba de unas tablas con mandamientos que prohibían los pocos juegos y diversiones que se habían inventado hasta ese momento.
¡Pobre Néstor! La muerte lo llevó a los sesenta años en una clínica ignorada luego de una lasaña casera, pero consiguió el funeral de estado que anhelaba su corazón, y se gastó mucho para conseguirlo, y acaso no hay gastos más superfluos que los de los funerales.


       
En el futuro, ya consagrado por la crítica, Kleiman reducirá la transmisión de sus perífrasis brillantes como un ajedrecista a unas meras indicaciones de posición. Dirá por ejemplo: 1, 9, mensaje de texto, lo cual significa que se reemplaza la palabra nueve (carta) de la oración 1...Hasta entonces vale la pena ver cuán lúdicamente se apartó del original al cual idolatra y del cual quiere desembarazarse para generar lo propio....
Un par de años hará (he perdido la carta), Gannon me escribió de Gualeguaychú anunciando el envío de una versión, acaso la primera española, del poema The Past, de Ralph Waldo Emerson, y agregando en una postdata de que don Pedro Damián, de quien yo guardaría alguna memoria, había muerto noches pasadas, de una congestión pulmonar. El hombre, arrasado por la fiebre, había revivido en su delirio la sangrienta jornada de Masoller; la noticia me pareció previsible y hasta convencional, por que don Pedro, a los diecinueve o veinte años, había seguido las banderas de Aparicio Saravia. La revolución de 1904 lo tomo en una estancia de Río Negro o de Paysandú, donde trabajaba de peón; Pedro Damián era entrerriano, de Gualeguay, pero fue adonde fueron los amigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero y en la batalla última; repatriado en 1905, retomó con humilde tenacidad las tareas de campo. Que yo sepa, no volvió a dejar su provincia. Los últimos treinta años los pasó en un puesto muy solo, a una o dos leguas del ñancay; en aquel desamparo, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una tarde), hacia 1942. Era hombre taciturno, de pocas luces. El sonido y la furia Masoller agotaban su historia; no me sorprendió que los reviviera, en la hora de su muerte... Supe que no vería más a Damián y quise recordarlo; tan pobre es mi memoria visual que sólo recordé una fotografía que Gannon le tomó. El hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de 1942, una vez, y a la efigie, muchísimas. Gannon me mandó esa fotografía; la he perdido y ya no la busco. Me daría miedo encontrarla.
         El segundo episodio se produjo en Montevideo, meses después. La fiebre y la agonía del entrerriano me sugirieron un relato fantástico sobre la derrota de Massoller; Emir Rodrígez Monegal, a quien referí el argumento, me dio unas líneas para el coronel Dionisio Tabares, que había hecho esa campaña. El coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y que se desvió, “porque el gaucho teme a la ciudad”, de hombres degollados hasta la nuca, de una gerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de Maseller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Damián.
         —¿Damián? ¿Pedro Damián? —dijo el coronel—. Ése sirvió conmigo. Un tapecito que le decían Daymán los muchachos. —Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe, con fingida o veraz incomodidad.
         Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Damián, que se anduvo floreando en las pulperías con su divisa blanca y después flaqueó en Masoller. En algún tiroteo con los zumacos se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando los ejércitos se enfrentaron y empezó el cañoneo y cada hombre sintió que cinco mil hombres se habían coaliado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasado bañando ovejas y que de pronto lo arrastró esa patriada...
         Absurdamente, la versión de Tabares me avergonzó. Yo hubiera preferido que los hechos no ocurrieran así. Con el viejo Damián, entrevisto una tarde, hace muchos años, yo había fabricado, sin proponérmelo, una suerte de ídolo; la versión de Tabares lo destrozaba. Súbitamente comprendí la reserva y la obstinada soledad de Damián; no las había dictado la modestia, sino el bochorno. En vano me repetí que un hombre acosado por un acto de cobardía es mas complejo y mas interesante que un hombre meramente animoso. El gaucho Martín Fierro, pensé, es menos menos memorable que Lord Jim o que Razumov. Sí, pero Damián, como gaucho, tenía obligación de ser Martín Fierro —sobre todo, ante gauchos orientales. En lo que Tabares dijo y no dijo percibí el agreste sabor de lo que se llama artiguismo: la conciencia(tal vez incontrovertible) de que el Uruguay es más elemental que nuestro país y, por ende, más bravo... Recuerdo que esa noche nos despedimos con exagerada efusión.
         En el invierno, la falta de una o dos circunstancias para mi relato fantástico (que torpemente se obstinaba en no dar con su forma) hizo que yo volviera a la casa del coronel Tabares. Lo hallé con otro señor de edad: el doctor Juan Francisco Amaro, de Paysandú, que también había militado en la revolución de Saravia. Se habló, previsiblemente, de Masoller. Amaro refirió unas anécdotas y después agregó con lentitud, como quien está pensando en voz alta:
         —Hicimos noche en Santa Irene, me acuerdo, y se nos incorporó alguna gente. Entre ellos, un veterinario francés que murió la víspera de la acción, y un mozo esquiador, de Entre Ríos, un tal Pedro Damián.
         Lo interrumpí con acritud.
         —Ya sé —le dije—. El argentino que flaqueó ante las balas.
         Me detuve; los dos me miraban perplejos.
         —Usted se equivoca, señor —dijo, al fin, Amaro—. Pedro Damián murió como querría morir cualquier hombre. Serían las cuatro de la tarde. En la cumbre de la cuchilla se había hecho fuerte la infantería colorada; los nuestros la cargaron, a lanza; Damián iba en la punta, gritando, y una bala lo acertó en el pecho. Se paró en los estribos, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó entre las patas de los caballos. Estaba muerto y la última carga de Massoller le paso encima. Tan valiente y no había cumplido veinte años.
         Hablaba, a no dudarlo, de otro Damián, pero algo me hizo preguntar qué gritaba el gurí.          —Malas palabras —dijo el coronel—, que es lo que se grita en las cargas.
         —Puede ser —dijo Amaro—, pero también gritó ¡Viva Urquiza!
         Nos quedamos callados. Al fin, el coronel murmuró:
         —No como si peleara en Masoller, sino en Cagancha o India Muerta, hará un siglo.
         Agregó con sincera perplejidad:
         —Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de un Damián.
         No pudimos lograr que lo recordara.
         En Buenos Aires, el estupor que me produjo su olvido se repitió. Ante los once deleitables volúmenes de las obras de Emerson, en el sótano de la librería inglesa de Mitchell, encontré, una tarde, a Patricio Gannon. La pregunté por su traducción de The Past. Dijo que no pensaba traducirlo y que la literatura española era tan tediosa que hacía innecesario a Emerson. Le recordé que me había prometido esa versión en la misma carta en que me escribió la muerte de Damián. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror advertí que me oía con extrañeza, busqué amparo en una discusión literaria sobre los detractores de Emerson, poeta más complejo, más diestro y sin duda más singular que el desdichado Poe.
         Algunos hechos más debo registrar. En abril tuve carta del coronel Dionisio Tabares; éste ya no estaba ofuscado y ahora se acordaba muy bien del entrerrianito que hizo punta en la carga de Masoller y que enterraron esa noche sus hombres, al pie de la cuchilla. En julio pasé por Gualeguaychú; no di con el racho de Damián,de quien ya nadie se acordaba. Quise interrogar al puestero Diego Abaroa, que lo vio morir; éste había fallecido antes del invierno. Quise traer a la memoria los rasgos de Damián; meses después; hojeando unos álbunes, comprobé que el rostro sombrío que yo había conseguido evocar era el del célebre tenor Tamberlinck, en el papel de Otelo.
         Paso ahora a las conjeturas. La más fácil, pero también la menos satisfactoria, postula dos Damianes: el cobarde que murió en Entre Ríos hacia 1946, el valiente, que murió en Masoller en 1904. Su defecto reside en no explicar lo realmente enigmático: los curiosos vaivenes de la memoria del coronel Tabares, el olvido que anula en tan poco tiempo la imagen y hasta el nombre del que volvió. (No acepto, no quiero aceptar una conjetura más simple: la de haber yo soñado al primero.) Más curiosa es la conjetura sobrenatural que ideó Ulrike von Kuhlmann. Pedro Damián, decía Ulrike, pereció en la batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios que lo hiciera volver a Entre Ríos. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, y quien la había pedido ya estaba muerto, y algunos hombres lo habían visto caer. Dios, que no puede cambiar el pasado, pero sí las imágenes del pasado, cambió la imagen de la muerte en la de un desfallecimiento, y la sombra del entrerriano volvió a su tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de sombra. Vivió en la soledad, sin una mujer, sin amigos; todo lo amó y lo poseyó, pero desde lejos, como del otro lado de un cristal; “murió”, y su tenue imagen se perdió, como el agua en el agua. Esa conjetura es errónea, pero hubiera debido sugerirme la verdadera (la que hoy creo la verdadera), que a la vez es la más simple y más inaudita. De un modo casi mágico la descubrí en el tratado De Omnipotentia, de Pier Damiani, a cuyo estudio me llevaron dos versos del Canto XXI del Paradiso, que plantean precisamente un problema de indentidad. En el quinto capítulo de aquel tratado, Pier Damiasini sostiene, contra Aristóteles y contra Fredegario de Tours, que Dios puede efectuar que no haya sido lo que alguna vez fue. Leí esas viejas discusiones teológicas y empecé a comprender la trágica historia de don Pedro Damián.


         La adivino así. Damián se portó como un cobarde en el campo de Masoller, y dedicó la vida a corregir esa bochornosa flaqueza. Volvió a Entre Ríos; no alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente, pero en los campos del ñancay se hizo duro, lidiando con el monte y la hacienda chúcara. Fue preparando, sin duda sin saberlo, el milagro. Pensó con lo más hondo: Si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla. Durante cuarenta años la aguardó con oscura esperanza, y el destino al fin se la trajo, en la hora de su muerte. La trajo en forma de delirio pero ya los griegos sabían que somos las sombras de un sueño. En la agonía revivió su batalla, y se condujo como un hombre y encabezó la carga final y una bala lo acertó en pleno pecho. Así, en 1946, por obra de una larga pasión, Pedro Damián murió en la derrota de Masoller, que ocurrió entre el invierno y la primavera de 1904.
         En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido, pero nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos, que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho remoto, por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea de con otras palabras; es crear dos historias universales. En la primera (digamos), Pedro Damián murió en Entre Ríos, en 1946; en la segunda, en Masoller, en 1904. Esta es la que vivimos ahora, pero la supresión de aquélla no fue inmediata y produjo las incoherencias que he referido. En el coronel Dionisio Tabares se cumplieron las diversas etapas: al principio recordó que Damián obró como un cobarde; luego, lo olvidó totalmente; luego, recordó su impetuosa muerte. No menos corroborativo es el caso del puestero Abaroa; éste murió, lo entiendo, porque tenía demasiadas memorias de don Pedro Damián.
         En cuanto a mí, entiendo no recorrer un peligro análogo. He adivinado y registrado un proceso no accesible a los hombres, una suerte de escándalo de la razón; pero algunas circunstancias mitigan ese privilegio temible. Por lo pronto, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos. Sospecho que Pedro Damián (si existió) no se llamó Pedro Damián, y que yo lo recuerdo bajo ese nombre para creer algún día que su historia me fue sugerida por los argumentos de Pier Damiani. Algo parecido acontece con el poema que mencione en el primer párrafo y que versa sobre la irrevocabilidad del pasado. Hacia 1951 creeré haber fabricado un cuento fantástico y habré historiado un hecho real; también el inocente Virgilio, hará dos mil años, creyó anunciar el nacimiento de un hombre y vaticinaba el de Dios.
         ¡Pobre Damián! La muerte lo llevó a los veinte años en una triste guerra ignorada y en una batalla casera, pero consiguió lo que anhelaba su corazón, y tardó mucho en conseguirlo, y acaso no hay mayores felicidades.

1 comentario:

  1. Anónimo2:28 p.m.

    Estimado Gannon,

    Descifrado que hube su mail, van algunas reflexiones (solo para demostrar que lo lei todito)

    1) Selva Almada, parece un chiste, demasiado poetico para ser verdadero. Lamentablemente la chica no pone su foto en Facebook, sino la del libraco, por la que no se si puedo cocotearme diciendole "Soy tu Tarzan de la Selva, y esta es mi liana y haceme bien-toque-arrasa-dor"

    2) La parodia (del cuento de JLB) es un efectivo recurso humoristico, pero de preescolar. Es un chiste tan facil, como ponerse peluca y hacer de mujer o hacerse el marica. Es relativamente sencillo arrancar con "Aqui me pongo a Trincar, y echarme un Martin Fierro". Con todo el argumento ya escrito en el cuento original, uno solo tiene que agregar acotaciones burlonas y chascarrillos. Me encantaba Guinsburg haciendo de Pijitus, o de Caxuxa, pero eso era facil y cualquiera lo puede hacer y hace

    3) Hacer humor politico, tambien es facil, sobre todo en base a alguien gracioso perse como el Alnomirarte Nestor, que no es traba pero si trabico. Un poco menos facil que chistes con Menem. Por algo Gasalla es mas que Sapag. Vale mas crear personajes Soledad Solari de cero, que imitar a Alfonsin. Ademas el humor politico, tiene el defecto de la conyunturalidad , por lo que no seran graciosos mañana como que ya no hay mas chiste de don Patilla. Claro que en este caso, se alude al "El ya ido" por lo cual su estado no cambiara en el futuro. Hago la salvedad de la imitacion a DelaRua, que tenia el merito de exprimirle jugo a un insipido de gestualidad limitada.

    4) La parodia y la satira tambien adolescen del defecto de burlarse del otro, por lo que escluyen para mi uno de los mejores recursos humoristicos, "la autoburla" usada en los Stand Up con la consigna "Soy un perdedor". Tengo un chiste propio que aun no logre mechar en una conversasion contrabandeado como espontaneo: "No creo en le Regla de la L, porque si fuera cierta, yo estaria en la NBA"

    5) El otro dia en una reunion, mi cuñada y colega suya conto que la hija la llamo porque la gata habia quedado dentro del placard, que ella cerro con llave anti-shikse y tuvo que rajar para la casa. Yo casi me gane el aplauso de los presentes cuando acote en un apropiado contexto "aca hay gato encerrado" y me senti como Palermo con el caradurismo de celebrar un gol de empujadita tras pase de Riquelme a la linea del arco.
    Estaba tan servido ese chiste, que no se como logro sorprender.

    6) Me interesaria leer algo sobre Ali Teheran, para poder criticarlo con piedad, dado que mi lema es el cacofonico "no regalo halagos"

    Saludos, OScar

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la peor opinión es el silencio, salvo...