viernes

¿Qué más tengo que hacer para que dejen de adorarme más de las dos horas de turno?

Yo no me suicidé cuando las cosas me fueron mal, no me dediqué ni a las drogas, ni a la enseñanza (Leonard Cohen)
Martìin,

Hi :)
I am in Lyon, France right now. Next month I'm going to be in Italy and then Greece. Once I come back to the United States in August, I want to figure out a way I can move to Buenos Aires and live there! I don't know if I'll be able to, though. The economy seems really unstable and your president seems a little crazy. I would have to figure out how to work. Maybe my company will let me keep on doing what I've been doing and work there over the internet. That would be nice!

Are you still wearing your wig?
:)
Carrie


Pretty child! your hair seems almost as nature might have left it! (Lady Bracknell to Cecily)

APRENDAN DOCENTES DE LA ARGENTINA Y POR QUÉ NO DEL MUNDO:
Estos son los docentes que nos llevaràn al estrellato o que nos haràn estrellar, quedarà en nosotros el elegir
Miriam
El miércoles dos de mayo el taller de humor estuvo más deprimente que nunca, como si el tango "Haragán" que dice "primero de mayo te van a llamar" se duplicase. No mencionamos nada de lo que estaba preparado: no mencionamos lo gracioso de invertir la tragedia (por ejemplo en "Tears in Heaven" Eric Clapton le pregunta a su hijo muerto si conocería su nombre si lo viera en el Cielo, y que claro, él sabe que no pertenece al Paraíso...es algo muy lacrimógeno y por eso siempre digo que si yo fuera un buen profesor de humor primero los haría conmover hasta las lágrimas con algo y después les enseñaría a reírse de eso con la anestesia marktwainista, que contó que su hermano salió despedido en una explosión durante la construcción de la carretera y lo suspedieron un día por abandonar su lugar de trabajo...visitando algunos parientes fenecidos sería divertido preguntarse si conocerían mi nombre cuando danteallighóricamente los visitara en el Inferno y después con la musiquita sensiblera de Clapton-is-God me iría porque, claro, sé que no pertenezco al Tártaro, los tormentos eternos son para personas como ustedes, no como yo...)

No mencionamos, hablando de músicos y el Cielo, el homenaje gratuito que le realizó Pedro Aznar a Spinetta, ni cómo ese "gratuito" cobra valor de "que nadie te pidió que vengas con tu guitarrita a afinar y a entonar mejor que yo" y cómo no se extiende esa costumbre a otras esferas, lo de hacer lo que hacía el muerto como conmemoración. Esto se me ocurre no solo porque para hacer humor conviene tomar la mecánica de una situación y aplicarla con rigor exhaustivo a otra, sino también porque siempre me pareció un desgarramiento de lo inescindible cuando la voz de un músico asociada y fundida para siempre a sus creaciones se vuelca en otro universo artístico revelando que esa majestad de las palabras perfectas perfectamente podría entonar jingles publicitarios o usar su mismo carisma y corazón para meter mano a las canciones que no tienen perdón de Lucifer. 
(Charly García a quien debemos en una alarde de virtuosismo de la pura forma una versión tipo stone y otra versión tipo tango, excelentes ambas, de una misma lamentable letra que es el poema que le escribió Mónica la ex de Calamaro
Letra de la canción
V.S.D.
Intérprete: Charly García


Loco lindo que te comes las veredas
Con tres pasos disparados al compás,
Y tu figura de largura interminable
Y un bigote de malicia
Trabajado a sangre y sal.

Bucanero de los mares del Congreso

Acoplame el corazón con tu canción
Comunícalo con alas de guitarra
Y un pianito de juguete
Que tocás tan solo vos

Vos sos Dios, vos sos Gardel

Yo soy lo más
Ay, Carlitos, ay qué día
Pasaremos hoy acá.

Calavera rompe y raja y todos miran

Vos tomás un trago largo y te olvidás
De los consejos que te dan
Todas tus minas
Y las cosas de tu barrio
Lo olvidás en cualquier bar.

Y en tu altura de guardián de los destierros

Que los genios solo pueden alcanzar,
Vos te olvidás de mamá, te olvidás de papá,
Te olvidás, te olvidás, te olvidás
Vos sos Dios, vos sos Gardel. Vos sos lo más.
Ay, Carlitos, ay qué día
Pasaremos hoy acá.
, contó que le ofrecieron editar su primer simple con Nito Mestre siempre y cuando del otro lado del disco apareciera una publicidad de "Y pegue fuerte",vale decir la gloriosa yacimientos petrolíferos fiscales, otrora emblema de la acumulación mercantilista, ahora santo y seña de nuestra soberana restitutio ad integrum)
Sería gracioso decir, homenaje gratuito en la feria del libro, Piglia escribe los cuentos de Fogwill al aire libre o tu hermana, la flaquita que está como un tren sin grasas trans, me transporta hasta el séptimo cielo y la torta tres leches cuando  homenajea gratuitamente a mi concubina ninfómana arrollada en tren de cruzar la barrera de un homónimo que la llevó al tránsito hacia el otro mundo para el cual las palabras, ese vehículo del pensamiento se hallan sin taxis...

No  recomendamos "El discípulo del diablo" de Gabriel Pascal con Kirck Douglas, Burt Lancaster y Laurence Olivier, otra versión fílmica más de Shaw que altera el motivo nada romántico del héroe para que lo comprenda el gran público. 




No mencionamos todos los verbos devenidos en sustantivos, el disparate, el hazmereir, el tentempie, el correveidile, el parate, estar en veremos, el anden, la puerta vaiven, hacer el entre, el Colegio de Escríbanos, y hablando del Verbo hecho Carne... Felicitas se reincorporó después de solucionar su alta temperatura con mucha cama y después de mandarme este adorable y dulcísimo miel, digo, mail: 
ya palmó felicitas...

estoy enferma desde el fin de semana pasado, en la cama y precisamente no tomando helados. 
tenía muchas ganas de ir pero los moquitos, la cabeza y los pechos sin aire no me lo permitieron. Leí las fotocopias y al Néstor importance, estoy escribiendo mis conclusiones amorosas y humorosas. Tengo unas cuantas preguntas en general:

1- En un momento capté al aire que dijiste que Borges eleva el registro para ridiculizar, y creo que hablaron de eso en una clase que falté y que leyeron el cuento de Uqbar. Lo leí hace un tiempo, mi madrastra me regaló la antología de fantásticos de la Ocampo y el Jorge Luis Casares.  Siempre lo interpreté como increíblemente fantasioso pero a nivel de deslumbrarme eh. No le encontré humor en ningún lado,  o sea, lo leí y me creí que  esa realidad  existe de verdad (actualmente estoy por terminar la invención de morel) .Igual es lo que me dijo una psicóloga una vez: "Felicitas si vos ves una rata verde no te preguntás porque es verde porque para vos las ratas sí son verdes o pueden serlo".Así textual. Entonces me debato entre todas estas clases que te aseguro Martín que menos mal que me anoté en cómo hacer el humor con las palabras y no las cosas con las palabras (jajaja estuve a punto de anotarme en ese curso, denserio) porque estoy como ahí en el medio de algo que no sé qué es y de qué se trata, como buscando algo que me marea y  me siento así  una persona que utiliza la inocencia y lo infantil para la estética de la seducción literaria y  para escribir provocandome el límite entre otra vez, inocencia y sensibilidad.
Le estoy dando vueltas al asunto hace semanas: INOCENCIA - SENSIBILIDAD. Lo de OscarWil me viene al pene.  No llego a darme cuenta algunas cosas que tienen que ver con la susceptibilidad y los límites del humor. Me gusta escribir y tengo la sensación de que lo hago desde el inconsciente o desde una información que se me complica controlar. La mayor parte del tiempo desconozco lo que quiero decir o me estoy intentando decir pero tengo muchas ideas sin autoridad y últimamente me doy cuenta que me quedan cortas porque no sé qué hacer con ellas. 

2- Sobre Wilde vos estás diciendo algo así como que tanta esteticidad de belleza, tetas, ingenio y tuercas de palabras, asombran por lindas cuando en realidad confunden? confunden porque presentan la ambiguedad de la seducción. Son hermosas pero vacías a la vez. Como dije el otro día cuando conté lo del show de tango hablando de los argentinos. Las parejitas tan exactas y precisas bailando, técnicas, muy pero muy hermosas para el extranjero calentón pero no lo suficientes para mi porque  lo único que me llamaba la atención  de esos bailes tan apretados eran las entrepiernas de las mujeres, bien tapadas con medias y redes, porque el tango es nostalgico sí, obstinadamente bello pero totalmente quieto e infértil, nada salvaje.
Oscar Wilde no fue un salvaje? Anais Nin sí lo fue. La traigo a tema porque es la única lectura que en estos meses ha cautivado mi concentración más que cualquier otra  (y mi concentración es bastante ritalina, hiperactiva y susceptible de distracción) Por qué? Por qué? este chico Shaw sí fue un salvaje? ¡¡¡BORGES!!?? Julito??? Me encanta leer Rayuela supongo que es fácil de adivinarmelo en la cara. Hay un capítulo que ahora no recuerdo su número, en el que Oliveira está con Talita y Manú, arriba de un pedazo de madera colgando entre dos ventanas, amenazando siempre con caer y clavando clavos. En todo el capítulo el dice que hace frío, repite la palabra muchas veces, cuando en realidad vos sentís que hacía un calor de la madonna. Es esto fantástico y humoroso?

Esto es un quilombo. Escribo al pasar porque tengo dudas del tipo vocacional. Bueno, ya, no sé si al final hice preguntas o vomité patrañas mías. Hay que leer algo más para la próxima clase? soy una alumna muy confundida

Una más, estoy harta de encontrarme con profesores que no son como vos dentro de una facultad u ámbito educacional. Me desespera y des-edudca.No hay un lugar donde todos seamos motivados constantemente? 
Ya está , puteame lo que quieras. Burlame  total dudo que me de cuenta. 

ya parió felicitas
......................
Se trata de una tan agraciada y joven divinura, que encima se ofreció a tipear mi extenso ensayo sobre Wilde y Shaw, que uno puede enamorarse sin peligro de ella porque tanto Wilde como Shaw han declarado que nunca hay que estar con la mujer a la que se adora, que ese es el secreto para pasarla bien con las mujeres, no amar a la que deseamos, no desear a la que amamos, un ejemplo de la figura humorística de "metátesis" similar al de es mejor perder el tiempo con amigos que perder amigos con el tiempo o Quilmes robadas en los jardines de Flores y todos los "no es lo mismo". Ciertamente, freudismos aparte, el erotismo busca la lúcida y poderosa posesividad cosificadora impersonal y el amor el entregarse a una voluntaria servidumbre estupidizada e impotentizadora, no podría haber carriles más opuestos...(creo que Shaw agregó que si bien los varones engañamos a las mujeres respecto del amor que hacia ellas sentimos, nos engañamos mucho más a nosotros mismos respecto del amor que ellas sienten hacia nosotros).

Como venía mi amigo personal Oscar: 

Dear Teacher,

Este es CASI el único miercoles que dispondria para ir de claque a vuestra clase, a ser presentado como el especimen que hizo 2 cursos seguidos con Brauer y sobrevivió para contarlo, y para conocer a las chichis. O podria decir que antes era un alfeñique de 40 kilos que las mujeres ignoraban, y que ahora las conquisto con los recursos humoristicos aprendidos, tanto, que no dejan de reirse hasta "su turno señor".
De asistir seria una irrefutable prueba de sospechoso amor viril, dado que coincidiria exactamente con un partido de Boca importante, algo que no he soslayado ni siquiera con ninguna de mis mujeres cuando clamaban por mi compañia para ir a ver cerámicos a Alberdi

Acabo de leer de una turista suiza violada y no se si seria Luis con esta chica que no me acuerdo el nombre que nos entregaste.

Dime si seré bien recibido en el San(tuario) José 
Saludos,

Decidimos ahondar en literatura humorística judía, esto es, Cómo ser una idishe mame de Dan Greenburg, Hakaitanah shel Kneller de Edgar Keret y El experimento del profesor Kugelmass de Woody Allen. Oscar es, a la sazón, la respuesta a las inquietudes del ausente con aviso Claude, quien en la primera clase protestó por lo circunscripto, por lo circunciso del campo humoral de los goim respecto de la sátira al pueblo elegido. Recuerdo que en aquella oportunidad me remonté inmisericorde a toda la historia de la persecución racial, religiosa, económica, social les recordé la cercenación de derechos civiles sufridos por los judíos relegados a oficiar de prestamistas y después ser imputados de avaros por motivos de proscripción religiosa católica para el ejercicio de la usura, hablé de Shylock, hablé de los estereotipos que parecen inocentes (teníamos a un escribano que, componedor, aseguró que chistes con la Shoá, si querés Shoá, shoá dice Moria en el Museo de Lame-Moria, obviamente son de pésimo gusto pero ¿por qué vamos a ahorrarnos el bromear con la tacañería? y le contesté que era como decir que es de mal gusto hacer chistes con lo gris de la rutina de todo matrimonio pero obviamente con lo picante de un polvo de aquellos no, siendo la una consecuencia directa de la otra, nada menos).
Expliqué cómo el dinero para una minoría discriminada no es meramente el dinero, sino el salvoconducto para escapar y sobrevivir, expliqué que yo no creo en Dios (aunque, como ven, lo aclaro con mayúsculas), ni en una diferencia esencial entre judíos y no judíos pero que en virtud misma de la fe que profesaron los señores asesinos, creer que hay homo judíus, se debe defender al castigado actor social, así como incluso quienes no creemos en el horóscopo si encontráramos que se masacró históricamente a los de escorpio deberíamos tener el buen cuidado de preservar a los supuestamente "escorpianos" de la furia homicida (creo que Maculay se burló del antisemitismo diciendo que los pelirrojos eran demoníacos, pero no quedó clara su parodia -innatista-porque en efecto se mantiene también en otro estatuto a las pelirrojas). Y después de decir todo eso, Oscar se mostró como un prototípico agarrado al conducirnos a "La Continental" a comer en nuestro ritual post-clase solo porque allí tenía la cuponera de Clarín. En lo personal, además de que no me disgustaría agarrar a alguna alumna más que agarrarme de esta palabra para remedar un dudoso chiste, em di cuenta de que soy agarrado. Me di cuenta de esto cuando me lo dijeron y me ofendí como solo las mucamas se ofenden, ni siquiera los aristócratas alcanzan ese nivel de afrentoso horror al ataque hacia la majestad del ego compensatorio. Me di cuenta que para el codo interior en mi cerebro, los gastos que articulo para mis seres queridos son harto más de la cuenta y que nunca llego a practicar la ahorratividad en su austeridad soñada. O sea: soy tan agarrado que lo poco que gasto me parece el colmo del despilfarro y me ofende que me digan agarrado como si mi agarritud tuviera la suma del poder financiero como querría.
No digo esto a modo de jactanciosa autocrítica, sino porque, como todo en el humor es recontra extrapolable. Seguramente a las reprimidas les parece que son demasiado putas, etcétera.
Como bien señaló Ariel Magnus en su "La abuela" son los alemanes los muchísimo más pijoteros que los judíos, cosa que se percibe claramente en la crisis del euro, al imponerse un criterio fiscal y de bajo consumismo que hace que todos se queden con el mismo traje, con su mismo auto, etc.
El modelo de Cristina les haría rajarse horrorizados las vestiduras y los discrusos de género con mucha tutela que cortar diciendo :¿Keynes ecidad de gastar tanto???

Determinadas determinaciones no terminan de terminar y mi esfuerzo por ahorrar me llevó a querer generar ya el tedio por la clase erudita pero ploma para que todo mi alumnado vaya desertando, como solía hacerlo a esta altura del cuatrimestre, permitiéndome embolsar la totalidad de los honorarios con honorabilidad alemana, honor ario.
Así que leímos un cuento sobre el más allá para los suicidas, La colonia de Kneller, cuyo film con Tom Waits puede verse aquí:  (recomendando "Defending your life con Albert Brooks" y las alternativas sin salida schopenhauerianas de Houllebecq= "la vida oscila entre el aburrimiento y el dolor" devenida en "la vida del varón pasa de la etapa inicial en la que eyacula demasiado pronto a la siguiente en la que ya no se le para"; pasando revista al insólito motivo que alegó Bertrand Russell para no matarse, rememorando al funcionario K que aunó la muerte por propia mano con la sexualidad por propia mano en lo que se consideraba suicidio y era onanismo...Soledad al contestar cómo se suicidaría mencionó lo que todo progenitor siente: que ya no tiene mucha gracia imaginar que se abandona este mundo en el que se abandonaría a la cría: precisamente cuando mi retoño en otoño se dispone a cumplir su primer año dudo si aceptar una beca a Berlín por un mes, dado que estoy hasta inclinado a aceptar una beca a Aldo Bonzi incluso, porque es una beca a poder dormir siete horas por día).
Oscar a partir de la divertida aparición  en la nouvelle de Kurt Cobain, recordó un cuento de Fontanarrosa en el que se tardaba en advertir que los protagonistas estaban en el Cielo ("va a venir Labruna") y reímos de cómo Keret, como aquel "no figurás en el top five de rechazos, forra" de "Alta fidelidad" de Nick Hornby,  logra meter emoción oblicuamente en la teórica muerte del sentimiento que es lo cómico: "No es algo lindo de decir pero cuando llegó (el hermano menor, el benjamín, el único que hasta entonces no se había suicidado) ¡cómo nos alegramos! Tenías que ver a mi papá, un hombre que si lo golpeás con un martillo de cinco kilos en el pie, ni siquiera parpadea, abrazando a mi hermano menor y llorando como un bebé..."
Advertimos el recurso de dar por sentado la violencia que nos impacta  a último minuto ("el hombre con el que me choqué me miró con ese aire de extrañeza que solo tiene quien se ha partido la nuca" "apenas un kilómetro después de turnarnos había una curva a la derecha e inmediatamente después, durmiendo tendido a lo ancho de la carretera había un hombre delgado y alto con anteojos, que no dejó de roncar, ni siquiera después de que Ari se salió de la ruta y se estampó contra un árbol").
Vimos otros recursos, el del corregir la palabra, no resistir la tentación de corregir la palabra descorriendo el velo de un saber que se pretendía ocultar: -Yo sé cómo hacen los jóvenes que quieren arrastrar a mi hija a las drogas, le sofrecen una teca- -Una seca-corregí y me mordí la lengua.
La gracia de que las mujeres que llegaban con el cuerpo en buenas condiciones fueran una de las "impecables", que fuera de mal gusto preguntar cómo "terminaron", la pregunta ¿no tenés suficientes defectos como para además ser racista?.
Expliqué que el largo cuento que leímos como si atravesaramos kierkegaardianamente el desierto de una mujer a la que cuesta elevar al éxtasis nos servía para no incurrir en la intolerancia de llenar barrocamente de chistes y juegos de palabras con cortoplacista incapacidad de largo aliento. Precisamente los mejores humoristas extienden una única idea (por eso les elegí un cuento de Woody no plagado de nonsense descostillante) como la del cuento "Enoch Soames" de Max Beerboom donde el protagonista, un vanidoso escritor vende su alma al diablo para saber qué dirá de él la Enciclopedia Británica en cien años descubre que se lo recuerda "erróneamente" como un personaje ficticio de Max Beerboom. Esa irónica manera elegante de Max de ocultar su propia vanidad con una autorreferencialidad inmortal halla un eco en la inédita aparición de mi apellido en el Chaco, nada menos que en un taller mecánico, en una novela calurosamente elogiada por la crítica: http://www.perfil.com/ediciones/2012/4/edicion_664/contenidos/noticia_0004.html  
Cuando Borges conoció a Federico Peralta Ramos que se presentó diciendo que era poeta, ensayista, músico, pintor, actor...lo interrumpió diciendo "caramba, como me gustaría ser una de esas cosas". Cuando Shaw conoció a Noel Coward le dijo: -Usted es autor, actor y director...¡Cuídese! el pato nada, camina y vuela pero todo lo hace mal, rematadamente mal.
Esto puede redondearse recordando el consejo de Jack Palance en "City Slickers", que nos remite al "vivir no es preciso, navegar es preciso" y por supuesto lo podemos contraponer con lo dicho por Russell en "La conquista de la felicidad" respecto de no tener repartidas en la vida nuestras atenciones.
Por eso, para ampliar la riqueza interior en toda su variedad, Juan, el maestro del juego de palabras que hace patinar sobre hielo cada significante, fue llamado a escribir con llaneza y Miriam a que le llenemos la cocina de humoR, de calembours. Esto obedece a una vieja técnica de la idishe mame "El Control requiere una práctica constante. Para que no se le vaya de las manos, a cada rato ponga  a todos lo que tenga a su alrededor a hacer algo distinto de lo que están haciendo. No hace falta razones prácticas. Al contrario: como saben muy bien los militares, cuanto más arbitrarias sean las cosas que uno le haga hacer a la gente, más obedientes y sumisos se volverán"
Así que antes de dejarlos con los textos de Miriam, en cuya coda hay mucha calle y buen uso de literalismos, reporto cómo explicamos que el juego de palabras no es difícil, se logra desconectando ciertas facultades mentales, no aguzándolas, por lo que muchos cuadros clínicos presentan neologismos, ecolalias, sustituciones, etc.
A pesar de mis esfuerzos por desmoralizar al curso, todos se quedaron hasta las 22 30, quizá imbuídos del reverencial temor monástico edilicio, organizaron un asadito y parecen contentos y contentas. Miriam me pidió especialmente que la nombrara, aún a riesgo de morir (¿por qué se dice "riesgo de vida" y "amenaza de muerte", no hay una lógica dispar allí?). Fontanarrosa, Loriot y Fogwill fueron nombrados el año pasado y ya no nos acompañan. Miriam, como ya dije de todo el resto de los alumnos, insiste en seguir acompañándome...

Modesta presentación personal

Me obligaron, o perdón, me encomendaron para que escribiera mi presentación, la verdad es que me siento tan rara haciendo esto como si estuviera escribiendo el prólogo del libro que contiene mi biografía. Pero intentaré hacerles a los presentes una descripción de esta persona que tienen delante suyo.
Para empezar mi nombre es Miriam aunque algunos me llaman "la Colo", imagino que no hace falta que les explique el porqué. Otros me dicen que me parezco a Patricia Sosa y yo se los creo porque me gusta, pero les aseguro que si canto rompo el encanto.  Soy colorada por adopción o por decoloración como prefieran denominarlo y esto me ha traido algunos problemas.  Vieron que hay gente que tiene problemas por "portación de cara o de nacionalidad"? Bueno, yo tengo algunos inconvenientes pero, por portación de color.  Imaginen las historias que se han tejido alrededor de este inofensivo y desapercibido color rojo que la peluquera ha colocado en mi cabeza.
Siguiendo con mi descripción física otra cosa para destacar es que mi origen no es teutón y que me defiendo mejor yendome que llegando.  ¡Que le vamos a hacer con las cosas que determina la madre naturaleza! Igual les aviso que hasta la actualidad nadie me ha confundido con el sexo opuesto, pero tampoco es necesario que justo hoy lo observen para comprobar si lo que digo es verdad.
Y hablando de madre estoy recordando que aún no les conté nada de mi vida personal; a esta altura de los acontecimientos y a mi edad, soy huérfana de padre y madre, también lo soy de hijos y ahora que lo recuerdo también de marido. ¿Será que todos me dejan o preferiré quedarme sola? Mejor esta parte se la consulto a mi psicóloga pero por suerte no estoy tan sola en la vida, hay por allí una hermana  y 3 sobrinas que aún no me dejaron y un capital importante depositado en mis amigos, especialmente en un grupete de amigotas que estamos juntas desde los 6 años, cabe destacar, aun sin Alzhaimer.
Por último les contaré que hablo mucho y rápido, seguro que me van a hacer callar en algún momento o me van a desear que me quede disfónica
Vivo en Mataderos, pero no soy Rita Turdero.
Soy profesora y también contadora pero no me dedico a contar.
Tengo 50 años aunque muy pocas veces me guste recordarlo.
Me quieren convencer de que es bueno llegar a esta edad por toda la experiencia adquirida, por las arrugas de la vida, por los recuerdos que tengo y no sé cuantas pavadas más.  A mi me gustaría tener 26 años y poder revolear la vida todos los días y por todos los rincones.
Lo que mas me gusta es reir y sonreir,  por las cosquillas que me hace, por el poder que tiene la sonrisa y porque la vida es mucho más hermosa si la tomamos con un trago de humor y dos cubitos de oronía.
Seguro que hay mucho mas para contar pero tengo la esperanza de que en estos dos meses que tenemos por delante puedan descubrirlo ustedes, si pueden.


Nosotros los argentinos

Vea doctor, ya que usted ha sido tan amable en buscarme a mí para que le hablara del tema, voy a tratar de ser lo más explícita y breve posible; le voy a hacer una pequeña reseña explicativa de esta rara raza encontrada en el hemisferio sur/suroeste del mundo, o sea, casi en la parte de atrás de todo. Raza a la que “humildemente” pertenezco.

Nosotros muy orgullosos de ser argentinos, nos vanagloriamos de nuestros inventos, de las huellas digitales, del colectivo, del dulce de leche, de la birome y también de Maradona, de Pappo y del pelado Cordera, que inventó el mejor himno que tenemos.

Somos los más honestos hasta que un día encontramos una anónima billetera con DNI tirada por algún sitio pero resulta que nunca pudimos saber quien era el pobre infeliz que la perdió, o muy solidarios siempre y cuando no nos pidan que regalemos el bocado que justito estamos degustando en el mismo momento en que escuchamos a Juan Karr hablando de ese chiquito del transplante y que no podemos evitar que se nos piante un lagrimón.

Nos gusta creernos únicos, pero cuando nos buscan parecidos preferimos encontrar semejanza con los tanos brutos, con los gallegos que nunca profesaron el culto al agua y jabón o con los judíos avaros de despilfarro que alguna vez bajaron de los barcos de la inmigración y escapando de una tierra que, vaya paradoja, hoy también los expulsaría.  Como le iba diciendo, preferimos parecernos a ellos y no a esos indígenas indigentes pata sucia oriundos vaya a saber de que rincón perdido de Amèrica y con rasgos notoriamente boliviano-mongoloides.

No! A esos no nos parecemos, Dios, que es argentino, nunca lo permitiría, y si así lo hiciese podemos hacer una promesa de ir caminando a Lujàn ida y vuelta, con tal de que nos extirpe de ese maleficio.  A esos mejor que los deje todos juntitos en Liniers vendiendo sus riquísimas comidas malolientes cerquita de la estación.

Nosotros preferimos ser unos deliciosos derrochadores de lo que no tenemos, para en un asado, gastar a cuenta y con tarjeta de crédito pagando solo el mínimo. Todo para agasajar a muchos, muchos amigos, un millón tal vez, tipo Facebook o Roberto Carlos.  ¿Me sigue Doctor? ¿O lo voy embarullando?

Somos agrandados o agrandaditos y le aseguro que con una caricia nos sentimos dueños del mundo y si me apuran, también del universo.  A veces tremendos grandulones mimosos e incurables que buscan el beso de mamá o de alguna mamita antes de ir a dormir porque eso sí, como dijo aquel argentino famoso “que nadie se atreva a tocar a mi vieja”.

Pero volviendo a los grandes inventos, los argentinos somos especialistas, o mejor dicho, ingenieros graduados en la universidad del arte de zafar.  Cuando a algún organismo de control, de esos que nunca faltan para arruinarnos la vida, se le ocurrió implementar la foto-multa, nosotros, ya teníamos listo, en la mano y con posibilidad de ràpida divulgación el CD o disco compacto para neutralizar el flash de la maldita y nunca bienvenida foto que nos acusaría sin posibilidad de defensa de tal funesta e iluminada infracción.   Aunque algunos escèpticos, descreídos y de esos que se las saben todas, siguen prefiriendo la cinta aisladora negra que transforma una E en F, o un 8 en 0.  Sepa doctor, que si me da a elegir, yo prefiero esta última, me ha dado mejores resultados que el CD.

Otro invento ya casi olvidado y fruto de èpocas de misiadura es la recarga de pilas en el congelador.  Hay un listado larguísimo de formas de recargarlas, envueltas, sin envolver, con papel de aluminio, como Volta las trajo al mundo, en fin; cualquier método era probable para ahorrar unos pesos en esas épocas en que lo que no abundaba era el metálico, por suerte hoy ya existen las recargables y nos pudimos deshacer de semejantes barbaridades.  Y hablando de recarga, tenemos un último ejemplo de invento y tiene relación con la informática, es justamente la recarga del cartucho de la impresora.  Nos compramos las mejores Epson, HP, o Compaq con la mejor definición, con millones de colores para causar la mejor impresión y resulta que después lloramos miseria para comprar los cartuchos.  Sepa y con todo el dolor del alma que en este punto sí le voy a aceptar una crítica, doctor. 


Vea tenemos muchas virtudes, mateamos alrededor de una mesa, un fogón, o en ronda durante horas sin descanso. Corremos presurosos cuando un amigo al borde del suicidio nos llama y tratamos de que no se tire por el balcòn, Nos vamos de camping tipo Campanelli, heredamos de esos tanos brutos el amor por la familia, el amor por el clan, el amor por “El Padrino” (que buena película), pasionales, seductores hasta el cansancio, vanidosos hasta el límite de lo bello, solo un poco arrogantes pero sin ruegos, ombliguistas y solo algunas veces, un poco intolerantes.

Como verá doctor, en esta breve reseña, intenté darle una idea de los que habitamos esta hermosa y única tierra llamada la República Argentina, el mejor país del mundo e imposible de comparar con ningún otro, lástima que el resto aún no se haya dado cuenta.


Rejunte imposible de titular

Pareciera que estas frases que vienen a continuación se pusieron a juguetear de repente y se sienten tan còmodas hacièndolo que no piensan dejar de hacerlo, incluso  llamaron a las calles para que se unieran a la diversión.

 “Perro que ladra no muerde”, y sì, obvio, porque tiene la boca ocupada ladrando, pero pregúntenle al gallo como le fue cuando este insensato can se cansò de emitir ese feroz sonido, no le daban las alas al pobre plumífero para salir volando.  Menos mal que a algùn lùcido de esos que nunca faltan se le ocurriò llamar a don Juan Domingo y en el mismo momento en que se lo estaba manducando,  santo remedio, en un cambio violento le pusieron punto final a la mordisqueada proferida al pobre kikiriki  y Perón llegó a escena.

Yo creo que “Un tropezòn no es caìda” se emparentò o mejor dicho se inventò para morigerar el efecto de la pobre profesional de la costura mal inculpada  de caminar por donde no corresponde acusàndola de  “La costurerita que dio el mal paso” , pero cual es el mal paso? El corto, el largo, el bien cosido, el hilvanado? Yo no lo sè, pero justo apareció un mal intencionado o a lo sumo mal informado que dijo: Lo que pasa es que esta mina “No da puntada sin hilo”, y, lògico,  serìa medio difícil coser sin ese bendito filamento algodonoso pasado por el agujerito muy chiquito de la fràgil aguja – lo de muy chiquitito lo digo porque padezco de baja visión y cada vez me cuesta mas embarcarme en esa engorrosa tarea del enhebrado-. Pero no faltò quien desde la tribuna gritò: “ A esta le gusta coser y en todas las costuras” como siempre “La gente es mala y comenta” y habla, vocifera, critica, ignora, deduce, denuncia, “Habla porque el aire es gratis” y aprovechemos que por ahora no nos lo cobran, ¡Ya nos va a llegar la boleta por consumir 20 cm cùbicos por segundo!, pagadera en Airefàcil, Respipago o Tosomiscuentas.com, o mejor con el còdigo para hacer el dèbito automàtico en Clìnica Los Arcos u Hospital Santojani, según cuanto te de el cuero. 
Lo que pasa que hasta ahora nos hicieron un engaña pichanga porque bien sabido es que “El primero te lo regalan y el segundo te lo cobran”, pero, que primero y que segundo? Y se va la segunda y nos ponemos a cantar todos porque el aire se puede respirar sin restricciones y porque estoy caminando por la calle Independencia y me pregunto porquè nunca se junta con Libertad, serìa lo màs deseado no? ¿O serà que nuestro destino estaba fijado desde antes que nominaran las calles?, algo parecido pasa con Constituciòn que por alguna razòn extraña del espacio intergalàctico no desemboca en el Congreso, o en su homónima  o aunque sea en la idem estación de subte.

Yo sigo adelante, reflexionando, escribiendo y tratando de vivir esta vida con humor porque me contaron que “La fe mueve montañas” y aunque espero que eso no sea siempre cierto porque ya me estoy imaginando a los chilenos en una peregrinación para pedir que la Cordillera se corra unos cuantos kilómetros, o desesperados llamando a Mahoma para avisarle que la montaña està yendo a su encuentro porque el se olvidó de ir.  Volviendo al tema anterior, aunque creo que esto no es cierto, a veces mi pobre y desvencijada fe me dice que sì y que un cambio de nombres de calles va a sobrevenir, como esos que suelen hacer para quedar bien con pròceres olvidados, boxeadores o escritores ya muertos, a los congresistas o a quien corresponda se le tiene que ocurrir amigar estas calles.

Y como “Lo que mata es la humedad” y si no te mata por lo menos te deja solo porque tener en la ropa ese olor es para los que hace mucho que estàn solos y si lo tenès en el cuerpo es para los que van a seguir estando solos por los siglos de los siglos.  Entre toda esta elucubraciòn yo sigo con mucho tiempo disponible, tanto como para seguir jugando mientras camino por Mi Buenos Aires querido que de buenos no tiene mucho pero no lo podían nominar Aires regulares o Aires – 10.

Y viendo los nombres de las calles, se me ocurren algunas barbaridades/ genialidades:
A Camacuà la cambiarìa por el lecho del pato  
Yerbal, yerba para todos, Yerbal Amanda que la pude conseguir a $ 11,50 a pesar de los comerciantes o vivillos que me quieren hacer pagar un mate a valor dólar. A la altura de Flores, Yerbal cruza Culpina y cuando la veo pienso que es una culpa chiquita o tambièn y porque no, podrìa ser  la culpa de Pina.
Voy por Carabobo y siento que el pobre no podía zafar ni en un baile de disfraces
Oh casualidad, los virreyes estàn todos juntos Avilès, Olaguer y Feliù, Arredondo, Loreto y Del Pino y justo bien cerquita de La Pampa serà porque son los explortadores del yuyito sojero?
Obligado, el forzado
Que làstima que Cèspedes no se cruce con Rosales, ponìamos una linda fuente en esa esquina y seguro que era la mas Florida de Buenos Aires.
Con los años descubrí que era mejor que Doblas y Seguí nunca se cruzaran porque iba a ser mas difícil transitar por allì que salir de Parque Chas
Camargo que amargo!!! O dulce? O tal vez Saladillo?, no lo sè, me hice una ensalada que ya ni sè que camino tomar, Piedras?, no quisiera caerme, Planes? Cuales, los de mi futuro?, Terrada? No quiero que me digan que vivo en…, Cerrito? Uh, me da vèrtigo, Caballito? Es muy chiquito, Conesa? Le tengo miedo a la cara, Entre Rios? Pero si no sè nadar,  Larrea? No me quiero contagiar de sus costumbres, o si?
Mejor camino por Larrea que ahora que recuerdo està en el barrio de Doce, uy no, era Once llego a Bartolomè Mitre esquivando los puestos que me venden la soluciòn que me brinda San Expedito, y el camino justo me deja en la puerta del Colegio San Josè, entro y empiezo a jugar que soy una graciosa desvergonzada y ocurrente escritora como todos los miércoles desde hace un mes.
Me olvidaba, saben en que calle me gustarìa vivir? En la calle Alegrìa y esto no es un divague ni algo que se le parezca, la calle existe y serìa imposible estar con cara de amargado si podès vivir en ella.
ELOGIO DE LA OCIOSIDAD
                                                    Por Bertrand Russell


  
Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu
del refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios».
Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, 
 
y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar
intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han ex-
perimentado una revolución. Creo que se ha trabajado de-
masiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo
es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay
que predicar en los países industriales modernos es algo
completamente distinto de lo que siempre se ha predi-
cado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que
vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes
de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más pe-
rezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto
para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel
viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfru-
tan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para
promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero
que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes
de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una
campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si
es así, no habré vivido en vano.

   Antes de presentar mis propios argumentos en favor
de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.
Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para
vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo dia-
rio, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él
o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca
a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este ar-
gumento fuese válido, bastaría con que todos nos man-
tuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo
que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre
suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al
gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bo-
cas de los demás como les quita al ganar. El verdadero
malvado, desde este punto de vista, es el hombre que aho-
rra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como
el proverbial campesino francés, es obvio que no genera
empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos ob-
via, y se plantean diferentes casos.

    Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con
los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del
hecho de que el grueso del gasto público de la mayor par-
te de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deu-
das de guerras pasadas o en la preparación de guerras
futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se
halla en la misma situación que el malvado de Shakes-
peare que alquila asesinos. El resultado estricto de los há-
bitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas
armadas del estado al que presta sus economías. Resulta
evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun
cuando lo gastara en bebida o en juego.

    Pero—se me dirá—el caso es absolutamente distinto
cuando los ahorros se invierten en empresas industriales.
Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil,
se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie
negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto sig-
nifica que una gran cantidad de trabajo humano, que hu-
biera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser
disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas
que, una vez construidas, permanecen paradas y no be-
nefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus aho-
rros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás
tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero—digamos—
en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán—cabe es-
perarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos
con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el pana-
dero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta—di-
gamos—en tender rieles para tranvías en un lugar donde
los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un con-
siderable volumen de trabajo por caminos en los que no
dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca
por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima
de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre de-
rrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le
despreciará como persona alocada y frívola.

   Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con
toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está
haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el ca-
mino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una re-
ducción organizada de aquél.

   Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de tra-
bajo; la primera: modificar la disposición de la materia
en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con
otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo ha-
gan. La primera clase de trabajo es desagradable y está
mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.
La segunda clase es susceptible de extenderse indefini-
damente: no solamente están los que dan órdenes, sino
también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben
darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres
dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto
se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere
el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de
darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y
escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propa-
ganda.

   En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una ter-
cera clase de hambres, más respetada que cualquiera de
las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la
propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que
otros paguen por el privilegio de que les consienta existir
y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por
ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente,
su ociosidad solamente resulta posible gracias a la labo-
riosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad
es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo
último que podrían desear es que otros siguieran su ejem-
plo.

   Desde el comienzo de la civilización hasta la revolu-
ción industrial, un hombre podía, por lo general, produ-
cir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible
para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando
su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus
hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad
necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estric-
tamente necesario no se dejaba en manos de los que lo
producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los
sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;
los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían re-
servándose tanto como en otros tiempos, con el resultado
de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía per-
dura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución
industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras na-
poleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase
de los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sis-
tema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró
tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como
es natural, una huella profunda en los pensamientos y las
opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos
por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede
de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado
al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible
que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerroga-
t~va de clases privilegiadas poco numerosas, sino un de-
recho equitativamente repartido en toda la comunidad.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el
mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.

  Es evidente que, en las comunidades primitivas, los
campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entre-
gado el escaso excedente con que subsistían los guerreros
y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o
consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obli-
gaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente,
sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a
aceptar una ética según la cual era su deber trabajar in-
tensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener
a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la com-
pulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de go-
bierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve
por ciento de los asalariados británicos se sentirían real-
mente impresionados si se les dijera que el rey no debe
tener ingresos mayores que los de un trabajador. El con-
cepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio
utilizado por los poseedores del poder para inducir a los
demás a vivir para el interés de sus amos más que para
su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder
ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan
para creer que sus intereses son idénticos a los más gran-
des intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los
atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, emplea-
ban parte de su tiempo libre en hacer una contribución
permanente a la civilización, que hubiera sido imposible
bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esen-
cial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el tra-
bajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos.
Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera
bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica mo-
derna sería posible distribuir justamente el ocio, sin me-
noscabo para la civilización.

   La técnica moderna ha hecho posible reducir enor-
memente la cantidad de trabajo requerida para asegurar
lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evi-
dente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hom-
bres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos
los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en
hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno re-
lacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupa-
ciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de
bienestar físico entre los asalariados no especializados de
las naciones aliadas fue más alto que antes y que después.
La significación de este hecho fue encubierta por las fi-
nanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si
el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto,
desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La
guerra demostró de modo concluyente que la organización
científica de la producción permite mantener las pobla-
ciones modernas en un considerable bienestar con sólo
una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo
entero. Si la organización científica, que se había conce-
bido para liberar hombres que lucharan y fabricaran mu-
niciones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se
hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hu-
biera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo
caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obli-
gados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir
de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el tra-
bajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios
proporcionados a lo que ha producido, sino proporcio-
nados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.

   Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en cir-
constancias completamente distintas de aquellas en las
que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido
desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en
un momento determinado, cierto número de personas tra-
baja en la manufactura de alfileres. Trabajando—diga-
mos—ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el
mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual
el mismo número de personas puede hacer dos veces el
número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no
necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son
ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno
más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los
implicados en la fabricación de alfileres pasarían a tra-
bajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás con-
tinuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juz-
garía desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho
horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quie-
bran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados
en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin
trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro
plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente
ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando dema-
siado. De este modo, queda asegurado que el inevitable
tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar
de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imagi-
narse algo más insensato?

   La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre
siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra,
a principios del siglo x~x, la jornada normal de trabajo
de un hombre era de quince horas; los niños hacían la
misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabaja-
ban doce horas al día. Cuando los entremetidos apunta-
ron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les di-
jeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a
los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de
que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto,
fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con
gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído
a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fies-
tas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son me-
nos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de
gran parte de nuestra confusión económica.

   Consideremos por un momento francamente, sin su-
perstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, nece-
sariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen
del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que
podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagra-
dable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo
que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio
en lugar de producir artículos de consumo, como en el
caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar
a cambio de su manutención y alojamiento. En esta me-
dida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero sola-
mente en esta medida.

   No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades
modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun
esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aque-
llos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por
dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos
permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho
de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso
o que mueran de hambre.

   Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al
día, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por
supuesta cierta muy moderada cantidad de organización
sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están
convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen tra-
bajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; es-
tos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del
tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del
inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio
aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras
desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede
tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y
sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob
admiración por la inutilidad, que en una sociedad aris-
tocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocra-
cia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone
en situación más acorde con el sentido común.

    El sabio empleo del tiempo libre—hemos de admi-
tirlo—es un producto de la civilización y de la educación.
Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda
su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin
una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se
ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay
razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir
tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente
vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en can-
tidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

   En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia,
así como hay mucho muy diferente de la tradicional en-
señanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cam-
biado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes,
y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es
casi exactamente la misma que las clases gobernantes de
todo el mundo han predicado siempre a los llamados po-
bres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad
para trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas,
inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por
añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad
del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe
ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.

    La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos
puntos en común con la victoria de las feministas en al-
gunos otros países. Durante siglos, los hombres han ad-
mitido la superior santidad de las mujeres, y han conso-
lado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la san-
tidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas
decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras de
entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho
acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les
habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.
Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere
al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus merce-
narios han escrito en elogio del trabajo honrado, han ala-
bado la vida sencilla, han profesado una religión que en-
seña que es mucho más probable que vayan al cielo los
pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer
creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial
nobleza en modificar la situación de la materia en el es-
pacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a
las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su
esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas
acerca de la excelencia del trabajo manual han sido to-
madas en serio, con el resultado de que el trabajador ma-
nual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en
esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero
no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los
trabajadores de choque necesarios para tareas especiales.
El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes,
y es la base de toda enseñanza ética.

   En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para
bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera
el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy
escaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro
es necesario, y cabe suponer que reportará una gran re-
compensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto
en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin tra-
bajar largas horas?

    En Occidente tenemos varias maneras de tratar este
problema. No aspiramos a la justicia económica; de modo
que una gran proporción del producto total va a parar a
manos de una pequeña minoría de la población, muchos
de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por au-
sencia de todo control centralizado de la producción, fa-
bricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mante-
nemos ocioso un alto porcentaje de la población trabaja-
dora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo
trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos mé-
todos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra:
mandamos a un cierto número de personas a fabricar ex-
plosivos de alta potencia y a otro número determinado a
hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos
de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación
de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con
dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre
medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo
manual.

   En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al
control centralizado de la producción, el problema tiene
que resolverse de forma distinta. La solución racional se-
ría, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades
primarias y las comodidades elementales para todos, re-
ducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una
votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia
por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado
la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómo
pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que
haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más pro-
bable que encuentren continuamente nuevos proyectos en
nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacri-
ficarse a la productividad futura. Recientemente he leído
acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros ru-
sos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrio-
nales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo
largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero ca-
paz de posponer el bienestar proletario por toda una ge-
neración, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo
sería proclamada en los cam~?os helados y entre las tor-
mentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, será
el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso
como un fin en sí misma, más que como un medio para
alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no
fuera necesario.

   El hecho es que mover materia de un lado a otro, aún-
que en cierta medida es necesario para nuestra existencia,
no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida
humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cual-
quier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido lleva-
dos a conclusiones erradas en esta cuestión por dos cau-
sas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres,
que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, a
predicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen
cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra
es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitar-
nos en los cambios asombrosamente inteligentes que po-
demos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de
esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad
trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor
parte de su vida, no es probable que os responda: «Me
agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy
dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hom-
bre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre
puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo
exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor
posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la ma-
ñana y puedo volver a la labor de la que procede mi con-
tento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.

   Consideran el trabajo como debe ser considerado, como
un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual
fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus
horas de ocio.

    Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es
agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si
solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En
la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es
una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
cierto en ningún período anterior. Antes había una ca-
pacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto
ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre
moderno piensa que todo debería hacerse por alguna ra-
zón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas se-
rias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir
al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero
todo el trabajo necesario para construir un cine es res-
petable, porque es trabajo y porque produce beneficios
económicos. La noción de que las actividades deseables
son aquellas que producen beneficio económico lo ha
puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de
carne y el panadero que os provee de pan son merecedores
de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vo-
sotros disfrutáis del alimento que ellos os han suminis-
trado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis
tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En
un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno
y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos as-
pectos de una misma transacción, esto es absurdo; del
mismo modo podríamos sostener que las llaves son bue-
nas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cual-
quiera que sea el mérito que pueda haber en la producción
de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que
se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra so-
ciedad' trabaja por un beneficio, pero el propósito social
de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

   Este divorcio entre los propósitos individuales y los socia-
les respecto de la producción es lo que hace que a los hom-
bres les resulte tan difícil pensar con claridad en un
mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo
de la industria. Pensamos demasiado en la producción y
demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de
ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a
la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el
placer que da al consumidor.

    Cuando propongo que las horas de trabajo sean re-
ducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo res-
tante deba necesariamente malgastarse en puras frivoli-
dades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día
deberían dar derecho a un hombre a los artículos de pri-
mera necesidad y a las comodidades elementales en la
vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para
emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esen-
cial de cualquier sistema social de tal especie el que la
educación vaya más allá del punto que generalmente al-
canza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar
aficiones que capaciten al hombre para usar con inteli-
gencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la
clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las
danzas campesinas han muerto, excepto en remotas re-
giones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que
se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza
humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han lle-
gado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar
partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.
Ello resulta del hecho de que sus energías activas se con-
sumen completamente en el trabajo; si tuvieran más
tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que
hubieran de tomar parte activa.

    En el pasado, había una reducida clase ociosa y una
más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfru--
taba de ventajas que no se fundaban en la justicia social;
esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus sim-
patías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus
privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mé-
rito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a
casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,
descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las fi-
losofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación
de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde
arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese
salido de la barbarie.

    El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obliga-
ciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No
se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase
a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcio-
nalmente inteligente. Esta clase podía producir un Dar-
win, pero contra él habrían de señalarse decenas de mi-
llares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada
más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los
cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las uni-
versidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo
que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como
un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero
tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en
definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las
personas que viven en un ambiente académico tienden a
desconocer las preocupaciones y los problemas de los
hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus me-
dios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opi-
niones de la influencia que debieran tener sobre el público
en general. Otra desventaja es que en las universidades
los estudios están organizados, y es probable que el hom-
bre al que se le ocurre alguna línea de investigación ori-
ginal se sienta desanimado. Las instituciones académicas,
por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados
de los intereses de la civilización en un mundo donde to-
dos los que quedan fuera de sus muros están demasiado
ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

    En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más
de cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad cien-
tífica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin
morirse de hambre, no importa lo maravillosos que pue-
dan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
forzados a llamar la atención por medio de sensacionales
chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia
económica que se necesita para las obras monumentales,
y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, ha-
brán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que
en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto
de la economía o de la administración, será capaz de de-
sarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que
suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los
economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo
de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por
métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud,
y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el in-
tervalo.

    Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar
de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exi-
gido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no
para producir agotamiento. Puesto que los hombres no
estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sola-
mente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que
al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le
consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés
público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para
ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no
habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas
por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos
excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los
hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad
de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos
inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con
suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte
por la razón que antecede y en parte porque supone un
largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de
todas las cualidades morales, la que más necesita el
mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tran-
quilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.
I.os métodos de producción modernos nos han dado la
posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos
elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y
la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan acti-
vos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en
esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para se-
guir siendo necios para siempre. (*)

(*) Fuente: Bertrand Russell, Elogio de la Ociosidad. Ed. Edasa, Barcelona, 1986.




 Y a continuación, el cuento de Woody que cuenta con el truco del mago (que reaparece en "Hisorias de NY" y "Scoop") y una patadita de respuesta a Philip Roth que lo tachó de antisemita
El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de Humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. El también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.
“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es – por supuesto – razón suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas “operativos” que tengo. ¿Entiende lo que le digo?
Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón.
“Tengo que buscarme otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affaire. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance.
Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el “21″ e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’
El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.
“Debo tener una relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara”
“Sr. Kugelmass – ”
“Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes …”
“Sr. Kugelmass – ”
“Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba “Opciones”. Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.
“Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.
“Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso fin a su terapia.
Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche.
“Yo atiendo”, dijo Kugelmass. “Aló”.
¨Kugelmass?, se oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.
“¿Quién?”
“Persky, ¿o debería decir “El Gran Persky?”
¿Perdón?
“He sabido que anda en búsqueda de un mago que le de una nota exótica a su vida. ¿No es así?”
“­Chis!, susurró Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”
Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de apartamentos situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre. Voy a lamentarlo, pensó para sí.
Segundos después, era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa.
¿Usted es Persky, el Grande?, dijo Kugelmass.
“El Gran Persky. ¿Quiere una tasa de té?
“No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.
“Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.

Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia.
“Persky”, ¿qué se trae entre manos?, preguntó Kugelmass.
“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble”.
“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así?
¿Usted ve alguna espada?
Kugelmass puso cara de circunstancia y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.
“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.
Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.
“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante.
“Persky, ¿Usted está enfermo?
“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó Persky.
Kugelmass mantuvo su escepticismo. ¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito?
“Por apenas 20 dólares”.
Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”, dijo.
Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¨Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”
“A una francesa. Quiero tener un affaire con una amante francesa”
“¿Nana?”
“No quiero tener que pagar por ello”.
¿Qué le parece Natacha de La Guerra y la Paz
“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.
“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto”.
Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert.
“¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario.
“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.
Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él, se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella.
Emma se volteó sorprendida. “Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto español como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.
Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él, a quien ella se había dirigido, respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo … ¡no puedo creerlo!
Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?
Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.
“Sí, un poco de vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco”.
“Charles estará fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.
Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto un traje como ese. Es tan … tan moderno”.
“Lo llaman traje casual”, le explicó Kugelmass con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.
“Eso espero”, le dijo Emma.
Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.
Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.
“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.
“Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la Avenida Lexington. Pero, ¿cuando puedo volver a viajar? ¿Mañana?
“Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.
“Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch”.
Kugelmass tomó un taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado cuenta era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país le estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100?”. ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary? Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: Dios mío, las cosas que se le ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la marihuana y de la coca.
Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde estabas metido?”, preguntó molesta. “Son las cuatro y media”.
“Había mucho tráfico en la calle”, se excusó Kugelmass.
Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. ¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien le rasparon español en primer año”.
Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe”,
“¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?”
“¿Ganarle?”. El pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.
“¿Y su esposo no sospecha nada?”
“El no sabe ni donde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno, … nos vemos luego”.
Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. ¿Cómo te va, mi adorada?, le dijo a Emma.
¡Oh, Kugelmass!, susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.
“No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación.
De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven francesa.
“Dime algo sobre O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien.
“¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de fútbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.
“¿Y qué me dices de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar”.
“Antes que nada debes recibir una nominación”.
“Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado ….”.
“Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky”.
Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.
“Déjeme pensarlo”, le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se les vino a la cabeza ninguna.
gingko
“¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”
“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema”.
“Has estado muy raro en los últimos tiempos”, comentó Dafne. “Distante. Tu no te olvidas del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no?
“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño.
“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.
“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo.
A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.
“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”, dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está . ¡Es maravilloso!
En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.
“Esos pantalones son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Lucirás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso”.
“Nunca había estado tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical “Chorus Line”, visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. “¿Están presentando alguna de sus películas?”
“No puedo entender lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo”.
gingko

Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con respecto a Yonville.
En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.
“Este …”, dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está funcionando mal”, masculló.
“Persky, estás bromeando”, gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.
“Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma?
“Sí”.
Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza.
“Todavía estoy aquí, Persky”.
“Ya lo sé, querida. No te muevas”.
“Persky, tenemos que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos, sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.
“No puedo entender lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.
Sin embargo, no pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.
Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema.
“¿Cómo te fue en el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.
“Muy bien, muy bien”, le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarrillo.
“¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso”.
“¿Yo?” ­Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.
“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me extrañará”.
“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche.
“Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.
gingko

Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día”.
“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”, le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel”.
“Ayer conocí a un productor de Off Broadway en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando”, dijo Emma.
“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.
“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jeff … algo y es candidato a un premio Tony”.
Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad.
“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse de las coronarias”.
“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?”
“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”, Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.
“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass. “Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.
“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”, masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.
“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.
“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un psicoanalista”.
El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo, pensó; de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida … Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas.
En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído.
“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé el defecto que tenía el mueble”.
El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. ¿Está hablando en serio?, le dijo ¿Logró arreglarlo?”
“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar?
“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto.
Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.
“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.
Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.
“Está bien, Kugelmass’’, ¿adónde quiere ir ahora?
“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted ha leído el libro La Denuncia de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?
“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”.
“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está funcionando bien?”
“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”.
“Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.
Persky lanzó al interior un ejemplar de “La Denuncia de Portnoy” y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardiaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.
Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. El no había ido a parar al libro “El lamento de Portnoy” ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado “Curso básico de Español” y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.
a modo de despedida, porque se trata de una alumna a la que despedí después de ver esto, les comparto una producción de Ana María...
Guía práctica para la ejecución de Tareas Tediosas (no estoy tartamudeando)
Diez ítems que lo ayudarán en la resolución de las mismas.

·        Deje para mañana lo que pueda hacer hoy, para pasado lo que pueda hacer mañana y así sucesivamente.

·        Tome conocimiento de la tarea en cuestión. Analice los pasos a seguir para realizarla y planifique, planifique, planifique..., hasta que otro la haga por Ud.


·        Si la tarea pertenece al orden “reparación” cerciórese de no tener ni las herramientas ni los repuestos necesarios para ello. Luego vaya en busca de los mismos por innumerable cantidad de veces. Procure al hacerlo olvidar en el camino para que se había puesto en marcha. Truco: achaque su olvido a ese alemán tan en boga hoy en día (Al Zheimer).

·        Asuma la tarea con dignidad pero tratando de no mezclarse con la “ejecutividad”.


·        Si la tarea es administrativa asuma el papel de asesor y obsequie a los potenciales solicitantes de la misma, la tarjeta de presentación del Licenciado Montoto. En caso de perseverancia de la parte requirente excúsese yendo al baño y escape por la puerta trasera.

·        Las tareas tediosas, como su adjetivo lo indica, son tediosas por lo tanto trate de romper esa monotonía escuchando buena música y nada más,  hasta que la tarea en cuestión alcance por sí misma un nivel óptimo de diversión. Si esto no sucede atribuya la impracticabilidad de la misma al capricho del destino.

·        Una tarea no deseada es nada más ni nada menos que eso: no deseada; por lo tanto no se haga cargo o abórtela.

·        Recuerde  que las tareas que nadie quiere hacer deben ser hechas  por Nadie. Sea buen ciudadano y no interfiera con los derechos de Nadie, dejándolo hacer a su antojo.


·        Tenga en cuenta que una tarea tediosa suele ser eludida por muchos así que sea Ud. uno más.

·        Y por último, si la lectura de este instructivo le resulta tediosa, no lo lea.

2 comentarios:

  1. Anónimo7:03 p.m.

    la que se baña en bolas entre las olas es Nati, es decir la madre de tu hijo?? se parece bastante (de cara, me apresuro a aclarar...)

    ResponderEliminar
  2. Anónimo3:26 p.m.

    "Cortita y al pie" es una contradictio ad terminis

    ResponderEliminar

la peor opinión es el silencio, salvo...