miércoles

Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer con tal de que no la ame (Wilde): se puede escribir un muy feliz ensayo sobre Wilde o Shaw...siempre y cuando no se los ame



“Un ensayo rebatible y sin respaldo”
Un ENSAYO acerca de un ERROR: el error de tener a Oscar Wilde y a Bernard Shaw por menos ingeniosos irlandeses con un aire de familia


               

Oscar Wilde y Bernard Shaw, una comparación extraliteraria que prueba que no se parecen tanto como parece

La fabricación de la inocencia y la manufactura de la rebelión
 Estamos en el tercer milenio y Buenos Aires es una de las pocas capitales del mundo donde se puede entrar a una librería en las horas imaginativas de la noche.
Entro y pregunto por alguna de las prolíficas y mundialmente célebres obras del premio Nobel Bernard Shaw. Lo único que tienen es “Santa Juana”, aquella pieza de teatro que narra sin demonización ni canonización, su supuesta locura, la falta de resolución de la clase dirigente francesa que permite su avance y el final por medio del fuego de su no menos ardiente fuego…
Decido llevar el libro. El vendedor me pregunta: - ¿Cuál era? ¿”Santa Marta”?
Aclaro que “Santa Marta” es el nombre de una localidad famosa por una canción que dice “Santa Marta, Santa Marta tiene tren/Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía. Si no fuera, si no fuera por el tren, ay caramba/Santa Marta, Santa Marta moriría, ay caramba”.
Que el vendedor haya acercado lo desconocido a lo conocido asociando” Santa Juana” con “Santa Marta”, demuestra el nivel de instrucción de los libreros. Como señalé, en Buenos Aires se puede entrar a una librería a cualquier hora; ahora bien, ser idóneamente asesorado o toparse con un vendedor que sepa leer, esa ya es otra historia.
Y ¿por qué el verdulero tiene que comer verdura? ¿Acaso el sepulturero tiene que ser un fantasma?
Sin embargo si al mismo librero le preguntamos por “El fantasma de Canterville” (título que fue homenajeado por el grupo de rock nacional “Sui Generis”, claro que nuestro librero tiende a las asociaciones con cumbias) sabrá que nos referimos a una obra del muy snob Oscar Wilde que lo hubiera despreciado mucho mas que nosotros por su falta básica de instrucción.
Oscar Wilde es popular y Bernard Shaw no sólo no lo es, sino que es muy difícil conseguir actualmente sus libros, que dejaron de editarse (pero si dejaran de editarse los libros de Oscar Wilde, la gente aún lo recordaría)
Hay muchos parecidos superficiales entre Wilde y Shaw: ambos provenían de Irlanda (más precisamente, Dublin), ambos utilizaron el humor ingenioso, la paradoja, el aforismo sarcástico y la parodia de las costumbres inglesas para triunfar como dramaturgos en Londres. Ambos estaban a favor del socialismo – esto ultimo no es una afinidad casual sino la influencia directa de una conferencia de Shaw sobre Wilde la cual motivó el ensayo de Wilde “El alma del hombre bajo el socialismo”. Ambos consideraban la voz de la juventud como la más apta y denostaban a sus adversarios con el adjetivo de “viejo” utilizado en un sentido peyorativamente descalificador.
Una sensación psicológica nos lleva al prejuicio de pensar que Wilde era mas joven que Shaw.
Todo depende de si pensamos que la edad esta marcada por el nacimiento o por la muerte. Wilde nació nueve años después de Shaw, se destacó mucho antes que él y murió cincuenta y nueves años antes. Pero otro parámetro seria el antes aludido:la obra de Shaw murió antes en la preferencia del público masivo.
Sin embargo el tema de la edad de los escritores parece estar más afincado en sus respectivas máscaras o poses para impresionar en sociedad. La impostura de Bernard Shaw es una máscara labrada con la actitud de indignación moral de un viejo cascarrabias.
Fue ese el espíritu que lo animó y su predisposición fundamental desde los veintisiete años, edad en la que habiendo fracasado ya con cinco novelas decide dedicarse a la critica musical y adoptar un estilo más impertinente. La audacia escrita suele ser un mecanismo de compensación de la timidez urbana (por ejemplo el entonces tímido Fernando Savater tuvo que reseñar el tratado del eminente Dr. Ferrater Mora titulado: “La nueva marcha de la filosofía” y tituló su burlón análisis con el irrespetuoso y atrevido nombre de “Filosofía de embriague”).
 La máscara de Oscar Wilde, quien no era menos tímido que Shaw, es en cambio una segunda piel convincentemente tejida con lana de incorruptible inocencia infantil. La edad de la máscara de Shaw podría fijarse en setenta años, la de Wilde en diecisiete.
Otro punto de contacto es su admiración por la figura de Jesucristo. Wilde lo ve como el primer romántico y Shaw como al evangelista de una vida más abundante en, respectivamente, el “De profundis” y el prólogo a “Androcles y el león”.
Cabe hacer la salvedad de que Wilde empezó a admirar a Jesucristo estando preso, con lo cual su admiración tiene algo de indisimulado narcisismo ya que se sentía injustamente condenado. Antes de la cárcel Wilde se burlaba de Jesucristo en momentos en los que el Salvador arruinaba el negocio de pedir limosna de un leproso al curarlo y convertirlo en un inútil completo en vez de un malogrado bienintencionado.
Pero Wilde siempre tuvo en su ropaje verbal, así como permanentes evocaciones a la antigua Grecia, un culto a lo poético de la imaginería del cristianismo y a su vívido patetismo expresivo. En “El crítico como artista” para decir que los biógrafos denigran a los biógrafiados dice que quien escribe la biografía de un gran hombre suele ser uno de sus discípulos pero no cualquiera: Judas (en "El alma del hombre bajo el socialismo" concede que el rico y el pobre son hermanos, pero el rico se llama Caín).
La diferencia más crucial entre Wilde y Shaw es que mientras Wilde es tan romántico como el personaje Werther de Goethe, Shaw es como Goethe alguien que hubiera escrito, en caso de tenerlo, para sacárselo de encima, un relato irracionalmente enamoradizo porque anhelaba liberarse de las sensibilerías demagógicas de los melodramas cursis y efectistas y ser indolentemente impasible ante los golpes emocionales con los que suelen aporrearnos en una discusión.
Hay dos clases de golpes emocionales endiabladamente persuasivos: los agradables y los desagradables.
Los desagradables son por ejemplo si nos preguntan si estaríamos a favor del aborto en el caso de una familia muy pobre, con un padre borracho y golpeador, seis hermanos, etcétera. Cuando decimos que en ese caso hubiera sido aconsejable la anticoncepción nos enteramos que estamos abortando a Bach y somos asesinos confesos y enemigos del gran arte. Y ante lo desagradable de privar al mundo de la música de Bach, sin el cual Leo Masliah sería menos apolíneo, se suspende todo proceso razonador. Otro tanto sucede con los tantísimos argumentum ad hitlerus que es una categoría de argumentación consistente en recurrir a Hitler como refutación por excelencia para estar en contra del vegetarianismo o a favor de la pena de muerte o en contra de la democracia.
Bernard Shaw escribió una serie de obras tituladas “COMEDIAS DESAGRADABLES” para curarnos de esa aversión a seguir pensando algo cuando las imágenes que nos sugieren son incómodas. Pero la otra clase de recurso irracional por medio de prodigar intenso placer es algo de lo que Wilde se ha valido en su obra, sin excepciones.
Habiendo declarado ya que Wilde era romántico y antirracionalista y Shaw racionalista y antirromántico corresponde efectuar algunas aclaraciones ulteriores: en primer lugar, el motivo por el cual la obra de Shaw es más impopular que la de Wilde no es el motivo que se podría esperar, no es el de que es menos sentimental y choca violentamente con nuestras creencias impulsivas.
El motivo verdadero por el cual la obra de Shaw no goza de una difusión tan extendida como la de Wilde es que la máscara de Shaw lo arrastraba a lo que podríamos llamar la incontenible y exhaustiva pasión racionalista.
Shaw, desde sus razonados motivos, podía ser infinitamente más dulce que Wilde (de hecho a Shaw “La importancia de llamarse Ernesto” le pareció una comedia sin corazón, a diferencia de las anteriores de Wilde en las que "un dieciochesco espíritu caballeresco irlandés conferían generosidad y bravura a unas risas que sin esto resultan siniestras y destructoras").Pero lo que todo argumento racional no puede ser es carente de la necesidad de autoexplicarse. Wilde podía tener la dictatorial concisión de un epigrama porque hacía un culto a la romántica idea de genio artístico y consideraba indigno de leer sus obras a aquél que requiriera las explicaciones.
Shaw no nos ahorra ninguna aclaración y jamás nos impone una ingeniosa ambigüedad porque desde un culto al sabio de la tribu o al viejo experimentado ambicionaba ser inequívocamente entendido por todos.
Resulta irónico que Wilde que se creía un genio dirigido sólo a una elite de refinados exégetas goce hoy de una multitudinaria cantidad de lectores y que Shaw que socráticamente sabía que no era ningún genio y que por lo tanto cualquiera podía llegar a lo que él llegó, porque él era un cualquiera, sufra hoy de una lamentable escasez de lectores.
Las razones pueden ser también que ante el lema de instruir deleitando, a Wilde le importara más deleitar y a Shaw instruir.
Hay un componente de voluptuosa sensualidad en Wilde por completo ausente en Shaw, por propia voluntad (o de origen involuntario pero autoafirmado). Esto también se puede esquematizar diciendo que Shaw privilegió la ética y Wilde la estética.
El prólogo a “El retrato de Dorian Gray” declara que no existe el bien y el mal en la esfera de una novela. Todos los prólogos de Shaw son el exacto reverso de esa aseveración y casi se podría concluir que la razón de ser de las obras de Shaw es precisamente la demostración panfletaria y apologética de ciertos heroísmos tanto históricos como cotidianos.
Wilde escribía para entretener y decía “Los que quieren cambiar el mundo son insoportables pero se vuelven encantadores en cuanto el mundo los cambia” mientras que Bernard Shaw era lo suficientemente poco razonable como para querer cambiar al mundo después de decir, “El hombre razonable se adapta al mundo. El hombre irrazonable pretende que el mundo se adapte a él. Por lo tanto todo progreso proviene del hombre irrazonable”.
A Wilde le interesaba lucirse, figurar, adquirir renombre, diciendo “sólo hay algo peor que hablen mal de uno y es que no hablen de uno en absoluto”. Shaw escribió: “La única tragedia verdadera en la vida es no ser utilizado para una finalidad que uno reconoce que es grandiosa, el quedar extenuado antes de ser arrojado al montón de chatarra, la verdadera tragedia es limitarse a ser un febril y egoísta bulto de dolencias y agravios que se queja de que el mundo no se consagra a hacerlo feliz. La única tragedia verdadera en la vida es también la de utilizado por hombres que no piensan más que en sí mismos, para finalidades que uno ve que son viles. Todo lo demás es, en el peor de los casos, pura mala suerte o mortalidad; sólo esto es desgracia, esclavitud e infierno en la tierra”. La palabra “egoísmo” es un valor en Wilde y una tragedia según Shaw. Claro que el estilo de Wilde es de subvertir conceptualmente los términos. De manera que no en toda su obra la palabra “egoísmo” es algo malo. Por ejemplo cuando Wilde dice “llamamos experiencia a nuestros errores” queda claro que el vocablo “errores” se refiere a algo negativo. Pero cuando dice “Hoy la gente vive prudentemente hasta llegar a morir de una suerte de sentido común progresivo sólo para descubrir cuando ya es demasiado tarde que lo único de lo que nadie se arrepiente nunca es de sus errores”, la palabra “errores” se vuelve virtuosa.
Un crítico de Shaw, Eric Bentley, lo describe en su vejez como un hombre triste ya que habiendo puesto azúcar al público para dorarles la píldora, el público se había comido el azúcar dejando la píldora y lo aclamó.
Bernard Shaw en ese sentido tuvo el éxito que perseguía  Oscar Wilde.
Oscar Wilde subordinaba toda moral al efecto estético.
Bernard Shaw hacía lo contrario, minuciosamente.
El azúcar que Bernard Shaw ponía para aligerar su pesada propaganda ideológica, Oscar Wilde lo buscaba y con tal de conseguirlo adoptaba cualquier ideología.
Bernard Shaw se enojó con la versión musical de “My fair lady” porque el final feliz arruinaba todo su mensaje. Pero estéticamente al final feliz se imponía no por romanticismo sino por sentido aristotélico de principio, desarrollo y final. El publico premio a los reformuladotes y adaptadores de Shaw, lo cual felizmente no se extendió a “Romeo y Julieta” ni que yo sepa a otras obras, con la posible excepción de la forzada resurrección de Sherlock Holmes.
Bernard Shaw cerró la posibilidad de negociar con un alto director de la Metro Goldwin Meyer diciendo: -Nunca llegaremos a un acuerdo a usted le interesa demasiado el arte y a mí me interesa demasiado el dinero.
El esteticismo era un credo hecho carne en Oscar Wilde. Su lema era: “Cualquier persona vulgar puede tener lo necesario, a mi denme lo superfluo” y prefería pasar hambre con tal de tener su diario clavel en el ojal.
Esta actitud de sobreponer la interior insolencia natural que nos hace sentirnos soberanos por encima de la miseria exterior material que nos indicaría cómo debemos sentirnos resulta muy atrayente en especial para cuando estamos inmensos en una situación de indigencia. En este sentido podemos emparentar a Wilde con la figura de Jesucristo y mas adelante abordaremos un  contraste analítico mas completo. Si uno es pobre tanto el mensaje de Jesucristo como el de Wilde enaltecen. Pero ¿qué pasa si uno es rico? Wilde siempre va a ceder a la tentación de darnos lo contrario de lo que el sentido común diría. Jesucristo se opone a los que priorizan la riqueza material por encima de la espiritual y está a favor del derroche material en aras de un enriquecimiento espiritual (recordemos cuando una mujer le tira un costoso ungüento en la cabeza y él la bendice para perplejidad de sus discípulos).
Wilde a lo que se opone es a lo que hay. Si es tan pobre como solo un irlandés puede serlo actuará con dandysmo. Pero si está rodeado de champagne y caviar hablará de la falta de espíritu artístico. Esto es lo que siempre seduce de su discurso: que parece revelarnos un trasfondo desconocido y simétricamente opuesto. Wilde nos sugiere un completud misteriosa en todas las cosas mediante el recurso de ver lo bueno en lo malo y lo malo en lo bueno. Su discurso es el discurso de la seducción, el discurso especializado en desconcertar gratamente para atraer, el discurso que aspira a sembrar incertidumbre.
Mas adelante hablaremos de la “matemática de la Tierra” que tiene Moisés en comparación con algo mucho menos lógico, que ejerce Jesucristo. Pero Oscar Wilde es aún  más alucinatorio.
Para Bernard Shaw no es artístico rodearse de cosas superfluas, porque su idea del arte es lo contrario: el arte viene a corregir el rumbo de nuestro caprichoso pensamiento que siempre se detiene en lo superfluo. El concepto de la función del arte según Bernard Shaw se parece a la frase del poeta ingles John Donne que dice: “Nadie viaja dormido en la carroza que lo lleva de la cárcel a la horca. Y sin embargo vive el hombre dormido desde la cuna a la sepultura. La gran misión del arte es despertar al hombre dormido”.
El concepto de función del arte según Oscar Wilde se parece a la frase que Kipling  pone en boca del productor teatral de Shakespeare: “El público  paga su penique para divertirse, no para aprender”.
Advertimos entonces por la disparidad de criterios artísticos que Wilde tenía a su favor el doble de material transmutable en arte que Shaw, ya que Shaw solo se permitía hacer un chiste si de lo que el público se reía era de algo moral.
Wilde podía ridiculizar todo  y además no necesitaba tener fundamentos para decir algo. Su credo era el esteticismo, la pura forma, lo anticientífico por excelencia, lo irrefutable, Wilde podía decir que Shakespeare era genial y vulgar y sus dos juicios sobrevivirían  porque lo único que importaba era el como lo dijo, y ese cómo no siempre implica belleza, pero si seducción. Cuando Wilde no utiliza la seducción de la belleza, utiliza la seducción de lo inesperado.
Para Bernard Shaw lo funcional y lo estético no están reñidos; el arte es altamente funcional ya que en cierto sentido es más visionario que la ciencia. En “El dilema del doctor” Bernard Shaw critica a la ciencia medica de su tiempo por anticientífica. Pero Shaw no era como Zola un creyente en la cientificidad del arte, sino mas bien como Karl Popper un metacientífico. Wilde creía que al mundo le faltaba imaginación y variedad, creía que la naturaleza era monótona y el cerebro humano siniestramente semejante a un autómata. Shaw creía que el origen de la estupidez de la ignorancia humanas era precisamente el exceso de imaginación y variedad aplicado a determinadas verdades indigeribles pero reales. Para Wilde lo imaginado no es menos real que lo vivido. Dice que la música puede hacernos sentir una pena por pecados que nunca hemos cometido y revelarnos un pasado que desconocemos y sin embargo es real.
La dicotomía entre realidad e imaginación y en esto Wilde era un adelantado, es un error de planteo, porque la imaginación es la vista y la realidad es el pasaje. Si yo no tengo el mínimo de imaginación para concebir la realidad, no voy a ser capaz de ver la realidad no a causa de mi exceso de imaginación sino en razón de mi falta de imaginación. La imaginación es nuestra inevitable mediación para percibir la realidad.
Darwin no tuvo menos imaginación  que Disney para llegar a poder concebir su teoría de la evolución de las especies.
De hecho es más imaginativo llegar a la idea de que el ser humano es resultado de un progresivo desarrollo de especies que a la vista no podrían ser más diferentes, que llegar a la idea de que Mickey Mouse toca piano. En realidad el movimiento de la imaginación es el mismo: vincular el ser humano a un animal irrisorio. Darwin  efectúa ese ejercicio de imaginación, se pone a investigar y lo traduce en conocimiento, Disney en fantasía. La imaginación  precede al conocimiento, la imaginación es como apostar a que va a salir un seis si tiramos los dados. Si sale seis la imagen que tuvimos recibe el nombre de “saber” y sino de “ficción”.
Einstein dijo “Dios no juega a los dados” y “La imaginación es más importante que el conocimiento”. Estas dos frases sugieren  un significado  muy profundo porque Einstein es muy prestigioso y las frases muy concisas, pero son en esencia lo mismo que decir “nada es casual", cosa que es mentira, una mentira que quizás ayudó a Einstein que era determinista a tener una fe ciega en encontrar sentido a todo y la frase “La imaginación  es mas importante que el conocimiento” es como decir “ el numero uno es mas importante que el numero dos” una vez que descubrimos que la imaginación es lo primero en nuestro subjetivo proceso de entendimiento. Salvo que esté mal traducida y la palabra “imaginación” signifique “ver otra cosa” y la frase sea una defensa de la rebeldía, es decir “cuestionar es mas importante que entender”. Y lo cierto es que si Einstein solo hubiera querido entender a Newton, no hubiera producido nada (la ironía quiso que el gran matemático Poincaré le mencionara el principio del principio de la relatividad durante una discusión en calidad de reducción al absurdo) . Otra frase de Einstein  dice “lo más incomprensible del universo es que sea comprensible”. Esa frase podría pertenecer a Wilde o a Shaw. A Wilde por la estructura simétrica en la formulación y a Shaw porque tenía una explicación para todo o al menos creía que todo tenía una explicación-
Volveremos a Einstein al referirnos a como el precio de perdurar en el panteón de la fama es ser despojado de contenido. Para despedirnos de él recordemos otras frases. Le preguntan cuál considera el que es el sentido de la vida y responde que aquel que se vea en la pusilánime necesidad de preguntarse si la vida tiene sentido, no merece vivir. Otra frase suya sostiene que la sensación mas grandiosa de la vida es experimentar la sensación de misterio.
Hay una teoría esbozada por Oscar Wilde que afirma que una persona contiene en si a cada instante todo su pasado y todo su futuro. Es como suele ser todo lo que dice Wilde, una teoría falsa pero seductora. Si la aplicamos a Einstein vemos que el espíritu de contradicción que interrelativiza siempre estuvo allí: “nadie puede albergar duda alguna o no merece vivir”, después “¿qué es lo mejor de la vida? la sensación de misterio". Otras contradicciones aparentes son el nombre de su primer boceto para la Teoría de la Relatividad, que era Teoría de lo Absoluto Inmutable. ¿Qué es lo que es inmutable? El hecho de que todo es relativo porque depende de la perspectiva.
Una última paradoja es su antimilitarismo. Einstein  dijo que a los militares les fue concedido  el cerebro por error, ya que marchar alcanza con la médula espinal.
Lo tajante e imperativo de la formulación de esta opinión hace que parezca expresada no por un científico, sino por un sargento.
Es interesante recordar a Einstein porque tiene búsquedas que lo acercan a Shaw y expresiones de esas búsquedas que lo acercan a Wilde (Chesterton en su biografía de Shaw caracteriza a los irlandeses como feroces en el escepticismo: destaca que Wilde aún predicando el hedonismo más laxo formula su prescripción con mordacidad nada relajada).
En un prologo a alguna obra de Oscar Wilde, Borges se pregunta qué epigrama le hubiera inspirado el Ullyses de Joyce. Seguramente algo similar a lo que dijo Virginia Woolf: “El Ulises es la mas gloriosa derrota literaria en lengua inglesa”. Lo cierto es que ante muchos fenómenos que detestamos nos gustaría tener uno de esos lapidarios aforismos de Wilde, pero no menos cierto es que el nombre de Wilde no hubiera llegado a nosotros de no ser por su prematura muerte ocasionada por el ostracismo y la falta de reconocimiento a los que se lo condenó. Como dijo Shaw: “La naturaleza humana siempre rinde culto a aquellos a quienes primero hizo sufrir horriblemente y si se probara que la crucifixión es un mito y que Jesús murió de vejez y a cubierto de toda necesidad, el cristianismo perdería el noventa y nueve por ciento de sus devotos.”.
 Lo que si conocemos es lo que Shaw dijo de Einstein. Es muy interesante que Shaw fuera el único de su tiempo en oponerse de entrada a Hitler y no porque tuviera algo a favor de los judíos sino porque Einstein se tuvo que ir de Alemania. Es curioso porque Hitler había rechazado el interesarse por la teoría de Einstein  y que sus científicos le dieran crédito ya que se trataba de “ideas judías”. Es curioso que no habiendo ningún rasgo nacional en idea científica alguna, Einstein se convirtiera en abanderado del judaísmo obedeciendo a una descripción irracional de Hitler. No hay nada en la teoría de la relatividad intrínsecamente judío, es más, la historia del pensamiento judío es la búsqueda de cierta monocausalidad que fuera un correlato científico del monoteísmo religioso. Pero como el propio Einstein dijo: “Partir el átomo no es tan difícil como partir el prejuicio” y fue gracias a que los nazis no fueron desprejuiciados  el que no llegaran antes a tener la tecnología de la bomba atómica.
Paulo Freyre el educador explico en Pedagogía del odio cómo el peón que fue maltratado por el patrón, aprende a maltratar y retransmite ese discurso que sufrió en carne propia ni bien puede.
Los nazis hicieron caricaturas de los judíos mostrándolos con una nariz ganchuda y una prominente panza símbolo de avidez. Esto además de ser malicioso es algo ingenuo, porque cualquiera podía ver que los judíos no obedecían visiblemente a esa descripción. Una vez finalizada la Segunda Guerra los judíos supieron que el ideólogo de la llamada "Solución final”, el autor intelectual de los campos de exterminio vivió en Argentina y decidieron capturarlo. Y los agentes secretos israelíes se sorprendieron enormemente de que este  asesino de seis millones de personas no fuera visiblemente satánico. Parecía un hombre normal.
El mismo prejuicio que habían tenido los nazis, lo tenían ahora los judíos, la visibilidad de la excecrabilidad.
Y Einstein asumió el judaísmo de sus ideas así como hoy en Israel muchas personas quieren prohibir la música de Wagner que era un autor que le gustaba a Hitler y con esa prohibición están cayendo en el error de Hitler de ver algo intrínsecamente germánico e ideológico en sus óperas.
Oscar Wilde hasta hubiera defendido la posibilidad de que escuchemos las óperas que hubiera compuesto Hitler, si Hitler se hubiera creído músico en vez de pintor, porque el esteticismo considera perfectamente disociable un discurso de su ideología. Es decir, Oscar Wilde hubiera juzgado a Hitler estéticamente y si una frase de Hitler estaba formulada admirablemente, Wilde no hubiera puesto reparos a que la humanidad no se viera privada de esa frase y del placer estético que podía ocasionar. Una frase estéticamente admirable de Hitler es por ejemplo  la siguiente: “Es mejor un final caótico que un caos sin fin”. La estructura “AB-BA” aparece en muchas frases de Wilde. Otro aspecto que hubiera interesado a Wilde es el del discurso como formador del pensamiento.
Hay una frase de Wilde que dice “Cuando un hombre deja de decir que algo es encantador, también deja de pensarlo”. El lenguaje, de acuerdo con esto, es el padre y no el hijo del pensamiento. En este muy posmoderno aspecto se podría tomar a Jesucristo y a Hitler como inmensos en un mismo movimiento retórico que los empujó a la acción. Tanto Jesucristo como Hitler empezaron como oradores diciendo “Prepárense para ser leales al caudillo/Mesías” y de tanto decirlo y convencerse de la realidad del advenimiento terminó concluyendo que ellos mismos eran lo que esperaban esperar.
Solo a la luz del criterio de Oscar Wilde se puede comparar la figura de Jesucristo con la de Hitler por algún aspecto verbal técnico en común, solo subidos a los hombros de Oscar Wilde somos capaces de un pensamiento amoral semejante, un distanciamiento frío de nuestra indignada “pasión moral”, como decía Shaw, que no creía que nuestro sentido del bien y del mal fuera meramente intelectual. Es una pasión, decía él, de otro modo no podría vencer a otras pasiones.
Veamos ahora lo que escribió Shaw sobre Einstein  en una obra de teatro de 1948: “Los gobiernos pagan millones por cualquier nueva perversidad, aunque no pagan ni dos peniques un nuevo lavarropas. Cuando un químico judío descubrió  la forma de fabricar a bajo costo un alto explosivo, le regalamos Jerusalén, que ni nos pertencía”.

Por supuesto que es perturbador lo que dice Shaw, pero siempre es una suerte de voz de la conciencia. Wilde no está ni atado a lo que el cree verdadero ni a lo que el cree bueno.
La esencia de la teoría del arte de Wilde está en Platón y la esencia de la teoría  del arte de Shaw esta en Aristóteles.
Para Shaw el arte, como decía Aristóteles, es mejor que la historia porque nos dice lo crucial y no lo enciclopédico de los hechos, no nos aburre con abrumadores detalles anecdóticos cuya sola razón de estar radica en que los acontecimientos se dieron de ese modo. Para Wilde el arte no es mímesis, sino una alternativa. Platón desterró de su Republica, de su utópica sociedad ideal a los poetas porque consideraba que los poetas corrompen la lectura lúcida de la realidad. Para Shaw el arte es como lo que cree Aristóteles: un aula en el que se puede aprender a entender la realidad desde la amplitud de la contemplación sin involucramiento emocional, un sitio donde podemos purgar nuestros llantos sin dolor, una representación que permite objetivar lo subjetivo.
Más adelante retomaremos este paralelo entre Wilde y Platón cuando equiparemos la dirección a la que apuntó Wilde con la de Jesucristo en oposición  a la dirección  a la que apunta Shaw la cual simbolizaremos con Moisés, no olvidemos que en cuanto a doctrina y a imaginario es cierto el dictuum nietzscheano, “el cristianismo es  platonismo para la plebe”.
Resulta una paradoja no buscada ni por Wilde ni por Shaw el hecho de que Shaw solo sobreviva como esteta y Wilde resulte más funcional sintáctica y retóricamente a todos los tiempos, desde su considerarse  un decorativo adorno para divertir.
El motivo principal por el que Shaw parece más farragosamente insoportable al gran publico que Wilde es que Shaw trabajaba sus obras sin la soltura de la indiferencia y Wilde cultivaba un sistemático desden olímpico, una indolencia cósmica, una indiferencia estelar, semejante al del europeo actual ante una guerra civil en África.

Otra paradoja adicional es que el esperanzado y laborioso Shaw produce un efecto de mayor pedantería que Wilde. Israel Zagwill escribió: “es reconfortante en una época en la que muchos no creen ni siquiera en Dios advertir que, felizmente, Bernard Shaw cree tanto en Bernard Shaw”.
W. H. Auden escribió que si los personajes de Shaw usaran la energía que usan para hablar para hacer algo, semejante caudal de energía acabara con el planeta.
Otro crítico escribió:

Stay me with flagons,
Comfort me with apples
For I am sick of Shaw

(Sustentadme con frascos, confortadme con manzanas, porque estoy enfermo de Shaw), esto es una perifrasis de un fragmento del Cantar de los Cantares que decía: “porque estoy embriagado de amor” y el critico  puso “porque estoy harto de Shaw”.
Y es que el efecto que produce el discurso de Shaw es el de una catequesis en el peor de los casos y en el mejor el de un lúcido desencanto y la sensación resplandecerte de pregustar el fin de ciertas frescas ingenuidades mal pensadas, mientras que el efecto del discurso de Wilde es reanimante: su encanto nos reconcilia con el mundo, nos hace creer que el mundo es chispeantemente burbujeante como sus formulaciones y que somos dandys sutiles como él. Mas adelante cuando hablemos de la estructura vacía de Wilde veremos que hay una doble vacuidad. Por un lado hay veces que la frase destinada a producir goce carece por completo de contenido pero por otra parte muchas frases muy placenteras de Wilde hacen consistir el deleite que nos prodigan en su sutil alusión indirecta que hace que nosotros arribemos a la conclusión sintiéndonos exquisitamente cómplices de la delicadeza intelectual.
Es decir, que Wilde veneró mejor que nadie a la Diosa Brevedad, ya que fue lo mas breve que pudo en la formulación de una idea, y además no la explicitó enteramente, cada uno de sus aforismos lleva implícito tres puntos suspensivos.
Shaw considera al arte como un mecanismo  para despabilar la mentalidad humana, Wilde usurpa esa imagen funcional del arte para denunciar lo bobos que son todos los hombres y que por tanto hay que ser optimista y autocomplaciente encarando las cosas con la seguridad de quien no tiene eminencia alguna  a la que reverenciar (pero esto solo en el plano de la actitud y el estilo ya que en el fondo siempre se muestra a  favor de numerosas idolatrías).

La actualidad favorece a Wilde porque actualmente el arte es cada vez mas algo accesorio, prescindible e inútil (esta afirmación no debería confundirse con otro tópico muy distinto que protesta porque todo arte es hoy comercial; lo que estamos diciendo es que por desinteresado que sea no desempeña un papel crucial en la vida socioeconómica de una nación).
El efecto Shaw es como una arenga a favor de prestar oídos a la voz de la nada bella razón, mientras que el efecto Wilde es un canto de sirenas para disuadirnos de cuánta razón puede tener la razón en un mundo que se mueve por las apariencias.
Con respecto a las apariencias, las frases de Wilde- muy inserto en la tradición inglesa del UNDERSTATEMENT (el sobreentendido)- siempre parecen decir algo más de lo que dicen y a esto se añade que muchas frases defienden la incertidumbre, la ambigüedad, lo enigmático y lo misterioso. Pero intrínsicamente Wilde solo ostenta una apariencia de ambigüedad. Fiel a la valoración inglesa de la claridad en todos los niveles intelectuales (no hay filósofo ingles cuya lectura sea mas ardua que la de un periódico) las frases de Oscar Wilde son meridianamente inteligibles, lo cual no equivale a decir que el lector no tiene que pensar, sino que significa que están dados los lineamientos y el marco especifico para esa tarea de reflexión del lector.
El director de cine que mas cerca estuvo de trasladar el refinado sabor a champagne de Wilde al celuloide, Ernst Lubitsch, solía decir: “Hay mil formas de encuadrar con una cámara, pero en realidad no hay mas que una”. Al hermeneuta que interprete las frases de Wilde cabe decirle lo mismo ya que hay mil significados sugeridos pero realmente un único significado verdadero que siendo universal, paradójicamente cada lector siente como personal. Inclusive en las frases que están equidistantes de dos significados perfectamente deducibles, esos significados son similares, la diferencia que hay  entre ellos es sutil y en realidad lo más importante no es uno de los significados, sino advertir esa sutileza.
Para constituirse una identidad exterior, un renombre, tanto Shaw como Wilde debieron crearse sus inmortales máscaras de infalible invulnerabilidad.
Un artista es en ese sentido como un dictador.
Seguramente Wilde preferiría la expresión “como un Dios”- y no sólo en el sentido de dictar un poema, como hacia Borges: al igual que la quintaesencia del hitlerismo (cuyos actores perdieron, pero cuya idea ganó la guerra, según el poeta Leonard Cohen, el artista no puede ni debe admitir su debilidad).
El artista transmuta su dolor en expresiva sensibilidad, su desgracia en belleza, pero su posibilidad de hacerlo es convertida a su vez en engorroso fardo, no hay humilde gratitud sino soberana condescencia por parte de los artistas hacia los hombres comunes prosaicamente mundanos.
La máscara de “artista dictador” una vez forjada tiraniza despóticamente a su dueño, y a esto se debio la forzosa mutua incomprensión entre Shaw y Wilde.  Porque los juicios de una máscara artistica, que es como una mascara mortuosa de la flexibilidad mental, son A PRIORI, por sistema Shaw criticaba y sistemáticamente Wilde ensalzaba. Con esto nos referimos a entonaciones. Wilde podia estar furioso pero nunca se permitía decirlo furiosamente. Shaw podía amar incondicionalmente una obra pero nunca se permitía explicitar un puro ramillete de elogios sin cierta analítica mirada alerta, quizás a causa de su extrema timidez, ya que es una desagradable realidad el hecho de que el amor supera menos la inhibición que la indignación, un tímido critica más fácilmente de lo que elogia.
En el caso de Wilde mas que de máscara habría que  hablar de “disfraz de cuerpo entero”  porque sus idiosincrasias literarias involucran sensorialmente a todos los sentidos y nos llegan físicamente, apelando en virtud de la brevedad muchas veces menos al intelecto que a la intuición. En cambio a Shaw podríamos adjudicarle la frase de Kafka acerca de que un escritor ideal seria aquel que no tendría que parar de escribir para comer. Wilde da la impresión de escribir al momento de paladear un bocado, de tener una golosina en la boca. Ante algo indignante Shaw diría que hay que ser tonto para entender que un despropósito tan desprovisto de lógica y que constituye un sinsentido sea admisible, Wilde diría “me da escalofríos”. 
Acerca de la ingesta de Shaw hay una anécdota con Chesterton. Chesterton que era muy gordo lo va a visitar a Shaw que era esqueléticamente flaco y al verlo le dice- Al verlo a usted la gente va a pensar en que en Inglaterra se pasa hambre. Y Shaw contesta –Y al verlo a usted, entendería por qué.
Pero no es cierto que a Shaw los temas gastronómicos no le interesaran, ya que militaba a favor del vegetarianismo, sucede que en sus escritos prescindía de toda referencia corporal  y se dirigía directamente a la mente del lector. No pocos críticos lo llamaron el Sócrates ingles en el sentido de “El hombre bueno de su tiempo”. La analogía con Sócrates es valida también porque Sócrates al igual que Shaw quiere que pensemos como si no habitáramos un cuerpo humano atravesado por necesidades. Sócrates llevó a un extremo su negación voluntaria e las necesidades fisiológicas al punto de negar su necesidad de vivir. Es en esto en lo que Shaw y Sócrates se parecen, si bien Shaw se declara influido por Nietzsche  quien mas que el Anticristo fue mentalmente el Antisócrates. Tal vez la influencia de Nietzsche sobre Shaw fue en el estilo feroz y virulento y tener una filosofía de la suspicacia que suscribiría si la conociera, a la posterior frase del músico Frank Zappa “Todo hombre es estúpido hasta que demuestra lo contrario”. Pero es a Wilde a quien Nietzsche  se parece cuando considera que hay que estar enfermo para darle tanta exclusiva importancia al intelecto.
Mas adelante nos ocuparemos de cómo el precio de la inmortalidad es la mutabilidad, de como  la fama erige esplendidas estatuas huecas.
Y así como Nietzsche  en virtud de la idea del “Superhombre” puede ser considerado ideólogo nazi- y no  en una medida pequeña como se podría decir del involuntario engendro en el que devino la teoría de Darwin , ya que Nietzsche estaba objetivamente a favor de suprimir la piedad, en virtud de la idea del “sí incondicional a la vida” puede ser considerado defensor de los sobrevivientes a los campos de concentración nazis. De la misma manera podemos tomar a Sócrates y vincularlo con Wilde diciendo por ejemplo que “solo sé que no sé nada” es una deliciosa paradoja típica del humor británico y su valoración de la modestia o diciendo que tanto Wilde como Sócrates fueron encontrados culpables después de un proceso legal, del delito de corromper a los jóvenes.
Es un punto de contacto si bien a Sócrates no lo condenaron por pedófilo sino por no rendir tributo a los dioses olímpicos y a Wilde tampoco por homosexual sino por desafiar el sistema de castas imperante en la Inglaterra finisecular al meterse a litigar contra el Marqués de Queensberry.
Por otra parte es justo recordar que Sócrates no fue homosexual por preferencia individual, sino por acomodarse a las costumbres de la Atenas de Pericles que relegaba a la mujer a los meros fines de reproducción y consideraba el amor entre un hombre y un mancebo, un joven Adonis, el más puro y noble.
Nada más lejano a la opinión que tenia la doxa en el Londres de la Reina Victoria de la homosexualidad, no por nada llamado el hijo del Marqués antedicho“el pecado que no osa decir su nombre”.

Pero retomando  a Sócrates no por su biografía, sino por sus ideas, Shaw se asemeja a él, que no aceptó ser considerado extraordinario ni siquiera por el oráculo de Delfos. A Bernard Shaw solo cabe aplicarle el adjetivo de “extraordinario” en el sentido en que Cherteston  lo definió probablemente pensando en el propio Shaw: “Todos los hombres son ordinarios, los extraordinarios son los que lo saben”. En este aspecto particular Einstein se parece más a Shaw que a Wilde al negarse a sí mismo un gran mérito intelectual diciendo: “Todos somos muy ignorantes. Sucede que no ignoramos lo mismo…”
La máscara de Bernard Shaw del racionalismo a ultranza puede adoptar direcciones parecidas al apotegma “no sé lo que es pero me opongo”, porque existe el prejuicio intelectual de que ser racional es ser antisentimental. Pero debemos ser cautelosos al describir la actitud crítica de Shaw. No era como Cherteston el especialista en desestabilizar las opiniones formadas. Por ejemplo, es una opinión común pensar que los esperanzadas son ingenuos y los escépticos experimentados.
Ante esto Cherteston dice: “La esperanza es el ultimo don dado al hombre. Un niño  puede ser lírico, pero puede también ser desesperanzado. En cambio la noción de que el alma sobrevive a sus aventuras y de que pese a todo siempre hay motivos pare creer, esa concepción de las cosas solo la experimenta el hombre maduro”.
Pero a Bernard Shaw no le interesa alterar las opiniones para invertirlas, sino ampliar el espectro de visión para repensarlas. Sobre el mismo tema Oscar Wilde escribió que la raíz del optimismo es el terror pánico: Nos gusta pensar bien de los demás porque en el fondo tenemos un pavoroso miedo a los demás y a nosotros mismos. Bernard Shaw no nos ofrece ninguna novedosa reinterpretación de lo que es la esperanza y el optimismo en abstracto, pero en un discurso en las elecciones de las posguerra en el que Shaw argumentó a favor de aquella forma de socialismo gradual,  la Sociedad Fabiana, se burló de Churchill diciendo que al parecer el ultimo libro de teoría social, política y económica que había leído era el de Macaulay que alentaba el optimismo, cuando después de leer “El Capital “de Marx la humanidad se había vuelto pesimista con razón. Esta burla en contra del optimismo de Churchill, hizo que la radio emisión  con el discurso de Shaw se prohibiera.
Para tipificar el racionalismo de la mascara de Shaw y diferenciarlo del romanticismo de la mascara de Wilde vamos a suponer que tenían que hablar de Hitler. Oscar Wilde diría que hay trasfondos en el alma humana que nos impiden hablar de buenas y malas personas, una prostituta puede ser una mujer capaz de una infinita compasión y un cura cometer pecados con su pensamiento, etcétera.
El estilo de Shaw es menos esplendoroso, menos espectacular. Coincidiría con millones de hombres vulgares en afirmar que Hitler era malo y tal vez se limitaría a agregar en contra de los impulsivos sentimientos humanitarios inerciales y a favor de la capacidad de abstracción intelectual, que la maldad de Hitler no convierte a los judíos por él perseguidos necesariamente en meritorios. El critico Harold Bloom declaró que después del Holocausto el judaísmo se convirtió  en una nueva religión, en una religión de seis millones de Jesucristos.
Decir que seis millones de victimas no son necesariamente seis millones de genios o seis millones de hombre acertados o seis millones de hombre bondadosos, es intelectual, es aplicar una operación lógica para contrarrestar nuestra tendencia emocional. Pero hablar de seis millones de Jesucristos es responder con un muy sentimental resentimiento a la muy sentimental idea de seis millones de santos.
Bernard Shaw siempre buscaba ese resquicio, esa limitación, la parte que por motivos emocionales permanecía impensable. Porque Hitler no se convertiría en menos imperdonable si hubiera exterminado a seis millones de idiotas. Pero emocionalmente nos parece imperdonable llegar a pensar que las seis millones de victimas pudieron ser idiotas.
Bernard Shaw libera el costado emocionalmente incorrecto a fuerza de razonamientos y así parece muchas veces moverse solo por espíritu de contradicción. Pero  tomaba sus teorías de la práctica. En cambio hoy tenemos por ejemplo al sociólogo francés Gilles Lipovetsky que debe su prestigio a haber argumentado con profuso vocabulario galo en contra de la tendencia común a considerar el fenómeno de la moda, los desfiles de modelos, etcétera como algo frívolo y contrario a valores éticos trascendentes tales como la democracia. Este sociólogo explica que la moda en realidad al instituir como un valor a lo nuevo y al permitir una movilidad y un recambio tan rápido está instituyendo valores democráticos modernos que son lo contrario del dogmatismo despótico de las dictaduras. En esta reinterpretación se da el hecho de que el razonamiento se oponga  a la sensación que el fenómeno producía, y gracias a eso se considera automáticamente profundo y pleno de penetración psicológica. Pero es una teoría muy poco empírica, ya que es perfectamente imaginable una dictadura que para distraer a la opinión pública la atiborre de desfiles de moda. Y de hecho a los modelos se le puede aplicar la frase de Einstein de que no necesitan cerebro porque para marchar les alcanza con la medula espinal.  Es peor, porque los militares si bien para ellos mismos suspenden toda actividad intelectual, han inspirado valiosos relatos antibélicos, mientras que la moda ha inspirado  a...¡Gilles Lipovetsky!
Una reciente biografía nos revela que John Lennon antes de ser famoso solía encontrar gracioso el hecho de pegarle a los paralíticos que mendigaban una moneda en una de las veredas de Liverpool. Pegarle a los paralíticos presupone una inversión, un choque con respecto a la propensión sentimental a ayudarlos o al menos condolerse desde la vereda de enfrente de su mendicante destino. Si el parámetro para juzgar el pensamiento fuera el de en que grado se aparta de nuestras inclinaciones espontáneas naturales, John Lennon sería agudo.
Pero Bernard Shaw nunca se opone a una perogrullada sin revelarnos una verdad que permanecía veladamente encubierta.  Así, donde el sentido común británico veía a un rey como menos democrático que un presidente, Shaw escribe la comedia “ El carro de las manzanas” para indicar que no necesariamente un monarca es menos popular  (Mussolini le daría la razón).
Acerca de Wilde, Shaw consideró fatídica su incursión en la critica musical, ya que no poseía la formación necesaria (lo que dijo textualmente Shaw es que Wilde “dijo cosas muy espirituales acerca de la música pero así como podría haber dicho cosas muy espirituales acerca de la mecánica”). Esto es cierto y Wilde en ese sentido no era más que un delicioso charlatán   a quien la fama de charlatán perjudicaría sin que delicia alguna lo redimiera. Es cierto que Wilde hablaba de la música sabiendo tanto de ella como de mecánica, pero como la música goza con solo nombrarla de una aureola romántica sugerentemente infinita, su efecto de artista delicadamente sensible se conseguía.
Wilde habla –si es que no desde la omnipotencia del ponerse aniñadamente por debajo-, Wilde habla a la gente desde arriba, si bien el lector que lo acomete y aborda hoy lo lee con complicidad de igual a igual y se ve enaltecido hasta el pináculo de genio merced a este efecto de lectura.
Shaw habla a la gente a la altura de los ojos, grita porque su mensaje suele tener la entonación que caracteriza a aquel al que se le esta incendiando una cosa en común al que su compañero no reconoce como propia.
Shaw es interpersonal y Wilde es intrapersonal del mismo modo que en sus argumentos en contra del suicidio Kant es interpersonal y Schopenhauer intrapersonal.
Kant, como Shaw piensa en el bien común, en la parte objetiva de cada subjetividad, en la parte universal de cada particularidad y Schopenhauer piensa al hombre desde adentro de sus peripecias psicológicas engañosas. Así Kant dice que no hay que suicidarse por peor que nos sintamos por una cuestión moral que es el deber hacia los demás y su argumento no disuadiría a ningún suicida excepto a aquellos que en el albor del nazismo consideraron un ultimo acto moral el quitarse la vida para producir un ultimo acto con sentido a un mundo que perdió el sentido y la moral.
Oigo decir que muchas personas no se suicidan por consideración a sus familiares, si bien me consta que muchos otros por tener demasiado en mente a su familia es que querrían suicidarse; ahora bien, el argumento de Kant no es sentimental, no es por algo tan bien pedestre y deprimente como la familia por lo que no hay que suicidarse, sino por el deber moral del individuo hacia el Estado, por motivos tales como la razón practica que nos acerca a la incognoscible  "cosa en si” que es el nombre alemán del arquetipo platónico. No hay que suicidarse según Kant y el imperativo categórico porque el mundo no nos gustaría si todos se suicidaran. Estos son los argumentos de Kant, en cambio Schopenhauer sí disuade a los suicidas que no iban a suicidarse por motivos morales, ya que dice que morir es caer en la mismísima trampa de vivir, que vida y muerte son parte de la misma esencia engañosa, son dos caras de la misma moneda y como lo que el suicida busca es un cambio radical del orden de cosas para si, descubre alborozado que para encontrar ese cambio no debe renunciar a existir sino renunciar a su concepción idealizada de la vida y abrazar ahora el ideal de una vida dedicada menos a las turbulencias de  la carne que a las mucho mas enriquecedoras voluptuosidades del conocimiento.
Schopenhauer observa además que el suicida no está en contra de la vida en general, sino de él mismo en particular,  digamos no está en contra del hecho de tener una nariz en la cara, sino que está en contra solamente de la forma de su propia nariz.
El antisuicida por excelencia sería aquel al que le gusta más su propia nariz aunque fuera deforme que el hecho regular de que todos los hombres posean una fisonomía que incluya una nariz. Y Oscar Wilde cumple con esto. El suicida quiere suicidarse porque ama  la vida, según Schopenhauer, pero odia su vida, de hecho su suicidio vendría a ser un tributo a la vida en general, un reponer el orden y eliminar aquello en la cual la vida no debe  llegar a convertirse. El suicida cree que él la está pasando peor que los demás. No odia a la vida ni a los demás, sino que odia su destino personal y sintiéndose impotente para alterar sus circunstancias decide ponerle término. Si al suicida le ofrecieran que en vez de matarse sus circunstancias cambien, aceptaría gustoso y estaría encantado incluso  si eso implicara que él abandone su yo conocido. Si al suicida le ofrecieran ser otra persona, según  Schopenhauer, aceptaría.  Lo que odia el suicida es su mascara personal, no su impersonal cara. Oscar Wilde en cambio adora su mascara y quiere mantenerla a cualquier precio. A causa de su máscara es que Wilde jugó con su destino e inició un juicio que estaba perdido de antemano pero también gracias a su singular máscara, aún preso y malherido convirtió sus vivencias en poesía.
Kant no convencería a un suicida porque apela a su generosidad y un suicida suele estar desencantado con la nobleza humana, en cambio Schopenhauer apela a su egoísmo. Shaw apela a la generosidad del público y al denunciar las injusticias del sistema capitalista da por supuesto que el público desea realmente una sociedad mas justa. Wilde no comete ese error, no da por sentada generosidad alguna,  apela al egoísmo del lector y defiende las injusticias a favor del lector. Kant a un suicida le parecería casi tan ridículo como Bertrand Rusell quien declaró: “No me suicidé porque quería aprender mas matemáticas”. Las matemáticas más que como aliciente de las ganas de vivir, suelen funcionar como penosas obligaciones horrendamente inflexibles e intricadas. Que a Bertrand Russell le hayan servido nos alegra, pero sabemos que Pitágoras se suicidó cuando descubrió que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, hecho que desmantelaba su armoniosa cosmovisión racional. Schopenhauer en cambio vió el múltiplo común de los suicidas que es la sensación personal de fracaso ante la vida y puso paños fríos al asunto explicando que la vida es un fracaso universal, que cada ser humano es una forma de error particular, en fin, un suicida escucha a Schopenhauer y se siente, gracias al contraste, un canto a la vida…
En cambio un kamikaze escucha a Kant y se tira, por puro deber moral. Oscar Wilde desarrolló el arte de llamar la atención sin perder la elegancia hasta extremos nunca antes logrados. Si pusiéramos a la tarea de disuadirlo de esto a Kant y a Schopenhauer, Kant diría: no tenés que ir en contra de la corriente, es algo que choca, incomoda, perturba a tu comunidad y Schopenhauer diría- no tenes que ir en contra de la corriente, no lo necesitas, te sobra talento para lucirte y destacarte por otros medios.
Wilde consideraba que el arte es el camino de la autoexpresión de la subjetividad. Decía que el arte es superior a la naturaleza porque la naturaleza se limita a hacer un par de moldes invariables y repetitivos (las rosas son iguales entre sí) mientras que cada artista y cada obra es irrefutablemente única, insustituible y distinta.
Shaw escribió que Oscar Wilde se comportó con despectiva petulancia al exigir que todos los Juan Pérez y Pepe Gómez de su alrededor lo llamaran “Oscar”, con una familiaridad que no tenia derecho a pedir, o “Mr. Wilde” con un respeto que tampoco se había ganado, en vez de aceptar que en ciertos círculos solo nos llaman por nuestro apellido.
Pero Oscar Wilde no comulgaba con la imposible abstracción del concepto antedicho, no hay ningún individuo que responda a la categoría falaz de “los Juan Pérez y Pepe Gómez”.
Shaw creía que la misión del artista es la de dar a la humanidad un mayor conocimiento de si misma. No menos importante que dar a luz a un hijo por parte de una madre es que un artista de a luz una nueva verdad, que permita a los hombres conocerse mejor a si mismos. En “Hombre y Superhombre”, Shaw articula una lucha entre dos titanes que inescrupulosamente tienen intereses que los trascienden y por cuales sacrifican todo. Esos titanes son la mujer madre y el hombre artista.
Toda una toma de posición frente al antiguo dilema enunciado no hace mucho en la película de Woody Allen “Disparos sobre Broadway” acerca de como obrar si hay un incendio en el que sólo podemos salvar o bien al ultimo ejemplar de las obras completas de Shakespeare o a la persona mas vulgar del mundo. Para Shaw el arte y la vida humana están a la par. Para Wilde la persona vulgar puede morirse sin necesidad de que se les otorgue a los hombres exquisitos una recompensa adicional.
Sartre escribió en un prologo que su libro valía menos que un sándwich para un niño africano hambriento. Para Shaw un escrito bueno proporcionara mil sándwiches y para Wilde la comparación es vulgarmente farisea y Sartre un demagogo  de los materialistas. Wilde  se centra en la parte subjetiva de cada persona y Shaw en la objetiva. Wilde diciendo con orgullo que el arte es inútil y Shaw diciendo con más orgullo todavía que solo el arte puede salvar a la humanidad. Wilde haciendo  de la inutilidad la utilidad suprema y Shaw haciendo de la utilidad del arte, una metabiología, una religión y una epistemología acremente critica hacia las supersticiones y credulidades de su tiempo.
Un punto de contacto entre Shaw y Wilde es la matriz de ambas escrituras que era la destacada capacidad de conversar. En Wilde, la de narrar cuentos con un encanto que escritos  perderán por recargarlas al escribirlas de joyas y adornos y en Shaw, la facultad de persuadir con su oratoria política y militante condimentada de humor sarcástico.
Pero el sarcasmo de Shaw siempre apunta hacia alguna directiva concreta. Por ejemplo consultado acerca de Adán y Eva, Shaw declaró que no entiende por qué Adán dudó tanto, casi como Hamlet, cuando Eva le ofreció la manzana ya que lo inherentemente paradisiaco del ser humano es la curiosidad científica que es el único motor del progreso. Mark Twain ante la misma pregunta fue mucho más ingenioso: dijo que la solución estaba en comerse a la serpiente. Ante lo planteado por Sartre, Mark Twain hubiera sugerido algo similar a lo que propone Groucho Marx cuando en Groucho y yo sugiere que su autobiografía viniera acompañada de un huevo frito; Sartre podría ofrecer un libro comestible. Semejantes salidas son más ingeniosas porque están libres del encorsetador escrúpulo de ofrecer un consejo ético. Shaw dice que la humanidad no necesita una serpiente si sabe lo que le conviene. Y Wilde que se jacta de ser amoral o inmoral se dedica tan afanosamente a subvertir la moral reinante, que es apenas antimoral, siempre muy halagadoramente, desde luego.
La idea de que el arte es la vía regia de la autoexpresión halaga a Fulano de Tal que sabía que no era talentoso porque significa que nadie puede competir con Fulano de Tal en el arte de expresar al incomparable Fulano de Tal.
En algunos pasajes de su obra Wilde parece decir que cada cual ve y cree lo que quiere- en este caso “querer es poder" y podemos decir, queremos decir “ve lo que puede”. Por ejemplo en su historia  de la muerte de Narciso.
El puente dice a las gotas de agua: -“¡Qué pena que murió Narciso, era tan hermoso!”   Las gotas de agua contestan- “¿Era hermoso? Nunca lo vimos en realidad aprovechábamos su presencia para contemplar nuestro reflejo en la niña de sus ojos…”
Wilde era un pensador religiosamente cínico y Shaw un pensador científica o racionalmente convencido.
Pero el efecto del pesimista ladrido de cínico (movimiento filosófico presocrático cuyo nombre deriva de “can”) es de convincente deleite y el efecto del optimismo emancipador, de una atolondrada furia.
Irónicamente a Wilde, que necesitaba más que del agua del lujo, la fortuna le fue esquiva- o su administración obedeciendo al derroche de su concupiscencia fue estrepitosa- y Shaw, que solo quería mantenerse, fue rico y escribió acerca de los padecimientos de los ricos, no menos atenazados y oprimidos bajo el sistema capitalista que los pobres.
Es más: para Shaw los pobres tenían un destino mas esperanzado ya que veían en el dinero la salvación universal , ilusión que los ricos ya no podían acariciar (lo que dice Shaw es que al que le duele una muela la felicidad le parece que consiste en que no duela muela alguna y que los pobres sienten eso ante los ricos, Wilde discrepa en su compasión y dice “Solo hay un grupo de personas que piensa mas en el dinero que los ricos: los pobres, ellos no pueden pensar en otra cosa”.
Wilde era pesimista y Shaw optimista. El primero consideraba que la única salvación era la individual y que el lugar del arte el del adorno y creyendo esto nos suena más jovial, alegre y despreocupado y produce el efecto contrario al del segundo que creyendo en un paulatino advenimiento del socialismo creía en un progresivo bienestar expresándolo de un modo mordaz, frío y harto mas desagradable.
El motivo es que al leer nos desdoblamos: somos a un tiempo el escritor y aun tiempo el lector.
Si de veras accedemos a una comunión con la íntima mentalidad que suscitó los textos nos contagiamos de ella y somos digamos, la unión del hombre y la mujer, el conquistador y la conquistada, somos el productor y el contemplador.
Con Borges adquirimos así, un contagio de su inocencia primeriza, del efecto poético de ver al mundo con ojos de Adán y recién después admiramos sus juicios y su estilo, cosa que sin esa previa adaptación necesaria nos deja en ayunas con respecto a lo en él específicamente admirable (este “Ramadám” sucede no poco y Borges es mas venerado como símbolo que comprendido).
Con Bernard Shaw adquirimos la indignación moral, cierto desprecio por la mera actualidad, una confianza en una parte del espacio de lo humano y una enorme esperanza hacia uno de sus tiempos, el futuro.
Con Oscar Wilde adquirimos un pesimismo no menor al de Kafka, al de Beckett, al de Ciorán o al de Schopenhauer con respecto a la humanidad, pero ese pesimismo se vuelve premisa de un silogismo cuya insólita conclusión es hedónica, en concreto: no inmoral sino indiferente a la comunidad y en ese aspecto amoral.
Shaw seduce nuestro sentido de la responsabilidad, Wilde corteja nuestro acérrimo egoísmo.
El triunfo y la perduración de Wilde no son enteramente su merito, sino el fruto de la decadencia del mundo, así como la vigencia de la asistematicidad de Nietzsche, la demostración de la debacle del positivimos, hijo del buen iluminismo; triste destino el humano- y por lo tanto autorreferencialmente  cuánta razón le da al pesimista – si el preferido del publico es un bufón que graciosamente invita al conformismo-.
El proceso que hemos definido acerca del desdoblarnos al leer sería desde un credo en la objetividad, pero conocer a otro, sea persona o libro, suele parecerse mas a penetrar psicológicamente lo mas posible hasta donde el otro nos deja imaginarlo.
Enamorarse y que alguien se enamore de uno son operaciones cuya órden tacita es permitir dejarse imaginar por el otro. ¡Qué desastre que Wilde con su pesimismo y su incredulidad soberana gane los corazones y las devociones más que el idealismo inteligente de Shaw! ¡Qué catástrofe nefasta que el culto a la subjetividad supere el cultivo de la sensatez!
Estas son las opiniones que la viril previsión puede proclamar, pero ¿qué diría en cambio ante lo mismo la femenina impresionabilidad tanto más receptiva? Seguramente dirá que Wilde es un encanto y Shaw muy desagradablemente inteligente.
Y es que Shaw transmite cierta recia sensatez estoica ante los embates de la frívola búsqueda de placer y Wilde transmite muy en otra frecuencia de onda la eudemonologia de la distinguida egolatría femeninamente autopercibida.
Es irónico que la voz femenina que mejor refleje la quintaesencia de la seducción no provenga de una mujer, ya que la patriarcal  historia de la literatura dio lugar a que las pocas mujeres que accedieron a la pluma con cierta fama la aprovecharan para el revanchismo tuertamente feminista o la clásica novela para noveleras mujeres. Quien más paradigmáticamente capturó emblemática y arquetípicamente la vibración atrayentemente ligera de la mujer conquistadora tal como se para ante un hombre, para al mismo tiempo desafiar y agradar, fue un homosexual.
Oscar Wilde al ser más vanidoso fue también mas vacío y esa es la condición sine qua non que piden los ubicuos clarines triunfales: el vaciamiento.
El “Che” Guevara se convirtió en remera solo después de que se le quitara su ideología programática, que presuponía el conocimiento de su movimiento doctrinario. Sin ese vaciamiento previo el “Che” Guevara no seria un símbolo universal de heroísmo inmortal, emblema con su efigie en estampillas y “El Rambo de lo antiyanqui”:
De igual modo Jesucristo puede ser considerado judío, comunista, feminista, ecologista, manso, duro, la humanización del teismo o la idolatría hacia las debilidades que incluyen la finitud.
Tan vacío está hoy Jesucristo que su figura ya es prácticamente especular y cada uno ve en él su propio espíritu levemente enaltecido por un sufrimiento glorioso.
Albert Einstein también fue vaciado de su personalidad: fue secuestrado por Disney y por el Estado de Israel. El primero lo pintó como un sabio bonachón, cómplice de los malos alumnos en matemática, jovial y burlón  como máximos rasgos de la genialidad, partidario más de la fantasía que del conocimiento y antialemán. El segundo enfatizó su patriótico sionismo menos religioso que cultural obedeciendo paradójicamente a sus perseguidores sanguinarios: los nazis tacharon a Einstein por encima de todo de judío y los sionistas ávidamente suscribieron a la discriminación, de la misma manera que el Ministerio de Inmigración de Israel determinó que para ser israelí basta con tener un cuarto de sangre judía, que era la proporción que adoptó el nazismo (ojalá Israel no adopte mimeticamente mas ideas de raigambre nazi).
Shakespeare fue vaciado de su rabiosa y elocuente chabacanería eficacísima y rellenando con la idea de que es refinado y lleno de ideas, no solo lleno de expresiones poderosamente vívidas de intensos estados de animo.
No hay famoso que no lo sea a pesar suyo; para ganar la inmortalidad se pierde la verdad por el camino.
Don Quijote sobrevivió pero ya no es una advertencia contra la neurosis que nos puede producir la excesiva  lectura, sino una exaltación del romántico autoengaño por encima de las vilezas del gris utilitarismo.
Oscar Wilde permite mas que Bernard Shaw ser rellenado por nosotros. Cuando uno lee a Oscar Wilde analíticamente descubre que la mas leve de las ligerezas es su idea rectora: un par de felices aforismos que por espontaneidad de su ingenio brotaron en el decurso de unas conversaciones fueron publicados años antes de su incursión en la dramaturgia. Luego, escribió sus comedias intentado hacer encajar el curso de la acción a alguna charla en donde pudiera colocar esas frases brillantes. No hay un criterio orgánico, como en Shaw.
Ante los gestos, las poses, el dialecto y el snobismo de la sociedad victoriana de alta condición, Bernard Shaw como lingüista avant la letre se interesa por la semiótica y la fonética y produce “Pigmalion”. Pero Wilde capta las acciones y las concepciones que subyacen como estamento o como semilla germinadora en potencia de esas acciones a las que arrastran esas pronunciaciones y modalidades de estructurar el pensamiento.
Así como la habilidad de Hitler fue captar no solo un pensamiento latente de la superestructura social de su tiempo, sino desarrollar instintivamente las tendencias tácitas a las que conducía el idioma alemán con sus rigideces, sus subordinadas que invitan a lo estamental, su capacidad organizativa sintacticamente totalitaria, así como la condición predominantemente esdrújula del italiano hace que salgan a la luz las características quejas por deporte de los italianos en esa distintiva y puntual cadencia, con ese ritmo en la articulación, así Wilde despega, desarrolla y extiende esa simulación del desden que implica la amabilidad afectada inglesa.
La así obtenida frivolidad arduamente limada y depuradamente falaz se extiende como una delicada película elástica, susceptible de cualquier inclinación, de todo cambio de rumbo y de servir de magnifico maquillaje del lúdico animo juguetón que caracteriza la veleidosa liviandad refrescantemente ondulante de la seducción: esa curiosidad dirigida en rápida sucesión a cambiantes intereses y desintereses, turbulentamente insuflada de un aliento ávido de gozoso conocimiento inútil para entretener sin agobiar, sedienta de nuevas experiencias tan rápidamente alternadas que producen una variabilidad furtiva plena  de incertidumbre y ambigüedad autodisfrutada por el libre juego de las anticipaciones idealizadas por la imaginación.
El amor en Wilde no llega a ser amor porque se complace en permanecer en la etapa que a veces se denomina “estar enamorado del amor” y no es más que estar enamorado de la seducción embriagadoramente gratificante: una deliciosa inocencia infantil no precisamente crédula sino por completo ignorante de la sombría suspicacia- que espera desde su no autoconsciente y falaz fortaleza las retribuciones y recompensas de su ilimitadamente golosa voracidad onírica.
El amor en Shaw es de una senil ternura que sabe dar desde su declinante crepúsculo suave la dulzura de su sol sin las arrebatadas quemaduras toscas de la ardiente fogosidad. Nuevamente cabe remitirnos a las edades de sus mascaras: diecisiete y setenta respectivamente.
Nadie puede vaciar a una personalidad tan cargada como la de Shaw, del mismo modo que nadie puede pretende que Beethoven hay sido afable. Una mascara de setenta años tiene demasiados gestos en su imborrable fisonomía, en cambio la inexpertamente joven máscara de Wilde tiene diecisiete años, edad en la que uno quiere destacarse sin tener idea alguna por la cual hacerlo: en esa gratuidad de su anhelo, reside la vacuidad que da inmortalidad a Wilde.
Cuando decimos que Wilde era cínico debemos circunscribir la definición ya que mas valdría hablar de una tabla de valores de Shaw. Wilde lo sacrificaba todo a un efecto estético pero creía sinceramente que de todo lo verdadero que brilla bajo el sol la belleza es lo mejor. A menudo la belleza es apenas un segmento que roza tangencialmente a la verdad desde el costado de la percepción subjetiva deformada por la emoción, y entonces Wilde está a favor de la verdad de que la mentira que sentimos importa mas que la realidad que ignoramos.
Shaw es como un abstemio emocional que se propone mirar todo lo que el sobrio ojo humano pueda abarcar al precio de anestesiar los sentimientos, Wilde es como un borracho emocional que se propone ver esplendores al precio de perder contacto con la seca materialidad de la fría lógica. Emocionalmente, Shaw es como un andinista que llega a la cima de la montaña y clava la bandera con asombrosa precisión y mas asombrosa aún falta de cansancio; Wilde es quien habiendo permanecido en su casa jadea, está visiblemente turbado, siente el afónico placer de haber estado a punto de caer al vacío y nos comunica el patético horror melodramático de la temprana penumbra que entenebreció su retorno.
A Shaw y a Wilde no les gustaba la realidad: Shaw se proponía reformarla y Wilde sólo cantar loas a la imaginación de cada cual gracias a la que se podía distorsionar la lectura de la realidad estetizándola en favor de la inútil belleza y en desmedro de la mera verdad.
En Wilde se da en una medida mayor que en Borges la falta de calle, su máscara de prepotentemente bravucona arrogancia avasalladora no podría contrastar más con su pasiva debilidad en tanto que ciudadano de la gran Londres industrializada y su incapacidad para defenderse o comprender acabadamente los movimientos convencionales y sus motivaciones (en este punto Wilde ignoraba lo que ignoraba, desconocía lo que había decidido despreciar). Si a Borges le quitamos sus facultades de literato nos queda lo mismo que si a Maradona le sacamos la posibilidad de deslumbrar con su pericia futbolística: una total nulidad como ciudadanos que sean parte comprensiva de su sociedad y de los eventos políticos que se desenvuelven en ella. Borges vivía en su mundo y escribía con tanta poética inteligencia erudita que hoy quien oye un reportaje a Borges y advierte algo semejante a una pasmosa falta de noción de las cosas le atribuye una clarividente ironía. Con Wilde ocurre lo mismo. Su política de teatral obsecuencia arrojándose a los pies de renombradas actrices, enviando flores o realizando obsequiosas dedicatorias de sus obras lo mantuvo cautivo en la imagen de ingenioso niño mimado, siempre por debajo de opiniones más atendibles provenientes de la supuesta respetabilidad mayor de autoridades de poder, en virtud de sus actitudes despectivas. En este particular la cárcel en que Wilde terminó lo aproxima al comportamiento del último Sócrates: ninguno de los dos persiguió semejante despedida pero la aceptaron con cierta dignidad o la concibieron como útil a la propia causa. Kafka escribió que el pecado capital es la impaciencia, Wilde en las antípodas de esta proscripción dijo que el único pecado capital es no hacer, que todo que se hace está bien y así, tironeado por su máscara que en algún momento nació como desvíagolpes y como antiveneno (digamos, por ejemplo a su criterio de no desperdiciar ninguna posibilidad de estar en el candelero bien pudo haber surgido como antídoto de su incorregible haraganería) se vio compelido a querellar y pleitear. Lo une a Sócrates además el hecho de pensar brillantemente pero carecer por completo de una capacidad más asequible y más necesaria: saber como piensan los demás, saber qué los mueve.
La perduración de la retórica de Wilde se debe al deleite que prodiga, halagando los oídos y la contagiada vanidad de la emulación de estelaridad de los lectores no a sus ideas, graciosamente inaceptables.
Llevó hasta un extremo una cualidad intrínsecamente femenina, difícil de desentrañar para glosar. Que a Wilde, Shaw le terminara pareciendo un estructurado, ciego a su genialidad no difiere mayormente de la opinión que pueda tener un antojadizamente ofendedizo cerebro femenino de uno masculino, ya que juegan a juegos mentales tan diversos y geométricamente alabeados.
El hombre no puede decir la verdad como no sea con una máscara” escribió Wilde: su estética fue la del maquillaje, su cosmología y cosmogonía fue una cosmética. No solo o no directamente la belleza le parecía el bien supremo, sino mas bien la seducción que ejerce la belleza, la cual también podemos representarlo diciendo que su ídolo fue la seducción la cual en razón de su influjo torna con apariencia de hermosura a todo lo que abarca en su abrazo.
La estética de Wilde fue una estética de la seducción.
Este hecho se patentiza en lo que podríamos denominar “las tres jactancias de las laboriosidad del escritor”. Existe un orgullo por el trabajo de investigación del ensayista que es el que posee por ejemplo Karl Popper. En sus ensayos leemos por ejemplo algo parecido a lo siguiente: “y como dice Platón en “La República”, tal cosa” y hay un llamado al pie, una nota al pie onde podemos leer: “gracias a una sugerencia de mi excelente amigo y helenista Fulano de Tal de la Universidad Platónica de Equis, revise los documentos y pude descubrir que en realidad Platón no dice eso en “ La Republica”, sino en un párrafo de “El Banquete” que se perdió en la primera traducción romana. Ahora bien: el libro de Popper fue corregido y la inclusión de una información equivocada y el remitirnos a una ulterior rectificación es algo deliberado, buscar explicitar con orgullo lo arduo de la labor investigativa.
En segundo lugar existe un orgullo típicamente norteamericano  que es el que ostenta Hemingway  cuando explica que reescribió treinta y seis veces el final de “Adiós a las armas”. Es un orgullo que es la antitesis de la idea de genio, un perpendicular francés jamás hubiera confesado  reescritura alguna, diría que todo le surgió automáticamente, en un rapto de inspiración, en una visita que en sueños le hicieron las musas (un ejemplo antipuritano de francés seria André Bretón que corregía minuciosamente sus maquinales poemas surrealistas pero después ocultaba este trabajo y se jactaba de su espontaneidad).
Y en tercer lugar lo tenemos a Wilde quien declaró: - “Hoy me pasé todo el día trabajando en mi poema. Por la mañana le agregué una coma y por la tarde resolví quitársela”. Más que como la búsqueda de preciosa precisión podemos  entender esta declaración como una manifestación de oronda coquetería, típica del acercarse y alejarse de la seducción, esa simulación de abnegación por parte de la diva. De lo que se jacta la prima donna Wilde es de la evanescente intangibilidad inconmensurablemente invisible de la misteriosa labor poética, pero antes que toda sistematización explicativa, nos seduce porque como toda seducción nos conduce a un reino enigmático.
En numerosas obras Wilde repitió una de sus acostumbradas inversiones “La diferencia entre el amor de mi vida y un capricho es que el capricho dura mas”: en este cinismo romántico cuesta no adivinar una romantificacion del cinismo, es decir, una defensa del capricho, un nuevo determinismo, esta vez de lo arbitrario. Pero cabe hacer notar que por mas despreciativo que se mostrara Wilde oficiando de autoconsentido pavo real, a la hora de escribir, él, lejos de imponer sus caprichos inescrutables inapelablemente a los lectores, más bien transfiere el derecho al capricho, el derecho a tomar un accesorio detalle trivial como un asunto de Estado estudiado con la minuciosa concentración imperturbable de una ciencia aplicada y la posibilidad de que el lector decida. Los mejores directores de films de terror muestran el miedo en el rostro de los amenazados pero mantienen  fuera de la pantalla al monstruo, para que cada espectador pueda debidamente suponer lo peor y no incurrir en el error de mostrar un bestial gorila que a los biólogos fascine más de lo que los aterre, o una gigantesca anaconda que cause risa a un serpentólogo que la sepa minúsculamente inofensiva o a un muerto revivido que llene de esperanzas a un viejo deseoso  de creer en la resurrección.
De la misma manera Wilde invierte los términos del apotegma italiano que reza “ se nombra al pecado pero no al pecador” y en Dorian Gray hallamos un pecador a quien nosotros tenemos que confeccionar a nuestra medida algún pecado que se ajuste a nuestro personal concepto de “inenarrable”.
La estética de la seducción implica un cultivo de la alusión. Lo que atrae del discurso de la seducción es que Heisenberg llamaría “el principio de indecidibilidad”, pero resulta irritativamente picante para la intrigada curiosidad  y la encendida fantasía a diferencia de toda ecuación y todo teorema algebraico.
Lo que excita  irresistiblemente la atención, según algunos, es cierto impulso superior a nuestras fuerzas y a nuestros razonamientos que nos incita con sensual abandono a disfrutar del ser engañados de una manera acariciadora, con morosa delectación y lenta agilidad. Según otros la aguda raíz del magnetismo de la seducción es  su insólita apariencia de ausencia de propósito ultimo, es decir no queremos ser engañados, sino que queremos ver en qué termina ese coqueteo con infinitas posibilidades ninguna de las cuales se concreta. Según esto, no nos mueve ni el afán de ser estafados magistralmente – de acuerdo a una lógica que nos convierte en merecedores de la defraudación por la excelsa superioridad que reconocemos en los y las carismáticos y carismáticas encantadores de serpientes; ni la autotélica deleitabilidad del flirt mismo, sino que nos mantiene en vilo, la constante y desconcertante inconstancia de su vaivén, su cambiante meta que nos impacienta, estimula, obsesiona y perturba gratamente.
Ninguna mujer en la historia de la literatura pudo transmitir con remotamente cercana elegancia sintáctica la seductividad femenina que busca crear un apetito para saciar el suyo y por eso está indefinidamente consustanciada con el engaño. Habida cuenta de todos los enmascaramientos necesarios para hacer bellamente atrayente lo verdadero, pensando en los incontables afeites y artificios incluyendo depilaciones y dulcificaciones de arranques de aguerridos impulsos tempestuosamente temperamentales, no es solo que toda mujer miente, sino, mas sutilmente, que una mujer es, en esencia, de algún modo toda ella una mentira. De esta última oración y con su hábito de transvestir los valores Wilde vería en la palabra “mentira” lo adorable y en la palabra “mujer” el mal necesario, como si dijera: “la feminidad es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de las hembras”.
El vaciamiento que produce la simplificación y la deformación que conllevan las andariveles de la difusión afectó de manera distinta a Wilde y a Shaw: por un lado, el hecho de que la obra de Wilde sea como  un collar de perlas, con aforismos fácilmente transportables, trasladables y transmisibles, una obra enhebrada con citas para recortar y pegar, permitió que la obra de Wilde sobreviviera intacta en su literalidad siquiera parcial o fragmentariamente. Como a Borges, a Wilde, lo utilizan incluso científicos  para los epígrafes de un paper.
Y por otro lado en Wilde se da el vacío tanto en su imagen como en su obra: no solo a Wilde podemos atribuirle más anécdotas apócrifas de ingeniosos anónimos que a Shaw, además  podemos atribuirle diversas calidades de ingenio a su obra.
Por ejemplo Oscar Wilde dijo que no era tan cierto que el arte imitara a la naturaleza como lo contrario, que la naturaleza imita al arte. Es una frase apodíptica, concisa, tajante y pasible de variables lecturas.
Es la única frase de Wilde que Shaw cita en un prologo además de lo que afirma en “La dama morena de los Sonetos”, una obra dedicada a la inquisición de una de las polémicas que posibilito el parco hermetismo de la intimidad de Shakespeare. Dice allí Shaw que  tanto Shakespeare como Wilde tenía genio artístico y ese genio se reconoce en que nunca se pueden entregar sinceramente del todo al dolor y condescender  a la autocompasión, siempre hay una irresistible carcajada latente, incluso en el caso de Wilde en el de Profundis, la Carta a su ex amigo desde la cárcel.
Cuando Shaw cita la frase “la naturaleza imita al arte” agrega  “es verdad lo que dice Oscar Wilde porque…” y a continuación se explaya extensamente acerca de las modas que impone el arte a una sociedad, cómo cierto tipo de mariposas al modificarse su habita con la era industrial mutaron y pasaron de ser blancas a ser negras para mimetizarse mejor.
En síntesis: Wilde pudo haber simplemente descolocar el aristotélico concepto del arte como mímesis solamente por amor a la paradoja y al efecto chocante que podía producir.
Pero Shaw solo puede decir algo cuando lo ha razonado, le consta que es cierto y además puede decirnos por qué.
Wilde lo único que se propone es lograr un efecto encantatorio. Una vez que deleita, ya el público se encargará de encontrarle significado.
En ese sentido le importa un rábano la verdad y el sentido, mostrándose aun mas persuasivo que Shaw ya que como dijo Emerson “Los argumentos no convencen a nadie”:
Hay una frase de Oscar Wilde que autrreferencialmente dice lo mismo, lo dice dos veces, lo dice en el contenido y lo dice en la forma. Dice asi: “ En los asuntos banales y sin importancia lo que interesa es el estilo, no la sinceridad. En los asuntos importantes lo que interesa es el estilo, no la sinceridad”.
En la segunda oración todos esperábamos que dijera lo contrario, que dijera que en los asuntos importantes lo veraz pesa mas que lo verosímil. Pero dice lo mismo produciéndose un efecto de gracia y al mismo tiempo-aunque tal vez esta sea una sutileza que le agrego yo-está en cierto sentido diciendo lo que esperábamos, o sea, es como si dijera: “ en los asuntos importantes lo esencial es la sinceridad pero como yo estoy diciendo esto en una frase que es un acto trivial importa mas el estilo, porque la sinceridad de una frase es su estilo, la verdad primordial que quiere decir esto que digo es algo gracioso”. Las reverberaciones pueden ser infinitas, podemos interpretar por el contrario que la frase es importante por lo que Wilde tiene un estilo impecable pero además eso está en función de ser sincero: sinceramente cree que el estilo es más importante que la sinceridad y lo demuestra en parte gracias al estilo, aunque, desde el momento en que está siendo sincero, la frase se sostiene por sinceridad y no por su estilo: se autosoporta. En la frase, por lo tanto, está encerrada una encendida defensa de la cuidada mentira que al ser manifiesta no es mentirosa, es decir, una variante de la paradoja del cretense que Bertrand Russell resolvió estableciendo distintos tipos de verdad, distintos niveles: el mensaje y el metamensaje, digamos, el mensaje aquí seria mentiroso y el meta mensaje veraz. Por otra parte se utiliza un recurso muy poco común, el de la repetición literal que por obra y gracia de su contexto adquiere otro significado siendo su contexto de enunciación, el hecho mismo de ser una inmediata repetición. Algo semejante fue intentado por el poeta norteamericano Cummings en un poema que dice 
Me gustaría quedarme contigo y conmemorar la casualidad que hizo que pasarse por mi camino, pero tengo largas millas que recorrer antes de dormir y tengo largas millas que recorrer antes de dormir”.
En este caso la primera vez que dice “largas millas que recorrer antes de dormir” se refiere textualmente al espacio que tiene que haber atravesado antes que termine la jornada y se entregue al sueño, y la segunda vez que lo dice, las espaciales millas son, en sentido figurado, una magnitud que mide el tiempo, “largas millas que recorren” equivale a “muchos años por vivir” y “dormir” es desde luego, una de las mas frecuentes metáforas de la literatura, morir.
En cualquier caso, Wilde permite muchas divagaciones al lector. Otra frase suya, “Toda mala poesía es sincera nos puede desambiguar el sentido y nos hace notar que Wilde concretamente no estaba a favor de la honestidad brutal, sino de la afectación refinada. Pero el modo en que lo dice es decisivo: yo estoy en contra de la mentira y a favor de la verdad, pero el modo en que Wilde dijo que el estilo importa más, el estilo con que lo dijo, me permite interpretar que está en mi mismo bando, a favor de la verdad. Es decir yo quiero que tenga razón, del mismo modo que el arte naive nos atrapa por el costado de nuestro deseo: queremos poder ser ingeniosos. Entonces puedo ponerme a calcular otra decodificacion y deducir que Wilde habla de sinceridad y no de veracidad, porque tiene la teoría de que a la verdad se llega únicamente cultivando un sofisticado estilo, en ningún caso limitándose con el fanatismo de una convicción. No importan mis interpretaciones tanto como el hecho de que la frase de Wilde me resulta tan gratificadora que me estimula a incorporar algo de su elegancia a mi (incompatible) credo.
Bernard Shaw si tuviera que oponer estilo versus sinceridad haría dos personajes: uno que defendiera al estilo y el otro que defendiera a la sinceridad y para darle voz a cada uno de ellos pondría lo mejor de sí, con lo cual no sería blanco y negro, sino entretenido y generador de reflexiones, aunque no tan breve y nunca dialogico, nunca como en Wilde podría parecer que tiene dos sentidos al mismo tiempo y en el mismo lugar.
Además Shaw esta atado de pies y manos a la verdad. A Shaw como a Sócrates la verdad le parece buena, interesante, iluminada. A Wilde, como a Jesucristo, la verdad le parece despiadada. Sócrates quiere que nos entrenemos para ver la verdad, lo que esta mal somos nosotros. Jesucristo quiere que seamos indulgentes, permisivos, caritativos, lo que esta mal es la verdad.
Por eso cuando Wilde habla de Jesucristo sentimos que lo conoce desde adentro y lo mejora. La interpretación de Wilde del cristianismo es tan novedosa que Borges en el poema a Jesucristo se ve obligado a nombrarlo: “Cristo en la cruz.: “Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra. Los tres maderos son de igual altura. Cristo no está en el medio. Es el tercero.La negra barba pende sobre el pecho. El rostro no es el rostro de las láminas. Es áspero y judío. No lo veo. Y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra.  El hombre quebrantado sufre y calla. La corona de espinas lo lastima. No lo alcanza la befa de la plebe. Que ha visto su agonía tantas veces. La suya o la de otro. Da lo mismo. Cristo en la cruz. Desordenadamente. Piensa en el reino que tal vez lo espera. Piensa en una mujer que no fue suya. No le está dado ver la teología. La indescifrable trinidad, los gnósticos, las catedrales, la navaja de Occam, la púrpura, la mitra la liturgia, la conversión de Guthrum por la espada, la Inquisición, la sangre de los mártires, las atroces cruzadas, Juana de arco, el Vaticano que bendice ejércitos. Sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día. No le importa. Le importa el duro hierro de los clavos. No es un romano. No es un griego. Gime, nos ha dejado esplendidas metáforas, y una doctrina del perdón que puede anular el pasado. (esa sentencia. La escribió un irlandés en una cárcel)/ el alma busca el fin, apresurada. Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto. Anda una mosca por la carne quieta. ¿de que puede servirme que aquel hombre, haya sufrido si yo sufro ahora?
La idea de que el perdón puede anular el pasado es como si Wilde dijera: “a Jesucristo, Jesucristo y medio” porque los teólogos no interpretaban eso, ellos creían que Dios puede todo, excepto alterar lo que ya pasó, cambiar los hechos y realmente el mundo no ha sentido lo que dice Wilde, la Biblia dice que nuestra alma es inmortal y perdurará después de la extinción de nuestro cuerpo, pero sentimos que lo único que con seguridad es inmortal está en el pasado y no en el futuro. La Biblia nos cuenta una serie de hechos o de mitos que no podríamos tomar con sacralidad en serio, si estuvieran abiertamente sujetos a modificación.
Si la Iglesia creyera lo que dice Wilde no hubieran tomado a Galileo por heterodoxo, habría dicho: “bueno, sí, antes éramos el centro del sistema solar, pero el buen Dios decidió que mas cómodo es ser un planeta periférico".
Pero Wilde entiende que el espíritu que animó a Jesucristo era reformar el judaísmo y hacerlo menos severo y sobre todo, menos materialista. El insulto preferido de Wilde era “fariseos” y por supuesto el éxito no lo mejoró, lo hizo sentirse mesianicamente condescendiente.
La diferencia entre Jesucristo y Wilde es que Jesucristo creía en si mismo y Wilde en lo que creía es en su capacidad de agradar. Jesucristo se bendecía a si mismo, Wilde dependía de la bendición del “qué dirán” y orientaba su vida en función de impresionar a la opinión publica.
Pero podemos trazar un pequeño contrapunto: Es un tópico comparar a Sócrates con Jesucristo, lo hizo Bertrand Russell en “Porqué no soy cristiano”, lo hizo Hegel, lo hizo Kierkegaard, lo hizo Santayana, lo hicimos antes para contraponer sentimiento a conocimiento. Comparemos ahora a Jesucristo con Moisés para contrastar practicidad e imaginación. En realidad, seguimos hablando de Wilde y Shaw, en este caso Shaw sería Moisés y Wilde Jesucristo, en una versión herética que los toma como ideólogos y no, respectivamente, el portavoz de Dios o el hijo de Dios (es decir, desde nuestro punto de vista el Espíritu Santo es la mas admirable grandiosidad en la tradición de inventar algo que tienen las mujeres adulteras) Shaw muere a los noventa y cuatro años y Moisés sobrepasa los cien; Jesucristo murió a los treinta y tres años y Wilde a los treinta y cinco, pero ciertamente lo últimos dos años los vivió crucificado y rodeado de ladrones.
A diferencia de Buda que al morir dice “no importa, les dejo mi doctrina” y a diferencia de Moisés que muere porque Dios le pide que acepte morir para dar un ejemplo de obediencia a su pueblo, Jesucristo declara “Cuando haya dos de ustedes, yo seré el tercero” es decir que, como Wilde, que no perdía ocasión de mandar cartas de lectores con cualquier mínimo pretexto, deseaba sobresalir por su persona y por su ideas. Bernard Shaw dejaba pasar todas las controversias y los escándalos en los que consideraba que había personas más capaces que él o más capaces que los disidentes para  defender un tema del cual era partidario. El epitafio de Shaw dice asi: “ George Bernard Shaw: ¿Quién diablos era?”. Oscar Wilde recomendaba no desperdiciar el menor pretexto para hacerse oír. En febrero de 1892 sólo para citar un ejemplo envió la siguiente carta al director de la St. Jame's Gazette: “Muy señor mío...: John es un nombre admirable. Fue el nombre del más encantador de todos los discípulos, el que no escribió el Cuarto Evangelio. Fue el nombre del más perfecto de todos los poetas ingleses de este siglo, como lo fue del mas grande poeta ingles de todos los tiempos. Papas y príncipes, malvados o maravillosos, se han llamado John. John ha sido el nombre de varios eminentes periodistas y criminales. Pero John no figura entre los muchos nombres deliciosos que me fueron dados en el bautismo. Asi que tenga la bondad de permitirme que corrija la afirmación vertida por su temerario critico teatral en su última y vana arremetida contra mi obra. Es preciso que su tentativa de falsear uno de los datos mas importantes de la historia del arte sea frustrada inmediatamente. Queda de usted su obediente servidor, Oscar Wilde.”
Queda manifiesto entonces que Bernard Shaw, como Moisés estaba interesado en que las muchedumbres rindieran tributo al bien y no a su persona, mientras que Oscar Wilde, como Jesucristo no concebían posible disociar al bien de su persona ante la que había que intelectualmente prosternarse de hinojos, reverencias y seguir mudo de admiración. Los delirios de grandeza de Jesucristo vienen de familia: la grandiosidad de la coartada del embarazo de María lo prueba.
Moisés como Shaw carece de atrayente  desproporción y no ofrece redimensionamientos líricos como Wilde y Jesucristo. Moisés es mortalmente lógico. Convierte un (1) bastón en una (1) serpiente. Hay una correspondencia biunívoca entre un efecto y una causa aun en el orden de los milagros, hay una paridad uno a uno y un respeto matemático al sistema de numeración decimal euclidiano. Bernard Shaw también avanza de un ejemplo a otro sin realizar parábolas, generalizaciones, saltos teóricos solo transitables por la fe o inexplicadas condensaciones como en Wilde en quien no siempre una cosa se sigue necesariamente de otra. Jesucristo no es aritméticamente devoto de Euclides: la multiplicación de panes y peces atenta contra las matemáticas de la Tierra.
En general, uno podría decir que Moisés es un guía social que instaura leyes para la vida de la colectividad y que se valió de los milagros para persuadir a quienes no entendían de lógica (la separación de las aguas muy bien pudo haber sido un conocimiento muy pragmático y adelantado de las mareas) y el judaísmo es la menos religiosa de las religiones, la menos metafísica, la menos ultraterrenal. Es la más materialistamente centrada en el amor a la vida en un sentido cuantitativo y mundano.
Jesucristo no es lógico, Moisés, para producir un teismo necesitaba un mínimo de Dios y Moisés logró el absoluto mínimo en su ahorrativo credo; uno, Dios es Uno.
El catolicismo nos habla de un Dios que es Tres y es Uno (un judío hubiera arreglado en dos). Esta coexistencia simultánea caracteriza muchas ideas de Wilde, su evangelio de la ambigüedad consiste, precisamente, en que algo puede ser dos cosas a la vez y no que provoca dudas de si es una u otra. No es lo que se da en llamar “doble sentido” que suele tener un único sentido deplorablemente sexual y poco decoroso. En el doble sentido una palabra corriente y admisible adquiere significación improcedente merced a un pícaro guiño asociativo y transgrede así con toda impunidad un código moral que vedaba cierta referencias. La razón de ser del doble sentido es ampliar el campo de lo pensable franqueando una prohibición  verbal gracias a una triquiñuela léxica. La razón de ser de la ambigüedad poética es ampliar el campo de lo pensable sugiriendo que es una rígida venda el principio  del tercero excluido que regula la lógica formal desde Aristóteles. En el dialecto de Freud, Jesucristo y Wilde representan el no reglado “ello” que no conoce imposibilidades ni sucesiones del tiempo ni irreversibilidades de la finitud, y Moisés y Shaw representan el prosaico “superyo” interesado más en las leyes de la realidad y el deber para con ellos de nuestra indisciplinada búsqueda  de placer.
Jesucristo  ve demasiada poca fe en la religión judía, le molesta que en el templo todo sea de la boca para afuera.
Pero Moisés lo único que quería era un orden objetivo de la sociedad, no un orden subjetivo. Moisés nunca hubiera aprobado la frase de San Agustín “ama y haz lo que quieras”:
Moisés hubiera dicho- “cumple con los diez mandamientos y  después si amas o no es asunto tuyo”. El tipo de regulación que propugnaba Moisés era un ordenamiento civil. A Moisés la indignación de Jesucristo le hubiera parecido similar a que alguien se indignara porque la gente cumple con determinada ley pero no queriendo en el fondo de su corazón cumplir con esa ley, por ejemplo, pagar impuestos (y recordemos que la desilusión mayor que causo Jesucristo a los judíos que lo querían admitir como  reformador fue cuando se pronuncio a favor de los impuestos diciendo: “dad al Cesar lo que es del Cesar”)
Moisés es teocrático: “cumple con el pacto de Abraham y Dios no te castigará”. Jesucristo es anárquico: “Dios está en nuestro interior y te perdonara”. Moisés dice: “Respeta el Sábado” y Jesucristo dice: “no fue el hombre hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre”.
Al principio Jesucristo se dirige a los mismos  hombres y a las mismas mujeres que Moisés. Recordemos quiénes eran; gente sufrida, modesta, trabajadora, con miras estrechas, con los pies en la tierra, un poco rígida quizá, perseverantes y materialistas. Moisés los condujo a una poco vasta zona árida y desértica, el Canaán, que era tan inhóspito como Madagascar (Hitler, en un primer momento considero seriamente la posibilidad de deportar a los judíos a Madagascar). Pero era tierra al fin, desde el punto de vista de un comerciante con una lupa, era un territorio (Moisés era un hombre con una lupa como Shaw que nos revela la letra chica de nuestra relación contractual con la vida, Jesucristo era un hombre con un telescopio, como Wilde, que nos habla de galaxias insospechadas; el pueblo judío se siente oprimido bajo su exigente Dios, los individuos católicos se sienten divinizados albergando a su deidad grandilocuentemente conmiserativa).
En Canaán estaba el río Jordan y a un costado de él se podía cosechar (“Heber” quiere decir “costado” en el idioma canaaíta que hoy se conoce como “hebreo”; los “hebreos” quería decir: “los que viven de este costado del Río Jordan”). Es cómico que los hebreos al adoptar costumbres de cultivo de los canaaítas, no pudieran separar las técnicas agrícolas de la religión pagana politeísta. Y es que realmente, gracias a idolatrar a la luna, se favorecía el crecimiento de ciertos vegetales en los que el agua desde adentro del tallo sentía la atracción lunar (así como las mareas) en determinados días mas que en otros.
Entonces los judíos descubrieron que en la Tierra prometida se podía vivir y lo que les interesaba era eso: vivir en la Tierra.
Pero a un católico de la misma oración la palabra que más de cerca le toca es la palabra “prometida”. Vivir en la Tierra no es tan imprescindible porque morir no es la muerte de nadie y la Tierra es poca cosa comparada con el Cielo. Los católicos nunca hubieran aceptado la miserable Tierra de Canaán, ellos con grandiosidad recibieron de Jesucristo una promesa mejor: el Reino de los Cielos.

Jesucristo se dirigió a los judíos para reformarlos, pero los judíos no le prestaron atención y lo llamaron “Ben Panter”, es decir “el bastardo”, insulto que curiosamente con el tiempo se convirtió en uno de los mas injuriosos para los católicos, que consideran a la familia como el sacrosanto pilar de la sociedad y la cuna de su pureza. Es curioso porque el propio Jesucristo despreciaba a la familia como institución, en ocasión de la lapidarse a una mujer adultera dijo: “el que esté libre de pecado que arroja la primera piedra” olvidando por completo que su propia madre, de acuerdo a la historia oficial, estaba en pleno derecho de responder a esta frase con un cascotazo. En otra ocasión desconoció un llamado de un pariente y dijo que su familia era la hermandad humana que se había convertido a su movimiento de piedad universal. Con respecto al vínculo paterno dijo: “no he venido a traer la paz, sino la espada”, demostrando que era un poeta y no un contador que hubiera dicho “Guerra” y no “Espada” como lo opuesto a “paz”:
A Jesucristo le parecía que los judíos eran cerrados, materialistas, estructurados, criticones, muy poco espirituales, muy poco imaginativos, muy poco soñadores y en absoluto creyentes apasionados. Así que preparó un mensaje en contra de todo esto. Pero como no lo escucharon tuvo que buscarse otros interlocutores, otro publico.
Wilde hubiera cambiado de ideología, Wilde se debía a su público y no a sí mismo, o para decirlo sin abnegación: lo que Wilde se debía a si mismo a cualquier precio era el reconocimiento del público. Las obras que produjo encarcelado son en ese sentido mas admirables que “Don Quijote de la Mancha” que la leyenda pretende fue producido por Cervantes estando preso,  porque Cervantes se limitó a darle la espalda enteramente a la actualidad exterior que estaba rodeándolo y se refugió en su interioridad para crear (con absoluta libertad temática) algo que lo distrajera mientras que Wilde aún preso y quebrantado permaneció atento a lo que el publico esperaba de él y realizó por escrito  el arrepentimiento por su vida licenciosa que aclamaban sus verdugos (si bien esta consideración final de Wilde fue una consideración no correspondida, porque los industriales súbditos de la reina Virgen algo asqueados ya no volvieron a interesarse por él).
Jesucristo puso la tenaz permanencia en su mensaje y la elasticidad hábil en su público. De manera que habló con gente muy pobre ( pescadores, artesanos, mendigos) y a ellos que nunca habían tenido un centavo o un dinar que administrar, les aconsejo que fueran menos materialistas y más espirituales, más soñadores, que no se aferraran tanto a lo visible, que no tuvieran tanto los pies sobre la tierra, que no fueran estructurados, que los ricos iban a ser castigados diciendo: “Antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los Cielos” y con esto no quería decir literalmente que el procedimiento indicaba que primeramente ingresarían los camellos (cosa no menos fantástica que otras que dijo), sino que los ricos iban a ser castigados- y aquí nuevamente queda evidenciado su poco matemático concepto de la justicia ya que unos pocos años de prosperidad en la Tierra significaban los tormentos eternos. Dijo también a estos hombres harapientos, explotados y oprimidos que tuvieran el ejercicio metódico de la autocrítica y fueran humildes y agradecidos; “Ven antes la pelusa en el ojo ajeno que la viga en el propio”.
Así se creo una fama de avaros a los judíos pero por aquel entonces la generosidad católica consistía en no tener ni siquiera lo mínimo como para permitirse ser avaro.
Todos sabemos lo que son los judíos desde el punto de vista católico pero los católicos, desde el punto de vista judío tienen razón en abogar por la clemencia porque son realmente dignos de compasión quienes no pueden tener ni un Canaán reseco y tienen que conformarse con un inexistente Reino de los Sueños.
Lo que los católicos  creen que es la caridad cristiana es que el profesor no le pegue con todas sus fuerzas al alumno que escribió que dos mas dos son siete; lo que los judíos creen que es la caridad cristiana es que el profesor tolere y hasta ame la verdad individual, en definitiva incomprobable (y meramente temporal) de que dos mas dos pueden convertirse en siete. Gracias a esta perspectiva entendemos porqué Bernard Shaw compadecía a Oscar Wilde (quien, naturalmente compadecía a Bernard Shaw) ¿Por qué compadecía Wilde a Shaw? Huelga decir que el contraste  favorece a Wilde, a Shaw le falta sensibilidad y encanto, le falta imaginación, le falta poder de síntesis.
Todo eso podría haber dicho el poético Jesucristo al tartamudo Moisés.
Shaw consideraba que Wilde no miraba la realidad cara a cara, no preveía las consecuencias, tanto amor por la afectación lo afectaba y terminaba autoengañándose. Y en efecto Wilde inició un juicio que terminó con él y jamás sin embargo dejo de alabar la imaginación  y de vivir hoy solo pensando en hoy como las  aves dejando que por el mañana se preocupara el mañana, que los muertos enterraran a los muertos y que Dios provea. Jesucristo en la cruz parece ser que pregunto:- “Dios ¿por qué me has abandonado?” sí estaba siendo consecuente con un cambio de modalidad en la relación de Dios con el hombre tal como se la había representado hasta entonces. Aunque no creamos que Dios quiso condescender a ser humano para sufrir en carne propia su condenada creación o su Divina creación (ya sea si pensamos que tuvo envidia, de poder no estar solo o si decidió hacerse personalmente responsable y tomar un tazón de su propio chocolate) lo que no podemos dudar es que Dios a partir de Jesucristo no es el reverenciado Padre que inspira miedo y al que –como en el caso de un chico de padres separados- solo se le habla una vez por semana(en el templo), sino que quedó inaugurado un estilo de vinculación más íntimo y frecuente, de tú a tú, digamos.
Entonces Jesucristo puede decir:-” Che Dios, ¿qué estamos haciendo?” mientras que Moisés decía: -“si alguna vez no hablo de ti, mi Señor, con obediencia ciega, que se quede mi lengua pegada  mi paladar”.
Oscar Wilde en la cárcel no se sintió abandonado por su público pero adaptó su máscara de artista y pasó de la frivolidad fingida, de la ligereza pesadamente construida a la medulada autoconciencia redentoramente lúcida del ánimo trágico. En lugar de frases epigramáticas escribió una balada sangrienta y una carta en la que le pasa factura a su ex con tanto artes que las mejores citas wildeanas provienen de ahí.
Por ejemplo cuando dice: “El amor solamente se alimenta de las cosas hermosas, los platos deliciosos, las bebidas suntuosas, los cuadros, las joyas, las rosas; en cambio el odio lo devora todo. yo te di mis cosas mas hermosas creyendo que estaba alimentando tu amor y en realidad estaba alimentando tu odio”.
Hay fragmentos de allí que nos hacen sentir que en realidad cada persona solo habla consigo misma y solo puede ser herida por sus propios términos. Por ejemplo, Wilde tenía el discurso de la adulación cuando convivía con sus cortesanos y generaba alabanzas a sus artistas predilectos. Mas adelante lo que más le molesta es que su novio le haya dicho: “Cuando no estás sobre tu pedestal dejas de ser interesante” y esa frase casi idénticamente la había dicho Wilde refiriéndose a Whistler a quien solía llamar “Jimmy”: “No debería rebajarse y condescender a hablar con el hombre común, el hombre común debe subir hasta su pedestal y no Jimmy bajar”
En la extensa carta redactada en prisión encontramos también el reproche mas terrible y Wilde lo corona con una muy católica actitud de idishe mame, en la que decide presentarse a sí mismo como siempre, como el benévolo amador. En vez de decir: “Te odio y me encantaría que estuvieras pudriéndote en la cárcel vos”, le dice: “ Tal vez yo esté llamado ahora a enseñarte el valor y la belleza del dolor”. ¿Por qué dijo Wilde esto? ¡Porque no es lo que una persona vulgar hubiera dicho!
Lo unico que realmente nos pudo enseñar Oscar Wilde a todos es a pensar las cosas de un modo distinto al que nuestra propia vulgaridad tendería a hacer. No nos enseña amor ni coherencia: antes dijo que al amor lo alimentaban las cosas bellas y después sigue amando desde su celda infecta.
Es Bernard Shaw quien nos enseña amor, pero al igual que en otros casos, Wilde suena mas amorosamente convincente. Bernard Shaw dijo: “Quien no te devuelve la bofetada, no te perdona ni  permite que te perdones a ti mismo”. Si Bernard Shaw hubiera caído preso por culpa de su pareja la primera carta hubiera sido de ingeniosas injurias. Shaw comprende que la pureza de sentimientos del amor requiere haber sacado primero la bronca afuera no ocultarla como hizo Wilde. Esto tiene que ver con el miedo a las verdades desagradables que tenía Wilde. Para Shaw la verdad más desagradable será mejor que la más regocijadora de las mentiras. La verdad más desértica será terreno mas firme que la mas estrellada mentira.
Wilde es más vacío que Shaw porque Wilde hace mención y no uso. Wilde era un mentiroso encantador y Shaw un sabio insoportable. Wilde hablaba de la imaginación que nos permite ir a cualquier lado, pero necesitaba tener bien visibles los estímulos para inventar belleza; se rodeaba de lujo, vivía por encima de sus posibilidades porque se cuidaba mucho de tener un aspecto irreprochable y ser el más sibarita de los comensales.
Wilde no ejercía todo lo que predicaba excepto una sola cosa: rechazar lo instintivo, lo convencional, lo impulsivo, lo sensato, lo que todos en su lugar harían, rechazar- en una palabra- la vulgaridad.
Así es como viendo cómo el carcelero maltrataba a un presidario, compañero de celda, no dijo:-“hay que rechazar esta monstruosa crueldad innecesaria”, sino que dijo: “¡Qué hombre más falto de imaginación!”
Hay una historia anónima en la que un joven se enamora de una muchacha que vive sufriendo indeciblemente a su suegra: la muchacha siente que la suegra es inenarrablemente demandante, que retiene a su prometido y que el joven nunca le pertenecerá del todo mientras la suegra exista. Entonces, la muchacha le pide al joven que como prueba de amor mate a su madre y le arranque el corazón. Después, que le traiga el corazón de la madre. El joven acorraladamente enamorado mata a su madre, le arranca el corazón y esta subiendo la escalera para reunirse con su amada cuando se cae y el corazón cae también. Ahora viene el remate.
El corazón dice; “-¡Pobre hijito mío...! ¿Te has lastimado?”
Esa historia fue inventada con el propósito de afirmar que el corazón de una madre es poco menos que Jesucristo dando con una bendición la otra mejilla ante cada bofetada. Podemos conmovernos con esa historia pensando desde el punto de vista de la madre; pensémoslo ahora desde el irreversible punto de vista del confuso y doblemente culposo hijo…
Desde el punto de vista de Shaw, el ser humano no llega nunca a ser así de angelical, por lo tanto es diabólico dar falsas esperanzas.
Oscar Wilde da falsas esperanzas, y falsas desilusiones y falsos reproches, todo lo que produjo Wilde es verdaderamente falso. Su panegírico de la imaginación es siempre la inminencia de todo un mundo nuevo por descubrir, con solo  rechazar de pleno el fangoso mundo actual.
Todos vivimos en el fango- dijo Oscar Wilde.-Pero algunos miramos las estrellas”. El problema es que las estrellas que miraba Wilde eran ficticias, con lo cual lo único real de Wilde mirando al cielo era su patológica negación ver el fango.
Shaw vio el fango y vio que era reformable, redimible.
Cuando Shaw habla de Sócrates dice que el problema que tuvo Sócrates fue que no entendía que a la gente no le encantaba parecer estúpida con tal de llegar a la verdad. “Si te propones decirle la verdad a la gente-dijo Shaw- Más vale que la hagas reír”. Cuando describe a Jesucristo, Wilde dice que fue el primer romántico, un campesino de Galilea que decidió cargar con todo el dolor del mundo sobre sus hombros. Cuando describe a Jesucristo, Shaw dice que tenemos que deshacernos de la idea inverosímil de que Jesucristo era manso: Jesucristo era bravo, arremetió contra los mercaderes en el templo, no se dejaba amedrentar. Wilde y Shaw admiraban a Jesucristo, el primero desde su ternura compasiva y el segundo desde su resuelta determinación.
El amor y la pasión son banderas que enarbola Oscar Wilde en su versión de Jesucristo y esto hace que lo sintamos más cerca nuestro que Shaw del mismo modo que Freud está más cerca nuestro que Marx, aunque nos guste menos: porque Wide y Freud se centran en nuestra subjetividad y no en nuestra objetividad.
Yo puedo pensar que Marx es un genio y que por su culpa, por haber cargado su discurso de resentimientos y una apología a la dictadura del proletariado, los capitalistas ricos ya nunca oirán propuesta alguna de socialismo o de sociedad mas justa o puedo pensar que Marx es el mas grande pensador de la historia como fue elegido recientemente en una encuesta mundial, el que denuncio la opresión a la que obliga el pérfido sistema y no los explotadores títeres.
Yo puedo pensar que Freud es reduccionista, pansexualista, que desproveyó a la psicología del estatuto de ciencia para aquella esfera de la mente que justamente mayores investigaciones merecía, que no sólo reduce todo a algo sexual sino que además reduce lo sexual a muy pocas o muy desagradables alternativas, o puedo pensar que Freud es el más lucido desentrañador de los fenómenos mas difíciles de discernir a causa de su cercanía.
Pero piense lo que piense de Marx y Freud, a Marx estoy condenado a sentirlo más afuera y a Freud más adentro y lo mismo sucede con Shaw y Wilde, porque el grito de guerra de Shaw es “mira un poco el mundo que te rodea” y el susurro de Wilde es “escucha  a tu corazón y explicita tu incomparable individualidad”. Pero Wilde era vulgarmente antivulgar y Shaw era extraordinariamente antivulgar “infiltrado”; sin estridencias.
Wilde era snob, creía en el dialecto aristocrático, creía que un ropaje verbal de alusiones a la cultura iba a producir ideas cultas. Shaw tenía ideas de una lógica muy fina pero las vociferaba como un ordinario adolescente acalorado, las graznaba.
Wilde usaba coloquialmente en su vocabulario cotidiano figuras de la mitología griega. Decía por ejemplo “tal señora es una verdadera Gorgona” y es muy difícil advertir que en esa frase no hay ninguna idea compleja, diáfana, deletérea, arduamente elaborada, de considerable originalidad, de notable penetración psicológica o que solo un erudito podría formular. Es muy difícil tomar conciencia que “Gorgona” equivale a “vieja bruja” o “maldita arpía” y no trae aparejada con solo evocarla, toneladas de cultura. Este efecto es el que explotaba Wilde, en un mundo en que vivimos soportando los excrementos de los perros Wilde nos infiere una abundante provisión de excrementos de unicornio, hablando intelectualmente, y como la gente no oye la verdad sino que la ve y la parte visible de Wilde es primorosamente extravagante no se percibe que la sustancia no deja de seguir  siendo execrable.
Hay una diferencia sustancial en los respectivos desprecios de Shaw y Wilde: Bernard Shaw desprecia las ideas estúpidas, pero se pone en la piel de cada persona y no solo la respeta sino que la insta a que se respete a si misma. Oscar Wilde desprecia a las personas estúpidas, no importante que ideas tengan lo cual estaría perfecto de no ser porque su noción de persona estúpida es, por ejemplo, toda persona que encuentra algo que criticarle a “El Retrato de Dorian Gray”. Además Wilde desprecia no dependiendo del  coeficiente intelectual ni del criterio estético a, por ejemplo, los basureros, los tenderos, y por otra parte a los empresarios, comerciantes ricos, los “fariseos”:
Es encantadoramente demagógico en esto.

Imaginemos que sale en la revista “Gente” en la tapa un titular que dijera: “La gente es absolutamente idiota”. ¿Quién diría al leerlo: “Me siento insultado”?”¡Nadie! Para cada uno, la gente son los demás.
Otro truco de Wilde es el antes detectado, la táctica de la ambigüedad, por ejemplo: “Un verdadero caballero no hace nada de lo que no pueda hablar en la cena”. Lo que puede querer decir que un verdadero caballero encuentra satisfactorio abstenerse de incurrir en una conducta pecaminosa pero también puede querer decir que un verdadero caballero encuentra la manera discreta de comunicar absolutamente todo- y en cuanto a su condición de homosexual y su comportamiento a este respecto Oscar Wilde nos da más motivos para que nos decidamos por esta segunda interpretación.

Una de las paradojas mas protuberantes de Oscar Wilde es que su oda a la alegia, la elegancia, la despreocupación y la jovialidad fue cada vez menos alegre, elegante, despreocupada y jovial en la medida en que llegaba e éxito. Se rodeó de una corte de adulones, pagaba con pitilleras de plata los elogios que nutrían su robusta vanidad, se fue haciendo cada vez mas dogmáticamente incapaz de tolerar la menor critica y su inicial “ me banco lo que sea porque con imaginación puedo ir a donde quiera” devino en “no puedo soportar la escabrosa brutalidad de la gente sin delicadeza”:
Uno de sus primeros aforismos era: “ Sufrir no sirve para nada, el placer es el maestro de la vida”, uno de sus ultimos: “ Tal vez yo esté llamado a enseñar el valor y la belleza del dolor”. El autosuficiente cinismo del primer Wilde- que se obligó a ser el ultimo-encubría una pasmosa ingenuidad e indefension pero su arrogancia era demasiado cáusticamente despiadada como para dejarle mostrar su necesidad de ayuda y tomar la ayuda de muchas amigos leales que asi lo intentaban.
Hay evolucion o cambio en Wilde y puede haber evolucion y cambio en sus lectores. El lector de Wilde se puede desilusionar, pero es imposible desilusionarse de Bernard Shaw porque él nunca nos ilusiona de nada excepto de la posibilidad de que comprendamos que tenemos que criticar nuestras opiniones.
Para Wilde, la vida es una tragedia de la que nos salva el vivir en una fabulosa burbuja personal, para Shaw la tragedia no es la vida, sino nuestra burbuja.

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