jueves

El cristianismo es platonismo para el vulgo y Dolina es Borges para peronistas


la cafetera Break-fast literalmente significa "rompe rápido"

el restaurante hindú Gandhi, literalmente homenajea al mayor huelguista de hambre de la historia...

Anoche tuvo lugar el segundo encuentro del curso de humor de verano en el que abordamos explosivamente la partición del significante, cual si del átomo se tratara (paradójicamente a-tomo quería decir "indivisible"). Hernán comentó lo diferente que resulta el humor para ser leído del que es para ser charlotteado (¿ven ustedes que solo se ve pero no se puede oír la deformación ortográfica que operé enchocolatadamente sobre "charlotear"?). Al mencionar su intento de curso de guión, nos agarramos del significante "guión" para recordar otra técnica, la de las etimologías de HeiL-degger, quien tomándoselo con (o tomándoselas contra la) filosofía resemantizó al amante de la sabiduría como sabio en amores. 
Pasamos revista por ejemplos de diversa ìndole, el de Gadamer recordando que un pre-juicio es solamente un juicio previo, el de Derridá asegurando que un texto es un pre-texto, el de Georg Steiner asegurando que una desgracia es una des-gracia, la pérdida del vínculo con la divinidad, el de Jorge Bucay insistiendo en cuánto nos enceguece la iracundia porque el enojo se monta en-ojo.
Vimos al joven Marx (esta vez sí Karl, no Groucho) y su Félix&Scorpion, las metátesis en "no es la conciencia individual la que produce el ser social, sino el ser social el que produce la conciencia individual", la burla a "Filosofía de la miseria" de Proudhón en "Miseria de la filosofía", el dictuum de Gramsci "el que domina, nomina", el de Lacan "la histérica es histórica", vale decir rescatamos como estrategia de persuasión al juego de palabras que altera una única letra. Ezequiel hizo una trasformación en dos pasos de "carcajadas" a "carajo" y desembocamos en Oscar Wilde, de quien leímos "The importance of being Earnest" lamentando la traducción (que se podría haber ocupado de mantener la sorpresa, o la dilogia, diciendo "La importancia de ser Severo" o "La importancia de ser Franco").
De Wilde comentamos su vida, traté para ser irónico en su homenaje de hablar mal de él, de manera que me agarré de lo expuesto por Thoman Mann en "Schopenhauer, Nietzsche, Freud" para poner en tela de juicio su filosofía hedonista a la sazón de un esnobismo clasista que roza la orla del vestido socialdarwinista con tal de no dejarse pisar el ponchito de la llamativa exquisitez. Después mostré las incoherencias en la evolución de su prédica, su ponderación de la compasión ya en la cárcel, su previo desprecio por la empatía que despierta el dolor. 
Voltaire huyó cuando lo sospecharon autor de "la Henriade": ¿fue por soberbia, por creer que iba a salir adelante que no tomó el tren a la Paris de Gide, el solo en este sentido socrático irlandés?
La traducción de la obra cuyos dos primeros actos leímos en clase sufría de errores tales como que un matrimonio que flirtea con ondita en público lava los trapos sucios al sol (cuando el original es "limpios": lava los trapos sucios al limpios) o que la mujer que se separó tiene el cabello blanco por el dolor (el original es "platinado", la platinado que se separó tiene el cabello blaco por el dolor). Recientemente en una película vi que la protagonista decía en inglés "podemos yacer aquí" y el traductor subtitulaba "Podemos mentir aquí", así que el juego de palabras involuntario, la mentira dormida si usted pésimo traductor así lo quiere, estuvo a la orden del día, así como la palabra semejante (Elizabetha leyó "inmortal" por "inmoral": Niní lograba buenos efectos con "dejó de persisitir", también con la palabra mal pronunciada "se nos fue redepente"). Les Luthiers o más exactamente Daniel Rabinobich en "prestigiriosos forros internacionales, prestigiri, prestigi, famosos" y Quino, más exactamente en "Mafalda", pone en boca de Guille el esfuerzo de pronunciar "tortuga": "qué linda todtuga", que termina en "¿y si la pateo?".

Comentamos las ironías de Wilde, sus inversiones lógicas (es decir, nada lógicas, completamente imprevisibles, sus juegos con la lógica formal que nunca abandonan el sentido). Leímos alguna de sus cartas, recordamos frases (al salir de la cárcel su comparación ya no fue con Jesucristo, sino con San Francisco, dijo que como él estaba casado con la pobreza pero a diferencia del santo el suyo no era un matrimonio feliz). Basamos como clave de lectura emocional (desde que un neurólogo nos disuadió de la idea de que el humor podría ser una anestesia del sentimiento y una ascéptica abstracción del dolor o la alegría, desde que un neurólogo nos hizo ver con meridiana claridad el error de Descartes de separar emoción de intelecto) la apelación a la vanidad. Comentamos cómo en una Londres que practica la reticencia y la falsa modestia, Wilde se abrió camino afectando ser la más exagerada de las arrogancias y cómo su discíplulo humorístico Borges fue lo suficientemente irónico como para invertir el efecto y ejercer la más exagerada falsa modestia en una Buenos Aires en la que todos simulamos ser prepotentes dioses que nos llevamos el mundo por delante y nos las sabemos todas.
Mencionamos los usos de la vanidad parodiados en todas las comedias de Woody Allen y en Les Luthiers y en cómo el adulador hace que se piense bien de él.
Hablamos entonces de "Amigos intocables", el gran film de Olivier Nakache y Eric Toledano, con Omar Sy y François Cluzet, basado en la historia del dueño de Pommery que quedó tetrapléjico en un accidente de parapente y un desocupado bruto, que venía a que le firmen el certificado de que estaba buscando trabajo para cobrar un subsidio, que por su irreverencia resulta secretamente más halagador que todo enfermero caritativo, con lastimero cariño hipócrita.



Comparamos la tesis del film con "My fair lady" y "Mighty Aphrodite", ambas películas en las que se busca refutar lo innato de los privilegios. Mencionamos "Zorba, el griego". El encuentro entre un senegalés que desprecia el arte y la cultura modernos por ignorancia con el refinado magnate reducido a su silla de ruedas da un giro de tuerca la mar de inesperado: es la ignorancia la que enseña al conocimiento (un poco a la manera de "Arianne" en la que Audrey Hepburn, la inocencia, educa al mujeriego cínico). Si bien está la corriente obvia, la línea Yunus-Banco de los pobres-Jean Valjean, que hace de un ex presidiario mal ladrón de joyas un responsable trabajador lleno de inquietudes e iniciativas, que llega a percibir la belleza de la música de Vivaldi, el aspecto más fascinante es cómo el tetrapléjico revive a su cerebro animal gracias al desparpajo duro y puro, a la sana insensibilidad sonriente, a la pendenciera pasión por imponer la certeza de quien ignora la duda, al orgullo testarudo y despreciativo del barbárico filisteo. Vimos en este personaje desprejuiciado que viola las reglas porque las ignora a un venturoso agente humorístico lleno de la mordacidad corrosiva, irrespetuosa y feroz con la que Oscar Wilde seduce desde su estilo por más que sea en el plano del contenido para recomendar la holganza, la pachorra, la lasitud y el quietismo.
La crítica vio en este film un nuevo modo de lidiar con la discapacidad y no un nuevo modo de iluminar la metafórica discapacidad universal. Después de haber comentado a Marx como  ironista (el inversor de Hegel) y de haber examinado lo irónico de muchos procesos mentales que permiten suponer que cinetíficamente en muchos casos las cosas no son de cualquier otra manera, sino exactamente del modo opuesto, no habría o no sugeriría que dejar sugerido o abierto el concepto de socialdarwinismo dado vuelta. El bruto y fuerte cuidador del cultivado hombre de movilidad reducida no sería el nuevo Superhombre en nombre de los Wachiturros Superpoderosos: recordemos contra Rousseau que son las supersticiosas y rudimentarias nociones construìdas por su iletrada cultura las que obran como refrescante bálsamo contra la peor de las víctimas: la víctima de la sensación de sentirse una víctima. O sea: el autosocialdarwinismo es terapéutico. El tetrapléjico se cura cuidando a su cuidador màs que reducido a la pasividad de ser cuidado. El caso real en el que se basó la película es más gracioso aún: gracias a la obsesión sexópata del enfermero, el enfermo terminó ligando y se volvió a casar. Ahora se queja al periodismo de que ya no tiene la posibilidad de escribir otras memorias que resulten best seller como hacìa en sus insomnios presa del dolor fantasma, porque tiene una esposa y la despertaría. Nunca se quejó de ser tratrapléjico, porque eso se puede sobrellevar, pero el matrimonio ya es otra cosa...
El "fantasma del miembro ausente" contra Marx y su idea de que el capitalismo inventó la menstruación nos devuelve al biologicismo: extrañamos no con el alma a los seres queridos que extrañamos, los extrañamos con el cuerpo y a causa del cuerpo y su estúpida manutención de neuronas de representación cortical de zonas caducas...
Ayer nos visitó Eugenia quien trabaja para Sprayette y nos contó el infierno que para ella eso representa. Nos dijo que se siente una prostituta telefónica. Yo expliqué que a pesar del chiste turco ("mañana mi hija bor brimera bez se bresenta en el teatro"- -ah, ¿debuta?- -no, de bailarina") los vínculos entre la prostitución y la actuación no son tan estrechos, y aclaré que mi hermana es actriz. Dije que en la deliciosa biografía de George Bernard Shaw escrita por Chesterton, éste afirma que si bien no caben dudas de que el ingenio de Shaw cae en sofismas, siempre cabe destacar que Shaw nunca usa los sofismas para defender en algo en lo que no cree. Un prurito que por supuesot jamàs tendría un actor. De un mártir al que quemamos en la hoguera esperamos sinceridad, aunque muera por una causa que no sea verdadera. Pero nos reíriamos de un actor que se niegue por principios a llorar en una escena en la que en su vida real no lloraría (recordamos que Harold Bloom recomienda poner en cada universidad que enseñe literatura enchapado en grandes letras de molde el apotegma de Wilde "TODA MALA POESÍA ES SINCERA"). 
Paula vino brevemente y con cortesía japonesa devolvió el libro de Moliere aunque no se pudo quedar a la clase. Comenté el hermoso epitafio de la Academia que lo había rechazado: nada agrega a su gloria nuestro homenaje, pero sí mucho a la nuestra. Nos preguntamso por el origen de muchas expresiones vulgares, ahondando en esta indagación del buen salvaje para demostrar que los plebeyos no nacieron con sus horribles gustos musicales y que si bien pertenecen a una esfera del universo simbólico a todas luces revulsiva, no carecen de metáfora como las copetudas gramatólogas insinúan con nostalgia de los tiempos en que los choferes de colectivo no osaban fumar y los pater familii iban a la cancha en traje. No dimos con la respuesta para "echarse un polvo" cuyo origen nos interesó menos que su injusto éxito en un terreno tan húmedo. Ezequiel advirtió que "lora" era prostituta, aunque me dijo por no lo decía por la pronunciación del nombre, Laura, de mi hermana en inglés: de allí provendría la reiterada alocución verbal "la concha de la lora". Creo que llegamos a mencionar "plumas verdes" y como, a semejanza de lo que sentimos al ver un Picasso y un Rembrandt, la evolución de las artes plásticas parece involucionar hacia el primitivismo como el humorismo mismo: la explicitud es el último grito, y "lo que entiende el censor merece ser censurado" una ingeniosa frase demodeé de Karl Kraus. Eugenia (bello nacimiento) trajo como pago simbólico por su visita (para que haya transferencia bancaria) una torta de chocolate, con lo que retomamos la dicotomía prostituta versus repostera. No todos conocían el chiste y Ezequiel que lo conocía no se avenía a contarlo, a pesar de que tuvo el tupeé de confesarme que necesitaba que le den masa (muscular, está jodido todavía del nervio asiático). Su intentona ramplona de contarlo sirvió para enunciar la próxima consigna, a saber, elegir un chiste que nos guste y narrar cómo se lo puede arruinar contándolo mal (esta consigna le pareció más accesible al alumnado que la de escribir aunque sea los dos primeros actos, con eso me conformo, de una pieza como de Oscar Wilde). Leímos de "Cómo ser una idishe mame" el respectivo apartado (que pude haber extraído también de "Ein Ehepaar erzählt ein Witz" de Peter Panter, heterónimo de Kurt Tucholsky). Conté cómo la esposa pide ayuda al marido con el cambio de un cuerito y este se rehusa patoteril preguntando si le vio cara de plomero. Màs tarde ella le pide cambiar una lamparita y él le enrostra carecer de facciones que lo asemejen lombrosianamente a un electricista. Una mesa desnivelada es al tercer y última demanda. El rostro, acerca del cual tan caraduramente ha escrito Levinás, no guarda semejanza en el caso del marido con el de un carpintero. Al volver todos los arreglos están hechos (all the arrangements) y el marido le pregunta cómo se las arregló. la mujer replica que el vecino del cuarto B se ofreció a ayudarla. ¿Gratis?. No, me dijo que le preparara un bizcochuelo de chocolate o que le (¿de dónde vendrá esta expresión?) le tirara la goma. ¿Y qué hiciste?. ¿Me viste cara de repostera a mí?.
Al salir de la clase una reverberación prodigiosa me fue deparada: Cecilia, mi amiga, que siguió discutiendo mientras caminabamos los pormenores del encuentro entre la alta cultura sobreprotegida y escrupulosa y la canalla y la chusma llena de vitalidad, me dijo que por más que mis esfuerzos estén dirigidos a leer más y ser un docente mejor preparado, mis mejores cualidades no eran intelectuales, sino mi bondad y mi generosidad que no es algo tan fácil de encontrar porque eruditos brillantes e hijos de mil putas hay, dijo, "como para hacer tortas".
 
Cómo fue la primera clase 
(por Hernán)

Todavía no desculo si las sandalias eran parte del shock inicial o forman parte de su botinero habitual.

La bata colorada, el sombrero de bombero, el gorrito de Boca, los puños de la camisa Locomía, sin duda eran golpes de efecto.

Pero… sandalias: eso me dejó perplejo.

Salir en sandalias a la calle es como andar con la camisa mal abrochada a propósito, con la bragueta abierta, como caminar levantando una ceja, o mostrar el ombligo, o hablar por la billetera fingiendo que es un celular.

Para las mujeres no, todo bien: un poco de cuidados frecuentes y… hola piecitos tiernos como una empanadita china al vapor.

Pero ver a un tipo en sandalias es un horror.

La ojota es más honesta. No trata de camuflarse. Se te clava entre el gordo y el largo y te lleva adonde vayas.

La sandalia es más ladina: se ampara en el pretexto de “ventilar”, se refugia en parecer “un zapato, pero más cómodo”, mientras que su verdadero objetivo es exponer aquello que siempre debió permanecer oculto, entalcado, enzoquetado y abotinado.

Las sandalias se usan durante las vacaciones, o en Panamá. Nunca en la ciudad. No se puede subir a un colectivo, andar en bicicleta o esquivar baldosas flojas con sandalias. Ni siquiera se puede caminar con dignidad. A lo sumo se ostentará un andar metrosexual, una mezcla de chongo descremado con puto light.

No caben dudas de que el que usa sandalias es un hijo de puta.

Probablemente tenga pene pequeño, alopecia, un convertible colorado, una esposa siliconada y una amante más fea que su mujer. Debe vivir en una torre con rejas, portero-visor y pileta en la terraza que no le dejan usar porque se atrasa con las expensas. Dice votar “continuidad” y así viene perpetuando feudos, ya que sus convicciones políticas se evaporan entre los dedos de sus pies.
Por gente como ésta, estamos como estamos.
         
     Cómo fue la primera clase  
                       (por Ezequiel)

Ya desde el principio se notaba que la cosa venía rara: un tipo vestido de traje y mochila de camping; errores de cálculos o vaya a saber qué artimañas hicieron que el aula que teníamos asignada fuera suplanta-da por otra. Ahora sí, ya siendo la hora estipulada (o quizás más tarde), entramos al salón y comprobé que el de la mochila era el profesor, quien, con toda evidencia, no venía de una estadía en Tandil, sino que empezó a sacar distintos tipos de elementos: una bata de baño, un gorrito de Boca, un mate. A esa altura, creí que solo faltaba que nos mostrara un castor. Los alumnos nos sentamos cada uno separados del otro por par de ban-cos, casi como dando a entender que hasta ahí no había suficiente con-fianza.
El profesor intentó presentarse, y digo «intentó», porque apenas empezó a hacerlo, saltó diciendo cualquier otra cosa. Hasta escribió en el pizarrón «Schopenhauer». Creo que algún alumno pensó que ese era su apellido. Pero no; resultó ser un filósofo alemán que dio una definición sobre el humor que, a fin de cuentas, era insuficiente. Luego nos presen-tamos uno por uno; cada cual explicó un poco de su vida, el porqué de su inscripción en el curso. A mí me llamó la atención las razones que daban: creí que iba a encontrarme con gente más desubicada, estrafalaria. Pero cada uno tenía sus propias razones inobjetables y comprendí que estaba equivocado. Sin embargo no logré comprender por qué carajo la mitad del curso reincidió.
A esa altura, el profesor iba y venía explicando en qué consistía el curso y cebando, cada tanto, con un termo de espantosa figura para tan excelso mate. No obstante, hacía chistes con cada uno de sus alumnos, aquel de la remera, este del bastón, aquella y su Japón. Y mientras tanto nos metía en el tema: el humor. Daba definiciones de diferentes autores, casi todos de idioma alemán o aledaños. Pero él seguía tomando su mate. Ni siquiera preguntó si alguien quería. En este punto, debo aclarar que yo sí quería tomar de ese mate que tanto me fascinaba: un mate así de largo por así de ancho y, para no faltar a la tridimensionalidad, así de profun-do. Tenía yo, asimismo, la disyuntiva de que en el remoto caso de que el profesor preguntara si alguien quería tomar mate, aceptar o no, puesto que anteriormente ya me había bajado un termo y la certeza de saber que el baño de hombres estaba un piso más arriba.
El profesor, tal vez en estado de ebriedad (creo hoy, que suplan-taba la falta de alcohol por esas latitudes con la infusión preparada con una yerba que no la podría reconocer ni siquiera el más idóneo de los yerbateros) saludó a una alumna que había llegado tarde y, a falta de otras razones más saludables, hizo bromas con su nombre. No es necesa-rio aclarar que se llamaba Jacinta y que era pintora, pero debo mencionar que no me dolía el cuello cuando miraba para la izquierda, lugar, con respecto de mí, donde ella se sentó.
Martín (por fin recordé su nombre) leyó algunos cuentos y pasa-jes de obras que nos hicieron reír, algunos a carcajadas, otros a carcajadi-tas y otros, los menos, a carajitos. Cuando ya era la hora de partida al-guien se fue, otros nos quedamos para seguir una media hora más escu-chando y participando de la clase.
Por fin, el profesor cerró un papel con los correos electrónicos de todos, nos saludamos y nos fuimos.
No sé si terminó su mate, pero yo me quedé con la boca seca. Y quiera Dios o quien demonios sea, que ese termo se le haya roto, aplasta-do entre el gorro de bombero y el megáfono.
 Cómo fue la primera clase 
por Mauricio

Desarrollo descriptivo

Ayer tuvo lugar, con un escaso pero también triste público, la primer clase del curso de humor literario "Cómo hacer el humor con palabras, psicoterapia, laborterapia y rehabilitación" a cargo del prestigioso académico, judeo-ateo, argentino- alemán y para colmo boquense declarado, profesor Martín Brauer, (versión universitaria y delgada de Sebastián Weinraich).
Se presentó elegantemente vestido con un ambo Príncipe de Sajonia y sandalias de cuero, símbolo de distinción de Brau, su lejano e ignoto pueblo natal en las planicies de Baviera. En primera instancia el profesor trató de conocer las inquietudes del alumnado; con voz sonriente instó que declaremos públicamente los nombres, la actividad laboral, número de cuit y la razón social de nuestra presencia, si es que había alguna; y tal vez, solo tal vez si fuese necesario solicitaría las huellas digitales, rememorando una exigencia clásica del país de origen que lo expulsó.

El Doctor Brauer trataba de imprimirle un alegre y festivo ritmo caribeño a la clase, pero cada pregunta recibía una metabólica, perdón, pretendí decir melancólica respuesta tanguera que lo hundía más y más en el triste arrabal.
-¡Estoy excitadamente deprimido!- expresaba uno
-¡Yo mucho mas!- alegaba otro
-¡No estoy trabajando ni quiero!- reclamaba un tercero
-¡Quiero humor para rehabilitar!– refería Ezequiel, quien dejó bien atado el concepto: “no deseo que me hagan reír porque se pueden saltar los puntos y abrir la sutura de la cirugía de cadera”.
Hernán, ex publicista y declarado editor gay, contó una orgullosa experiencia labora-anal en Sunchales, donde según comentó aún persiste la estructurada sociedad pueblerina encerrada dentro de un cir-culito que el no pudo romper; además describió de manera humorística a otra cursante argentina ella, Paula, que vivió unos años en Japón, país que no disfruta el humor, debido a su ancestral cuadra-curita social e histórica que posee; enemistados con los chinos y los coreanos del norte, pero no tanto con los coreanos del sur, de la cual ella se enamoró de uno. Con los años renunció agradecida por distintos motivos al coreano y al japonés y volvió con la frente marchita y flequillo oriental a nuestro país por otro proyecto; ahora comienza un nuevo trabajo ejecutivo que la tiene bastante nerviosa y quisiera imprimirle algunos chistes a sus dirigidos para que no se den cuenta cuando los despida.
Una alumna rusa, Elizabetha, que habla apenas el castellano era la que mas festejaba, contó en spanishrusish que sus padres la desheredaron por haber canjeado a su debutante y adinerado esposo ruso, amigo de los japoneses de Paula, por un argentino "muerto de hambre”. Antes de retirarse y en un acto de chupamedismo escolar le obsequió a Martín un erótico frasco de huevas de esturión en lugar de la clásica manzanita. Mi reflexión inmediata fue ¿porqué no le regaló el caviar al argentino muerto de hambre que tanta necesidad tiene de llenar el estómago?

Puntualmente tarde, pero segura de la indecisión de abrir la puerta llegó Jacinta, otra inscripta que explicó sus cualidades artísticas en pinturas de muros y paredes, lo que hizo reflexionar a mas de uno la posibilidad de pintar el baño, la cocina y el dormitorio.
Pero lo más gracioso ante este panorama desopilante y trágico, es que otro pequeño grupo, en el cual me incluyo junto a Olga e Ignacio, repite la doliente experiencia de volver a cursar.
Olga, nos sorprendió con la noticia de que Samid es uno de los mejores carnívoros jugadores de ajedrez del mundo por la adicción de alimentar el aparato digestivo con peones, reinas, reyes y todo enemigo viviente; en la partida final que mantuvo con Mauro Viale, lo que tendría que haber sido en este juego la expresión “patear el tablero” derivó literalmente en un “terminaron a las patadas”.
Ignacio, sacó fotos para los archivos secretos del Centro Cultural “Almirante Rojas”.

Dándose cuenta de lo heterogéneo del grupo y sus posibilidades económicas, Martín Brauer pasó la mano por la amplia calvicie y expresó:
-También ejerzo como psicoanalista los lunes y jueves, y si me dan tiempo los viernes me animo a la terapia ocupacional o a manipular la brocha-.
Cuando calculó que las cosas se escapaban de carril comenzó a desplegar su sapiencia filosófica y literaria.
Expuso al humor con definiciones de Woody Allen y la teoría de Freud; con la verborrea que lo distingue continuó haciendo referencias de Groncho Marx y Bernardo Shaw; habló de Nick, leyó un fragmento de un escrito de Marcos Twain y pasó revista a la mordacidad de Chesterton, hasta que dirigiéndose al público gritó:
-¿Cuál es el límite para el humor?-
La alumna del lejano oriente dijo que disfrutaba de los chistes con la Shoá, pero que no podía reírse, si es que se utilizaba el tema Cromañon. Pensé que tal vez el motivo sea que el gas es un combustible transparente e invisible a nuestros ojos y el fuego carboniza y esparce olor a asado.

El profe matizaba la enseñanza con sabios comentarios irónicos, metátesis y oxí-morrones mientras pasaba repetidamente el pulgar por la encendida calota craneana cuando notaba que algún alumno bostezaba como cocrodilo. Mencionó facetas de Hitler, citó a Lubitsch y por consiguiente a Mel Brooks.
En el término de la jornada eyaculativa, semejando a un primer apareamiento, repasó emocionado un cuento de Etgar Keret para estimular emocionalmente al alumnado.
Por último, con la rezagada gota de semen que pide permiso para salir del glande al final del orgasmo, eyectó apurado una mala traducción italiana de Roberto Benini y nos entregó un libro de Poker-Link para despuntar la compulsión lúdica; así, sin pena ni gloria, disfrutando mas el cigarrillo postcoito que la cópula en sí, acabó la clase.
El alumnado se distendió, relajados se saludaron con la promesa de regresar la semana siguiente, pero si alguno no llegara a cumplir; que Dios, la Patria y el Centro Cultural Rojas se los demanden.

1 comentario:

  1. Anónimo7:01 p.m.

    hay eruditos brillantes e hijos de puta como para hacer tortas y eruditos hijos de repostera como para hacer el amor, dulce!

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la peor opinión es el silencio, salvo...