domingo

LA NOCHE ES EL PADRE DEL DÍA (del padre)


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  Este prestigioso medio me pide un articulito referido al tradicional “Día del padre” que no cae siempre el mismo día de junio, haciendo honor a la tradición de que nunca la paternidad es del todo segura. Dicha tradición ha caducado por dos motivos igual de potentes: la posibilidad de hacer un estudio de ácido desoxirribonucléico y las confirmaciones científicas de que el bagaje genético decide mucho menos que el ambiente la constitución de un individuo. Vale decir: que quienes conserven para sí-y para sus descendientes-la creencia de que es fundamental criar hijos de la propia mitad de la sangre, ahora pueden tener la certeza que nunca antes se tenía (razón por la cual para ser judío es imprescindible tener mater semper certa est-judía). Y que para quienes creemos que traerle un mundo al hijo que trajimos al mundo no se hace biológicamente, sino en la construcción que opera la cultura y el ambiente a posteriori del nacimiento, ser papás es una cosa muy otra que fecundar, engendrar, multiplicarse, dejar semilla, condenar a nuestras enfermedades hereditarias a los frutos del máximo inefable amor infinito. Hoy, 16 de junio de 2013, quisiera que alcemos nuestras copas no para aquellos que han tenido éxito como inseminadores naturales, sino como educadores, ya sea de hijos consanguíneos, ya sea, para decirlo aliterando, del hijo que elijo. Para Lacan, la paternidad también está escindida de la biología: se trata del ejercicio de una función, un rol o una serie de conductas que bien puede ejercer no solo un varón que no sea el padre biológico, sino una mujer que no sea el padre biológico o incluso un curso de cocina que no sea el padre biológico (el ejemplo me lo refirió una psicoanalista, sospecho que para exagerar pedagógicamente anundando cierto paternalismo condescendiente en su explicitación didáctica: si lo que logra la interdicción entre madre e hijo es un curso de cocina, entonces la función paterna en esa familia la ejerció el curso de cocina). En realidad Lacan no llega tan lejos (llega muchísimo más lejos pero no en este caso) y no nos proponemos festejar “El día del curso de cocina”. Las funciones que corresponden al lugar que llamamos “padre” son para Lacan principalmente: tranquilizar a la madre (ése el el primer acto de amor hacia el hijo, indirecto pero fundamental) y en determinado momento apartar a la madre de su incestuosa atracción pedófila al estupro con nepotismo. La figura que emplea para ilustrar esto es un palito en la boca del cocodrilo: la voracidad del amor materno debe ser mitigada, morigerada, atemperada, detenida. Esto no es todo: el padre tiene que poner límites, tiene que ejercer una autoridad bien entendida que libere al hijo incapaz de gobernarse a sí mismo todavía, de sí mismo. Consentirlo y darle todos los gustos corresponden a los placeres de la comodidad y la haraganería: guiar y ordenar a una criatura requiere su disciplinamiento, su “castración”. De modo que seríamos leales hijos de Lacan si llamáramos al “Día del padre” un feliz día del buen castrador. Donald Winnicott concibe otra teoría, engendrada casi contemporáneamente con pregnantes y fecundas consecuencias: el padre tiene como cometido ir desilusionando gradualmente al hijo. Cuando éste arriba a la adolescencia y se desencanta de que su viejo no sea Superman su furia se torna homicida, pero Winnicott recomienda no dejarse matar, no abdicar del cargo de padre, sino paulatinamente. Porque si no, se corre el riesgo de que el ex hijo de Superman salga super mansito… La evolución desentrañada por Darwin ya les sugiere incluso a los más enamorados de sus genes, la celebración del desvío. Borges, el incansable explorador de las posibilidades de la repetición para dar peso a la palabra, condenaba en su cuento “Tlön…”, la paternidad y los espejos (mirrors and fatherhood y mirrors and copulation) porque replican y reproducen y repiten. Una idea que tomó como buen hijo de Oscar Wilde de “Dorian…”: la naturaleza es el eterno retorno, lamentar la muerte de una rosa o de una gata es ignorar que va a volver a nacer idéntica muy en breve. El propio Wilde con su estrategia de invertir los términos toma la mímesis aristotélica y convierte la frase “El arte imita a la naturaleza” en “La naturaleza imita al arte” permitiendo que haya diversidad posible y resemantización en un pepino del sandwich para la tía Augusta. Y Borges, en su poema “Al hijo” confiesa que los hijos son engendrados por un largo Dédalo de amores, frase literariamente admirable porque no repitió “laberinto” pero mitológicamente alarmante (porque ser padre es darle alas a los hijos e Ícaro es precisamente la antítesis). Una de las personas que me hubiera gustado ser, aunque no hago nada en esa dirección, Bertrand Russell, genio intelectual, de temperamento hermoso, de gran sentido del humor y de variado éxito, ha escrito que la mayor felicidad dada al ser humano es la paternidad. Es una declaración más autobiográfica que prescriptiva, a diferencia de muchas de sus otras sentencias. Está diciendo que disfrutó más de tener a sus hijos que de escribir sus libros, de amar a las mujeres que amó, etcétera. Es harto agradable oírlo, pero tan útil como saber que no se suicidó a pesar de lo mal que lo estaba pasando porque quería aprovechar y vivir todavía un poco más para aprender más matemáticas. Son palabras no universalizables. Para un sector de la población tener hijos deseados es indeseable, una servidumbre vitalicia de la que ninguna gratitud emerge, solo envejecimientos prematuros y vivir para otro, ser poseído por un parásito. Si San Lorenzo le gana siempre a Boca se dice que San Lorenzo tiene a Boca de hijo, con lo cual la función paterna es para los futboleros, a diferencia de los lacanianos, ejercer la holgada superioridad (los yankees que saben tanto de fútbol como yo no ignoran tampoco la erección del padre como deidad victoriosa: recordemos su dictuum: Who’s your Daddy now?) Para la liturgia pornográfica el “papito” no es la función paterna que llama a sofrenar los ánimos y serenar las compulsiones, sino el claro dominador, como en el fútbol, el que está por encima (y al que encima querés que se te suba encima)
Jesús, que para los cristianos era nada menos que hijo de Él (no de Néstor), aseguró que venía a traer no la paz, sino la espada entre padre e hijo y entre hermano y hermana. Es decir, desde el punto de vista de su doctrina, que abogaba por una familia espiritual y no consanguínea, más amplia que aquella que los lazos de parentesco permiten. Y desde el punto de vista de su estilística, que no vino a traer la paz, sino la guerra pero dicho con la sinécdoque de la espada, la parte por el todo. Maradona, según otros, el verdadero representante de Dios, dijo que no se mancha, no el fútbol, sino la pelota, también en estilística sinecdótica. Oscar Wilde en la balada de Reading Gaol dice por codicia una parte en contraposición a lascivia: "some strangle with the hands of lust; some with the hands of gold" en lugar de "greed". Somos completamente padres por ser nuestros hijos, hijos de una parte nuestra. La paternidad misma es una sinécdoque. Un hombre se siente atraído por un todo que configura en su imaginería una mujer y la atraviesa del todo con una parte, para decirlo mal y pronto, la parte por el todo. Se consustancia enteramente con lo divino, pero se dice sinecdóticamente que le ve solamente el rostro al Creador. Los gramáticos posmodernos se preguntan si el pensamiento es el hijo o el padre del lenguaje pero no es nada moderno y sí muy machista decir que una mujer es una parte de lo que nos interesa del todo de ella, a pesar de lo cual la expresión que se usa cuando Raquel Mancini muestra sus otros labios al abrirse de piernas en un programa de entrevistas es que se le vio "todo". 
Entonces, recapitulemos: ¿qué es un padre? Podríamos decir que es una actividad, como dicen los psicoanalistas Lacan y Winnicott, aunque no se pongan de acuerdo respecto de cuál exactamente. Esa no es la acepción popular, claro está, ni la jurídica. Sería divertido entreverarlas y que un juez me absolviera de pagar aliementos descubriendo que no soy el padre de mis hijos no porque mi simiente no los haya traído al mundo, sino porque mi conducta jamás los contuvo, nunca fui un ejemplo para ellos, no vivo con ellos ni hago nada para ellos.

Esa reducción al absurdo revelaría que ser un padre es un privilegio que se escoge, que por eso pagamos por serlo. Es un placer como una suscripción por la que luchamos demostrar tener derecho a pagar. ¿Por qué es un placer? Incluso no desde el punto de vista fisionómico, podemos aceptar como placer, fruto de las neuronas espejo y de la imitación para el aprendizaje, lo que Serrat dice: la primer alegría que nos dan los hijos es cuando vemos cómo se nos parecen. También es un placer imaginar que no se nos van a parecer, que no van a, qué se yo, cometer el error de escribir un artículo acerca del día del padre sin estar preparados. Es un placer ejercer el poder, saberse por encima, ser como un Dios para alguien (¿acaso Dios Padre no habrá tenido a Jesús para levantar Su autoestima?). En mi caso es un placer profesoral, entiendo la paternidad como la responsabilidad docente, -una de mis vocaciones predilectas- y me costaría mucho sentirme padre si no sintiera que enseño. Por eso quería ahora, mis polluelos, despedirme con una enseñanza. Es una lección de vida que nos legó Bertold Brecht en contraposición a Oscar Wilde. Cuando declaró en su querella contra el Marqués de Queensbury, Oscar Wilde fue brillante. Sus respuestas espontáneas eran ingeniosas y chispeantes. El resultado fueron los dos años de condena a trabajos forzados que significaron su muerte, su desánimo absoluto, la ruina de su buen nombre, el final de su existencia. Cuando Bertold Brecht fue llamado a declarar por el Comité de McCarthy para detectar actividades antiamericanas no contestó con brillantez alguna. Leemos las desgrabaciones taquigrafiadas de sus dichos y no podríamos adivinar que emanan de la boca de uno de los poetas y dramaturgos más lúcidos de todos los tiempos. Pregunta qué le están preguntando, se hace el boludo, niega ser comunista, dijo que sus obras sí, son revolucionarias porque después de todo estaban en contra del régimen de Hitler. El resultado es que lo dejan ir. Por eso en forma de chiste con moraleja, tomen esta lección: un pajarito estaba muriendo de hambre y frío bajo la nieve cuando una vaca le defeca encima. Aturdido pero calefaccionado, el pajarito comprende que,mal que mal,abrigo tiene, y que mal que mal comida tiene. De la alegría se pone a cantar, canto que llama la atención de un zorro que no tarda en engullírselo. Conclusión primera: no todo el que te caga es para hacerte un mal. Conclusión segunda: no todo el que te saca de la mierda es para hacerte un bien. Conclusión tercera: cuando estés con la mierda hasta el cuello no digas ni pío. ¡Cuántas deliciosas obras de teatro y epigramas sarcásticos tendríamos ahora si Oscar Wilde hubiera escuchado a tiempo este chiste! Una novia sin tetas, más que novia es un amigo, dice el chiste hijo del aforismo “un padre que da consejos, más que padre es un amigo”: los psicólogos nos instan a no ser amigos de nuestros hijos, a mantener la distancia estamental para ayudarlos a vertrebrar sus representaciones, tal vez no haya que dar consejo alguno. Pero creo, hablando más en serio, que ser padre es como lo que explica Alejo Carpentier en “El reino de este mundo”, un trabajar para una causa que desconocemos. En el mejor de los casos,nuestros hijos nos superarán, aunque solo sea por estar subidos a los hombros de una época más adelantada. Nuestro deber es darles una abierta confianza en sí mismos, no atarlos a nuestros prejuicios morales, hijos de nuestro tiempo. Hay que tener los hijos jóvenes para no ser el abuelo de nuestros hijos, se nos dice, pero no se nos dice que si los tenemos demasiado jóvenes podemos ser el hijo de nuestro hijo. En “The invention of solitude” ante la muerte de su padre, Paul Auster escribe sus mejores líneas, algo que podríamos a su vez decir de Philip Roth con “Patrimonio”. Platón ideó la utópica República contra el ideal de la familia y creo que una familia ideal tiene que ser contenedora en todos los sentidos de la palabra: llegado un momento tiene que ser como una cárcel la contención, tiene que inducirlo al tipo a escapar. Exactamente como este texto. Para quien siguió leyendo, mi susurro íntimo: como toda virginidad superada, ser padre es la inauguración de unas facultades que no se agotan en lo que creamos de ellas o sepamos declarar: tener hijos es para mí haber experimentado un grado de amor que no creía posible, pero que ahora lo es. Me temo que no solo para con ellos… http://www.goear.com/search/Mart%C3%ADn-Brauer/

4 comentarios:

  1. Anónimo3:35 p.m.

    Para un gay, el Día del Padre es la celebración de la heterosexualidad y del machismo. Uno puede ser padre en catorce segundos, cinco minutos, o para toda la vida. Pero la maternidad, no: dura nueve meses, y te la hacen pagar toda la vida.
    El gay celebra el día del padre siendo hijo.
    El normal (por no saber decir no) lo celebra teniendo que comprar asado, cocinando, amasando, pagando los vinos, fumándose a los yernos y a las nueras para que les regalen un par de medias, un sweater con rombos o un mouse bluetooth para la compu sin bluetooth.

    A veces, envidio al vidrio de las probetas de los de probeta.

    Lascano.

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  2. Anónimo3:36 p.m.

    Grande, papá! A mi me encantaba bañarme con mis hijos. El único problema es que hacíamos olas e inundábamos el baño, jaja!!!
    Paco

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  3. Anónimo7:48 p.m.

    Un judío le reclama a su amigo goi:

    -Porqué siempre contás chistes sobre judíos? No tenés sobre otros pueblos acaso?

    -Como no. Una vez, en una esquina de Nagasaki, Furusato San le reclama a Nagoya San "Nagoya San, estoy muy ofendido con vos. Porqué no me invitaste al barmitzve de tu hijo Sato San?..."

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  4. Anónimo7:49 p.m.

    Hola, quería preguntar si es cierto que en este curso una señorita se rió tanto tanto que quedó embarazada

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la peor opinión es el silencio, salvo...