lunes

Pobres de solemnidad



Quería hablarles de mi familia, que era muy pobre, realmente muy pobre. Éramos tan pobres, que únicamente tomábamos agua en ocasiones muy especiales, si es que estábamos celebrando algo. Si no, alcohol. Vivíamos hacinados en un Penthouse frente al Central Park y ninguno de mis hermanos tenía las crocs que se compraban en Miami cuando todavía no la tenían todos los grasas. Para mantenernos ahí, mi madre trabajaba como enfermera en la sala de guardias del segundo hospital más concurrido para problemas de jinjivitis en Houston, texas. Solo el viaje, le insumía cerca de 6 horas. Cada día. Mi padre le pedía que largara. Pretendía mantenerla a ella y a todos con su suelducho de primer accionista del Standart Bank of Mangoumery, Alabama, con esa actitud patriarcal y machista que hizo que muchas de mis hermanas sean hoy unas mantenidas que desconocen la felicidad de la emancipación, la alegría por el dólar ganado con el propio sudor, como la conoce Mortimer, el menor de mis hermanos, que vende su transpiración a un laboratorio para hacer venenos para mosquitos anófeles. No fue hasta los 16 años que tuve mi primer auto de seis velocidades. Para eso tuve que convencer a papá de vender el
piano de cola que me regaló queriendo obligarme a estudiar música dodecafónica. Mis hermanas no sabían lo que era un Lamborghini. O comer en Maxim’s. Pasaban esas privaciones como resignadas.


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