miércoles

¿Por qué preferimos ser sarcásticos a ser cursis?




Estaba por decir que "Antes de la medianoche" no me gustó, de una manera que iba a incurrir exactamente en lo mismo que no me gustó: cierta fácil deslealtad cínica hacia una relación que nos involucró emocionalmente hace ya tiempo. Quisiera encontrar el modo de comunicar amorosamente por qué no me parece romántica, sino perteneciente a lo que el genio de la maldad verbal, Harold Bloom denomina "Escuela del resentimiento". Yo creo que se debe a que en el guión se nota más esta vez la mano de Julie Delpy. Quien haya visto su comedia amarga acerca de las discusiones neuróticas de una pareja,sentirá, continuando con Harold Bloom que no hubo ninguna "angustia de las influencias" al concebir lo que Joaquín Sabina inmortalizó como "cofradía del santo reproche". Desde luego la fotografía es hermosa, Grecia tiene la luminosidad que casi explica las luces de la Antigüedad Clásica, la música es sencilla y conmovedora y las actuaciones son realistas y sólidas. La dirección y el montaje son impecables, la cámara fija no será un spa pero al menos nos ayuda a invisibilizar la cuarta pared, en fin: el problema está en las palabras, en el ánimo, en lo "quejica" que devino la franchuta, en la inaceptable timidez del corazón. 
Es sabido que un modo de protegernos es usar como escudo la agresión, la crítica, la ironía fina, la burla feroz, caricaturizar, mostrar de mil maneras lo insatisfactorio o intolerable de algo. Cuanto más vulnerables nos sentimos frente a una atracción más nos defendemos con agresiones.
En esta película yo esperaba más-que es lo que diría un resentido quejumbroso-porque pongo por encima de la mejor frase hiriente un silencio cautivado y por encima de la más  veraz denuncia la perplejidad desnuda. Hay algo que no me pareció realista en el modo descarnado y crudo de discutir de esta parejita que tan encantadora y tierna era en la tierna edad de los mucho mayores desencantos. Obviamente conozco un montón de parejitas que eran tiernas y encantadoras y se convirtieron en un reallity de esgrima verbal ponzoñosa no solo ante terceros. Lo que quiero decir es que esas frustraciones y malos humores, esas iracundias y violencias del espíritu no son a mi juicio el hueso al que iba la estilística del diálogo en las anteriores películas. Lo más real que les sucede a mi juicio no es el miedo a envejecer, la mala relación con la ex, la preocupación por ser buenos padres, el tironeo por ocupar tiempo para sí mismo, la suspicacia por adulterios escondidos debajo de la alfombra, la conciencia de la muerte. Creo que lo que el espectador espera encontrar en esta despedida de los personajes que llegó a amar es la explicitación sostenida y creciente de que se aman. Y la amargura con la que se encuentra tiene una vitalidad y una juventud que ya no está contrapesada por la vitalidad y juventud de los protagonistas.
La primera de estas tres películas era un cuento de hadas en el que intervenía el pudor de lo reverencial. Era un encuentro que de contingente pasa a necesario, entre dos culturas, dos estilos, pero también muy vorazmente, dos apetitos insinuándose con piruetas de ingenio. La segunda película era muy sabia: la nostalgia de esa juventud idílica idealizada traía nuevos temores e incertidumbres. Los personajes se daban a conocer con cuidados y con inhibiciones, en las que las crudezas (como cuando ella le pregunta si la nota cambiada y él contesta que tendría que verla desnuda) eran audacias adolescentes hechas para esconder el derramado afecto que se salía de la vaina por manifestarse. En esta tercera hay hastío, no hay pánico. O "habituación" si correspondiera ser biologicista. El espíritu que anima las palabras es muy otro y así aunque por primera vez presenciamos una relación sexual y vemos como veinte minutos el torso desnudo de ella, nada de erotismo ni de calidez se reaviva. Esta pareja, que era excepcional en la película primera y excepcional otra vez en la segunda se convierte en la repodrida rutina en la que la mayoría de los matrimonios que van al cine esperando escapar de su cotidiana miseria se convierte.
 ¿Cómo no advirtió Linklater que el aguerrido discurso feminista era una nota discordante en la culminación de su trilogía romántica?. Es como si después de maravillar en un jardín de infantes a los niños con canciones de María Elena Walsh cantara "Arroz con leche, me quiero casar con una señorita de San Nicolás que sepa tejer, que sepa bordar, es decir que realice un trabajo invisible no remunerado rindiendo ¿se dan cuenta chicos? un tributo al vasallaje falocéntrico patriarcal" o se detuviera  para condenar el lesbianismo tempranamente inculcado "Yo soy la viudita del barrio del rey, me quiero casar y no sé con quién, con ésta, sí, con ésta, no, con ésta señorita me caso yo...¿se dan cuenta gurrumines? ¡una viuda con una señorita, el matrimonio igualitario en salita rosa!".
Ethan Hawke mantiene la línea del personaje más bobalicona y perseverantemente romántico en un sentido perverso de la palabra. Es muy común hoy en día deformar el significado de todo, pero a diferencia de "kirchnerismo" nosotros sí sabemos lo que es "romántico" ¿cómo podemos llamar romántico a lo que no lo es?. Creo que todos y todas coincidirían conmigo en que no es romántico discutir como si hubiera un espectador, una camarita
, Dios o el mítico Otro que Lacán tomó de otro (del "otro significativo" de Mead). Sé que lo hacen millones de parejas, sé que no se conectan con la persona a la que insultan, sino con la majestad de su insulto como creativa contribución al diccionario de imprecaciones virtual. Es algo que puede maravillar por la capacidad de maquillar lo impulsivo e irreflexivo y adornarlo de erudición o referencias extravagantes. Pero no deja de ser un producto de la furia, de la falta de tiempo para pensar, en definitiva, del escapismo de un caparazón de erizo o una mordida de zorro. Ser romántico es ser patriota para con una persona a la que defendemos con nuestra vida. Es verdad que tendemos a considerar que es romántico regalar un bonobón en la semana de la dulzura, llevar flores o escuchar boleros, que es exactamente lo que constituye la parte imitable del romanticismo y que usufructúan todos los chamuyeros chantas que obtienen muchas más veces pasión arrobada a cambio de su falsa moneda que los auténticos enamorados, algo menos diestros en su expresividad. Pero el romanticismo es un desprendido sentimiento de valentía desinteresada en la que nos consagramos a conspirar a favor de un ser al que construímos como indefenso. Las púberes enamoradas de Justin Biever no lo consideran privilegiadamente poderoso, sino vulnerable, necesitado. Amar es quizá recibir el deseo de dar, más que el de abusarnos de todo el conocimiento acerca de todas las debilidades que el don de estar en intimidad con alguien nos habilitó. Quizás en esta era del individualismo el nuevo romanticismo sea ser amorosamente protector acérrimo del propio yo, que es tan ilusorio en su durabilidad o compatibilidad como la peor de las parejas. Si fuéramos freudianos no veríamos sarcasmo en lo que acabo de decir: porque el objeto de deseo introyectado como ideal del yo hace que en cada pareja a la larga se pierda la identidad individual o mejor dicho se fusione. Nadie fue menos romántico que Freud, incapaz de pensar la ternura más que como residuo de la lascivia sofocada, incapaz de empatizar con el dolor por la muerte de nuestros padres más que resumiéndolo como que "la libido es pegajosa". Y sin embargo en Freud mismo hay algo infinitamente romántico: no solo la quijotada de que la razón haga entrar en razones al cuerpo después de haber descubierto que su poder es infinitesimal. La noción de que la crueldad pura no existe sin una satisfacción por parte del que la ejerce, la negativa a concebir el mal sin compensaciones.  
Yo entiendo que necesitamos amor sin metáfora: que el suministro constante de afecto, de valoración y reconocimiento nos es tan necesarios como el agua, el aire, las horas de sueño y los aminoácidos. Por eso como necesitamos amar no menos que comer a veces amamos de cualquier manera así como nos alimentamos pésimo. En esta película la cobardía, la intolerancia a la frustración, la tendencia a hacerse la víctima,
la tentación de solazarse en competir destructoramente y la recriminación inescrupulosa pasan por filosofía y por amor. Al verla sentí la misma tristeza que sintieron los lectores de Sherlock Holmes cuando Conan Doyle decidió que su personaje muriera, vale decir, no es que decidió que no lo escribiría más, sino que escribiría con lujo de detalles su muerte. Pero al menos Sherlock muere idéntico a sí mismo. Acá, no. Acá los personajes que eran originales y entrañables pasan a ser ásperos, ácidos, resignados, odiosos y odiantes. En su carta a Bosie, Oscar Wilde define al amor como una fuerza que se nutre de cosas bellas y al odio como a un monstruo omnívoro, que puede nutrirse de las cosas bellas que estaban destinadas a alimentar al amor. La indignación, que es el sentimiento en que actualmente la naturaleza imita al arte de un viejo choto francés que escribió "Indígnese usted", no necesita atenerse a las determinaciones que el amor respeta. El odio  no se debe a su objeto, surge de cualquier cosa y se monta parasitariamente sobre cualquier otra. Esta apertura objetiva contrasta con la cerrazón subjetiva que conlleva en sus usuarios. No tiene límites. Podemos imaginar tranquilamente a la esposa de San Martín quejándose de que cruce los Andes como un estúpido, no podemos imaginar a un prócer o a una acción filantrópica que pudiera detener la insatisfacción ubicua una vez encendida. Discépolo parangonaba al enamorado con el hincha de fútbol, concebía lo romántico como una desmesurada entrega, libre de toda especulación y cálculo, como el poema de Borges sobre Spinoza "el más pródigo amor le fue otorgado/el amor que no espera ser amado". George Bernard Shaw en su luminoso prólogo a "Hombre y superhombre" dice que la única tragedia en la vida es ser usado para finalidades que uno ve que son viles o reducirse a ser una queja que protesta porque el mundo no consiente en darle sus caprichos, todo el resto es mera mortalidad o infortunio. El amor bien puede ser la finalidad que a uno lo trasciende pero requiere para eso que entrecerremos los ojos y que no veamos que la finalidad es vil. Los personajes de esta tercera entrega carecen de entrega o tienen una entrega vencida, la tercera es la vencida. No le perdonaríamos a Sheakespeare que nos muestre a Hamlet diez años después convertido en un patovica tomando bebidas energizantes si bien le perdonamos ciertas incongruencias en la trabazón íntima de la psicología de, por ejemplo Ricardo III. ¿Por qué le perdonamos a Linklater que Jessie y Celine se parezcan a nuestros avejentados parientes con los que fuimos a ver una película que nos tocara el corazón?
Quizá porque hay una lealtad subterránea y sobreentendida en que el sarcasmo es una contraseña de amor en esta pareja, quizá porque vemos que hay amor en el hecho de que se enganchen a discutir como un coito simbólico arrebatado. Quizá porque queremos sentir una buena energía, no mantener sentimientos que no sean buenos para nosotros como individuos. Quizás porque el romántico amor a este universo de porquería nos acostumbró a hallar consuelos a cada tropezón, a resemantizar cada rechazo como una nueva puerta que se abre, a mentir que una patada es una bendición oculta, a decir, como lo dice Chesterton, que la ruina es una fabricante de ventanas...  

8 comentarios:

  1. Anónimo10:54 a.m.

    No se si me gusta. No entendi una mierda. Pero que bien que esta la rubia. Sabra resolver un Sudoku?
    Jorge Gianfrancesco

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  2. Se nos vino la anochecer: sin que una sola crítica adversa me acompañe , la tercera entrega de la historia de amor de Ethan Hawke, Julie Delpy y Richard Linklater sobreexplica inversímilmente lo que hicieron los últimos años, ella remeda un personaje de rubia tarada para burlarse de lo que lo atrae a él como si ser cosificados en el marco de una pareja no fuera lo mutuamente ideal, en fin, clishés feministas tuertos (Bush y Eichmann son los típicos resultados del machismo), sin cultivar la gratitud, sin dejar por ser amargos de ser superficiales y la solución pasa por una nueva posición física y no espiritual

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  3. Anónimo10:57 a.m.

    Martincho, volviste re caliente de ver esta. Pero al final lo perdonás a Linklater ¿no?
    Muy buena crítica.
    Che, hoy no hay curso de humor supongo no?
    Abrazo.
    Gastón

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  4. Anónimo10:58 a.m.

    La leí y me pareció sencillamente genial!
    Federico Spiner

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  5. Anónimo11:00 a.m.

    Discutiremos sobre "Before Midnight" en algunas cuestiones concuerdo con lo escrito y en otras disiento! jajaj...
    Laura

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  6. Anónimo11:03 a.m.

    ¡qué ganas de charlar me dan tus críticas de cine! Tengo ganas de ver la película, pero más allá de eso, que se me aminoraron un poco, admiro todo lo que podés ver (...)
    Irene

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  7. Anónimo2:41 p.m.

    tu critica "desfavorable" es muy superior, en especial porque es sincera... tu critica "positiva" es para quedar bien nomás, se le nota lo politicamente correcto, es critica de critico, no de espectador.
    Alfio

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  8. Anónimo2:42 p.m.

    Me pasó algo loco con la película. No sé si tiene relación pero... justo fui a verla el domingo anterior a mi cumpleaños, con la carga negativa del domingo, la de cumplir años y encima siendo una película tan esperada. Salí del del cine triste, vacía (como Román), como si me hubiese producido un hueco. Creo que ahí hay algo de revelación de la película: ya no construye sino que pone en abismo algo que había aparecido en las otras dos películas. Por ahí viene lo bien logrado del film, como si se instaurara en una indefinición que aturde, abruma.
    Me cuesta volverlas a ver las películas (tanto la 1, como la 2 y seguro que también la 3) tienen algo de acabado, las tres juntas como si fueran una sola gran película, con lo que no puedo afrontar.Digo... como para pensar. Si sobre el desprecio me interesaba esa ruptura entre fotogramas, ese paso del amor al desprecio, esa percepción cinemática, en Antes del anochecer acudimos al ocaso de la pareja en esos 100 minutos: "la ruinas griegas". Uno sabe, cuando se termina la película, que ya no son los mismos... pero no son los mismos porque además pasaron 10 años sino porque se rompe la relación ahí: cuando el despide a su hijo, pero seguramente en esa escena de la mesa...

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la peor opinión es el silencio, salvo...