domingo

Un sol para Lanata

el modelo nacional y popular para la mejor carne del mundo
: las argentinas

freedoña

militando contra la negación del genocidio armenio

Magnetto es el diablo (Victor Hugo)





O God, I could be bounded in a  bóveda
and count myself a teatro de revista of infinite space.
Hamlet, II, 2
    
But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Página/12, a Nunc-stans (ast the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stansfor an Infinite greatnesse of Verbinsky
Leviathan, IV, 46
La fosforecente noche de octubre en que Cristina Beatriz Fernández de Viterbchner murió, después de una imperiosa década que no se elevó un solo instante ni a la sensatez ni a la serenidad, noté que los globos de goma de la sede del Pro habían renovado no sé qué tonalidad del amarillismo; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto fuck you ya se apartaba del kirchnerismo  y que ese cambio era el primero de una serie millonaria. Cambiará el Estado pero yo no, pensé con melancólica diálisis; alguna vez, lo sé, mis circenses denuncias la habían exasperado; cadáver político yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin ocultar que nadie ataca tanto sino a lo que ama. Consideré que el veinticuatro de marzo era el cumpleaños del golpe cívicomilitar más siniestro del país; visitar ese día la casa de la calle Karay para saludar a su hijo y estrecharle“la” mano a Carlos Argentino Scioli, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez de mucho ráting.
De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Cristina, photoshopeada de bruja cachavacha por Perfil,los carnavales de 2008; la primera crisis nacional provocada por Cris, Cristina con Losteau y Massa sus entonces fieles incondicionales, Cristina el día en que anunció la concertación nacional, Cristina, el día en que dijo que ser presidenta democráticamente electa la facultaba para que hagamos su voluntad...
No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de extorsiones: extorsiones cuyas consecuencias, finalmente, aprendí a no llevar a Tribunales, para no comprobar, meses después que caían bajo la órbita de Oyharbide.
Cristina Beatriz murió como forma humana de poder en las legislativas de 2013; desde entonces no dejé de pasar un 24 de marzo sin volver a su bóveda.  Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme sin dejar de twittear unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 2033, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 2034, aparecí, ya dadas las ocho, con unas fotos de Cris en Seycheles  traficando heroína, con naturalidad me quedé a comer. Así, en comilonas que me traían cólicos pero me brindaban una satisfacción pulsional perverserante  recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Scioli.
Cris era gritona, intolerante, se decía muy ligeramente inclinada hacia la centroizquierda progresista; había en su demagogía un (si el oximoron es tolerable) populismo antipatiquísimo, un principio de resentimiento de clase; Carlos Argentino es parduzco, derechoso, manso, de rasgos mancos. Ejercía ahora como peón de Massa no sé qué cargo en la Oficina Antidesendeudamiento de los arrabales del Sur; es salame pero también es eficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las décadas y los cambios de signo político del peronismo, para afianzarse como candidato a Presidente en el futuro eterno. A dos generaciones de distancia, el menemismo y el duhaldismo sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles apelaciones a la fe y en tímidas sugerencias de que desearía cortarles la mano a los que roban gallinas. No tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de la palabra “superador”menos por haber oído hablar de la Aufhebung hegeliana, a un tiempo supresión, elevación, mejoría y sacacorchos, como por la eufonía ecuánime que en su boca generaba, pudiendo valerse del vocablo para dar el pésame a víctimas de una catástrofe evitable o prometer un giro político hacia arriba.
El veinticuatro de marzo de 2041 me permití agregar a la cuponera de Clarín que siempre le traía, un dvd que tenía fragmentos de una ópera de Verdi y de un film británico sobre Gandhi. Carlos Argentino lo miró, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.
-Lo evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de notebooks, de iphones, de televisores inteligentes, de toda suerte de juguetes tecnológicos y de prótesis culturales…
Observó que para un hombre así facultado el acto de pensar era inútil; nuestro siglo  había transformado la fábula del sabio y el retardado mental; el retardo mental, ahora, convergía sobre la lobotomizada población, entregada a las drogas porque el mundo en que vivimos permite todo daño cerebral.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la oratoria proselitista; le dije que por qué no se lanzaba a una campaña publicitaria subliminal que, pulsando cuerdas íntimas y apelando a resortes irracionales, defendiera al pensamiento hoy tan menospreciado, por ejemplo con chicas suculentas en bikini que dijera pen y samiento.
Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en la  Plataforma Augural Frente Renabador, Plataforma Contra la Politiquería De Tecnócratas con Carteles Amarillo Patito o simplemente Movimiento Reformista Señal Ética, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman los medios de comunicación lobbystas y las canciones de Axel.

He visto, como el griego,
Como el griego
Todo lo que das en la vida
Vuelve
Y más vale Zorba el griego
Que fafalte


-Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a la física termodinámica en donde nada se pierde, todo se transforma, nada se pierde con aventurarse al poder



Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su campaña de márketing había colaborado el vaciamiento de todo contenido político, el sonsonete que place y la experiencia del asesor de imagen en otras republiquetas manipulables. Comprendí que el trabajo del político no estaba en la plataforma; estaba en poner la caripela sonriendo y hablar de cualquier cosa que adormeciera gratamente a la siempre feroz sensibilidad social. Naturalmente ese careteo parecía un apostolado para el político, cuyos asesores hablaban del sufijo "día" que en griego es “a través” y de la diosa tierra, que en griego es “rea”, para asegurar que la ausencia momentánea del hombre del momento se debía a que estaba estudiando la situación sociogeográfica a través de la tierra. Justificaban así la palabra que se había filtrado a los medios, dia-rea
La dicción oral de Scioli era común. Esa universalidad, tan conveniente a su camaleonismo infinito, al vacío interior, no comunicaba interés a la campaña.
Una sola vez leí una biografía de Napoleón, que editorial Salvat había hecho muy accesible y creo que escribió Mauriac o uno de esos franchutes de apellido parecidísimo, creo que el que fue secretario cultural de Charles The Wall. Se advertía que su predicamento trascendía su patria cada vez más amplia: Goethe y Beethoven lo saludaron como al portador cosmopolita de luces y derechos para minorías, Nietzsche se inspiró en él para su “Übermensch”, Justin Bieber lo habría tomado en cuenta como fuente para su “Oh, baby, baby, please”.

El alcance de su ambición, no fatídicamente detenida, dado que enemigos internos como la manirrota Josefina fueron indispensables, era menor al de Scioli. Éste se proponía ser todo para todos, conquistar más allá de los confines de La Matanza, el voto mendocino que tanto tiene de chileno, el voto jujeño y salteño que tanto tienen de pachamámico, el voto de la Base Marambio, que tanto requiere de modelajes totémicos a lo Riquelme.
El spot rezaba:
Sepan. A manderecha del poste rutinario 
(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) 
se inaugura una osamenta -¿Color? Blanquiceleste- 
que da al Frente Renabador catadura de osario.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Scioli me contactó por el chat de Seisput, entiendo que por primera vez en mi puta vida. Me propuso que nos reuniéramos para formar una lista de candidatos a senadores y diputados que, contando con el acceso al banco de datos genético de los ciudadanos, reformaran la doble hélice de ácido nucleico para generar un gen que promueva el estereotipado determinismo de que nos voten siempre, nietos y bisnietos, con un instinto sufragista pretalámico en mor de nuestros colores.
Asistí con una cámara oculta y Scioli me contó que cuando era Gobernador de la Provincia de Buenos Aires tuvo acceso a las intimidades moleculares de todos los funcionarios. Agregó que Cristina misma, convencida de que su imperio habría de durar mil años, se había sometido al escanneo genético minucioso. Ahora el Presidente Massa, con la excusa de ampliar el monumento a Marcelo Tinelli, se proponía demoler el Banco de Infidencias Desoxirribonucleicas.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es una avenida por donde pasa el Metrobus?
-Macri ya señaló que con el kirchnerismo en contra solo podía hacer huevadas como el Metrobus, pero está dispuesto a sacrificarlo en aras del Concorde-bala Retiro-Constitución.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos políticos, por lo demás... Cristina(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica, como la insinuada por Nelson Castro.
La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Karay, la sirvienta Nabolini, me dijo que tuviera la bondad de esperar. El estadista estaba, como siempre, en el sótano, puliendo su colección de trofeos motonáuticos, entre lavarropas y heladeras anquilosadas y decimonónicas de la antigua Casa Scioli.

 Junto al jarrón sin una flor, en el volquete inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Cris, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
-Cristina, Cristina Fernández, Cristina Fernández de Kirchner, Cristina querida, Cristina perdida para siempre, soy yo, soy Lanata
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Banco. Lo miré: 
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro  sería de dos o tres centímetros, pero contenía el código para transcribir e imprimir en un poco de materia las instrucciones biológicas para hacer nacer de nuevo a Menem, a Ruckauf, Grosso, a Néstor.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-¡Qué programón formidable, che Jorge!
Carlos Argentino me palmeba vigorosamente la espalda y yo perdía el equilibrio. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿Lo viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza: a través de una memoria-rom que se puede enchufar al líquido encéfalorraquídeo, haría nacer de nuevo al patagónico pingüino usurero y gozaría de las mieles de la dulzura de Cris desde que era un pimpollito sin dejar de ser yo, de fundar Página/12 y llenarme de oro al venderla, de dejar en banda con dólares falsos y cheques voladores a los empleados ilusos que se encolumnaron detrás de mis proyectos periodísticos que terminaron en nada. Carlos Argentino me permitió llevarme copias genéricas de Néstor y Cristina, porque lo convencí de que fuera de esas curiosidades anecdóticas, el Banco de Infidencias no tenía la mejor importancia.
Llegué a casa y me puse a transcribir en mi personal reputer la data.
Llega aquí mi desesperación de periodista: ¿cómo mostrar a los televidentes las mil y un Cristinas en versión ovina que me hice para contarlas antes de dormir? Un periodista televisivo es capaz de efectos especiales, de trucos sorprendentes, es el hacedor de ficciones, de artificios. Mi credibilidad y la veracidad no son una y la misma cosa. Solo diré que la multiplicación del objeto de mi devoción no consiguió sacármela de la cabeza. Creí que insertar modificaciones genéticas en ratas, en gatos, en perros, en actrices y en políticos me despejarían de la ilusión de una unidad, de aquella desesperada unión trascendental con la que todo enamorado se reduce el universo, la unidad básica, el estado de gaste contra el gasto del Estado.
Scioli, increíblemente, es dueño del grupo Clarín ahora, el diario volvió a ser la mierda que quedaba bien con Dios y con el diablo. Pero guardo una noticia bomba que solo pienso publicar cuando este Gobierno haya aprobado la modificación genética asistida, solo cuando una versión caricatural pero oficial de mí esté pudriéndose en la cárcel junto a otro títere, el cuerpo iniciático de Magnetto, ahora asegurado para veintisiete generaciones en simientes y simientes de las que siempre algo queda. Yo creo que la Cristina que gobernó la Argentina fue una falsa Cristina. Una amalgama cromosómica hibridada de unos restos de una guerrillera cubana masacrada en el primer asalto a la Moncada y traída al país por un testaferro marica de Karina Jelinek. Tal vez yo no ame sino a la sombra alterada de una criatura aún más perfecta pero de la que no puedo enamorarme. El ídolo requiere la memorización de sus idiosincrasias por parte del idólatra. Temí que no quedara una sola persona en el mundo que no me parezca la versión original de la persona que se atrevió a tocar intereses. Poco a poco me trabajó la ambición. Cámpura, la pura sangre que ganó en San Isidro la tercera, y que no figura a mi nombre pero me pertenece, me sorprendió en el stud chasqueando sus herraduras contra dos piedras. ¿Y mirá si replico la evolución darwiniana en un microcosmos con desvíos a mi antojo? Cámpura, casi con desdén, hace fuego…

7 comentarios:

  1. Anónimo9:26 a.m.

    le arranca carcajadas a la lectura silenciosa. genial!

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  2. Anónimo9:44 p.m.

    me reí mucho, es genial

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  3. Anónimo9:52 p.m.

    Hola, Martín. Leí tu alucinante historia de amor Lanata-antiKrista. Solo una cosa me molestó la lectura: que Carlos Argentino no sea un viejo choto en el 2041, o me perdí algo, no lo releí, pero se que me hizo volver para ver qué no había notado. Por qué pedir verosimilitud ? porque todo se parte de realista que es. Las interrupciones que producen las carcajadas no molestan, al contrario.
    El potro power del final engancha joya con las nuevas tecnologías de implantar células humanas a animales, ma qué Darwin!!! Y Lañata contra el vidrio, conmueve!!
    Saludos°

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  4. Anónimo10:02 p.m.

    la idea es genial, hay para todos, para que tengan y guarden, y desde un lugar imbatible, tu ficción humorística. tiene la dosis de ternura (este texto) necesaria como para poner todo el delirio en un plano muy terrenal

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  5. Anónimo10:03 p.m.


    tu versión del Aleph me pareció una maravilla total

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  6. Anónimo10:03 p.m.

    me mata que Lanata esté enamoradísimo de Kristina jajjajaja

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  7. Anónimo11:56 p.m.

    ¡Genial! Sobre todo, los juegos con el lenguaje como el de dia-rea...
    Charles The Wall, ¡insuperableeeeeeeeeeeee!

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la peor opinión es el silencio, salvo...