martes

Socavar la propia tumba

esta historia me la contaron sus protagonistas, que de todas maneras no tienen por qué ser ni quienes mejor la conozcan ni quienes mejor la puedan analizar o narrar. Horroroso accidente de tránsito arroja a muchacho de unos 25 años a una internación con respirador artificial con pronóstico incierto: estado vegetativo o lenta rehabilitación. Hay daño neurológico comprometido, hay parálisis de miembros, hay desánimo en los hermanos y hermanas. No así en la madre, cuya vida no fue precisamente un lecho de rosas (no conoció a sus padres, sino a los cincuenta y tres; dejó a la tía que la crió en los ratos libres que le dejaba su hija discapacitada para casarse con un marido golpeador, de entre los muchos hijos que engendró y crió, uno embarazó a una huérfana prácticamente menor de edad y crió entonces en su casa también a su nieta trabajando ocho horas por día en un geriátrico donde lavaba a mano la ropa de los ancianos, les cocinaba, oficiaba de enfermera y limpiadora, y sacrificados etcéteras). O quizá haya algo más grave que el desánimo, una desesperación por negar la posibilidad de que su hijo ya no pueda moverse. Lo llevó a su casa, todos los días lo bañó, lo incorporó, lo hizo caminar, le servía el puré (único alimento que podía deglutir) y le hablaba como si el muchacho estuviera lo más bien. Frente a las profundas temáticas abordadas en la cena por los demás, la madre hablaba de nimiedades. A los sombríos grandes temas contestaba como si estuviera evadiendo lo esencial dando detalles específicos de algo accesorio (por ejemplo: del tiempo de cocción requerido para determinada comida o de la coloratura de las flores de unos árboles que vio en el desvío que el colectivo tuvo que hacer por culpe de que está cortada cierta calle). Un día, el chico está completamente paralizado. Lo sientan en la mesa y deja caer su cabeza sobre el plato. Los hermanos lloran, uno dice que para estar así es mejor no estar. La madre no da ninguna opinión, actúa como ante un bebé que en ese momento no quiere tomar su papilla. Le habla, amantísimamente como a un bebé, amantísimamente y endogámicamente, abebotadamente, en ese lazo simbiótico impenetrable que una madre traza con su criatura donde la entonación y las sonrisas y las palabras resultan grotescamente ridículas para los demás, pero no interesa. 
Finalmente el muchacho se recupera, le queda cierta parálisis en una pierna, y cierta inmovilidad en un brazo, pero puede hacer una vida prácticamente normal, valerse bastante por sí mismo, pensar y hablar perfectamente.
Es una historia que por un lado estoy muy tentado de postular como alegoría, dado que no nos sería de inmensa utilidad si no. Como a la mayoría de nosotros la mayoría de las veces no nos doblegan tragedias graves, sino la de no haberle jugado al 32 el día que salió o la de no haber comprado dólar blue antes de que bajara, tengo que universalizar la actitud que deseo destacar, la actitud de inconmovible fe de la madre para que la podamos aplicar a todo. Si fuera un escritor de libros de autoayuda lo expresaría más lacrimógenamente, pero aún siendo quien soy, traté de no expresarlo con mis clásicos chistes (del tipo "bueno, del todo no se recuperó porque es kirchnerista").
Es más: me hubiera gustado prescindir del final feliz para destacar el valor como fin en sí mismo de la actitud tan digna de encomio. En realidad no quiero decir que debemos actuar con obstinación ciega y esperanza terca. Solo quiero decir lo siguiente: tenemos que darle una oportunidad conceptual al milagro para que suceda.
De toda esta historia lo que más me queda dando vueltas por la cabeza es lo siguiente: si en determinado momento de debilidad, la madre hubiera bajado los brazos, desconfiado de su intución y cedido a la presión de sus otros hijos, si hubiera dicho "es cierto, tiendo a cegarme con mi optimismo, lo mejor va a ser que me arranque la venda de mis ojos y asuma que mi hijo nunca se va a recuperar", si la madre hubiera dicho eso y dejado de arengar a su hijo a ejercitar sus movimientos...¿qué hubiera pasado?

por un lado, lo primero y obvio es que: el hijo nunca se habría recuperado
pero por otro y esto es lo que quisiera subrayar, enfatizar, remarcar: nada hubiera disuadido a los otros hijos de que tuvieron siempre la razón. El poder de las profecías autocumplidas negativas es nefasto. Si apostamos a que nuestra pareja no va a funcionar podemos ver los esfuerzos más sobrehumanos por parte de nuestra pareja sin dejar de considerar que en una pareja que funciona no hay que hacer tanto esfuerzo, y así con todo.
Por eso, en este año 2014 al que le damos la bienvenida como si fuera una entidad y no una arbitraria modalidad convencional de medir el tiempo, tendríamos que prepararnos a ser madres rehabilitadoras. Porque todos elevamos nuestras copas de champagne y miramos los fuegos artificiales y deseamos que sea un año muy vital y perfecto. Pero sabemos que la economía de 2014 va a ser peor que la de 2013 y la situación política también. Entonces, mantengamos los formulismos acaso vacíos de esa expresión de deseos todo el año como un deber patriótico, como una lealtad hacia un pariente muy cercano. No dejemos que nos arrastre el metafórico choque de la realidad con la manera que elegimos de transitarla, que nunca es accidental. Desarraigemos el prejuicio que asegura que lo más violento y negativo y descalificador es lo más honesto y lo que nos salió del alma. Recordemos las velocidades diversas de la emoción: cómo el amor es más lento que el odio. No olvidemos tampoco las eficacias diversas de la emoción. Todo lo que hacemos lo hacemos porque recibiremos a cambio la recompensa de alguna forma de amor, o lo que cada uno siente que puede ser una forma de amor (mi hermana, que carece de oído musical, sentía que un disco de Fito Páez lo era). Se ha escrito mucho sobre la paternidad no biológica, ya Platón consideraba al docente el padre espiritual. Atrevámonos este año a tener el tesón y la tozudez de una madre simbólica y sonriámosle incondicionalmente a la incertidumbre. Es tanto lo que hasta en las vidas más afortunadas hay de todas maneras que sufrir, es tanto lo que vamos a tener que llorar, que tenemos que cimentarnos el pilar de afabilidad cotidiana sin esperar las evidencias jurídicas que autoricen la felicidad. Cada hora vivida con ilusión y entusiasmo vale por sí misma. No me arrepiento de la profunda alegría con la que vi que ganaba las elecciones la Alianza. Se hubiera añadido a una ideología vergonzante y a una ineptitud incomparable, un dolor extra si lo hubiera vivido con la prudente desconfianza. Tenemos tantas cosas paralizadas y que hemos dejado de mover, osemos ser automadres de la motivación para autorresucitarnos el placer de estar vivos...

6 comentarios:

  1. Anónimo9:29 p.m.

    Me gusta! Me gusta.
    A los 20 le escribi a Flor, recien llegada a la Tierra:
    "Deseo q seas libre, q no haya mal q te quiebre, q emprendas cada tarea con lo mejor q te quede; que seas fuerte y hermosa, que no abandones tus sueños, q la verdad sea tu guia y el corazón tu consejo. Que siempre extiendas tu mano para darle al que no tiene, q aprendas de cada dia y q el dolor no te frene...y que seas tan valiente para enfrentar a la vida que siempre esgrima tu mano una espada de alegria." O algo asi. El Amor se construye y se alimenta; se cuida, se mima. Sin trabajo amoroso direccionado no hay nada que valga la pena.
    Felicidades en este año!
    Pao

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  2. Anónimo9:30 p.m.

    amen!
    andrés

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  3. Anónimo9:36 p.m.

    Hermosísimo. Y comparto el no perder la oportunidad de la alegría donde se pueda.

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  4. Anónimo10:16 p.m.

    No se sí te conozco, y desconozco rb como llegué a tu lista de mails (aunque me suena tu nombre). Como sea, sinceramente me encantó esto qeu escribiste y quería felicitarte.
    Me quedo con aquello de "tenemos que darle una oportunidad conceptual al milagro para que suceda" y prometo citarte cada vez que lo mencione :D
    Saludos y Feliz año!!

    Enviado desde mi iPod

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  5. Anónimo10:05 p.m.

    muy buen mensaje!! muy lindo y siempre interesantemente escrito
    andy

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  6. Anónimo10:21 p.m.

    D"s mío, dame la fuerza para insistir en la recuperación de lo recuperable, la resignación de aceptar lo irremediable y la sabiduría necesaria para distinguir entre ambos.
    Roberto Hübscher

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la peor opinión es el silencio, salvo...