lunes

Elogio de la apariencia



El piropeador furtivo callejero (furtivis piropeae callejis) nunca cree que su actividad entrañe un comportamiento cuyos supuestos subyacentes nos permitan postular un nuevo código moral, una gnoseología más cool y hasta una metafísica reducida en grasas

Así como Nietzsche recayó en el intento de evangelizar y así como Marx idealizó la pobreza con bíblicas chicanas, el propio Freud mostró en sus conclusiones peligrosos acercamientos al catolicismo, dado su puritanismo en materia sexual. Así, a pesar de ser tachado de pansexualista, su prescripción es que encaucemos los impulsos sexuales a una vida burguesa, consagrada al trabajo y a destrabar anudamientos del deseo en los que el remedio no es peor que la enfermedad: es, en sí mismo, la enfermedad

Supongamos que a un líder de la ecología y la energía limpia le fuera dado encontrar el yacimiento de Vaca Muerta, aquella mágica promesa de petróleo que aparentemente salvó a Cristina Kirchner de parecer un cadaver político algo entrado en carnes: fue al victoriano y mojigato Freud al que le fue deparado descubrir la sexualidad infantil y el constituyente sexual de los móviles inconscientes.

Su mala popularización en EEUU hizo que se lo redujera a obsesionado con traumas de la historia familiar infantil y se lo atara a tratamientos largos e ineficaces (como médico había curado pacientes en sesiones diarias de una semana, ayudado en una charla de tres horas a Mahler, etc). Pero su descubrimiento de que a pesar de que nos parezca fascinante el protón que descubrió el físico brasilero Edson Das Garopeñas Palumba (o protao mais grando do mundo), en realidad estamos pensando en sexo, llevó a un destape sexual en la publicidad, en la música y en el cine que lo harían rasgarse las tumbas y revolverse en las vestiduras.

De manera paralela, su hallazgo de que solo en apariencia somos civilizados y que cada palabra dulce y comportamiento amigable es solo una mascarada para deseos homicidas y compulsiones lúbricas, nos permite hacer un elogio de la apariencia tan panapariencialista al menos en apariencia como pansexualista fue su extensión del concepto de sexualidad trascendiendo lamer a genitalidad.

¿Cuántos de nosotros no sentimos cuando se van las visitas tras una velada encantadora, que sería mejor que se quedaran a vivir con nosotros porque nuestra pareja va a ser ahora sincera, descontracturadamente espontánea, libre de dar su honesta opinión acerca de lo que verdaderamente piensa de los tarados de mis amigos y las estupideces fascistas que se arrogaron el derecho a decir delante de nuestros hijos?

El apariencialismo como resemantizadora inversión del inner self que jamás debería aflorar a la superficie es una ciencia en pañales, un verdadero work in progress que aunque carezca de una autoridad intelectual que trace sus lineamientos en un libro admirable o un tutorial que te puedas bajar a la tablet, avanza minuto a minuto, secundado por camaritas omnipresentes y lo que malpensadamente se decodifica como "invasiones a la privacidad": Freud creía en la catarsis, en el deshollinamiento y purga de lo que nos oprime y sin embargo jamás publicó un libro con las palabras "qué buena está mi cuñada, me calienta mal", sino refinadas alusiones a la mitología griega y el teatro isabelino. Seamos caretas como Freud, mantengamos la careta siempre puesta, reconozcamos que la máscara es un trabajo que elegimos y sostenemos con la voluntad y lo mejor que tenemos, mientras que la cara nos fue dada por fuerzas más inmisericordes...

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