sábado

Cristina: “El acuerdo con el Club de París me llena de EMISIÓN, como me confesó anegada en lágrimas Karina Rabolini, es super EMULSIONANTE”





No necesito aclarar que enseñé el recurso de usar palabras de similcadencia cuya morfología auténtica es fácilmente adivinable (“no vamos a traicionar la palabra empanada”, “mi Etiopía es que nos llevemos bien pero es un verdadero Colombia”) en relación con “jamás aceptaría formar parte de un Club de París que me acepte como ocio”. Hubo muchos chistes políticos pero con el foco puesto en modos de desfigurar contenidos y no haciendo eje en esos anecdóticos temas vigentes del momento-ni sus irrelevantes sesgos ideológicos. Propuse muchos “topics” y el que más prendió fue el político. Por eso, después de ver una categoría de juego de palabra con nombres propios (“Guillermo quiere ser bombero y Gustavo Cerati”=ser rati), nos abocamos a dos vertientes autocontradictorias del humor: la primera, como denuncia de barbaridades para la civilización y la segunda, la del humor como contrabando subrepticio de barbaridades muy amadas.
Ejemplificamos con los prólogos caretas para eludir la censura de, por ejemplo “El amante de Lady Chaterley” y los del Marqués de Sade (Justine, la hermana pecadora que prospera sería una fábula “contrario sensu”, una advertencia de lo que no hay que hacer). Explicamos también primero al psicólogo oficial de la URSS, Pavlov, y al mucho más complejo y brillante Vigotsky-antecesor conceptual de George Mead, mucho más marxista por mucho más hegeliano, que al estar prohibido se enseñaba igual bajo el rótulo “a estos extremos se podría llegar si no se abraza la ortodoxia”. Hubo que hablar también de Daniel Kahneman y de Martin Seligman, a raíz de una pregunta de una alumna, pero me desviaría demasiado consignar todo eso-el hallazgo de la irracionalidad de los comportamientos económicos y el redescubrimiento de una constante innata individual para la felicidad independiente de las circunstancias.
Empecemos con algo más de orden:
Las dos últimas clases de humor que di tuvieron en principio la intención de abrir interrogantes, si bien hubo, como dictaba el caos de la incongruencia que fuera, más respuestas que preguntas.
Recuerdo al respecto un juego que encantaba a un alumno de tres años: cambiar las respuestas: “vivo en ravioles con ketchup, me llamo 25 años, vengo de Stephanía y mi nombre es Buenos Aires”.
Empecé la clase ilustrando acerca de la existencia del twittero anónimo cuyo avatar es “Dra. Alcira Pignata” y el escándalo que se suscitó cuando el día del eclipse una foto de Instagram desde el Planetario parecía demostrar que este personaje ficticio xenófobo, clasista, racista, sexista, antisemita y nuestro Excelentísimo Ministro de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires eran una y la misma persona.
Leí la apología de Lombardi, retrucando al Inadi que para eso enjuicien a Boogie, el aceitoso y a Isidoro Cañones y a Susanita, una respuesta que quería ser ingeniosa pero que no despejaba todas las dudas respecto de la declarada aberración obvia que semejantes ideas nos generan a todas las personas de bien. Era una respuesta burlona, en Pro de la libertad de explorar la creatividad con los nuevos formatos que la tecnología nos acerca, pero que incurría en otro error más: el del anacronismo. Las historietas antecitadas son previas a la hipercorrección política. Sería como si un texano que reclama su derecho a tener esclavos negros alegara que el propio Aristóteles nunca se opuso al esclavismo.
De manera que debatimos desde la posición de considerar posible no solo que el personaje impresentable pero divertido fuera Hernán Lombardi, sino que además las opiniones vergonzantes fueran sus íntimas convicciones. Vale decir: lo diferenciamos del personaje “Micky Vainilla” de Diego Capusotto, insospechable de auténtico nazi.
Pudimos de esta manera ver el sutil límite entre denunciar mediante la sátira a los monstruos y el de permitir a las serpientes mediante la sátira verter sus viperinas opiniones e instilar su ofídica ponzoña. Ni bien postulé la dicotomía, uno de mis alumnos, que es un economista actualmente asesor en el Congreso de un diputado kirchnerista pero sobrino de Guido Di Tella, quien fuera Ministro de Menem y sugiriera seducir a los kelpers a que se hagan argentinos mediante algo tan autóctono como el osito Winnie the Pooh, me apostrofó: -Lo que decís de la “catársis” puede servir de desahogo en materia de perversiones sexuales…por ejemplo Japón es a la vez el país con menos crímenes sexuales y con más uso de pornografía…pero no hay un impulso biológico que nos llevaría a salir a linchar negros, eso es ideológico.
Iniciamos a partir de esta inteligente distinción, de esta distinguida distinción a cargo de este muchacho hincha de Vélez, cuyo nombre por supuesto no puedo referir pero baste mencionar que empieza con “N” y termina con “icolásDiTella”, un recorrido interesantísimo y muy placentero (si el recorrido no fuera placentero, tendríamos que etiquetarlo como “tránsito”: a veces nos toca transitar por experiencias de sufrimiento y a veces recorremos extasiados tu piel morena, jamás “transitamos” extasiados tu piel morena-cito una canción de Alcides, no se crea que hago discriminación invertida: es uno de los fachismos del idioma que nos obliga a decir que nuestros hijos nos hacen enojar visceralmente y enternecer entrañablemente, nunca enternecer visceralmente y enojar entrañablemente por más que la ciencia nos deba aún el descubrimiento de la diferencia entre vísceras y entrañas, es como cuando decimos incesante e inmortal para algo positivo y eterno para algo insoportable).
Consistió en diferenciar las muy diferentes reivindicaciones de las minorías oprimidas, en advertir que sus justos reclamos no son mosqueteros que se unen por la justicia en general, sino causas unívocas que en rigor de verdad se oponen a las otras. Comenté la ironía de que los judíos reclamen que después de la diáspora nadie los llame una “raza”, ya que no hay rasgos étnicos diferenciales en el pueblo judío y que a quien los discriminen le digan “antisemita” que es una categoría racial. Comenté la ironía de que los gays, en pos de lograr que se los desmedicalice, de que se deje de hacerles tratamientos con psicólogos para disuadirlos de sus preferencias amatorias como si fuera una enfermedad, critiquen a quienes no los defiendan tildándolos de “homofóbicos”, un diagnóstico psicopatológico.
Comentamos otras ironías: cómo se acerca el etnocéntrico, sarmientino, el adorniano deseo de que todos los indígenas salvajes se amasijen entre ellos por brutos al sofisticado relativismo cultural que prescribe no intervenir desde nuestros valores occidentales y cristianos imperialistas imponiendo un cuidado a toda vida en el rito de infanticidio en el que se sacrifica al primogénito en una tribu amazónica.
Otros: cómo se restregaría las manos un machista porteño con la ley que lograron las feministas alemanas, de que el hombre no debe pasar la cuota alimentaria  a su ex pareja y  madre de su progenie, porque eso presupone un vasallaje en el que la mujer sigue sometida a la lógica patriarcal en la que es vista cosificadamente como sexo débil, una paralítica poco menos.
Un alumno, abogado y defensor de las matufias de los abogados, escudado en que el cliente nunca pide la indemnización justa, sino la más cuantiosa que se pueda sonsacar, señaló también lo irónico de que pida derecho a la privacidad por tener un hijo natural (simultáneo derecho a la expresión antediluviana) uno de los chimenteros más escrachadores y botones, batintines y buchones de la farándula.
Hablamos de Marx y de cómo influyó para que se considere cultural todo lo pasible y hasta indispensable de ser modificado, cómo pretendió descorrer el velo respecto de la “reificación” y la “naturalización” de estados determinados en una época histórica. La militancia gay-lésbico-trans-travesti se afianzó como defensora de una elección sexual no biológicamente determinada por este motivo, porque los argumentos biologicistas eran los discriminativos, pero uno de nuestros alumnos, libre de ser embajador de la institución para la que trabajo, se despachó con una serie de datos con barnices cientificos con porcentajes de homosexuales varones y mujeres en todas las èpocas, demostrando que ser gay se elige tanto como medir un metro ochenta (si bien incluyó extraños conceptos tales como que “el tener hermanos varones aumenta la posibilidad de ser gay varón”, algo que parecía tan refutatorio como si incluyera “tener hermanos basquetbolistas aumenta la posibilidad de medir un metro ochenta”). Agregó que una comunidad formada por 99 mujeres y 99 varones solo necesita un varón heterosexual para embarazar a las 99 mujeres y si hay más heterosexuales, bienvenida sea la libre competencia que siempre ayuda a lo perfectible. Terminó despachándose con un “Alejandro Magno, después de conquistar Asia Menor era tan macho que se iba a celebrar lascivamente con sus soldados y las minitas bien gracias”. No conforme con empaparnos de su sabiduría de esa manera explicó que venía de dar sangre y que la sociedad hemofílica es, más allá de la homofonía, homofóbica pero que está bien que no se acepte sangre gay, así como soldados nazis se negaban a recibir transfusiones de judíos, porque después de todo son un grupo de riesgo: “un puto coge en un mes lo que yo en diez años”.

Seguimos con una breve recorrida por la teoría freudiana de la “elección de objeto”, metáfora que desembocó en esa idea de “elección sexual” posiblemente a causa de una mala decodificación parecida a la del sumerio “mujer joven/virgen” que obligó al dogma del Concilio de Constantinopla: no solo la madre de Jesús había sido inseminada sin perder su himen, sino que sostener esto obligaba a sostener que era virgen después de que la cabeza del Cristo atravesara el canal del parto e incluso-dada la vinculación entre sexualidad y muerte establecida por San Juan Cristótomo, retomada por George Bataille-ascender a los Cielos en lugar de crepar como cualquier buen cristiano. Es algo que reclaman los hinchas de Independiente: ¿por qué no pueden ascender si sus jugadores son “jóvenes”?

Es irónico que una religión neoplatónica tan centrada en la pureza del espíritu sea tan fisicalista en el establecimiento de la nulidad de la desgarradura de esa delgada tela famosa.

Analizamos la canción “a mis manos, a mis manos yo las muevo” como la triste condición onanista final del originariamente dueño de un harén que cantaba “a mis minas a mis minas me las muevo”. Aunque parezca “paja mental” analizamos la nueva valoración de la masturbación y la constrastamos con la vieja idea freudiana en contra del orgasmo clitoriano. Un alumno explicó que solo tiene sentido masturbándose pensando en personas con las que nunca podríamos yacer, como ejercicio de expansión del todopoder del pensamiento. Nos detuvimos para hablar de los chistes prohibidos por la ilusión de que pensar algo hace que ocurra: “yo no podría hacer un chiste con que fue la vez que más me afectó que violaran a una de mis hijas, por el temor de que ocurra” (no es que yo acostumbre hacer bromas acerca de que violen a mi hija: solo dije que fue muy estresante mi mudanza, pero que decir eso era una obviedad redundante, como si dijéramos que sorprendentemente el degollamiento de nuestra madre nos puso algo angustiados). Nos reímos del término que usó el diario “La Nación” para recomendar la puñeta por motivos de salud: “sexo autogestionado”. Una alumna dijo que el rol del matrimonio paulino era convertir a una única mujer en dueña monopólica y representante de todo el erotismo del universo mediante “roces singulares” y que era poco católico defender el fantaseo presupuesto por la exploración imaginaria, una nueva actitud materialista de los dueños de los derechos de comercialización de la resurrección de la carne.

Comentamos la militancia feminista, cómo no solo el femicidio es peor que el asesinato a un hombre: esta mismísima pésima clase que doy es más imperdonable propinada a féminas.

Hubo aplausos para el biólogo Estanislao Bachrach que describiendo científicamente la preponderancia del cortisol en el cerebro femenino dijo que evolutivamente la selección natural premió la memoriosa detección de un peligro contra las crías, por ejemplo una zona de leopardos y eso que heredamos ahora en plena Nueva York, es la razón no ideológica, por la cual científicamente podemos establecer que las mujeres son más podidamente rencorosas.


Comenté tres líneas argumentales enemigas entre sí que coincidían en manifestar su repudio a los dichos de Luis Ventura (que fueron: “la vedette que quedó embarazada de mí, antes salió con un famoso y también quedó embarazada y abortó, pero conmigo no quiso abortar”).
Este repudio, tanto más categórico y discernible que el emanado por el Sindicato de Personas con Síndrome de Down contra el uso de la palabra “mogólica” por parte de Maxi López contra Wanda Nara (es cierto que no debería tener valor de insulto, porque incluso ofende a la raza mongoloide, pero podrían haber elegido a un vocero no del gremio para que se entienda más claramente su justificado repudio y también para que sean mejor aplaudidos que por sus colegas), era un repudio en el que convergía la condena católica al aborto, la condena feminista a que el aborto sea decidido por el varón y la condena de la pacatería porteña hipócrita a que tome cariz público un crimen que es cotidiano pero secreto y que desdora la imagen de toda mujer si se hace saber que ha abortado.
Analizamos la condena católica al aborto, entendiéndola como la defensa de la vida y asimilándola a la condena al suicidio.
El padre de Edmund Gosse era naturalista y creyente y pretendió salvar la Biblia de la evidencia arrojada por la geología postulando que en el momento de la Creación, Dios decidió hacer falsas antigüedades, falsos fósiles y falsos restos que mintieran una vejez imposible para la fe.
Comenté que a diferencia de en otros ítems como el de la antigüedad de nuestro planeta, el origen de las especies, el lugar central que ocupamos en el sistema solar, en el caso de lo afirmado por la Iglesia relativo al inicio de la vida insustituible al momento de la fecundación del óvulo, la ciencia médica, la química y la biología estrechaban la mano del Papa. El Momento de la Concepción (que en España se llama “el momento de la Conchita”) establece los rasgos genéticos que solo se desarrollaran de allí en más, si una difunta Correa inseminada fenece, un útero artificial puede mantener a un futuro administrador de consorcios irremplazable y único hasta su desarrollo pleno (que vendría a ser que se gane el Monobingo). Conté que para Schopenhauer, fuente secreta de Freud, toda atracción sexual no es otra cosa que los futuros hijos dando el Ok, vale decir que negarte a tomar un café con una chica que te gusta y a la que le gustás, para Schopenhauer es un acto voluntariamente abortivo. Ser profe es como decía Platón ser un padre simbólico, de modo que me manifesté a favor del aborto no solo pasados los dos meses de embarazo: pasados los cinco años de nacido. Recordamos que para Confucio la vida humana propiamente dicha comienza cuando los hijos dejan el hogar, similarmente al chiste judío que considera feto a todo vástago que todavía no se doctoró.
Hablamos así de que no solo es un crimen, sino el más terrible, porque ir a Pakistán con seis helicópteros y ametralladoras a matar al pobre Osama Bin Laden puede parecer abusivo, pero alguna chance de escapar pudo tener, mientras que una persona a la que no le das la oportunidad de huir porque todavía no le crecieron las piernas y necesita quedarse in situ para que le crezcan merece más conmiseración.
Pero dije que habiendo tenido ya en mis insomnios y en mis brazos la experiencia de criar a un bebé macho y a otro hembra dudo seriamente de que se trate del presunto ser más indefenso del mundo: un suicida por indefenso se quiere suicidar, comparemos su vitalidad, su alegría de vivir, su motivación con la de un bebé.
Mi hijo de tres años hoy me mostró lo desamparado que está. Me pidió, dado que dejó los pañales, que lo acompañara hasta el baño a hacer caca. Le pedí que fuera solo, dado que puede perfectamente bajarse pantalones y calzoncillos. Agregué que la luz estaba encendida. Me dijo que no podía porque le daba miedo ir a hacer caca solo. Le dije que eso era una estupidez, que cómo iba a tener miedo de ir a hacer caca solo. Entonces me dijo, conmovedoramente: “sí, me da miedo, te lo voy a demostrar ahora vas a ver”. Yo estaba cambiándole el pañal a mi hija, pero él fue hasta el baño, permaneció allí medio segundo, volvió hasta donde yo estaba e, ignorante aún de la “teoría de la mente”, luterano aún en eso de creer en la transparencia ostensible de todo lo que solo él piensa o ve, exclamó triunfal: -¿viste?

No quiero aburrir al lector, mucho menos a la lectora, sería femidiverticidio, así que iría dejando acá y renunciando a dar detalles de las analíticas payasadas que vimos en el “Curso de humor Vaca Muerta” así llamado porque por contradictorio que suene es gracias a Vaca Muerta, parece, que Cristina dejó de ser un cadáver político. Hubo perlitas como el momento en que mostramos formulaciones tramposas (por ejemplo en lugar de decir “Marx afirma que la creencia en el alma y la vida ultraterrena es un arma conservadora para apaciguar a los revolucionarios” dijimos “El cristianismo durante siglos negó que tuvieran alma los animales, los negros y las mujeres, Marx se limitó a agregar a los varones”). Hubo genialidades (como cuando Daniela escribió desde el punto de vista de un alienígena lo absurdo que parecía torturar margaritas para averiguar de ellas qué afectos habitaban a mi pareja “absurdo, porque la margarita en su vida había oído hablar de esta persona”). Hubo muy buenos juegos de palabras “no hay que romper lanzas a favor de la ballesta”. Hubo muy buenas preguntas (¿cómo no existe “hijo de puta de mierda”?). Muy buenas observaciones eruditorastreras que combinan la Florencia floreciente con nuestra miseria (afirmo que Tinelli es decididamente maquiavélico porque Nicolás Maquiavelo dedicó a Lorenzo el Magnífico, Médici, su “El Príncipe” y oh, casualidad, éste es el nombre de la criatura tinéllica). Hubo elogios a la película “Un millón de manera de morir en el oeste” a pesar de que nos defraudó un poquito. Pero criticamos aquella lapidaria forma de elogio, el “esperaba más de vos” y recordamos a la prostituta que no quiere sexo premarital, a la oveja que volvió del burdel con 20 dólares, al sermón del cura que rememora al empleado aplastado por el bloque de hielo al que recordaremos en cada trago en las rocas que gracias a que él dio su vida por traernos podemos disfrutar, el candor de los indios “habla nuestro idioma, es confiable”, la declaración de amor “dejé tirado a mi marido después de intersectarse una margarita en el culo desnudo a la intemperie porque así es cuánto te amo”, la lección de que el ratón Pérez no existe, dejando bosta de caballo bajo la almohada, hablamos, en fin, del uso amateur (etimológicamente “amador”) de los chistes escatológicos...

para mañana: 

Nueva embestida de Clarín contra Boudou, sugiere ahora que es bisexual y que es por este motivo que sus allegados lo apodan "EL BISE"

La sátira feminista contra el idealismo del Obispo de Berkeley: no demuestra a Dios porque Alguien tiene que percibir todo para que exista cuando nadie lo percibe, sino porque Alguien renueva el papel higiénico cada vez que se termina

Ironías animadas de ayer y hoy presenta: si te vas a hacer un análisis de fertilidad, al semen lo tenés que llevar en un envase ¡estéril!

5 comentarios:

  1. Anónimo4:49 p.m.

    Sólo una divergencia, "eterno" puede tener significado o asociación positiva: en la presentación de Chejov de la directora de El Jardín de los Cerezos, dice "tus textos son tan claros, tan definitivos, que rozan lo eterno".
    De lo demás gracias por compartir tus gracias y las de Ezequiel.
    Besos

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  2. Anónimo7:21 p.m.

    https://pbs.twimg.com/media/Bn8jEBLIcAAVORX.jpg:large

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  3. Anónimo2:18 p.m.

    Muy buena clase la de hoy! Buen cierre para mi taller!
    Sabrina Inés Vásquez
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  4. Anónimo9:32 p.m.

    Dicen que la voluntad lo es todo ; la mía hará lo que puede para desenterrar el sentido oculto del humor que yace en mi (en el fondo).
    Muy interesante tu curso. Creo que tenemos para conversar.
    Es verdad lo que te pasó con el Estado alemán?

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la peor opinión es el silencio, salvo...