lunes

Se necesitan palabras para decir que una imagen "vale más que mil palabras"

El mejor libro sobre cine jamás escrito se escribió solo: lo produjeron dos genios, Truffault y Hitchcock con sus entrevistas (que a veces pasa Canal Encuentro) intituladas “El cine según Hitchcock”. Lo admirable es el grado de conciencia de las posibilidades técnicas del cine que tenía Hitchcock y su dominio de la tensión psicológica. Es un libro deleitable y mis segundos libros de cine predilectos en alguna parte se refieren a él, dicen “lamentablemente si le preguntamos a Billy
 por qué hizo eso, nunca nos va a salir con una teoría tan completa como la de Hitchcock”. El caso de Buñuel, sin dejar de ser interesantísimo (recomiendo sus memorias), guarda correlación con su propia labilidad y libertad creativa: si un productor le decía “faltan 20 minutos”, Buñuel le retrucaba “y, bueno, le agrego un sueño”. En “El discreto encanto de la burguesía” la protagonista es encarnada por dos actrices sin que se explique esta curiosidad nunca. Los críticos sugirieron la dualidad de lo carnal y lo espiritual, pero Buñuel los cortó: -las dos me parecían buenas y no me decidía…
Hay un problema para un profesor de humor que quiere complacer a un alumno que quiere escribir guiones humorísticos con Hitchcock y es que Hitchcock no hace humor. Tiene dentro de la tradición británica un humor muy negro o mejor dicho: le causaban gracia cosas que a nosotros no. El libro en cuestión entonces ¿por qué lo empiezo recomendando? Una razón es que te mete de lleno en el universo de la retórica de la imagen mejor que nadie. Es muy diferente escribir para ser leído, que para ser filmado. Raymond Chandler no lo supo y escribió frases maravillosas que eran infilmables para “Double Indemnity”. Además cuenta teorías estrambóticas de Hitchcock, como la de que Grace Kelly es una actriz mucho más interesante que Kim Novak porque “no tiene el sexo en la cara”.
La diferenciación entre suspenso y sorpresa: sorpresa es cuando ni el protagonista ni el público saben qué va a pasar y de pronto irrumpe algo asombroso. Por ejemplo, una valija con una bomba: dos hombres conversan, un israelí y un agente de seguros de Hamas y de repente estallan por los aires. Es un segundo de sorpresa. En cambio si el público sabe que hay una bomba que va a estallar durante los veinte minutos de conversación, son veinte minutos de suspenso (como cuando en la telenovela nos exaltamos ¿cómo no se dan cuenta de que están enamorados, bésense?).
En el humor si bien un chiste anuncia que nos va a sorprender al final, no estamos veinte minutos disfrutando hasta que llega el remate.
Hitchcock explica también el concepto de “MacGuffin” que es al revés: todo se hace por una motivación que no tiene por qué serle detalladamente informada al público, lo que interesa es que los protagonistas lo sepan. Cary Grant en “North by Northwest” (Con la muerte en los talones) recibe la revelación de por qué lo persiguieron toda la película mientras suena la turbina del avión y nosotros, el público, ni nos enteramos.

En “Vértigo” la sorpresa de James Stewart es anticipada al público, una reforma respecto de la narración en la novela, para seguir un interesante precepto: cuando la película termina, un chico tiene que poder resumírsela a su madre desde el principio hasta el final y no decir “y después durante media hora James Stewart parecía haberse vuelto loco, pero al final tuvo razón”.

“Adventures in the screen trade” de William Goldman no solo es un libro ameno y de ágil lectura: explica cómo proteger a la estrella, cómo no se puede contar ningún hecho histórico que desafíe el verosímil y cuenta cómo nadie sabe nada en Hollywod, cómo Columbia rechazó “E.T” y Paramount “Star Wars”, cómo superestrellas surgieron al estrellato porque otras superestrellas pensaban que iban a quedar como boludos actuando de eso, etc.

Un libro lateral pero graciosísimo es “Roman soldiers don’t use watches”: cuenta errores famosos en películas, como por ejemplo que la novicia rebelde diriga a la familia Von Trapp a la Alemania nazi al final del film (algo que al público le pasa desapercibido y que por cuestiones de dirección de cámara era imprescindible).

La biografía de Billy Wilder de Tusquets y el reportaje genial de Hellmuth Karaseck, que sacó un libro sobre humor recientemente, son un placer por el ingenio de Wilder, las anécdotas, la relación con Marilyn y largos etcéteras pero para aprender a escribir un guión humorístico no ayuda mucho. Tampoco los libros sobre su maestro, Ernst Lubitsch (autor de la frase “hay mil formas de encuadrar con una cámara pero en realidad no hay más que una”).

Conviene recurrir a guionistas: el libro de reportaje a guionistas del Paris review es excelente y todos los libros de Jean Claude Carriere, también lo son.

Me acuerdo de un test de un libro que se llama “Antes que en el cine”, un libro de guión: te preguntaba cuándo tiene que terminar una película a) demasiado tarde b) demasiado temprano o c) justo a tiempo. Todos contestábamos c) y el autor contraproponía b) y se preguntaba ¿cómo saber cuándo es justo a tiempo?

Hay grandes ejemplos en cine de hacer de una limitación una virtud: la escena de los baños turcos de “Othello” de Orson Wells que era porque hubo problemas con la vestuarista y a pesar de que tenían pago las cámaras y todo para rodar, estaban sin ropa. El baile arrastrando el pie en “Zorba, el griego” fue una improvisada solución de Anthony Quinn porque no podía hacer el verdadero baile a causa de un esguince.

1 comentario:

  1. Anónimo4:43 p.m.

    Sobre esas limitaciones ver "La película del Rey" con Chavez antes de ser de culto
    Oscar S.

    ResponderEliminar

la peor opinión es el silencio, salvo...