miércoles

con el plagio universalizado de internet va a triunfar la admiración por la redacción y no las ideas, el esteticismo resucita

 
 
mi amigo Matias Puzio redactó admirablemente su análisis de la película de Al Pacino haciendo de Shylock...Ayer en una clase leí una parte para que el alumnado se contagie de fluidez estilística...ahora le pedí permiso para compartirlo en mi muro...para que no se agrande demasiado quiero aclarar que sospecho que las ideas no son del todo suyas...Internet trae aparejado muchas destrucciones y es mu...y posible que implique el fin del plagio considerado como delito y una resurrección del esteticismo, dado que el valor estará dado no por la originalidad de una idea, sino por la manera en que se la presenta...
Shylock y el surgimiento de lo público
Análisis de El Mercader de Venecia (Michael Radford, 2004).

Para un espectador moderno es bastante común encontrar una escena de juicio en una película. Muchos films incorporan el juicio como un momento decisivo en el que se produce el clímax de la historia. Para un espectador de la Inglaterra del siglo 16, sin embargo, la representación de un juicio dentro de una obra equivalía a algo parecido a la ciencia ficción. Sólo la originalidad y la amplia imaginación de Shakespeare hicieron posible un caso semejante como el Acto 4, escena 1 de El Mercader de Venecia.
Es ciencia ficción en el sentido de que, en el duelo lleno de elocuencia entre Porcia (disfrazada de varón y, a la vez de doctor en leyes) y Shylock, aparece en escena un sistema jurídico que aún no existía en Inglaterra en época de Shakespeare. Un sistema en que la ley es igualitaria: vale tanto para los poderosos (el mercader, con sus barcos en México, Inglaterra y las Indias) como para los más débiles (el prestamista del gueto judío). En este sistema, la ley se basa en un código escrito
que todos adscriben. Esto sin duda era muy diferente a cómo se pensaba la ley en la Inglaterra isabelina, donde la justicia era un privilegio de las clases nobles, y donde la idea de Estado era la del patrimonio privado del soberano sobre su territorio.
Shakespeare sitúa su obra en Venecia, la ciudad más rica y opulenta de Europa en aquella época. Esta ciudad gozaba de muchos privilegios. Todos los habitantes de la ciudad eran libres, no estaban sujetos ni eran vasallos de ningún señor. Eran capaces de elegir sus propias autoridades y dictar sus propias leyes. Venecia era, ni más ni menos, una república. En ella los temas de la comunidad eran asunto de todos y todos tenían derecho a discutirlos, si no directamente, a través de sus representantes.
Esta visión de lo público que surgió en las ricas ciudades italianas llegaría a difundirse en toda Europa durante las revoluciones burguesas, pero ya había comenzado a imponerse mucho antes. En Inglaterra, por ejemplo, treinta años después de que Shakespeare escribiera esta obra, el Petition of Rights promulgó un conjunto de derechos y garantías para todos los habitantes, por lo cual el reino pasó a ser una monarquía constitucional.
En la escena del juicio, el conflicto es expuesto en toda su brutalidad: Shylock desea que se cumpla la garantía que suscribió en el préstamo al Señor Antonio. La misma consiste en extraer una libra de la carne del mercader. Si tanto el tribunal como los presentes se sienten horrorizados ante esta exigencia, la ley refrenda a Shylock, que es el legítimo beneficiario de ese contrato entre particulares firmado frente al notario. La ley debe cumplirse, dice Porcia (en su disfraz de doctor en leyes). De lo contrario los extranjeros dejarán de tener confianza en la ciudad y en sus leyes.
Es necesario notar que, detrás del arreglo comercial, Shylock persigue un fin oscuramente privado. Y es por eso que rechaza todos los pedidos de clemencia. La ley comercial de Venecia ha sido creada para procurar el bienestar público mediante la exigencia de honrar las deudas. Sin embargo, Shylock espera que la ejecución de la garantía lo lleve a cumplir su ansiada venganza contra los insultos que recibió del señor Antonio y contra las humillaciones a las que lo someten diariamente los cristianos de la ciudad.
El conflicto se resuelve cuando Shylock descubre que llevar la ley hasta las últimas consecuencias implica la propia autodestrucción. Si al tomar la libra de carne el prestamista derrama la sangre del señor Antonio, será penado con la cárcel y la
confiscación de sus bienes.
Si esta idea de la libra de carne resulta hoy tan revulsiva como en la época en que la obra fue escrita, es porque reduce a la persona a su mera materialidad. La convierte en un objeto que puede pesarse, medirse; y como tal, ingresarse dentro de la esfera de lo económico, para servir como fianza en los contratos. Shylock, como extranjero cultural, es capaz de proponer esta idea sin sentir asco. Sin embargo, esta idea de la materialidad del hombre no es extraña para la época. El Humanismo había desacralizado al hombre, quitándole el aura de divinidad que tenía en la Edad Media. El mundo humano pasó a verse como completamente secular. El cuerpo era estudiado sin pudor por los anatomistas, y los artistas buscaban representar cada músculo con minuciosa exactitud (así, el David de Miguel Ángel es la primera estatua moderna). En esta época también muchas ciudades habían vuelto a permitir la compraventa de esclavos, a fin de alimentar la incipiente economía colonialista. Y aquí la pesadilla del hombre reducido a las libras de su carne se hacía horriblemente real. Junto a esto, una nueva clase, despojada de todo otro medio de subsistencia, llegaba a la ciudad sin otra posibilidad que la de venderse en el mercado por un jornal.

La ley como un debate público, y la materialización del hombre, dos ideas de la Edad Moderna que inquietaban a los hombres de la época isabelina, y que Shakespeare, en su sabiduría, elige representar en forma desnuda para estremecer a los espectadores de su tiempo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

la peor opinión es el silencio, salvo...