jueves

El hombre feliz sin zapatillas




 Anoche la beba no se dormía y nos dirigimos a Plaza Almagro, sorprendentemente abierta toda la noche. Allí se hamacaba un vagabundo harapiento mientras unos panes tirados yacían en la arena adornados por un desenrollado papel higiénico como contraparte gris de una carnavalesca serpentina. Para convertir en más áspero todo, nuestro bienamado pichicho Romeo, sufrió un corte de pelo que lo redujo a rata, a tal punto irreconocible que la nena, que antes se solazaba en llamarlo "MEO" (reconozco que algo no tan limpio tampoco), recibió a Romeo recién bañado y producido como "babau". Nada mal, si uno recuerda que el propósito de que se familiarice con un perro particular era que aprendiera a apreciar a la generalidad. Ya me había pasado esto de "El otro, el mismo"cuando mi por entonces novia y yo compartíamos una oficina en un trabajo que nunca contrataba parejas. Habíamos entrado haciendo de cuenta que no nos conocíamos. Mi interés por ella, o porque nadie se le acerque era, sin embargo, ostensible. Un fin de semana patético y desgarrador, rompimos. Todavía lloroso entré a la oficina, donde mis compañeros me palmearon la espalda y ofrecieron puros: -¡¡la chica que te gusta se separó del pelotudo de su novio!!
De pronto el clochard se pone a cantar en alemán diciendo además en alemán que era superior a todos nosotros porque no podíamos entenderlo o algo así. De manera que lo abordé en alemán y se levantó estupefacto, se disculpó por estar borracho, me contó que vive en una comunidad ecológica donde tienen una huerta orgánica en un bosque en Ciudad Universitaria y actuó con la formalidad entrañable y el sentimentalismo conmovedor que me remitió a todas las dos veces que estuve en Alemania...a todo esto recibimos un manguerazo de agua helada y un trabajador sanitario de disculpó. Lo encaré para preguntarle si esto de que la plaza estaba abierta era algo oficial, dado que parecía serlo si contrataban limpiadores. A mí me maravillaba porque Macri había empezado apaleando a personas en situación de calle, pero se ve que fue solo un gesto inicial y "demagógico" digamos, para su electorado fascista. El hombre me dijo que tenía montones de plazas que lavar y que muchas de ellas no tenían agua y había que entrar con el camión hidráulico. Hipólito Yrigoyen y Felipe...no se acordaba: Vallese. Le pregunté por Parque Centenario. Dijo que no le tocaba, pero sí Parque Rivadavia. Como mi hija adora Parque Rivadavia, nos dirijimos allí de inmediato, no sin antes recibir el agradecimiento por haber compartido ese momento mágico en el que desde su mamúa ecologista sentían gratitud Chris, el alemán y Katja, su mujer o lo que fuere (mi duda refiere al parentesco, porque si bien era hombruna, no cabe duda de que era una mujer). Vero empezó a decirme que eran unos sucios y yo que si ella se bañaba dos veces al día era porque sería más sucia y necesitaría más limpieza (un tipo de inversión de la causa y el efecto que antes intenté con "vivimos temiendo desaprobaciones pero nuestros ídolos son las personas que más insultos reciben por día). el señor de la manguera grande nos había advertido: puede que algunos portones estén cerrados, pero hay uno que va a estar abierto. Llegamos al Parque Rivadavia por la homónima avenida y demasiado onanistas como para dar la vuelta (se dice así ahora) trepamos la reja. Es decir: yo subí la cerca, agarré la beba, el perro la traspasó al mejor estilo "la momia" de Karadajián y ya con la beba del lado del Parque, Vero por falta de entrenamiento que esté escalaría montañas con tal de estar con lo que Lacan llama su "brillo fálico". Recorrimos el Paraíso. El Parque Rivadavia iluminado, con el pasto cortadito, con los juegos todos para nosotros y sin gente. Descubrimos que no tememos a ningún peligro mayor que al ser humano. Todo lo que a diario es una timorata y pusilánime visita al Parque llena de vértigo se convirtió en valerosas trepadas a un árbol, arriesgados exámenes del laguito, todo con la beba corriendo, el perro saltando suelto y sin nenes que le tosan, hombres que le miren el sex appeal a quien fuere y celulares que nadie robaría. El problema es que había un árbol del que no debimos haber comido: vino un guardia, junto a otra, muy voluminosa y munida de una linterna y con una caballerosidad inglesa (o la impotencia de saber que es un tipo de agente policial que no tendría poder de hacer nada) nos explicó que el Parque cierra a las 21 hs. Así que fuimos a la salida de la calle Rosario, donde mi mujer sintió que las zapatillas que le compré en una escuela que recibió una donación de la fábrica Cristóbal Colón ya le apretaban mucho. ¡Es increíble lo vertiginoso de la vida! Instantes atrás cualquiera hubiera querido compartir esa soledad imposible al estilo de "La invención de Morel" y ahora nadie querría estar en sus zapatos! Tuve que darle los míos y caminar descalzo, pero con elegancia y dignidad. Ella, en cambio, parecía un payaso. Lo que me llenaba de felicidad, a mí, como celoso y como profesor de humor...

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