jueves

Ezequiel Pablo Brauer, te amo un poquito...

Como se acerca el día del padre y no quiero sorpresas (el año pasado esperaba "Textos cautivos", los artículos de Borges para la revista "El hogar" y me salió con un dibujo de un dinosaurio), quisiera recordar al universo y al Conurbano también, cuánto amo al más divino de los hijos varones del mundo. Son tantas las cosas graciosas que dice que no me alcanzarían sus cuatro años para resumirlas. Incluso cuando me sienta en un café para hacerme un planteo ("papá, vos a veces me portás mal") o cuando demuestra sus recién adquiridos conocimientos ("Saturno se escribe con la E, papi, vos hay cosas que no sabés") o sueña ("yo era un astrónomo: el que cuida los chanchos"). Recientemente se dedicó a razonar sobre cuestiones metafísicas ("mamá no es vieja: solo para morir") y concluimos que más personas creen que Jesús es el hijo de Dios que que él es hijo mío. Para el 25 de mayo en el jardín le enseñaron la "canción de la vicuñita" que nunca se terminó de aprender y que refiere con un largo preludio musical que remeda con un tarareo eterno antes de empezar la parte con letra. El sábado va a ver a Topa. Le pregunté si estaba entusiasmado porque Topa va a cantar todas las canciones. Se encendieron sus ojitos y me dijo que sí: que quiere que Topa lo ayude a acordarse de la canción de la vicuñita (que dice "soy de la Cuna" por la Puna). Todos nos maravillamos de su fantástica imaginación, hasta que advertimos que nos tomamos algunas libertades con él que debe quizá imitar, respecto del rigor científico de algunas explicaciones. Por ejemplo cuando tengo una sola barrita de chocolate, él deja que su hermanita la degluta delante de sus narices sin protestar. ¿Por su bondad angelical, por su desprendimiento que es uno de los rasgos de Borges que quise inculcarle (si bien en el caso de Borges fue desprendimiento de retina)?...En realidad es por un motivo que me inspiró el Dr. Cormillot en una conferencia a la que asistí cuando explicó cómo hacerle incorporar calcio a los niños. "Puede ser en yogur, en leche, en queso" decía el nutricionista. Una señora levantó la mano y dijo que su hijo prefería comer dulce de leche y que no sabía cómo administrarle el calcio. La respuesta del especialista me quedó grabada patente: "Engrupaló, señora, engrupaló". De modo que Ezequiel antes de exigir con su feroz "ahora mismo" su chocolate, me pregunta si tengo del normal. Y yo le aclaro que no, que solo me quedó del que te convierte en mujer o en perro. Por alguna misteriosa razón, siempre prefiere seguir siendo humano y varón. Y me inventa que Romeo, el perrito, antes de convertirse en can era un viejo marinero al que abrazaban los pulpos con sus ocho brazos: -¡qué maravilla que ya a los cuatro años sepas que los pulpos tienen ocho brazos, el conocimiento es progresivo, yo a tu edad empecé sabiendo que tenían uno!

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