miércoles

mi poesía favorita es elegíaca: elegí acá la tuya

   W H AUDEN'S: APAGUEN TODOS SUS CELULARES

El poema  podría haber sido el de Brecht y Lao-Tsé, que deviene comunista al taoísmo o el de Leonard Cohen que dice "no me suicidé cuando las cosas me fueron mal, no me dediqué ni a drogarme ni a dar clases", algo que siempre me causó mucha gracia, el que estén al mismo nivel la intoxicación y la docencia (casi como pone Marx al misticismo y al alcoholismo en un primer escrito anterior a la religión es el opio de los pueblos). También podría haber sido "The unending gift" de Borges porque tiene una idea bellísima, pero justamente quería arrancar un espacio para la poesía delimitando bien su campo específico y dejando que sea pura y lo menos conceptista posible. Así que elijo a un ensayista y poeta que amo y cuyo mejor traductor (tres tomos de Editorial Biblios) es Rolando Costa Picasso. El Premio Nobel de Literatura Joseph Brodsky escapó de los interrogatorios stalinistas que no aceptaban que declare como profesión "poeta" y solo se llevó poemas de Auden a su exilio. Cuando le entregaron las coronas suecas se remitió a un joven de 39 que pisó por primera vez el polvo de la luna y lo reformuló: "Este es un pequeño paso para la humanidad y un gigantesco salto para mí". Auden leyó su poema a Freud con motivo de su cumpleaños ochenta en persona, entre muchas cosas que podría citar y estaríamos hasta el Día del Juicio. Sus iluminaciones son siempre sobrias y si nos estremecen lo hacen con la suavidad de un parpadeo. "Está tan muerto como Cleopatra y los dinosaurios" dice en otro poema que refutaría a MacTaggart, "entonces el tiempo tosió" irrumpe en otro,más lindo todavía. El lugar de enunciación siempre es leve. No dice "qué frío de mierrrda y encima se murió mi amado William Butler Yeats". Dice: "Nuestros instrumentos de medición indican que el día de su deceso fue un día poco caluroso". El poema que elijo ahora seguro lo conocen por una comedia llamada "Cuatro bodas y un funeral". No expresa una idea original. Es lo que sentimos cuando se nos va alguien que nos constituía. El poema carece



de compensaciones consolatorias. Pero no es brusco, la tristeza le otorga delicadeza. En "La piel que habito" el inesperado final con la mujer asesinando a Antonio Banderas viene acompañado de una negación desarmante: -me prometiste que no te ibas a escapar- -TE MENTÍ. Ese "te mentí" es de una anonadora y lapidaria chatura, inapelable en su soltura, desconcertante en su brutalidad. Como cuando Kasper Hauser en la película de Herzog que en alemán se llama "Cada uno para sí y Dios contra todos" desmantela ingeniosas y elevadas paradojas filosóficas y explica que para saber si está ante un mentiroso o un veraz le preguntaría si es un sapo. Son barreras que obturan y que indican que el paso al pensamiento ulterior ya no será franqueado. Como en "La vida es bella" cuando nos enteramos de que el comensal cómplice que podía salvarnos está loco, solo porque en un contexto de una gravedad mayúscula considera de una gravedad mayúscula resolver una adivinanza, cuya resolución no acepta: no es el ornitorrinco. Esa clase de barreras no requieren a veces más que un formulismo de cortesía "sí, pero por el momento..." o incluso la burda inverosimilitud en la mentira. "No voy a poder hacerte la gauchada porque tengo que hacer un informe anual para el Conicet a un alienígena que me abdujo con burundanga cuando fui a la marcha contra el femicidio, si no, con todo gusto". En cambio este "creí que duraría para siempre, estaba equivocado" es una constatación resignada, de elaboración del duelo, apenas subrayada por la rima. Es un poema perfecto porque mientras pide que se detenga el tiempo como no se qué aviso de cigarrillos rubios en Constitución en "El Aleph", ama al mundo, lo sigue visualizando en sus detalles nítidos de hermosura, no es abandonarse al dolor. El pedido de que los policías usen guantes negros tiene ese minimalismo poderoso que plantea Orwell en un artículo en el que explica que toda la venganza por el confinamiento en un campo de concentración, el gaseamiento de su familia, los trabajos forzados y la despersonalización cabe en una patada que el judío liberado le da al gendarme nazi después de la liberación. Es un poema en el que se recuerda para el creyente que Dios está en el detalle y para el laico que si no podemos erigirnos ya una Perefección de tiempo completo y que todo lo abarque, sí podemos vislumbrar algunas cosas como divinas. Poner crespones negros en las palomas públicas o pedir que los aviones vuelen en círculos luctuosos son modos de declarar la herida desgarrada sin la agregada tragedia de emular su política de shock. Que humedezca nuestros ojos significa que nos reconecta con lo que hace que valga la pena hacer todo aquello para lo cual tenemos trabajar a secas con ojos secos:
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good
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