jueves

una sonrisa puede abrir muchas puertas pero a veces el picaporte, si está oxidado, te puede hacer sangrar la encía








Contra el cliché de que el cuerpo no miente, oponemos la víbora que se finge venenosa y asusta al elefante en "El Paraíso viviente". Algo más posmodernamente, podemos decir que el fundador del Aikido realiza una técnica con su cuerpo, pero que solo podemos leer esa porción de realidad dotando mediante el lenguaje uno o dos significados. Con referencias a "The wave" de Morton Rue, a la inflación, al relato de Gabo de "algo terrible va a pasar en este pueblo" y a clásicas paradojas lógicas, cuando no a acciones que son en sí mismas su propio feedback y que sin encumbrados intelectualismos son recomendables (sonreír, hacer el amor, no al mismo tiempo, obvio) analizamos en el Curso de Humor Diván de Oriente y Desoriente la profecía que se autorealiza también llamada predicción autocumplida.
Dos intensas aventuras de mi pubertad me servirán de ilustración, el Aikido, que mi maestro solía llamar "el honorable arte de no estar allí" (allí sería donde dan el trompazo, cómo obrar para "dejarlo pasar" sin escapar ni chocar), y el "caballero ladrón", que no le gustaba nada a un ídolo de mi madurez: Borges (en un artículo en "Sur" en pleno nazismo le reprocha a la realidad no tener el menor escrúpulo artístico, no regirse en lo más mínimo por formas clásicas, permitirse libertades anonadantes como si estuviera escrita por Maurice Leblanc).
Creo haber detectado aquí algo pedagógico: la errada suposición de que un fenómeno consta de dos momentos cuando en realidad toda su razón de ser reside en que consiste en uno.
Borges mismo hablando de "Uno", tango al que le critica la rima ya que para que sea consonante debería existir la palabra "esperancias", solía emplear el desdoblamiento ficticio como estrategia de ponderación laudatoria. Decía, si, vamos a suponer le gustaba el tango uno: ¡qué bien que dijo "Uno busca lleno de esperanzas" y no "Dos buscan llenos de esperanzas"...proponía siempre una alternativa ridícula, un poco a la manera de Leibnitz para reconfortarnos con este único mundo, el más perfecto, el único que Dios dejó en pie.
Jigoro Kano, el antólogo o compilador del Judo (basado en movimientos del Ju-Jitzu) se enteró de que Morihei Ueshiba (alias O'Sensei="gran maestro") había recibido una revelación filosóficosomática a partir de la cual había creado un arte marcial de principios semejantes (utilizar la fuerza del otro, como ese arte marcial planetario, el capitalismo).
Decidido a ser falsacionizado (para decirlo en popperiano), llegó hasta las puertas (es un decir) del Hombu-Dosho en Tokyo y le preguntó al supuesto nuevo genio en qué consistía el Ai (armonía) Ki (energía) Do (camino), el camino de dirigir armoniosamente la energía, si no sería una mariconada para chicas chetas new age que bostezan si hacen yoga pero pierden finura gámbica si incursionan en el hockey. Por toda respuesta Morihei le dijo:
-Ataquemé como le plazca.
"Entonces creo que fui a tratar de acomodarle una rotunda ñapi y en el medio no sé qué joraca pasó y todo lo que sé es que terminé despatarrado en el tatami sin recordar si como complemento a los ojos rasgados nipones, el queso rallado era esférico...y lo más lindo es que el kía ni se dignó a mirarme, me condujo de un lado para otro mediante tomas y palancas con una indiferencia y desdén verdaderamente indignantes, porque es obvio que si me estaba cagando a piñas, es que me registraba, que yo era un interlocutor válido al que quería dejar invalido...".
En un artículo escrito por uno de los acólitos aikidokas aparecido en la revista de la Federación Aikikai e intitulado "El no adversario" se explica la displicencia reticente del maestro: "si lo hubiera mirado, sus ojos me hubieran atrapado, inmovilizado, yo tenía que mantener una periférica mirada blanda, no fija en nada en particular, en armonía con el movimiento circular de la naturaleza, no fue un desprecio, era la única manera de llevar a término la técnica de defensa". Y luego se recuerda una bellísima historia budista de un experto en el arte de preparar el té que a raíz de una desaveniencia se ve obligado a enfrentarse a duelo de katanas con un samurai profesional. El maestro del tetero le dice que puesto que va a morir, que lo haga con dignidad, que cierre los ojos y manifieste la concentración íntima y la interna calma que tiene cuando realiza el tercer té verde. Cuando llega el momento del enfrentamiento, el samurai ve "la seguridad de un sonámbulo" en el protagonista del té y la tesis y huye refunfuñando: "me engañó, es un hijo de una gran Bhudda profesional".
En el folletín llamado "La evasión de Arsenio Lupin" de Maurice Leblanc , el caballero ladrón-en mi volumen se denomina "ladrón de levita"-fue apresado por el inspector Ganimard para salvar a una dama de una indecorosa situación embarazosa que no viene a cuento traer a colación porque será irnos por las ramas y ya para eso daría lo mismo referirnos a Fernando Niembroma o a la anécdota que cita Schussheim en "Un gran paso atrás" en la que Borges le pregunta ¿cómo se dio cuenta de que era Borges?.
Arsenio Lupin le anuncia a Ganimard que no estará presente en el día del juicio (el día del juicio con minúsculas). Finalmente durante el proceso Arsenio no parece el de siempre y terminan descubriendo que liberaron por error a Lupin y dejaron a un ladrón de gallinas llamado Desiderio Baudrú. Avergonzados, sueltan a este infeliz y Ganimard lo sigue:
Al ver un banco, se sentó sobre él. El sitio, situado no lejos de Auteil, a orillas de un laguito oculto entre árboles, estaba absolutamente desierto. Trascurrió media hora. Impaciente, Ganimard resolvió entrar en conversación.
Se acercó y sesentó al lado de Desiderio. Encendió un cigarrillo, se entretuvo en hacer dibujos en la arena con la contera de su bastón y dijo:
-¡Qué kilombo lo de Tucumán ¿no?!
Silencio.
Y , de repente, en medio de aquel silencio, sonó una carcajada, pero una carcajada alegre, feliz, la risa estrepitosa de un chicuelo excitada por una causa cualquiera y que no puede él dominar. Realmente, positivamente, Ganimard sintió sus cabellos erizarse sobre el cuero de su cráneo. ¡Aquella risa, aquella risa infernal que tan conocida le era!.
Con gesto brusco cogió al hombre por las solapas de la chaqueta y lo miró profundamente, violentamente, mucho mejor que en la audiencia, y, en verdad, no era aquel hombre el mismo que ocupaba el banquillo de los acusados Es decir, era aquel hombre, pero, al mismo tiempo, era el otro, el verdadero.
Ayudado por una voluntad cómplice, reconstituía Ganimard el semblante del otro: ¡reconocía sus ojos, su boca y sobre todo, su expresión aguda, viva, burlona, inteligente, tan clara y tan joven!
Arsenio Lupin, Arsenio Lupin-balbuceaba.
Y de pronto, excitado por la ira, apretándole la garganta, trataba de tirarlo al suelo. A pesar de sus cincuenta años era aún muy robusto, en tanto que su adversario parecía estar a pocos lances. ¡Y luego, qué golpe maestro si conseguía llevarlo a la cárcel!.
Corta fue la lucha. Arsenio Lupin se defendió apenas; pero, tan prontamente como había atacado, soltó presa Ganimard. Su brazo derecho colgaba, inerte, entumecido.
-Si les enseñaran a ustedes el "jiu-jitsu" en la Prefectura de Policía-declaró Lupin-sabría usted que este golpe se llama "udi-shi-ghi" [...]; además de todo, yo tenía entre las manos un naipe formidable, un triunfo, una carta maquinada por mí desde los comienzos del asunto: la expectativa general de que yo me iba a evadir. Y ése es el error grosero en que todos ustedes han caído, lo mismo usted que los demás, en esa partida sensacional entablada entre la justicia y yo y cuya apuesta era mi libertad: una vez más han supuesto ustedes que obraba yo por alardear, por jactancioso-como el restaurante de enfrente que dice "pregunte por nuestro calzones"-por balandronada, por mandapartes, que mis éxitos se me habían subido a la cabeza, cual si fuera un amateur. ¡Yo, Arsenio Lupin, caer en semejante flaqueza!
[ bueno, en el momento en que dice "Yo, Arsenio Lupin fanfearme?!" se está vanagloriando, del mismo modo que cuando O Sensei declara que el Aikido nos enseña a no competir, porque el río no se ríe de la montaña que está quieta, ni la montaña en virtud de su grandeza se mofa del junco...por lo tanto, el Aikido es mejor que las artes marciales competitivas]
Comprenda usted que para evadirme...sin evadirme, menester era que de antemano se creyese en la tal evasión, que fuese ésta un artículo de fe, una convicción absoluta, una verdad tan clara como el sol. Y así sucedió, por voluntad mía. Arsenio Lupin se evadiría, Arsenio Lupin no asistiría a la vista de su causa. Y cuando usted se levantó para decir: "Este hombre no es Arsenio Lupin", habría sido sobrenatural que no creyera todo el mundo, inmediatamente, que no era yo Arsenio Lupin. De haber dudado una sola persona, de haber dicho simplemente: ¿Y si fuera Arsenio Lupin?, en aquel mismo instante era yo hombre al agua. Bastaba con inclinarse hacia mí, no ya con la idea de que no era yo Arsenio Lupin, como usted y los demás hicieron, sino con la idea de que podía ser Arsenio Lupin, y, a pesar de todas mis precauciones, la inyección hipodérmica de parafina para hinchar la piel, el ácido pirogálico, el jugo de la celedonia mayor, cinco gotas de antropina en los ojos, a pesar de todo, me habrían reconocido. Pero yo estaba tranquilo. Lógicamente, psicológicamente, a nadie podía ocurrírsele semejante sencillísima idea...


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