miércoles

anoche la puse y en lugar de gemir mi chica emitió un emoticón

Hoy es el día de "Volver al futuro", excelente oportunidad para recordar este cuentito que escribí con viajes en el tiempo, ganador del Concurso Jóvenes Narradores:

¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan lo sé, si me lo preguntan no lo sé. (San Agustín)

“El tiempo es una pérdida de dinero” (Oscar Wilde)...

Cuando Rufino Troncogrande falleció, acudimos al entierro incluso los familiares menos cercanos, quizá para constatar cómo era el cadaver de un hombre que había vivido ciento un años.

Recuerdo mi decepción al verlo tan parecido a mi abuelo que murió a los setenta y dos y a mi amigo de la infancia que murió a los diecinueve. Durante el velatorio tuve ocasión de hablar con una de sus hermosas nietas, la Lucinda y preguntarle para mi periódico La garganta de adentro qué sabía de su abuelo, qué hazañas había protagonizado, en qué se podía basar su panegírico. Con una inocencia injustificada me dió entonces sus diarios, es decir, ciento un blocks de minuciosos registros. Supe así de la existencia del paso a nivel de una localidad de la provincia de Córdoba, cuya exacta ubicación en el mapa me ha sido imposible precisar y cuyo nombre es Coronel Tranqui. Al parecer y merced no sé a qué sortilegio del magnetismo de los polos (según las rudimentarias nociones de termodinámica de Rufino), los habitantes de Coronel Tranqui llevaban piadosamente una doble vida, porque al cruzar el paso a nivel para ir a los institutos educativos o a las plantas fabriles de la localidad aledaña, la ciudad de Venado Cojo, tenían diez exactos años menos.
Según describen los puntuales cuadernos de Rufino, quien llegá allí a los 50 y 60 años y se fue a los 80 y 90, hombres y mujeres, ancianos y niños, maestros y alumnos, políticos y votantes; la comunidad entera en suma vivía parcialmente en Coronel Tranqui y parcialmente en Venado Cojo, es decir, vivía su misma vida a la mañana y a la noche con diez exactos años más que en el trabajo, el estudio o la excursión vespertina de paseo.
Al descubrir este fenómeno temporal grandes fueron mi escabrosa sorpresa, mi frenético asombro, y mi vertiginosa extrañeza. Me aboqué a la exacta localización del paso a nivel por espacio de meses sin éxito. Al principio soñaba con la repercusiòn internacional, con devolver grandeza a mi patria mediante tamaño descubrimiento y
pensaba en la cantidad de interesantes experimentos sociológicos y antropológicos que el prodigio permitiría. Poco a poco, lo confieso, me fue ganando el tranco tranquilo del relato de Rufino, su cadencia rutinaria, su manera de pensar más asombrada de que el universo exista en general que de que exista una irregularidad verificable en la medición concreta del tiempo en una localidad física particular.
Estos son los ejemplos más pintorescos de conducta que pude descubrir en los diarios: una pareja joven en la que él era agregador de confite de la panaderìa y ella cajera. Se veían a la tarde en Venado Cojo donde trabajaban y vovlvían juntos atravesando el paso a nivel para ir a sus casas. “A veces-anota Rufino-ella decía que en cinco años se iba a morir porque tenía mal del íncubo y que quería casarse antes de que eso sucediera. Discutían mientras caminaban y él le pedía tiempo porque le faltaban tres materias que a lo sumo en dos meses terminaría. Demás está decir que las discusiones se prolongaban del otro lado del paso a nivel, o sea, diez años después, como si nada, sin que ella estuviera desmejorada o él recibido.
La María Angélica era la mujer arrebatadora de la zona. Tuvo veinte años de vida útil su belleza, desde los quince a los treinta y cinco y la aprovechó tanto que cuando tenía, o bien treinta y seis o bien cuarenta y seis, según el lado del paso a nivel, ya estaba feliz y arruinada como seductora, con un cutis muy fresco y ciento ochenta kilos de carne que supo gozar de todos los placeres naturales.“Me hubiera encantado”, dice Rufino, “conocerla a los cinco años y ver cómo todos los paisanos se acercarían seguramente con colaciones, alfeñiques, muñecos y demás regalos para captar la simpatía de María Angélica desde niña, sólo porque sabían el lujo de estampa que tendría a dos cuadritas nomás, es decir, a los quince años. “Más, en realidad-se rectifica Rufino ya lujurioso-conocerla como la conocieron todos los hombres del pago que vivieron entonces, entre los quince y los veinticinco: si eras el festejante de la María Angélica podías a la mañana en Coronel Tranqui acostarte con una irresistible menor sin infligir la ley(porque la comisaría única quedaba en Venado Cojo) y a la tarde con una opulenta pechugona exhuberante sin cometer infidelidad”. Rufino habìa llegado años después al pueblo, pero se contaban las historias màs sabrosas, por ejemplo, que Maríaa Angélica se había costeado los ladrillos de su primera vivienda (conocida como El Rincón del Placer) apostando a los incautos forasteros que llegaban a Coronel Tranqui cuánto le iba a haber crecido el pecho dentro de diez años. Si bien es cierto que al principio los recienvenidos no sabían de la diferencia horaria que marcaban las vías ferroviarias y si bien algo de cierto había en la condena moral que el Padre Chanchi había realizado contra “esas prácticas de impúdica especulación anatómica”, lo innegable es que los forasteros pagaban las cuantiosas sumas de las apuestas muy gustosos porque el trato permitía unas suculentas corroboraciones táctiles que los dejaban siempre muy bien parados.

“Así como un minuto puede decidir nuestra vida, diez años no son nada”, escribe Rufino en su primer año de estancia entre ambas localidades tan cercanas en el espacio y tan alejadas en el tiempo: “hace falta mucho más para revolucionar la esencia del corazón del hombre”. Eso decía Rufino, pero a travès de sus relatos se filtra la sensaciòn de que no todos tenían su personalidad inmutable y costumbrista.
Sin duda, para Gervasio Malandrino, el calvario tortuoso de cargar con su vida no cambió: solía ir todo el camino hasta Venado Cojo diciendo “ahora me siento tan mal porque soy demasiado joven” y todo el camino de vuelta diciendo: “¡si tan sólo pudiera tener diez años menos!”.
Pero hubo personas como el Padre Augusto Chanchi o el dirigente populista Salvador Canaleta que sí cambiaron a través de los años o kilómetros. El segundo era de un lado reformista y del otro conservador durante diez años, hasta que fue conservador de los dos lados, ideológicamente ya que en la práctica las calles no hicieron más que empeorar durante sus gestiones y nunca se conservaron bien. El padre Chanchi variaba permanentemente su discurso para adaptar las Sagradas Escrituras al extraño tiempo que rondaba entre las dos comarcas. Su pequeña parroquia fue sucesivamente cristiana, presbiteriana, adventista del séptimo día, la “mezquita de Fátima, hija de Mahoma” y la Comunidad israelita de créditos a diez años.
Cipriano Pereyra era votante convencido de los “cojonudos” en Coronel Tranqui y de los “tranquilistas” en Venado Cojo hasta que se diò vuelta. Pero las malas lenguas dicen que no cambió en verdad nunca su esencial condición de panqueque ("cuando me asaltó la duda, me dejó sin una sola certeza/toda pero toda o creo que toda/la cabeza"-reza uno de sus dudosos poemarios).
Durante semanas el Padre Chanchi sostuvo una firme postura abortista y prohibió toda relación que tuviera un fìn de procreación. La entonces parroquia católica tenía esas prédicas tan ajenas al Papa, porque Coronel Tranqui y Venado Cojo recibían a los primeros bebés que iban a conocer desde el principio el extraño principio del tiempo abruptamente mutable que, por lo que se deduce (aunque nunca lo explicite Rufino) es un milagro que no siempre había existido.
Felizmente no le hicieron caso. Esos primeros habitantes de ciudadanía congénita, vivirían como un hecho natural su extraordinaria situación creyendo que en todo el mundo fluía asimismo el tiempo con diferencias tan abismales. Nada grave ocurrió. “Lo que tiene de bueno, tiene de malo” anota Rufino en su trigésimo octavo diario. “Yo personalmente preferiría que me pasara sólo a mí. El hecho de que nos pase a todos le quita magia y poderes pedagógicos. No podemos creer en un mensaje personal de Dios o en una lección individual de vida. Juntos protagonizamos estas circunstancias peregrinas y juntos de alguna manera también las arruinamos”.

“El tiempo es un misterio irresuelto”escribió el mismo día pero diez años antes, “y que se agregue la dual dictadura de su andaduría no resuelve las cosas. Que un monopolio dé lugar a un oligopolio no abarata los precios, a lo sumo genera la ilusión de variedad”.

Lo que Rufino no dice pero sus pormenorizados relatos cristalinos dejan entrever, es que entre un lado y otro del paso a nivel no había barreras, no había la misma irrevocabilidad, la conciencia recíproca existía.

Si un hombre a los 20 años tomaba una decisión que lo perjudicaba podía verse a sí mismo 10 años después del otro lado, volver a cruzarse, decidir lo contrario y ver el resultado. De esta manera no es como afirma Rufino, según lo que yo reconstruyo malamente, que vivir dos vidas es como vivir una, un sufrimiento sin aprendizaje posible, nada más que repetido. Por el contrario, una vida podía servir de experimento gratuito o entretenimiento especular y la otra de enseñanza. Contra esta idea, que cabe aclarar no supone ser testigo o espectador de su vida en ningún caso, porque los dolores se sentían en ambos lugares sin que el tiempo pudiera mitigarlos respectivamente, se opone el hecho de que ningún hombre oriundo de esas regiones ha sido, que se sepa, especialmente genial.

Tengo para mí que si yo en Coronel Tranqui quería casarme, digamos, con la mujer A, podía cruzarme en seguida a Venado Cojo para verme diez años después: si era desdichado me divorciaba y me casaba con B, ahorrándome diez años de embarcación en un proyecto destinado a naufragar.

¿Cómo sería realmente?¿será verdad que las recién casadas, como dice Rufino, prohibían a sus maridos cruzar, pero que ellos a veces lo hacían para decidir si convenía tener un hijo (es decir, si les iba a salir varón)?.

Según el cuaderno ver morir a alguien era muy divertido y muy enternecedor la primera vez-o todas las veces que pasaba del lado de Venado Cojo-y provocaba una indetenible oleada de cariño hacia esa persona que, a veces, cuando recibía muchas muestras de afecto, sospechaba haber muerto del otro lado.

A los 80 y 90 años Rufino se vino a Buenos Aires a morir. No es verosímil suponer que la prolongada permanencia en las comarcas del paso a nivel le hayan conferido una longevidad distinta a la que hubiera tenido si no. Pero es una pena que no hubiera muerto en Venado Cojo, me hubiera gustado hablar con él en Coronel Tranqui...

Ninguna cartografìa secreta, ninguna geografìa modificada me ha permitido hallar esta Atlántida de las serranías; ni los relatos de las ancianas de Mina Clavero, ni los abuelos del geriátrico de Río Cuarto ni el significativo silencio de los muchachos de Valle Hermoso constituyen una confirmación definitiva de su realidad siquiera pretérita. Podría añadir como curiosidad la historia probablemente apócrifa de la familia Vergara, un matrimonio mayor aparentemente apacible y padres de tres hermosas mujeres, que, según dicen, se parecían mucho a la madre, sobre todo María Magdalena, la mayorcita. Cuenta la historia que todas las noches Juan Carlos Vergara el joven visitaba la alcoba de su esposa María Cristina pero del otro lado del paso a nivel, es decir, a la María Cristina diez años mayor. De este modo, se metía los cuernos a sí mismo, su yo joven engañaba a su yo viejo, tal vez con la conciente complacencia de este último que se agotaba fácilmente, tenía un sueño muy pesado y encontraba paulatinamente más y más difìcil satisfacer los deberes conyugales con su esposa contemporánea. En cambio, no podía quitarse de la cabeza a su esposa joven y durante el día no perdía ocasión de manosearla, y poseerla al salir de trabajar, aprovechando que su yo joven a esa hora estaba en la Facultad.
Puede que todo sea un embuste de Rufino, una serie de macanas y cuentos que retomaron con astucia los chúcaros paisanos que me testimoniaron la certeza de la existencia del mítico paso a nivel.

De todas maneras me resulta increíblemente creíble y no puedo dejar de sentir que es real, ya que no imagino otra posibilidad. Si hubiera sido un invento hubieran enfatizado la sobrenaturalidad del asunto. Pero como fue una realidad se entretuvieron en explorar minucias vagamente eróticas y actuaron como los hombres de la realidad: sin estatura de gloria y con apetito sexual....

2 comentarios:

  1. Anónimo9:39 p.m.

    Qué lujo de relato, gracias por compartirlo!
    Juan Carlos Balassanian

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  2. Anónimo9:40 p.m.

    Ese paso a nivel queda cerca de San Esteban... Pasé una vez, hace como 15 o 25 años...
    Cal Laurent

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la peor opinión es el silencio, salvo...