lunes

Acerca de la nueva paternidad escénica




Esto es una reflexión disfrazada de recomendación. La reflexión es acerca de si nuestros hijos son cuadernos en blanco a los que dotarles una identidad y si somos nosotros los encargados de hacerlo. ¿Son una tabula rasa intercambiable prima facie como creía que era nuestra mente David Hume o como, por otra parte u otras partes,  aseguraba era el pecho plano de Hannah Arendt para justificarse ante su esposa Elfride, Martin Heidegger? Para pensar en cuánta originalidad individual hay en nosotros me van a ayudar al final de este itinerario nada menos que el premio Nobel de Literatura y también ganador de un Oscar al guión,
George Bernard Shaw-que postula el sentido de renovación de nuestra mismísima persona que presuponen los hijos.  Y ese recorrido en el que saludará un paleontólogo brillante
y un escritor español genial (salvo que querría recomendar antes a Leopoldo Alas, porque me insisten en que nunca recomiendo nada de "Clarín") lo va a concluir Borges, que era muy a su modo panteísta
Creía firmemente en que "
un hombre es todos los hombres". Una idea que aparece en Whitman y que le permitía identificarse con todos los héroes históricos y también ponerse en la piel de un nazi en "Deutsches Requiem". La idea de que somos todos el mismo ser humano es una idea que nos permitiría abominar la nota que escribió Daniel Molina
7 hours ago
No quiero ser meramente banal, pero el bulto es significativo.
en "La Nación", donde afirma que la igualdad (no la igualdad peneana)no es un bien tan deseable. http://www.lanacion.com.ar/1864869-es-realmente-deseable-una-sociedad-igualitaria. ¿Por qué va a sufrir una vida sin tantos privilegios como otra alguien que es en esencia la misma persona, la misma chispa de divinidad, el potencial de la misma sustancia, polvo de estrellas, hecha de la madera en la que están hechos los sueños? Paradójicamente esa idea de que estamos universalmente constituidos de la misma sustancia nos permitiría permitir el progreso a costa del sacrificio decreciente de una porción de nosotros con tal de que el mundo siga mejorando en materia de paz, expectativa de vida, salud...
Se podría pensar un poco en cada ser humano  irremplazable, como en la idea de chino que tenía William James: Consideren, por ejemplo, a todos los chinos. ¿Quién de ustedes, amigos, encuentra alguna conveniencia en que se perpetúen sin reducirles en número? Seguramente nadie. A lo sumo, podrían considerar muy conveniente guardar unos cuantos, en representación de una variedad peculiar e interesante de la humanidad; pero en lo que concierne al resto, lo que se impone en cantidades tan asombrosas como ésas, y lo que ustedes solo pueden imaginar de un modo abstracto y colectivo, ha de ser algo cuyas unidades no puedan tener ningún valor individual. Al propio Dios, piensen ustedes, no le servirán de nada
(William James, Conferencia en Harvard ¿Qué es el pragmatismo?)
Sería caer en otra ironía más: reemplazar la romántica teoría del genio individual que con la sola fuerza de su lucidez llega a una revelación por la romántica teoría del período histórico genial por ser el más cronológicamente avanzado hasta ahora que con la sola fuerza de su lucidez revela que debemos dejar caer a algunos de nuestros prójimos con la misma épica abnegación con la que en "El código Enigma" Alan Turing le dice a un colega que tiene que dejar que muera su hermano para que los nazis no descubran que fue descifrado su código y se salven millones de "otras" vidas. 

Borges, Daniel Molina, Bernard Shaw, Unamuno y Stephen Jay Gould fueron en materia de amor al conocimiento mis "padres del corazón", no quiero dejar aquí de responsabilizarlos... 
Y la recomendación es a una comedia cuyo juego de palabras en el título (al mismo tiempo "papá llegó a casa" y "la casa de papá") escapa no solo a la traducción, sino incluso a la perspicacia fonémica del grueso del público norteamericano (y no refiero a la tendencia a la obesidad). 


recoflemendaxión
Los cambios sociales a los que asistimos en materia de hábitos, instrumentos y concepciones fundamentales son tan vertiginosos que podrían hacernos dudar del último bastión de lealtad emocional que Freud nada agradablemente redujo a la metáfora de lo pegajosa que es la libido.
Aturdidos por el impacto de los gadgets y el confort dejamos de observar alteraciones profundas en materia de lo que valoramos, de cuál es nuestro espejo y modelo. 
Si dijéramos "yo admiro los ideales de Sarmiento y la valentía de Gandhi mientras que de Aristóteles admiro la amplitud de miras para tratar de establecer un saber racional" estaríamos pareciendo muy abarcativos. Si agregásemos "en materia estética Leonardo es inimitable, las sonatas de Kulhau únicas, los pasos de Isadora Duncan gráciles, las esculturas de Rodin vivaces y en materia científica admiro al psicólogo Paul Ekman y cómo tras siglos de oscurantismo ambientalista recuperó la idea básica de Darwin lo innato y universal de los gestos que expresan emoción
" seríamos más exhaustivos aún. Podríamos mencionar veinte nombres de hombres que Plutarco hubiera considerado dignos de ser biografiados. Y olvidaríamos que ninguno de estos grandes hombres ideales, verdaderos ejemplos a seguir, podrían representarnos hoy. No porque no tuvieran un celular. Sino porque jamás se les hubiera pasado por la cabeza que la más poderosa fuente de reconocimiento social es ser considerado un buen papá.  

La película que quiero recomendar está, en ese sentido, bien inserta en nuestro tiempo. Familias ensambladas. Hombres que desean tener hijos, incluso no biológicos a pesar de los estudios del Premio Nobel Daniel Kahneman (y en Argentina, ahora que todos ven culos, de Martin Tetaz
)que demuestran que los hijos no traen felicidad, sino todo lo contrario, impiden accesos a lo que sí (por ejemplo, se considera superior el factor "reunirse con amigos", en un amistoso abrazo entre la economía de la felicidad y Epicuro y Montaigne).

Marc Wahlberg-que ya probara ser dupla de Will Ferrer en "The other guys", que no se estrenó en nuestro país-comenzó su carrera como cantante de rap, saltó a la fama por su publicidad de calzoncillos para el famoso enamorado de "Volver al futuro", Calvin Klein
y en "Boogie Nights" gracias a una prótesis descomunal,
goza de un encasillamiento en el que abultadas ponderaciones podrían entretenernos si fueramos meramente bananales, digo, "banales". Aquí oficia de carismático cancherito padre biológico de los hijos que Will Ferrer quiere criar como si fueran propios, un papel en el que se luce más que en muchos otros de acción o incluso de comedia (recordemos "Ted" del creador de la bien llamada "Padre de familia").
Si los momentos en que las risotadas son explosivas y como se estila decir en una época amenazada por el terrorismo "estallé" se vinculan con los gags físicos, semejantes a dibujos animados en su hipérbole y su inmortalidad (el modo en el que se incrusta la moto en la casa, la electrocución del skater), las mentiras más interesantes son las psicológicas. 
Porque estos dos hombres luchando por ser vistos como excelentes padres ante sus hijos, pero actuando en realidad para los ojos de la madre, no pueden en virtud misma de lo que anhelan ser o parecer, declarase una hostilidad franca. Más bien pueden provocar la violencia del rival y denunciarla como pésimo ejemplo didáctico. En este campo se juegan las zancadillas más desternillantes, las manipulaciones, sobornos, chantajes emocionales y ardides más deleitables, la competencia encarnizada por ser el último en dar el beso de buenas noches. Una verdadera anatomía de nuestra hipocresía cotidiana.
Will Ferrer ha añadido al guión algunas gemas de su cosecha. Un empleador que cuenta anécdotas non sequitur a cual más descabellada y en cuya antelación ya conociéndolos nos relamemos. Una de las grandes maestrías del entretenimiento es jugar con la expectativa: lo hace Hitchcock a su modo cuando nos obliga a saber lo que los personajes no saben, lo hace este humorista con algo que en ninguna teoría del chiste aparece y es el placer que implica el solo hecho de saber que se nos va a contar uno y no saber exactamente para qué lado se va a disparar la gracia. 
La paternidad ha sido estudiada desde muchísimos ángulos y voy a terminar este comentario oficiando de dj que parte de una reflexión sobre la paternidad que hace Bernard Shaw, la vincula con un estudio acerca de la correlación entre latidos y pulsaciones en Stephen Jay Gould y concluye con un artículo de Borges, en el que medita sobre las sustituciones. 
El "padre espiritual" sería una noción muy vinculada al concepto de autor intelectual. Supongamos que Spielberg y Tarantino no solo compitieran este año por ver si su película es la que tiene al mejor actor, al mejor sonido o al mejor guión. Yo he leído todas las críticas a "The hateful eight" y ninguna deja de pensar in toto al film. Nadie imagina posible, a pesar de que Tarantino, furioso de que le hackearan el guión, lo hubo publicado, que ese guión lo filmara Spielberg. No quiero que esto sea pensado personalizadamente, podríamos estar hablando de Woody Allen o de Pedro Almodóvar o de cualquier otro director-guionista (salvo, gracias a Spielberg, en los hermanos Coen). 
Luchar por ser la influencia gravitadora en la mente de un niño ¿vendría a ser como luchar por ser el autor de la obra o el autor del montaje final en el trabajo de dirección de un guión ajeno?
Es poca la libertad individual que le queda a un padre frente a los mandatos sociales de la comunidad en la que se halla inserto. Si yo quiero que mi hijo aprenda sumerio, tenga una dieta basada en el consumo de quesos, solo manipule juguetes confeccionados con caña de bambú, ignore la televisión, la Coca-Cola, la play y los celulares, difícilmente pueda querer también preservarlo del todo de que no parezca algo excéntrico, por no decir un inadaptado social. 

Will Ferrer en su visita a un endocrinólogo amigo del ex de su esposa se ve confrontado a que se le exhiban los inmensamente contrastadores genitales rivales y a que su esposa se sorprenda al verlos. Este tipo de exageración es divergente de los anteriores. Se emparenta a "El regreso de Martin Guerre", la sustitución de Jacobo por Esaú, las pruebas que Penélope exigió para saber si quien declaraba ser Ulises no era un impostor. Se emparenta a mi propia experiencia cuando me reencontré sexualmente con una ex quien me confió que me recordaba "más grande", como más grandes recordamos al patio de la escuela si lo visitamos de adultos o a...a mi propio pene, que es más pequeño que sí mismo.
Quiero recomendar además la honorable parodia a la corrección política para con afroamericanos, la grieta yanqui.
Es una película "poco ambiciosa" como se estila decir ahora de todas aquellas que no cuestan más de cien millones de dólares en efectos especiales, pero muy sobria en sus dosis de sensiblería y al mismo tiempo de insensibilización. Los estereotipos sirven no para un regodeo con saña en alguna modalidad cruel de burla, sino para señalizar la emoción empatizable. La película tiene un ideal circular: las envidias y los encariñamientos van circulando y pasan de uno a otro. Incluso, si quisiéramos decirlo en lacaniano, el Gran Otro al final se encuentra con su propio Gran Otro. 


En la pedagogía cotidiana luchamos para ver cómo enseñar a nuestros hijos a defenderse a sí mismos del bullyng, sin dotarlos en ese camino de una agresividad que subraye el poderío de sus compulsiones anárquicas. Dos criterios y sus estilísticas terminan confluyendo con una armonía que nos reconciliaría con la idea de reconciliación hegeliana de opuestos.

Este supercanchero que genera el gran complejo de inferioridad resulta que era bárbaro para la parte fácil del amor y un desastre para lo que implica por un lado el aspecto aburrido, burocrático, reiterativo, vacío de feedback y  frustrante y por otro el lado intolerable, exasperante, indignante, ultrajante, inadmisible y enervante de la diaria práctica de velar por la integridad física y mental de nuestros hijos ante instituciones y pares. 
Es decir que frente a la fálica idea de que el hombre posmoderno tiene que ser un trabajador eficiente, un interlocutor de whatsapp permanentemente afilado, un marido y padre que subsumen su individualidad egoísta en aras de la consideradísima convivencia pacífica, un disciplinado pupilo del gym, un modisto amateur, un gran decisor de compras en su tiempo libre e insaciables etcéteras aparece la idea de la castración inevitable y de que se puede ser padre en equipo. Nuestras necesarias ilusiones de totalidad bien puede constituir partes recíprocamente complementarias.

Veamos ahora a George Bernard Shaw a quien interrumpiré con acotaciones: 

prefacio a "Misalliance" (1910)
Los padres y los hijos

Arrastrando nubes de gloria

La infancia es una etapa del proceso de esa incesante refabricación de la Trama de la Vida con que se perpetúa la especie humana. La Fuerza Vital no quier o no puede alcanzar la inmortalidad, salvo en los organismos muy inferiores: en realidad ni siquiera se sabe con certeza si la ameba es inmortal.

La idea de identidad en una criatura capaz de replicar la totalidad de su información genética se desdibuja vaporosamente y por eso podemos decir que la ameba se clona o es ella misma, siempre ella, inmortal. Al interesarnos poco por lo que vendría a ser la experiencia de vida de una ameba es que decimos una cosa así. Si una ameba antes de morir es expuesta a un televisor que le informa acerca de las hipotecas subprime que provocaron la crisis de 2007, desde luego no es la misma ameba que pudo ser pisoteada por Cleopatra. Pero su interioridad o su conciencia nos parecen irrisorias. Con respecto a la reproducción no sexuada, Houllebecq en su "Las partículas elementales" propone la distopía del humano unisexuado...

Los seres humanos se desgastan invisiblemente aunque duran más que sus amigos los perros. 

Acerca de esto, cabe recordar el artículo de Stephen Jay Gould, "El período de vida que tenemos designado": los mamíferos pequeños y grandes viven la misma cantidad de tiempo biológico. Los mamíferos pequeños viven rápidamente, se queman de prisa y viven poco tiempo; los grandes mamíferos viven largo tiempo a un ritmo majestuoso, medido según sus propios relojes internos (...) todos los mamíferos respiran una vez cada cuatro latidos del corazón (...) la tendencia es a respirar en total 200 millones de veces-el corazón late cuatrocientas millones de veces, tanto en el elefante como en el ratón. Los homo sapiens vivimos tres veces más de lo que "deberíamos"

Se cree que las tortugas, los loros y los elefantes son más longevos que los habitantes más viejos de la especie humana. Pero el hecho de que nazcan otros nuevos es prueba concluyente de que no son inmortales. Elimínese la muerte y se eliminará la necesidad de nacer: en realidad si se sigue engendrando habrá que matar a los viejos para darles lugar a los jóvenes (recordemos "Diario de la guerra del cerdo" que a determinada edad Borges consideró menos interesante que su imaginaria antítesis, viejos matando a jóvenes y recordemos el problema denunciado por la directora del FMI en relación a las jubilaciones y el aumento de la longevidad). 
Pero la muerte no es por fuerza una falta de energía de la Fuerza Vital. La gente sin imaginación trata de hacer cosas que duren siempre y hasta quiere la vida eterna. Pero el hombre inteligentemente imaginativo sabe muy bien que es un derroche de trabajo hacer una máquina que dure diez años, porque es probable que la desaloje al promediar ese período una máquina mejorada que responda al mismo fin. Sabe también que si algún demonio quisiera convencernos de que nuestro sueño de inmortalidad personal no es tal sueño, sino un hecho escueto e inapelable, la especie humana proferiría un grito de desesperación que no podría arrancarle ningún otro horror imaginable. A pesar de toda nuestra perversa insensatez de que Juan Pérez viva mil millones de eones y luego la eternidad, morimos voluntariamente, sabiendo que es al hora de que nos recojan, de que nos remodelen, de que volvamos como lo presintió Wordsworth, arrastrando nubes de gloria cada vez más deslumbrantes. Todos debemos renacer y renacer sin cesar. Nos gustaría vivir un poco más, así como nos gustaría tener cincuenta libras: es decir que lo aceptaríamos si pudiéramos obtenerlo en forma gratuita; pero ese género de perezosa afición no implica voluntad. Resulta asombroso lo poco que haría un hombre para conseguir cincuenta libras: todos los billetes de cincuenta libras que he visto han sido ganados más fácilmente que una laboriosa moneda de seis peniques; pero la dificultad de inducir a un hombre a esforzarse seriamente en obtener cincuenta libras es muy poca cosa si se la compara con lo difícil que resulta inducirlo a hacer un serio esfuerzo por conservarse vivo. Apenas ve acercarse a la muerte, se acuesta y llama a un médico. Sabe muy bien, en el fondo de su conciencia, que es un ser lamentable y que sería mejor que lo hicieran de nuevo. Sabe que su muerte dejará lugar para un nacimiento; y confía en que así nacerá algo a lo que aspiraba y no alcanzó. Sabe que mediante la muerte y ese nuevo nacimiento, esa materia corruptible se volverá incorruptible y ese material alcanzará la inmortalidad. Por más que se especule con su ignorancia, sus temores y su imaginación usando sobornos de paraísos y amenazas de infiernos, solo hay una creencia que puede privar a la muerte de su aguijón y a la tumba de su victoria: la creencia de que podemos abandonar la carga de nuestras pequeñas y míseras personalidades improvisadas para siempre en cada avance hacia el objetivo de la evolución, que solo puede consistir en un ser imposible de mejorar. Después de todo...¿qué hombre es capaz del demencial engreimiento de creer que una eternidad de sí mismo sería tolerable hasta para él? 

Aquí conviene recordar la obra capital de Miguel de Unamuno "El sentimiento trágico de la vida", donde exige personalmente a Dios no solo que exista, sino que garantice su inmortalidad personal, sin lo cual de nada serviría Su Creación.


Los que tratan de creerlo afirman que antes deberán hacerlos perfectos. Pero si me hacen perfecto, ya no seré yo mismo, ni podré concebir mis imperfecciones actuales (y no puedo recordar lo que no puedo concebir); por lo tanto, bien podrían darme un nombre nuevo y afrontar el hecho de que soy una persona nueva.


El querer ser otro
(Diario El Litoral, Santa Fe, Magazine, 1 de enero de 1933)
Jorge Luis Borges

Quisiera ser Goehte, dicen que dice alguna página de Eugenio D'Ors. Quisiera ser Alvear, dice el discutidor de tejemanejes políticos. Quisiera ser Joan Crawford, dice en cualquier platea o cualquier palco, cualquier voz de mujer. Sintácticamente esos tres anhelos se corresponden. Para el gramático, para el mero inexistente gramático, la misma locución quisiera ser obra con igual sentido en los tres. Para mí, no. Quisiéramos ser Goethe me parece una mínima canallada, una pequeña simulación de escritor que finge renunciar a otras más evidentes codicias, para codiciar una obra que pocos visitan con gusto, pero que se considera muy distinguida. (Omito la circunstancia interesante de querer ser un muerto, de querer ser ya una gloria o un nombre). Quisiera ser Alvear no significa Quisiera ser Alvear. Significa, en último análisis: Alvear querría ser yo...Quisiera ser Joan Crawford, en cambio, puede significar Yo quisiera habitar ese glorioso cuerpo de Joan y cobrar sus espléndidos honorarios de adoración y de oro y de competentes fotógrafos, pero puede querer decir también Quisiera ser, cuerpo y alma, Joan Crawford. Ese deseo es el que más interesa en verdad. Que B quiera ser N. 
¿Tiene algún sentido ese anhelo? Ya he señalado que en el habitualísimo caso Quisiera ser Alvear, B no quiere ser N; quiere ser B+N o B multiplicado por N. En el de la espectadora de Joan, B quiere dejar de ser B y ser del todo N: pero esa previa obliteración o suicidio lo desaparece de modo que no queda nada de B y que su incorporación a N, o rápido consumo por N, es impracticable. Si en el decurso del minuto siguiente, yo me convierto en el antiguo barbero del hermano mayor del secretario confidencial de Al Capone, en el preciso instante en que ese problemático personaje ocupa mi lugar-el milagro es tan imperceptible como absoluto. Nada me impide suponer que esos secretos cambios, están aconteciendo continuamente y que un modesto Dios se complace con esos pudorosos milagros. La desconcertante falta de asombro en el segundo preciso de la transformación, es una prueba de la perfección del ajuste. Arribo a esta conclusión melancólica: B no puede llegar a ser N, porque si llega a serlo, no se darán cuenta ni N ni B. 
En este desconsuelo, no sé de otro posible socorro que el de los metafísicos idealistas. Estos disolvedores benéficos-empezando por David Hume-arguyen que una persona no es otra cosa que los momentos sucesivos que pasa, que la serie incoherente y discontinua de sus estados de conciencia. B, para esos disolventes, no es B. Es, imaginemos: mirar distraído un farol+apurar el paso+reconocerse en el espejo de una confitería+deplorar que uno no pueda enviarle alfajores a tal niña en tal calle+figurarse con algún error esa calle+rectificar el ángulo del chambergo+tener frío+pensar en la hora+cerciorarse de que uno estaba silbando+no dar con el nombre de la tonada+ver un carro+dejarlo pasar+comprobar que uno de los troperos es malacara y que le han puesto encima una lona+saberse de golpe misteriosamente feliz o misteriosamente abatido+saber que lo que uno está silbando es norteamericano y que Myriam Hopkins lo canta+  figurársela de frente a la clara Myriam y no poder figurársela de perfil+atravesar la calle San Luis, o será Viamonte+oír retumbar dos campanadas que uno se imagina altas+tener frío y sueño+buscar la luna en el cielo+etcétera...La primer consecuencia de esta teoría es que B no existe. La segunda (y mejor) es que no existiendo N tampoco, muchos instantes de la casi infinita serie de B pueden ser iguales a los de N. Vale decir: B, en determinados instantes, es N. Dos hombres rendidos de sed que prueban el primer contacto del agua-uno en los arrabales de Ondurmán, en 1885; otro en la Pampa de San Luis en 1860-son literalmente el mismo hombre. Todas las personas absortas en la venturosa audición de una sola música, son la misma persona. Todos los amantes que se abrazaron con plenitud en el ancho mundo, que se abrazarán y se abrazan son la misma clara pareja: son Adán y Eva. Nadie es sustancialmente alguien, pero cualquiera puede ser cualquier otro, en cualquier momento.
Entre adivinaciones y burlas, me parece que hemos arribado a la mística.



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