martes

Guerra de papás

Ante la muerte de mis amados reggisseurs Ettore Scola y Jacques Rivette, solo encuentro tiempo para recomendar un film que carece de originalidad artística y es "meramente" una joya en su género (lo de es meramente sin esmero me llevaría a suponer que la índole de joya que es, es la esmeralda).
Durante siete años fue mi amor una mujer cuyo hijo, ante la ausencia del padre, me adoptó parcialmente. Lo dejo sentado (no a mi ex hijo, a quien ya nada le exijo y muy sentado no se queda ya) por si mi deleite se debiera a un mero rasgo biográfico.
La historia es muy contemporánea:  una mujer  rehizo su vida amorosa con un hombre bondadoso que crió a los hijos de ella como propios (en psiconálisis se habla de "apropiarse de un proyecto" pero en Derechos Humanos se habla de "bebés apropiados" y sería inapropiada la ambigüedad). De repente regresa el padre biológico y con sus artes para manipular consigue hacerse invitar a vivir una semana con sus cachorros.
Lo muy sutil y subterráneo es cómo el natural antagonismo, el odio homicida, digamos, debe circunscribirse al marco de pelear por ver quién es el menos peleador, de batallar por mostrarse más tierno, de rabiosamente tragarse sapos para contar cuentos de príncipes.
Una anatomía de nuestra urbana hipocresía, desopilantemente contrastada.
Hay muchos gags físicos para felicidad de quienes amamos a Buster Keaton y a los dibujitos animados y especialmente a la actuación y a los efectos especiales. Quiero decir que Will Ferrer no necesita para electrocutarse o estrolar una moto haber adelgazado doscientos kilos como se exige para aspirar a un Óscar. "Teníamos talento histriónico, no necesitábamos transformaciones fisiológicas", se podría parafrasear el viejo lema contrario al cine sonoro "we had faces, we didn't need voices".
En todo estudio del comportamiento animal algo queda claro: la rivalidad queda establecida cuando se lucha por un mismo territorio. Tiene más mérito que ser elegido Papa por el gremio de los ferreteros, serlo por los cardenales que lo podrían haber sido. Puede que repudiemos con honda reprobación a un genocida: lo seguro es que odiamos de todo corazón al colega. 
Marc Wahlberg tenía una fama nacida de su publicidad de calzoncillos "Calvin Klein" y de la descomunal prótesis que muestra en "Boogie Nights"que la venía arrastrando. Aquí la pone en juego obligando a Will Ferrer a estallar en la esgrima verbal enmascarada de cuento para niños "¡el usurpador del trono no tendrá una espada refugiente y gigantesca pero tiene un pequeño sable que sabe escuchar y a la larga...eso es lo importante!".
Hay muchas posibilidades de que padres argentinos, cultores del amiguismo, psicoanalizados y machistas se identifiquen con estos personajes porque también hay posibilidades de que lo hagan padres hindúes, polígamos y vegetarianos: las razones del corazón están vivamente en danza.
Es muy universal y creíble que el carismático transgresor sea el primer amor que te embaraza y convence de embarcarte en un proyecto de familia y que en virtud de su mismísima irresponsabilidad y amor a los platos fuertes de la vida, sea un inepto de proporciones para la vida doméstica y huya despavorido. 
Es muy universal y creíble que el abogado del diálogo y el consenso, capaz de ejercer todas las facultades de la paciente laboriosidad en la crianza, se sienta acomplejado e intimidado ante su advenimiento. 
Es muy universal y creíble que los taimados infantes usufructúen todos los beneficios posibles de sus benefactores y que éstos a su vez los instrumentalicen como acceso a la madre. 
Desde que somos papás tercerizamos: la persona a la que solía referirme como "mi amor" pasa a ser "mamá": -preguntale a "mamá" si puedo seguir escribiendo dos minutos más una crítica de cine antes de ir a sacar la basura.
Pero no es momento de hablar ni del complejo de Edipo, ni del simple, ese mítico simple que sacó para promocionar su disco, aquella hermosa canción que dice "No puedo quitar mis ojos de tí" dedicada a su propio cráneo en el momento último de mayor desgarro.
Hay una parte en la que la inmensa dotación genital del temido adversario es exhibida en sus proporciones heroicas por un endocrinólogo amigo, un momento de humillación para el protagonista, de esos en los que se recurre al consuelo que figuraba en en el anillo de Humberto Grondona "todo pasa". Pero la mujer que se muestra sorprendida y abre grandes los ojos al verlo, no parece corroborar que semejante anaconda haya pasado alguna vez por ella para fecundarla. Es un momento que nos remitiría a las imposturas físicas más increíbles de la mitología: Jacobo y Esaú, Penélope exigiendo a Ulises pruebas innecesarias de su identidad, "El regreso de Martin Guerre" que para ser más regreso tuvo su remake...
Son instantes de carcajadas profundas, brutales, que emanan de lo más recóndito y que nos hacen ponerle el cuerpo a la certeza que a veces con inverosímil dureza irriga nuestras convicciones: la de que todos los símbolos fálicos psicoanalíticos están muy bien siempre y cuando recordemos que el más fálico de los símbolos fálicos no es en absoluto simbólico.
Como en todo recorrido clásico de aprendizaje en la comedia americana que debe desembocar en el final feliz para todos, Will Ferrer aprende a ser más pendenciero y viril y Marc Wahlberg aprende a ejercer las nada espontáneas artes del autodominio. En esta circularidad de recíprocas influencias vemos sobre el final que a cada chancho le llega su San Martín, a cada Cenicienta le llega su medianoche y al superpapi de fortaleza atemorizadora, le llega tras una pareja con hijo ajeno, el padre biológico y fisicoculturista.
Vivimos en una época histórica muy singular, la más especial de todas (como cada una): nunca antes quedaba menos claro qué es ser un buen padre y nunca antes importó tanto como credencial social, como máximo éxito en la vida, serlo.
¿Soy un buen padre si le pongo límites severos a mis hijos para con eso ponerle límites severos a la exagerada vuelta de péndulo pedagógica omnipermisiva en plena época de la intolerancia a la frustración por las satisfacciones inmediatas de los gadgets tecnológicos vertiginosos?
¿Soy un buen padre si complemento su educación institucional con deportes, idiomas, clases de música, artes marciales, ejercicios turísticos de altruismo para con el tejido más vulnerable de la sociedad o todo eso es sobreexigencia nacida de mi desmesurado ego que pretende convertirlos en una extensión de mí más todopoderosa y joven en lugar de dejarlos vivir?
¿Lo preparo bien para la vida a mi hijo si le enseño como me pidió el pediatra el idioma alemán hablándole toda mi vida yo únicamente en dicho idioma, incluso en la cancha de Boca o más bien lo consagro como inadaptado social que pide a gritos bullying?
¿Ayudo a mi hija si le pido que no mencione a "Snoopy" hasta que su pronunciación no sea la correcta en respeto a los ñoquis víctimas de la ideología neoliberal?
Ya sabemos que no sabemos cómo van a ser la mayoría de las profesiones del futuro, no podemos preparar a nuestros hijos para ser algo que el día de mañana va a estar en mejores condiciones de hacer un robot.
También los valores cambian, por más que querramos inculcarle los valores. El didáctico "Struwwelpeter" enseñaba a no burlarse de los negros porque a nadie le gusta ser negro.
Cuando yo era chico las mujeres se avergonzaban de no poder simular lo suficiente el ser virginales y castas: cuando llegué a la adolescencia se avergonzaban de no haber participado todavía en un trío. Lo que era el pecado de la lujuria pasó a ser el sano ejercicio de una sexualidad libre que ayuda a quemar calorías, dado que la gula es la nueva obscenidad.
Sería cómico imaginar un film en el que Scarlett Johannsson actúe de Jenna Jamenson la diva porno pero confiese que "para las escenas en las que ella se come una hamburguesa doble en MacDonald's usé una doble de cuerpo".
Sarmiento nunca hubiera imaginado que su noción de "civilización" sería asimilada al fascismo. Voltaire, que tenía una imaginación tan fecunda, jamás pudo anticipar a Adorno y Horkheimer. Más cerca y más rápido en el tiempo, la laica revista "Charlie Hebdó" no logró adaptarse al multiculturalismo que abraza como ideal ser igualitarios con quienes practican la ablación del clítoris de sus mujeres (sé perfectamente lo innecesario que es aclarar "de sus mujeres" pero se trata de una índole de error gramatical inevitable como explicar que cometí todo número de errores gramaticales "antes de morir").
Cuando yo era chico los cambios de paradigma en el horizonte de nuestras valoraciones eran tan lentos que se podía decir "cuando yo era chico". Ahora ya podemos decir "hace un año atrás yo usaba Blackberry, durante un tiempo los cassettes en el walkman presuponían el grito más sofisticado del desaforado avance tecnológico". 
No podemos saber ya cuál va a ser el bien o cuál va a ser el mal para cuando nuestros hijos hagan sus males convencidos de estar actuando en nombre del bien. No podemos saber si se va a pensar como Maquiavelo que el ser humano es mendaz o como Rousseau que es bueno por naturaleza o como pensamos  los kirchneristas, que el 51 % es mendaz y el 49 % bueno por naturaleza.
Lo único que sabemos es que ningún robot puede todavía tener sentimientos y que eso nos hace por el momento junto a los perros que amamos como mascotas, más o menos irremplazabilísimos. 
Porque a diferencia de los perros y a semejanza de los robots tenemos la más elevada capacidad de la inteligencia que no era cartesianamente divisible según la neurofisiología. Tenemos la posibilidad de insensibilizarnos para pensar más allá. 
Yo digo que eduquemos con lo único seguro para todas las épocas: la risa, la exuberante manifestación de las más variadas formas de la imbecilidad humana, espaldarazo más cabal de la más aguda de las tomas de conciencia de la más elevada lucidez.
Empecemos con esta maravillosa comedia, pues...
  

2 comentarios:

  1. Una película que me niego terminantemente a ver.

    ResponderEliminar
  2. la emepecé a ver porque me daba gracia el tema por ser papá claro, pero la saqué enseguida porque pensé que se iba a la mierda ja.... le voy a dar una oportunidad al otro 80% entonces por lo que decís...

    ResponderEliminar

la peor opinión es el silencio, salvo...