martes

sacate los zapatos

Un cuadrito de Van Gogh le dispara a Heidegger reflexiones no solo acerca de la obra de arte y lo que nos revela su representación. Además, a la manera de Holmes, deduce que pertenecen a una campesina. Que quizá solo se limite a ponérselos e ir a enfrentar el helado viento para las labores labriegas, bla, bla. Meier Shapiro interviene en la discusión y dice que no son zapatos de labriega, sino del mismísimo Van Gogh y que Heidegger demuestra ser un cochino fascista al tomar el objeto sin tomar en cuenta al autor, la subjetividad...Recoge el guante Derridá: dice que Heidegger y Shapiro son un par de nabos, que estos zapatos ni siquiera son un par y que el impacto de este lienzo pone en juego en cada uno que lo mira todo una miríada de personales construcciones simbólicas e iconográficas, desocultando en todo caso una propia verdad.


Walter Benjamin elabora su idea de que el ángel de la historia retrocede espantado a partir de su posesión más cara: el cuadro de Paul Klee, Angelus Novus, al que arrancará del marco y confiará a su amigo George Bataille, quien escribirá acerca del erotismo.
Sería divertido efectuar una clásica técnica del chiste y condensar, por ejemplo, los zapatos y ponérselos al ángel para que retroceda espantado frente al helado viento que imaginó Heidegger todo muy románticamente y nada clásico. Pero la técnica que nos proponemos emplear es la que Freud llama "desplazamiento" y consiste en extrapolar la mecánica de determinado campo a otro. Queremos indagar si la esfera del erotismo y la del arte pictórico pueden parangonarse. Retomemos a Heidegger y su noción traducida como "el útil": cuando vemos una foto de una actriz sin corpiño podemos pensar en esos pechos aplicándoles el aparato hermenéutico para los zapatos: no están en este momento ni amamantando ni sirviendo de recreación sexual, sin embargo nos dan cuenta de la actividad que de momento no están ejerciendo...
 Resulta difícil imaginar que a Heidegger se le ocurriría decir que son pechos de campesina o que Shapiro la considere una travesti o mejor dicho, ¡las tetas de la mismísima portadora de ese rostro!. Con respecto a lo que Derridá podría deconstruir, es algo diferente, una diferencia que hace la diferencia. Nos situamos desde luego en los límites del lenguaje de Wittgenstein, entusiasmados por su mejor obra que es, como él mismo lo afirmó, la que no escribió.
En el mundo del erotismo no funciona, evidentemente, esta idea de que algo que no está siendo usado, es una especie de naturaleza muerta. Yo recuerdo muy bien lo que más me gustaba de mi primer objeto de protección, por así llamarlo: un perrito de tela muy lindo pero que lo mejor que tenía era su perfecta pasividad, yo podía conducirlo como quería, cuidarlo sin que me interrumpiera, hay algo en lo muerto indispensable para dar vida a nuestro excitado amor. Si vemos durmiendo a una modelo, no pensamos "ahora duerme, pobrecita, que descanse bien, pero cuando despierte el esplendor de su cuerpo podría erotizarme muchísimo". 
La razón no parece difícil de dilucidar, si bien cabe preguntarse si se aplica igual a varones y mujeres, frente a tantas ideas de que el deseo femenino fantasea con una actividad de la que es objeto. La razón es que a diferencia de los zapatos de Van Gogh, las partes del cuerpo glorificadas por el erotismo son en sí mismas el sujeto con quien interactuar. 
Soportamos la cháchara de Karina Jelinek porque es el testaferro o el representante legal de su culo, verdadero interlocutor fascinante. Escindimos sin ningún inconveniente a estos dos actores sociales, sentimos que no son dos, que la suerte quiso que esa perfección geométrica se situara en una mente así.
De manera que lo que usualmente conocemos como cosificación sería su opuesto: la antropomorfización, la subjetivización, la puesta en vitalidad de un par de pechos.
Ya vamos a seguir investigando las correlaciones eruditas y sexies del erotismo y el arte pictórico, con la ayuda de ustedes, para la parte teórica me apresuro a aclarar...

Martín Gabriel Brauer, vuestro más rendido admirador, admirablemente rendidor

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