viernes

Sin bovedad en el frente

una bóveda y toda la heroica inteligencia...



Eduardo Sacheri, profesor de historia en el lejano oeste (a la altura de Morón) empezó a asomarse al universo literario con cuentos sobre fútbol que fueron leídos por Alejandro Apo y editó Galerna. 

Peligros de nuestra comodidad intelectual para catalogar, se habló en seguida de un continuador del Roberto Fontanarrosa de "¡Qué lástima, Cattamarancio!" o del Osvaldo Soriano de "El penal más largo del mundo", del Juan Sasturain de "La poesía del chanfle al segundo palo" o de la omnipresencia de la pasión futbolera en "Crónicas del Ángel Gris" de Alejandro Dolina. 



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Si la consigna hubiera sido amontonar apasionados por el fútbol ¿cómo no mencionar a Discepolín y su filosófica serie que emparenta al enamorado, al artista y al hincha?
Con rasgos de ternura, con resignaciones que no se resignan, con oscuridades esclarecidas por victorias simbólicas, con un corazón tan espiritualmente enamoradizo como atento a los concretos detalles de la sutileza erótica, Sacheri se habría de desmarcar muy pronto de este encasillamiento. 
Y sigue ganándonos las espaldas...
"La pregunta de sus ojos" nos sorprendió entreverando la tesitura noir del thriller con un trasfondo en muy otro sentido sombrío, el comienzo de la represión, notoriamente previo al golpe que se autodenominó con un principio algo kafkiano "Proceso de Reorganización Nacional". Todavía me acuerdo de que a los cinco años me atormentó una pesadilla: caíamos de la bicicleta en la que me llevaba mi padre y yo por un camino de mi Eltersdorf natal a una laguna empantanada de la que yo emergía con un simpático gusanito verde. Ese simpático gusanito verde me lo llevaba a casa y después recuerdo que no sé cómo resultaba revelarse como la mera punta de la cola de un gigantesco dinosaurio monstruoso. Solamente yo sabía esto y la angustia consistía en no poder convencer de esto a los demás. 
Algo similar es la novela que inspiró el guión que filmó Campanella y ganó el Óscar. Así como el personaje ficticio llamado "Daniel" en el Washington Memorial tiene la magnitud idónea como para hacernos entrar por el corazón toda la Shoá mucho más que la abstracta cifra estadística seis millones, la pequeña historia lateral de un crimen y su impunidad podía dar cuenta de una realidad que vivimos para olvidar.
Fíjense qué parecido a Fontanarrosa y Dolina.
Cuando supusimos que Sacheri se inscribiría entonces como un narrador que nos iba a instruir deleitando, con su inmensa versación de corte hobswamwiana, gambeteando la pura ficción, desplegó su "Aráoz y la verdad". Que no supimos cómo despachar rápidamente asociándolo a otros dramaturgos. Era el desierto pero no era Beckett: la mansedumbre de nuestras tierras tiene una calidez incluso para las personajes semiabandonados, con cinismos que nacieron de moralismos desencantados, el costumbrismo es un existencialismo. 
Supongo que ya queda rotundamente claro mi punto: Eduardo Sacheri podrá parecerse en esto a fulano y en esto a mengano, pero por momentos, en los que inesperadamente se combina un género con una emoción que no abarcaba, nos inicia en el redescubrimiento de que cierta brutalidad puede ser el ábrete sésamo del manjar más sutil.

Ya habrá saldado la dicotomía entre arte elevado y reconocido por los académicos y libros comerciales, best-sellers potentes y atrapantes nacidos de la furia, a veces del resentimiento nuestro rescatador de Arlt, Ricardo Piglia.  No podemos saber lo que va a decir (si es que va a existir) un licenciado en Letras de Eduardo Sacheri en los próximos diez años, porque en ese peligroso lapso el autor puede salirnos con una nueva vuelta de tuerca incursionando en el género del Teatro No mixturado con el soneto de Petrarca o vaya uno a saber qué.
La textura de sus textos varía. Su estilística también. El claro dominio del diálogo no impide que ilumine lo no dicho. Yo sé que para sus miles de lectores su novela laureada no necesita mi recomendación. Me dirijo a los exquisitos.
Quiero hacer una recomendación para lectores que prejuzgarían el libro por considerarlo todas esas cosas clásicas que se dicen de los libros que se leen fácil y que emocionan. 
Por ejemplo que no toman de inteligente al lector. 
Yo conozco al autor en persona y puedo asegurar que ha volcado la suma de su inteligencia en su libro. No su pudor, su amabilidad y todos los rasgos que lo vuelven esa bellísima persona. Pero sí, digamos, que si ustedes creen que lo que dice en su novela es tonto, genuinamente así de tonto es él en persona, no ha obrado con condescendencia.
En "La noche de la usina" aparece una nueva proeza en un nuevo diferente campo: la vertiginosidad de una road-movie en medio de la más plomiza y rutinaria atmósfera de pueblo chico. La tesitura es más visual que sus predecesoras, si es que se puede hablar de predecesoras. 
El espesor narrativo avanza aquí sí pudiendo hablar de precedentes, retomando lo inmediatamente antedicho y a veces repitiéndolo. 
De dos formas aparece lo cinematográfico: en las referencias directas a películas como "Plata dulce" (que enuncia el mecanismo de "El secreto de sus ojos"), "Vacaciones en Roma", el hollywoodense  que inspira una astucia que no debemos revelar y en el estatuto deificado que toman estos productos americanos en el contexto dejado de la mano de otras mitologías.
Podemos ver la condición de pedagogía sentimental aunque fuera ideal que tienen esas películas en ese escenario. Y la novela se lee como si se mirara su llegada a la pantalla grande.
Bajo el gobierno de De la Rúa un banquero aprovecha el conocimiento previo de la inminente implementación del corralito para favorecer a un cliente. En la impotencia de estos personajes por momentos malogrados entendemos otra realidad histórica que preferiríamos poder olvidar. Una estafa del tamaño de la patria. 
Se me dirá que entonces ya sí sabemos felizmente cómo encasillar a Sacheri. Pero el entramado retórico de esta novela es muy otra y si no advertimos en primera instancia el fulgor de los recursos brillantes que renuevan el género es porque el autor ha sabido conducirnos a sus tinieblas, a sus tenebrosas preguntas filosóficas que rondan el sinsentido del azar en los accidentes automovilísticos o la conciencia de sí de los que actúan aprovechándose de los demás.








Voy a comparar a Sacheri con Kafka porque es un escritor que produce una innovación tan magistralmente llevada a cabo que queda casi invisible. Y también lo veo similar a Kafka en esto de que altera una tradición literaria sin erigir una percepción del universo que difiera de la suya propia. 
Y voy a comparar a Sacheri con Shakespeare porque Shakespeare introdujo el soliloquio reflexivo en el cual el personaje por el mero hecho de hablar en voz alta de lo que pasó recibe una brusca iluminación y cambia de emoción. Nada de eso había en el teatro griego, nada de eso había en Chaucer, nada de esto había en Marlowe. 
Y Sacheri en medio de una novela ágil que cuenta una historia chiquita con personajes que parecen salidos de la pluma de Raymond Chandler hace lo que en ninguna novela policial negra leímos antes: desde un narrador omnisciente nos muestra los autorreproches de cada personaje, el monólogo severo de su autoexigencia frustrada o ansiosa. 
Nada de eso había en Philip Marlowe. 

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