viernes

Algunas de las 2017 cosas que amo de la vida...














En tanto este es el octavo año en que realizo mi lista de cosas que me hacen amar la vida, y en cuanto lo esencial ya lo dije en ediciones anteriores, en esta lista corro el riesgo de decir sólo fruslerías y de parecer -Ojo! Sin haber hecho el estudio demográfico pertinente- el hombre más estúpido del planeta si en lugar de decir cosas tan dulces como "amo ver crecer a mis hijos", "amo que Helena cante 'ha FUÍDO mi sombrero por distraído"
, o "amo el cosito de nuez caramelizada cuando se le derrite el chocolate granizado de tal postre de tal casa matriz a tal hora"...
Quizá pueda agregar aquí como fuente de felicidad algo agridulce. Mi excesiva necesidad de amor y la sensación de doloroso rechazo que sufro si no recibo dosis exageradas: la felicidad de ver confirmado-quizá después de haber hecho innecesariamente las valijas o haber realmente sin por qué amenazado con matarme-que no se me estaba rechazando.
Chiste que me remite al profundo placer que me causa idear chistes en primer término, comunicarlos en tercero y analizarlos en segundo. Cuando los comunico antes de analizarlos, a veces, me choca chocar a personas que ven en una representación fugazmente trazada como una caricatura, una realidad.
Amo a mi familia (amaría poder poner en chiste "amo a casi toda mi familia", pero este formato "poético, expuesto, personal" siempre prefiere el sentimentalismo al sarcasmo).

Se suele decir que se es más feliz a los cuarenta, en virtud de que las cosas ya no parecen tan desesperadamente importantes. Hay muchas versiones de esta creencia. Kazantzakis sorprendentemente escribe eso y habla de la fuerza ciega que hay en la torpe juventud. Borges nada sorprendentemente nos habla de la serenidad que hay cuando la parte más sensual desfallece (se pasó toda la primera madurez reprimiendo su atolondrada vitalidad enamoradiza y sensiblera). Goethe por culpa de haber escrito el "Werther", tardó en aclarar que abjuraba del romanticismo y abrazaba la tradición clásica, el equilibrio de ser sobrio. Se puede emplear la metáfora del violín: los mejores violines son los más viejos, porque su uso los va mejorando, sus piezas están delicadamente ensambladas como para ir afianzando sus cercanías cuanto más lo toquen. Los grandes violinistas tocan en violines prestados que pertenecen a un banco y cuestan trescientos millones de dólares. Son hermosos consuelos por haber envejecido, pero lo único bueno que puede decirse del envejecer es que es un subterfugio vil y desagradable pero que al menos te permite seguir viviendo.

En mi caso particular pasa algo raro. Tardé tanto en entender las primeras lecciones de cómo interactuar con mujeres y fue tan sorprendentemente útil haber tenido un bebé con el que entenderme muy bien, que algo así como una muy tardía primera juventud me permitió vivir por primera vez cosas que la mayoría de mis contemporáneos conocía hacía décadas. A esto se suma el hecho de que siendo yo tan terco, hay experiencias de leve flexibilización que presuponen todo un cambio de vida, solo por adquirir por fin un buen hábito.

Y debo decir que me siento más joven que hace diez años, pero quizás esto solamente se deba a que busco siempre complacer a mi compañera y la de hace diez años era más aficionada a los hombres bastante mayores que ella.

Las jerarquías personales se podrían pensar como las series de tiempo de MacTaggart y si bien poseo ahora un celular que no existía cuando idolatraba al galán del grado y quería ser como él, todavía en posesión de este celular no me siento superior a la carismática seguridad en sí mismo que emanaba del majestuoso primus inter pares, hoy trágicamente baleado en una redada policial mientras intentaba asaltar una carnicería.

Amo ser docente per se, y pude demostrarlo este año en el que tuve algunos de los más brillantes y empáticos feedbacks pero también de los más apagados, faltos de chispa y descorazonadores alumnos. Amo traducir, amo hacer deporte y o disfruto más del sexo de lo que lo disfruta la mayoría o soy menos reservado al respecto, por más de que se quejen los vecinos. Pero también amo reflexionar acerca del sexo, relacionar cualquier referencia con algo sexual, hay muchas técnicas de chistes que resultan liberadoras, amo ser profesor de humor en el Centro Cultural Rojas, ir descubriendo costados del humorismo que me deslumbran día tras día (por ejemplo que la exageración pierde no menos que la ironía su fijación a una dirección, se vuelve sobre sí misma con la indiferente arrogancia de la volubilidad) . 

Sin duda amo la conversación con otro individuo y el mensaje de audio de whatsapp ha permitido contra el lugar común de la fría tecnología que deshumaniza, cálidos y personales encuentros donde quedó demostrado que la intimidad está en la mente y no en el cuerpo y por eso ¿qué le voy a hacer? me ruboriza lo que me acaban de mandar al celu y no siento ni frío ni calor por lo que me están haciendo en el subte en una parte de mí que no suelo mencionar.

Todavía no dejé de amar nada de lo que dije amar en los años anteriores, pero el tono con el que hablo en 2009 es algo que ya no usaría, sería más llano y miraría a los ojos lo que estoy diciendo y lo descartaría por guarro "amo sacar la chota cuando la concha está acabando cosa de pedir una palabra cariñosa a la conchuda en pleno éxtasis porque si no, ni por puta te dice algo lindo": Amo retirarme a tiempo cuando la batería final del orgasmo femenino todavía vibra y uno puede arrebatarle subrepticiamente a Eros un poquitito de afectuosidad verbal.
http://cancerdeque.blogspot.com.ar/2009/01/las-cosas-que-me-hacen-amar-la-vida.html


Noto que en cada edición ponía alguna escena de alto voltaje o al menos lo que para mi puritana rebeldía lo era... así escribí en 2010: Amo la escena de "Romance popular" de Mario Monicelli en la que Ugo Tognazzi agarra fuera de libreto de las tetas a Ornella Muti y ella en tres milésimas de segundo sucesivamente se sobresalta, mira a la cámara para que el director pare la filmación, empieza a excitarse y a esbozar una involuntaria sonrisita y le agarra las manos y se las saca: 

Ustedes pueden ver cuan improvisada es la escena,
que en algunos países sirvió para el afiche...mi ingenuidad fue mayor este año cuando creí entender que en "Último tango en París" la escena de la manteca no fue actuada (la actriz dijo que se sintió violada)... aquí pueden ver lo incontrolablemente excitada que está Ornella Mutti...cuyos gemidos de placer podrían confundir a una mente menos calenturienta y parecer bostezos. 
Quizá, ahora que soy viejo, me resulta más excitante pensar qué diantres podría haberme llevado a preferir una escena así: filmada un año antes de que yo naciera. De poca audacia en comparación con un clásico como "Emanuelle" (prohibido para la pubertad argentina). Con sobacos sin depilar explícitos.
Se puede pensar en el modo glorificado de ver a Ornella Mutti como la más linda y automáticamente por ello como la más inaccesible o suculenta: un beso a ella en la mejilla vale lo que cien penetraciones anales a Pamela Anderson...¿De qué otra cosa habla si no la sensibilidad de la princesa que siente a través de los diez colchones el guisante? No es una especulación metafísica, sino intrafísica, si esa parte del cuerpo tiene tal representación cortical, lo que no será tal misteriosa otra... De adolescentes nos miraban la mano o la altura o la nariz para determinar lo Oculto. Lombroso creyó advertir conductas en rasgos: si lo'ombro son pequeños, seguro que no es travesti.

Me gustaría que cada cual se hiciera una lista de cosas que ayudan año a año a estar contentos de estar vivos... mi lista no creo que sirva a otros ¿quién salvo yo encuentra fascinante que Hitler haya sido "vicious" en inglés pero no "vicioso" en español, dado que era abstemio y vegetariano?

Creo que la clave de mi felicidad tranquila habitual reside en mi temperamento levemente aristocrático y levemente irreverente: las situaciones solemnes no me terminan de acogotar la carcajada, las tragedias insultantes por su ordinariez no dejan de hacerme evocar ideas elevadas.

Amo el amor a la perplejidad que con humildad inquisitiva explicó Sócrates aunque no parecieron entenderlo del todo ni Platón ni Aristóteles, o se hicieron los que no. Digamos que Aristóteles necesitaba mentir que había un conocimiento posible y entonces nos guitarreó que solo sabe que no sabe lo que quiso decir Sócrates con eso de que no sabe nada, seguro que lo dijo irónicamente...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

la peor opinión es el silencio, salvo...