miércoles

Abelardo Castillo

                                                           


Ayer nos abandonó físicamente este excelente escritor y gran ser humano. Tuve la suerte de conocerlo y de hacerle conocer a Edgar Keret. También, de regalarle un libro de Lemony Sniquet que me pareció muy original en su momento, por introducir una suerte de terror a la manera de Poe pero humorístico en los niños. Me gusta empezar así mi despedida, porque siempre tuve una propensión a erigir ídolos para protegerlos. A veces sueño cosas como que entro a una casa que está abierta y adentro está Ricardo Darín duchándose, posible eco de su famosa jactancia por la cual no necesita triunfar en Hollywood, y al mismo tiempo que lo conozco al famoso y accedo a su intimidad, estoy obligado a cubrirlo, a impedir que lo vean en el caso de este sueño, desconocidos que no eran yo...
Mi primer referencia de Abelardo me la explicó mi tío Norberto, situándolo entre los grandes, no tan grande como Borges, etc.
Ahora que murió Abelardo pienso que es una suerte que yo no haya conocido a Borges en persona o que ya haya estado muerto cuando realmente empezó a importarme. Nunca sufrí la tristeza de su ausencia. Abelardo, en cambio, quizá empezó siendo una autoridad mítica a la que en nombre de una estética más joven yo tenía el deber de atacar y terminó ganándose lo que en realidad para mi corazón es el máximo amor, mi necesidad de cuidarlo para que otros no descubran sus fragilidades, a fuerza de su calidez y de su insobornable humanidad, de una serie de queribles defectos, de una rigidez infantil, de unas reglas arbitrarias indefendibles, de un temperamento cascarrabias vagamente disfrazado de moralista, de una coquetería chismosa, de sus contradicciones.
Ni bien supe la noticia no tuve tiempo de escuchar qué sentía yo: un grupo de lloronas necesitaba que las consuele. La que fue mi mujer durante muchos años asistía a su taller y yo creía que por haber fallecido su padre muy joven es que sentía una suerte de edípica atracción carismática por él, hasta que visité su casa en la que estaba rodeado de adoratrices no menos enamoradas como una suerte de Hugh Heffner de la literatura.
Una de las vestales del templo cuyo hijo estudia antropología ahora me dijo que cuando estaba embarazada Abelardo le recomendó el aborto. Siempre es un alivio caricaturizar a la persona tan querida y decir "finalmente obtuvo su merecido el frustrado asesino de Andrés", en lugar de afrontar el dolor de que ya nunca más va a estar, un dolor que en realidad quiere decir que también los meros mortales vamos a morir si alguien como él ha sucumbido a esta abstracción inconcebible, la muerte.
Recuerdo que le gustó un chiste mío acerca de que en Venezuela leían "El ser y la nafta".
Gustavo Nielsen me contó anécdotas de cómo se peleó con él y lo mandó a la mierda para advertir después del portazo definitivo que se había olvidado un marcador de arquitecto muy valioso. Así que sin dejar de putearse y carajearse, el hospitalario y calentón Abe lo condujo todas las escaleras arriba hasta que se restituyó el objeto y se fue. Una anécdota que me gusta porque da cuenta de lo que todos me recuerdan de él: su severidad medio de la boca para afuera, no quiero decir que sin integridad, al contrario: su iracundia espontánea cedía porque su inmenso corazón comprendía cuántas más cosas abarca la picardía.
Debería hablar de literatura, pero no sé si es el lugar, si no es desubicado. Después de todo sus libros nos acompañan. Es la persona, la persona que tantos que apenas nos cruzamos con él sentimos que conocimos, la que no va a estar.
Me acuerdo que no quiso ganar el Premio Planeta, que le ofrecieron (lo de que están arreglados los premios lo dijiste vos) con "El evangelio según Van Hutton" "después de lo que le pasó a Ricardito"...
Riguroso, amante del orden clásico, no podía entender a César Aira, de quien se burlaba con levedad digna de Aira, diciendo que pronto iba a superar en cantidad de obras a Balzac.
Creo que para una generación de escritores, por ejemplo, Maxi Tomas, Garcés, Schweblin, ocupó el lugar de padre a quien matar, haciendo todo lo que tiene que hacer un padre de adolecentes: no transigir, no condescender demasiado a hacerse amigo de los hijos. No dejarse matar, pero ofrecer el pecho para que el hijo cumpla su misión indispensable, un poco como Clint Eastwood en "El gran Torino".
Y era fácil matarlo. Esas insignificancias a las que se aferra el débil como estrategia para remedar una igualdad las prodigaba generosamente.
Creo que su rol como padre de adolescentes fue excelente, pero me gusta más pensarlo niño. Su fuerza principal era una seriedad que no tenía nada de frívola, pero que solo puede existir con esa gravedad inclaudicable en la desesperazada e ilusa infancia.
En "Las palabras y las noches", que reune sus ensayos hay uno dedicado a dos de sus admirados, que no se admiraban: Gardel y Borges. Borges odiaba a Gardel por sentimental y por algo un poco injusto: "tiene la sonrisa del tirano"(el tirano es Perón, llamado "el coronel Kolynos", que escrupulosamente imitaba a Gardel viendo sus películas). Yo puedo odiar a la Madre Teresa de Calcuta pero en todo caso porque era antiabortista o algo mínimamente relacionado con ella, no porque "tiene la mirada de mi suegra", eso es un anacronismo...
En ese ensayo Abelardo, de quien llegué a sentir tantos celos cuando enamorado de una de sus enamoradas que al tener que nombrar al comisario Luis Patti por alguna noticia del diario, no dejaba de recordar su segundo nombre, Luis Abelardo Patti, como si metonímicamente o por razones de Platón, un torturador pudiera contaminar a quien publicó por primera vez la Carta de las Madres de Plaza de Mayo, en ese ensayo Abelardo sueña con el imposible abrazo entre Gardel y Borges y sugiere que la primera frase de "El Aleph",no es otra cosa que decir con otras palabras "Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando":
"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita."

Muere un dos de mayo como Leonardo Da Vinci, que fue un promiscuo amador homoerótico pero por motivos de rivalidad no tuvo a Miguel Ángel como amante. Para no despedir con solemnidad al emocionante hacedor de emociones soñemos a nuestra vez con la imposible sodomía entre Da Vinci y Leonardo...

Comentarios
Liliana Lamedica Es un muy buen homenaje. Recordás cuando leíste "Conejo" en mis clases ? Tal vez ahí comenzó este cariño tan particular por Abelardo
Cal Laurent excelente posteo.....
Julieta Lopérgolo Qué hermoso texto.
Esteban Dipaola Es excelente este texto!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

la peor opinión es el silencio, salvo...