jueves

Soy propinista, pero razonable, tampoco soy un propinazi

En la tercera clase del curso de humor "A las violadas, ni justicia" no nos anduvimos con chiquitas porque pesa un fuerte prejuicio contra la paidofilia en nuestra pacata sociedad. Por mi parte soy un hombre prácticamente sin vicios, la verdad es que no fumo, no bebo, no soy dado al juego, lo único que hago es inyectarme heroína.
Mariano en su presentación habló de lo raro que es ser zurdo ante la estupefacta mirada de un varón gay y una venezolana lesbiana, que no podían creer que se sintiera discriminado. Mariano insistió en que hay rampas para discapacitados pero hay menos discapacitados que zurdos. Habló de la tijera y todos miramos a la venezolana.
Mencionamos ideas de Sartre: tener una imagen para la mirada de los otros, que el nombre propio, que nos es impuesto, sea vivido como lo más personal que tenemos, que no elegimos ni a la familia ni a los amigos si somos marxianos, dado que no elegimos el contexto histórico-social en el que nos hallamos insertos lo hayamos querido o no, querido.
Una alumna escribió una pelea conyugal que nos llevó a hablar de la iracundia, de cómo después alguien quiere seguir razonando que tenía razón y presenta el argumento cuando lo que motivó el portazo fue la contagiosa emoción tóxica. Hablamos del bálsamo de la estupidez, de cómo escuchar a una persona estúpida puede hacernos dejar de lamentar las injusticias en el mundo y conectarnos con nuestro estúpido interior-y ahí un provinciano paranoico resentido que grite indignado que el interior no tiene nada de estúpido, como ejemplo de lo graciosa que puede ser la intempestiva y no anunciada indignación moral pro una causa noble mal comprendida. La anestesia a la empatía y a la sensibilización: la bobaliconería. El atajo a la elaboración del trauma: ni enterarse que había trauma alguno. La involuntaria resiliencia de la imbecilidad. La ilustramos con chistes de personas con capacidades especiales, en especial el del coro que pasa de cantar "la cucaracha" a preparar para el acto de fin de año "la Polonesa" de Chopin (la poloneeeesa, la poloneeeesa....ya no puede caminar).
Hablamos de la militancia gaylésbico etcétera y de cómo se pasó de medicalizar al homosexual a medicalizar a su perseguidor (que padecería una enfermedad mental, una especie de fobia). Nos preguntamos si es lícita la autohomofobia en el heterosexual que según Freud atraviesa la elección de objeto o la erección de objeto o algo así. Es distinto que el racismo, para ser blanco no tengo que reprimir mi tendencia interior a ser negro. Además puedo considerar que los negros-si soy prejucioso y me conecto muy a fondo con mi estúpido interior-son peores físicos nucleares que los blancos, pero no aborrecerlos con asco. En cambio el gay siente hacia lo que me deleita el máximo deseo de vomitar, al igual que yo-teóricamente-hacia lo que lo deleita a él. Hablamos de roles estereotípicos, la inseguridad femenina que hace que la simulación de abebotamiento sea sexy. Ponderamos la inseguridad masculina, fuente del chiste, la inseguridad del discurso que está abierto a tomar otra dirección para defender a los oprimidos y trabajadores no calificados y dejar de chuparle el culo a los asesinos: lustrarle los zapatos a los carniceros.
Jugamos con símbolos: Hitler sería el mal y la Madre Teresa de Calcuta el bien, si bien para el abortismo no tanto.
Enseñamos a mezclar: Afirman que la Madre Teresa de Calcuta no se suicidó en su bunker en Berlín, sino que habría sido vista viva en Bariloche.
Tratamos de armar chistes algo tirados de los pelos: mi pareja es nigeriano y trabaja en la AFIP, dejé de tener sexo con él porque iba a acabar en negro.

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la peor opinión es el silencio, salvo...