martes

Angelici pide ahora que por respeto "a la comunidad gay", River no le rompa el culo a Boca

El idioma alemán te resulta abominable? Venite al curso que arranca el lunes a hacer consumo irónico...

¿Sabías que el primer día de escuela en Alemania, se les obsequia a los "morituri" un gigantesco cucurucho lleno de deliciosas golosinas?
Vení a que tu lengua recorra el dulce camino de aprender alemán y con el idioma todas las otras modalidades de resolver la ternura y la disciplina que capaz te mejoran la vida, bah, ¿qué digo, "capaz"?¡seguro te mejoran la vida, toda la vida te mejoran la vida!
Este lunes a las tarde comienza un curso un Almagro, este miércoles a la tarde comienza un curso en Parque Chas, tenemos otro a la mañana en Cabildo y Maure, lo hacemos con el corazón y por vocación y no nos damos cuenta de que hay que subir los precios, aprovechate de nosotros, cyberMontag, inscribite, adquirí un capital simbólico para siempre sin desprenderte de tu capital monetario, no lo hacemos por el honorario, lo hacemos por el honor...ario, cantamos un aria por el orgullo que nos da estar vivos y celebrar nuestras heroicas fortalezas...

a ver si entendí bien ¿lenguaje inclusivo sería que los varones también podamos decir "sipi" u "okis" o "porfis"?





¡pobre tipo! la vida le pasó factura: 


https://mundo.sputniknews.com/increible/201811061083242671-festival-medialuna-argentina-pinamar-boxeador-murio/


Mark Twain tenía un temperamento incendiario. Escribía cartas retando a duelo a tutti quanti y su esposa, una santa, decía que las iba a llevar a correo y las destruía. Cuando Mark Twain decidió ajusticiar a Dios escribiendo con bilis a la manera del "Paraíso Perdido" sus "Cartas desde la Tierra", supo que incluso para sus propios parámetros íntimos la irreverencia iconoclástica era excesiva y lo dejó para que lo publiquen post mortem. Y se lo publicaron nomás. A mí muchos editores me dicen que no pueden publicar mis ensayos ahora, que lo que más se vende es, en ese orden, novela, cuento y poesía. Pero que puedo pensar en que se pueden publicar póstumamente. ¿Y qué garantía tengo? les pregunto y me contestan que la garantía no se la dan ni a un familiar, que debería darme cuenta de que si no me piensan editar mi texto "La vida es una eterna mudanza" menos que menos prestar una garantía en Capital...El diablo, en el texto de Mark Twain, critica las inexactitudes y disparates de la representación que tiene la humanidad del Cielo y se sorprende de que lo que más gusta en este mundo (coger) esté excluido del Edén (es un argumento que C.S.Lewis, que dedicó mucho tiempo a cuestiones teológicas refutaba diciendo que vamos a ser otros en el Paraíso, que sería como si un niño preguntara si de adulto realmente no le van a permitir saltar sobre la cama).
Creo que si el Gobierno insiste en defender a autores decimonónicos para la educación sexual, al menos podría incluir esto:
Tomemos dos extremos de temperamento: la cabra y la tortuga. Ninguna de esas dos criaturas hace su propio temperamento, sino que nace con él, como el hombre, y como el hombre, no puede cambiarlo.
El temperamento es la Ley de Dios escrita en el corazón de cada ser por la propia mano de Dios y DEBE ser obedecido y lo será a pesar de todos los estatutos que lo restrinjan o prohíban emanen de donde emanaren. Muy bien, la lascivia es el rasgo dominante de la cabra, la Ley de Dios para su corazón, y debe obedecerla y la OBEDECE todo el día durante la época de celo, sin detenerse para comer o beber. Si la Biblia ordenara a la cabra: "No fornicarás, no cometerás adulterio", hasta el hombre, ese estúpido hombre, reconocería la tontería de la prohibición, y reconocería que la cabra no debe ser castigada por obedecer la Ley de su Hacedor. Sin embargo cree que es apropiado y justo que el hombre sea colocado bajo la prohibición. Todos los hombres. Todos de igual modo. A juzgar por las apariencias esto es estúpido, porque, por temperamento, que es la VERDADERA Ley de Dios, muchos hombres son cabras y no pueden evitar cometer adulterio cuando tienen oportunidad; mientras que hay gran número de hombres que, por temperamento, pueden mantener su pureza y dejan pasar la oportunidad si la mujer no tiene atractivos. Pero la Biblia no permite el adulterio en absoluto, pueda o no evitarlo la persona. No acepta distinción entre la cabra y la tortuga, la excitable cabra, la cabra emocional, que debe cometer adulterio todos los días o languidecer y morir; y la tortuga, esa puritana tranquila que se da el gusto sólo una vez cada dos años y que se queda dormida mientras lo hace y no se despierta en sesenta días. Ninguna señora cabra está libre de violencia ni siquiera en el día sagrado, si hay un señor macho cabrío en tres millas a la redonda y el único obstáculo es una cerca de cinco metros de alto, mientras que ni el señor ni la señora tortuga tienen nunca el apetito suficiente de los solemnes placeres de fornicar para estar dispuestos a romper el descanso de la fiesta por ellos. Ahora, según el curioso razonamiento del hombre, la cabra gana su castigo y la tortuga encomio.
"No cometerás adulterio" es un mandamiento que no establece distingos entre las siguientes personas. A todos se les ordena obedecerlo:
Los niños recién nacidos
Los niños de pecho
Los escolares
Los jóvenes y doncellas
Los jóvenes y adultos
Los mayores
Los hombres y mujeres de 40 años
De 50
De 60
De 70
De 80
De 90
De 100
El mandamiento no distribuye su carga de forma pareja, ni puede hacerlo.
No es difícil para los tres grupos de niños. Es difícil-más difícil- más difícil para los tres grupos siguientes-difícil hasta la crueldad. Felizmente se suaviza para los tres últimos. Ya ha hecho todo el daño que podía hacer, y podría suprimírselo. Pero con una imbecilidad cómica se prolonga aún y pone bajo su aplastante prohibición a las cuatro edades siguientes. Pobres viejos arruinados, aunque trataran no podrían desobedecerlo. ¡Y piensen ustedes-reciben loas porque se abstienen santamente de adulterarse!
Lo cual es absurdo; porque la Biblia sabe lo suficiente para saber que si el más viejo de esos veteranos pudiera recuperar la plenitud perdida por una hora dejaría que el viento se llevara el mandato y arruinaría a la primera mujer con quien se cruzara, aunque fuera una perfecta desconocida.(...)
Durante veintrés días de cada mes (no habiendo embarazo) desde el momento en que la mujer tiene siete años hasta que muere de vieja, está lista para la acción, y es COMPETENTE. Tan competente como el candelero para recibir la vela. Competente todos los días, competente todas las noches. Además QUIERE la vela, la desea, la ansía, suspira por ella, como lo ordena la Ley de Dios en su corazón.Pero la competencia del hombre es breve; y mientras dura es sólo en la medida moderada aplicable a la palabra en el caso de su sexo. Es competente desde la edad de dieciseis o dicisiete años en adelante por treinta y cinco más. Después de los cincuenta su acción es de baja calidad, los intervalos son amplios y la satisfacción no tiene gran valor para ninguna de las partes; mientras que su bisabuela está como nueva. Nada le pasa a ella. El candelero está tan firme como siempre, mientras que la vela se va ablandando y debilitando por las tormentas de la edad, a medida que pasan los años, hasta que por fin no puede pararse y debe pasar a reposo con la esperanza de una feliz resurrección que no ha de llegar jamás.
Por constitución, la mujer debe dejar descansar su fabrica tres días por mes y durante una parte del embarazo. Son épocas de incomodidad, a veces de sufrimiento. Como justa compensación tiene el alto privilegio del adulterio ilimitado todos los otros días de su vida. Esa es la Ley de Dios, revelada en su naturaleza ¿y qué se hace de este valioso privilegio?¿vive disfrutándolo libremente?. No. En ningún lugar del mundo. En todas partes se lo arrebatan. ¿Y quién lo hace?. El hombre. Los estatutos del hombre-si es que la Biblia ES la palabra de Dios. Ahí ven ustedes el poder de razonamiento del hombre. Observa ciertos hechos. Por ejemplo, que en toda su vida no hay un día en que pueda satisfacer a una mujer; asimismo, que en la vida de la mujer no hay un día en que no pueda trabajar más y vencer y poner fuera de combate a diez hombres que se le puedan ofrecer en la cama.(...)
Salomón tenía un gabinete de copulación compuesto de setecientas esposas y trescientas concubinas. Ni para salvar su vida hubiera podido satisfacer siquiera a dos de esas jóvenes criaturas, aun cuando tenía quince expertos que lo ayudaban. Lógicamente las mil pasaban años y años con su apetito insatisfecho. Imagínese un hombre suficientemente cruel para contemplar ese sufrimiento todos los días y no hacer nada por mitigarlo. Maliciosamente hasta agregaba agudeza a este patético sufrimiento; pues mantenía a la vista de esas mujeres, siempre, fuertes guardias cuyas espléndidas formas masculinas hacían que se les hiciera agua la boca a esas pobres muchachitas que no tenían nada con qué sosegarse, pues estos caballeros eran eunucos (un eunuco es una persona cuya vela ha sido apagada mediante un artificio).
(...)




algo muy conmovedoramente escrito por mi querida Natalia Moret, por supuesto de inmediato malinterpretado ( Yo creo que relegas el rol de la mujer al de gallina ponedora, como si no pudieran realizarse sin traer generadores de pánico a perderlos al mundo. Tu propuesta de circunscribir la ley de aborto no punible a la condición de escribir cuentos perfectos es muy poco inclusiva):

Acabo de darme cuenta de que los tres mejores cuentistas argentinos (Borges, Cortázar y Castillo) no tuvieron hijos. Y díganme si en los tres, a su manera, no se nota que no tuvieron hijos. Si no es algo así como condición de posibilidad de su obra, la obra hecha; si no son los tres, a su manera, cuentistas de ideas separados del mundo y de lo real entendido como amenaza, invulnerables de una forma que sólo alguien que no tiene hijos puede llegar a serlo. Sus cuentos son máquinas perfectas, escritos sin miedo (y sin tristeza) en la libertad de un mundo calculable como sólo puede ser un mundo sin hijos. Porque creo que cuando hay hijos hay temor, y las personas nos volvemos cobardes y temerosas y conservadoras y grises. ¿Qué lugar tienen las relaciones afectivas en los cuentos de los tres mejores cuentistas argentinos? Un lugar frío, casi un concepto. ¿Será que el único lazo afectivo real que rompe al individuo es el que nace, unilateralmente, cuando nace un hijo? No sé, pero ahí están de ejemplo los mejores cuentistas estadounidenses, casi sin excepción todos con hijos, todos padres imperfectos (valga el pleonasmo), con sus cuentos imperfectos de pulso tembloroso, sin ideas, porque en el mundo con cuentas que pagar y seres queridos que de un momento a otro pueden desaparecer no hay lugar para las ideas. Ahí están los padres, los creadores del realismo sucio y temeroso, con cuentos habitados por seres pequeños y tristes, dominados, sobre todo, por la emoción más real de todas: el miedo a tener algo hermoso, porque de un momento a otro, sin ningún aviso, lo podemos perder.


Si Boca respeta tanto a los judíos, cómo es que jugó para Boca "La Chancha" Rinaldi?

 Estaban Leonard Bernstein y Herbert von Karajan y Herbert von Karajan dice "soy el mejor director de orquesta, lo sé porque me lo ha revelado Dios". Leonard Bernstein lo mira y le dice: -yo no revelé nada ¿qué decís?
                                     

                                          me parece que está discriminando a los persas: un día sin risas no es un día persa...es obvio que la risa es turca, por eso se dice que la risa es alud...




En "Borges a trasluz", Estela Canto habla de aspectos casi obscenos de Borges. Por ejemplo: que no se bañaba, que le decía que sí se había bañado, pero no se había bañado. Ella, desconfiada, lo olía. Ese sería el origen de los versos "me huele una mujer en todo el cuerpo".

por suerte siguen muriendo a diario muchos argentinos por comer algo que no debían: eso significa que no todos estamos tan endeudados como se dice

¿Qué opinan de llamar a los "hombres feministas", "hembros"?Martincho Brauer a mí me encantaría ser tu "hembro" y que al verme me grites extasiada "mi hembro, mi hembro"...pero no sé hasta qué punto eso combate la cosificación y el estereotipo...

                                                               

la película iraní no tuvo éxito comercial en Europa ni EEUU pero recuperó el costo de producción en el mercado del público caracol, donde la considerada por la crítica "de una lentitud exasperante" se vivió como "acción frenética que no da pausa"

El entrañable Sebastian Kleiman acomete otra de sus desopilantes intervenciones a un cuento de Borges y ajusticia al psicoanálisis: 
Los psicólogos
Terminado el jardín, aprobadas las escuelas primarias y secundarias, y recibido el diploma universitario, entraron a tallar los Unos en las libretas del primer curso de posgrado en Psicoanálisis de la Universidad Nacional de Berazategui. Los alumnos rompieron entonces los libros incomprensibles y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su Dios Freud, un ateo judío de Viena. Ardieron palimpsestos y mamotretos de Lacan, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza de unos negros atados parisinos (Parisiennes), perduró casi intacta la trigésima traducción a un francés inteligible de la duodécima versión corregida de los apuntes manuscritos del vigésimo primer seminario de Lacan que narra que Él enseñó en París que, aun cuando no existan dos pacientes iguales, aun cuando haya dos tratamientos similares en este mundo, de todas formas ninguna sesión de psicoanálisis puede durar más de veinticinco minutos y ningún tratamiento, menos de un cuarto de siglo. El texto que las llamas perdonaron gozó de una veneración especial en aquella remota universidad de provincia y quienes allí lo leyeron y releyeron dieron en olvidar que, fiel a su costumbre, el autor declaró esta doctrina con el solo propósito de poder confutarla en un seminario posterior o en la esperanza de ser invitado a defenderla en alguna universidad de los Estados Unidos. Unas décadas más tarde, Jacques-Alan Miller, coadjutor del legado de Lacan para París y el corredor norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, supo que a orillas del río Hudson, en la isla de Manhattan, la novísima secta de los conductistas (llamados también anglosajones) profesaba que la mente del hombre es tan inextricable como la de los primates de los que éste desciende y que el único inconsciente que existe, amén del psicólogo que accede a fiar a su paciente un importe mayor al de una sesión, es aquel otro colega que pretende curar a un ser humano mediante la palabra, bajo la premisa de que éste puede llegar a ser distinto de lo que haya sido y de lo que será. En las prestadoras de medicina prepaga, la veloz rueda y el conejillo de indias de los conductistas pronto habían desplazado al lento y oneroso diván. Todos los psicoanalistas temían, pero todos se confortaban con el rumor de que Colette Soler, que se había distinguido por un tratado sobre el séptimo seminario consagrado por Lacan a elucidar una nota al pie de página de Freud, iba a impugnar tan abominable herejía. 
Miller deploró esas nuevas. Sabía que, en Psicología, no hay novedad que no entrañe riesgo para el bolsillo del terapeuta; luego reflexionó que la tesis de una terapia tan corta era demasiado disímil, demasiado poco redituable y extremadamente corta para que el riesgo fuera grave. (Las herejías que debemos temer son las que pueden retener al paciente durante una larga temporada en el consultorio de un rival, no las que lo devuelven tan pronto al trabajo). Más le dolió la intervención —la intrusión— de Colette Soler. Dos años atrás, con su diáfana traducción de los escritos de Lacan a un francés libre de galimatías, ésta había usurpado aquel asunto con el que lucraba Miller; ahora, como quien no quiere la cosa, iba a rectificar, probablemente con argumentos de Pedro Grullo, a los heréticos anglosajones… Esa noche, Miller pasó las horas pendiente de la posible cesación de pagos de un paciente cuya sesión semanal de once minutos le reportaba dinero suficiente para costear el colegio inglés de sus nietos; la noticia le pareció un pronóstico desfavorable; resolvió adelantarse a Colette y refutar a los herejes de la rueda y los conejillos de Indias.
Hay quien busca el amor de una mujer para deslindarse de los quehaceres domésticos, para no pensar más listas de supermercado; Miller, por su parte, quería superar a Soler para curarse del rencor que ésta le infundía, y porque, a decir verdad, no tenía ningún otro asunto más urgente ni interesante sobre el tintero. Atemperado por primera vez en mucho tiempo por el mero trabajo, por la fabricación de neologismos y la invención de injurias, pudo olvidar ese rencor. Erigió, comme d’habitude, vastos e inextricables períodos, estorbados de tautologías, donde la negligencia y el solecismo parecían un homenaje a su mesiánico mentor francés. De la cacofonía hizo un instrumento. Previó que Soler fulminaría a los anglosajones con su arrogancia francesa; optó, para no coincidir con ella, por el parvo inglés de los turistas japoneses. Agustín, un psicoanalista argentino, había escrito que Lacan es la vía sinuosa que exime a los terapeutas de adoptar un criterio común para tratar a todos los pacientes; Miller, laboriosamente trivial, equiparó a estos últimos, por su tozudez, a las suegras, a los confianzudos, a los jefes tiranos y a los amigos envidiosos que ven dos piscinas en el jardín del vecino, dos coches importados en sus garajes y dos mujeres en sus alcobas. Como todo psicoanalista poseedor de una biblioteca, se sabía culpable de no conocerla más allá del anaquel donde se amuchaban los tomos de Freud, los seminarios de Lacan y las insondables ediciones de sus incontables exégetas. Esa controversia le permitió cumplir con muchos libros publicados por discípulos suyos que no cesaban de reprocharle su incuria. Así pudo engastar un pasaje de la obra Estos son mis principiis, sino os gusta habemus otriis, de un oscuro psicoanalista del Congo, donde se niega que Jung se haya acostado con una paciente de Freud, y otro, escrito por uno de los miembros fundadores de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, en el que el autor se burla de quienes acuden a terapia con sueños únicos y singulares y reciben unívocas interpretaciones que iteran puntualmente lo mismo. Además, esgrimió contra los conductistas el texto de Plutarco y denunció lo escandaloso de que a un idólatra le valiera más la boleta de Lumen de Edenor que la cuota de su escuela de orientación conductista. Nueve minutos le tomó ese trabajo; al décimo, gmail le remitió una notificación de error en la entrega, y, a renglón seguido, un correo electrónico con la refutación de Colette Soler.
Era casi irrisoriamente breve y clara y concisa; Miller la miró con desdén y luego con temor. La primera parte glosaba los versículos terminales de la quinta versión del noveno seminario de Lacan, donde se dice que Él no fue acribillado por ninguno de sus alumnos por la sencilla razón de que nunca había aprendido suficiente inglés como para dar clases en los Estados Unidos, pero que más de un alumno había contemplado suicidarse al tratar de comprender los apuntes tomados en clase. La segunda alegaba el precepto bíblico sobre las vanas interpretaciones de los gentiles que pondera que en el universo no hay dos casos iguales, y que, por lo tanto no puede establecerse una tarifa única para todos los pacientes. Colette Soler declaraba que tampoco hay en el mundo dos almas libres de neurosis y que el paciente más vil y canalla es, así y todo, precioso y digno de la mala sangre que se hace el psicoanalista. El pase de uno solo de nuestros discípulos (afirma) pesa más en nuestra reputación que los nueve anteriores que fueron rechazados, y trasoñar que una sesión puede perderse y recuperarse más adelante sin pagar los intereses que corresponden al tiempo transcurrido entre la sesión original y la compensatoria es una aparatosa frivolidad. El tiempo no rehace los pacientes que perdemos. Y la eternidad no guarda nuestros casos clínicos para la gloria de la literatura sino para los expedientes judiciales. El tratado era límpido, universal; no parecía redactado para una persona concreta (el propio autor) o un círculo exclusivo de iniciados sino para cualquier hombre con la vista sana y una mínima comprensión lectora.
Miller sintió una humillación casi física. Pensó destruir o reformar su propio trabajo, luego, con morosa probidad, lo mandó al congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis sin modificar una coma. Meses después, cuando se juntó el concilio que él mismo presidía, el psicólogo encargado de impugnar los errores de los anglosajones fue (previsiblemente) Colette Soler; su docta y mesurada refutación sirvió para que Skinner, heresiarca conductista, perdiera su licencia. Lo que acabáis de hacer conmigo es el único tipo de inconsciencia que existe. No retiráis una licencia sin antes resarcir al psicólogo por lucro cesante. Si aquí reuniera todas las licencias que me han sido quitadas, he perdido o he dejado expirar, no cabrían en la tierra. Esto lo dije muchas veces. Después Skinner gritó, porque le habían desconectado el micrófono.
Cayó la rueda de los conejillos ante el diván, pero Miller y Soler prosiguieron su batalla secreta. Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban los mismos honorarios y guerreaban contra la misma clase de pacientes (pacientes de una misma clase), pero Miller no escribió una palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Soler. Su duelo fue público y transparente; si los copiosos índices no me engañan, Miller no dejó de injuriar el nombre de Soler siquiera en una de las incontables parrafadas de sus demasiados volúmenes que atesora la biblioteca de la Escuela de Orientación Lacaniana. (De las obras de Soler, solo perdura allí una fotocopia con veinte puteadas suyas contra Miller, todas ellas ex abruptus). Los dos desaprobaban los anatemas de Jorge Bunge; los dos persiguieron a los matemáticos que negaban la generación eterna de inexactitudes algebraicas de Lacan; los dos atestiguaron la ortodoxia de la Topografía Freudiana, que enseña que el cerebro de la mayoría de los pacientes es cuadrangular como los antiguos torneos de verano. Desgraciadamente, por los cuatro ángulos del Arco de Triunfo cundió otra tempestuosa herejía. Oriunda de Nueva York o de San Francisco (porque los testimonios difieren y no muchos psicoanalistas son capaces de ubicar esas ciudades en el mapa de los Estados Unidos), infestó las provincias meridionales y erigió consultorios en el mismísimo barrio de Palermo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Parecía estar en todas partes; se dijo que en la diócesis de ese barrio habían retirado los divanes y que la imagen de Freud había sido suplantada por la de Bill Gates. La CPU y el monitor eran emblemas de los nuevos cismáticos.
La historia los conoce por muchos nombres (cognitivos, dualistas, materialistas metafísicos), pero, de todos, el más recibido es histriones, que Miller les dio en represalia por el mote (Salieri de Charlacán) que ellos le habían impuesto unos meses antes. No hay heresiólogo Freudiano que con estupor no refiera sus desaforadas costumbres. Muchos histriones forzaron a sus pacientes a profesar el ascetismo para no interrumpir el tratamiento, alguno les mutiló el codo, para fomentar su liberalidad; otros instalaron sus consultorios en yates, para no pagar impuestos. Del incremento sutil de los honorarios pasaban, muchas veces, al robo a mano armada; ciertas comunidades de pacientes toleraban la injuria; otros, directamente, la sodomía psicológica que les propinaban con sus intervenciones bestiales. Todas eran blasfemas; no solo maldecían del Freud Judío, sino de las arcanas divinidades de su propio panteón de gentiles. Maquinaron libros de autoayuda, cuya desaparición celebran los acólitos ortodoxos.
En los manuales de Kapelusz está escrito que lo que hay debajo de la consciencia es todavía más espeluznante que lo que ésta suele expresar en voz alta a plena luz del día. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Don Mateo, el psicólogo que brindaba servicios simultáneos de psicoanálisis y corte de pelo, (perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a los pacientes que cancelan con aviso), para demostrar que la tierra influye en el cielo (aunque, una vez muerto, nadie haya podido llevarse un solo centavo allí arriba). Quizá contaminados por el binarismo de las computadoras, imaginaron que todo hombre es dos hombres, y que a los psicólogos siempre les toca bailar con el más feo. También imaginaron que nuestros actos provocan una reacción negativa en nuestros cónyuges, de modo que si velamos ellos duermen, si buscamos fornicar ellos fingen ser castos, si pretendemos ahorrar, el otro se muestra liberal. Muertos, nos llorarán y solo entonces reconocerán que no éramos tan repulsivos. Otros histriones discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la cifra de los prestadores médicos autorizados por las prepagas; ya sin lugar para todos, el justo debe eliminar a los más infames, para que estos no manchen el porvenir de la profesión. Este artículo fue negado por otras sectas, que defendieron que la historia de la zoología debe cumplirse en cada psicólogo. Los más, deberán transmigrar por muchos cuerpos de animales antes de dar por finalizado un solo tratamiento; algunos, los lacanianos a ultranza, “en el término de una sola sesión son leones para cobrar, dragones para fumar, jabalíes para las bromas, medusas para guardar secretos y corales para los deportes. Demóstenes refiere la purificación por el fango a que eran sometidas algunas profesionales ligeras de cascos; los ultralacanianos, analógicamente, buscaron la purificación por el mal. Entendieron que nadie saldrá del consultorio hasta pagar el último centavo (Lacan 12:59) y sabían embaucar a los pacientes con esté versículo: “Usted ha venido para que tengamos vida los psicólogos, y para que la tengamos en abundancia” (Lacan 10:10). También decían que no ser malvado y cruel es una soberbia del coaching y del yoga. Muchas y divergentes mitologías urdieron, por su parte, los histriones; unos predicaron las sesiones exprés; otros, las interminables, todos, la confusión. Juan Macanudo, histrión de Palermo, negó todas las fábulas de Freud; dijo que cada hombre es una máquina más compleja que un acelerador de partículas, y que fútil resulta todo intento por comprenderlo.
Los herejes de la diócesis de Miller eran de los que afirmaban que el tiempo de la sesión no tolera la repetición de anécdotas, no de los que afirmaban que toda intervención del psicólogo debe verse necesariamente reflejada en la conducta del paciente. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades parisinas, Miller la mencionó. El pelado que recibió el informe era confesor de su propia meretriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le vedaba las íntimas delicias de la ética profesional. Su secretario gozaba del renombre de puntualísimo excomulgador de lacanianos heterodoxos; Miller agregó una exposición de la herejía histriónica tal como esta se daba en las megalópolis de Chicago y Boston. Redactó unos párrafos; cuando quiso escribir la tesis atroz de que puede llegar a ser que existan dos pacientes con una patología similar, se le acabó la tinta de la estilográfica. Tomó un bolígrafo pero no dio pie con bola; las admoniciones de la nueva doctrina (« ¿Quieres ver la fortuna que no vieron ojos humanos? Atiende únicamente pacientes privados. ¿Quieres oír lo que los oídos de ningún psicoanalista oyeron? Abre un consultorio en un pueblito del interior o en una villa miseria. ¿Quieres tocar a una paciente? No lo hagas a lo indio; hazlo, eso sí, con carpa, solapadamente, mientras le señalas la solapa de un libro de filosofía. Verdaderamente digo que Freud creó un nuevo mundo, tan antiguo y provechoso como el descubierto por Cristóbal Colón») eran harto complicadas y excesivamente metafóricas para su pluma. De pronto, una oración de quince gerundios se presentó a su espíritu. La escribió gozoso; inmediatamente después, lo inquietó la sospecha de que era de Lacan. Al día siguiente, recordó que la había leído hacía muchos años en el tratado de Colette Soler. Verificó la cita; ahí estaba. La incertidumbre lo atormentó. Variar o suprimir esas palabras era correr el albur de un nuevo solecismo; dejarlas era plagiar a una mujer que aborrecía; indicar la fuente, era denunciarla. Implora el socorro de Freud. Hacia el principio del segundo crepúsculo, un guardia del hospital frenopático donde reclutaba psicólogos residentes para sus grupos de estudio le dicta una solución intermedia. Miller conservó las palabras, pero le antepuso este aviso: lo que ladran ahora los heresiarcas para confusión del psicoanálisis, lo dijo en este siglo una psicoanalista doctísima, con más ligereza que culpa. Después, ocurrió lo temido, lo esperado, lo inevitable. Miller tuvo que aclarar quién era esa psicoanalista; Colette Soler fue acusada de profesar opiniones heréticas.
Cuatro meses después, un dentista de Lugano, alucinado por los engaños de los histriones, cargó sobre los hombros de su hijito el mandato de hacer dinero. El niño que había en el niñito murió; el horror engendrado por ese crimen impuso una intachable severidad a los jueces de Colette. Ésta no supo, no pudo, no quiso retractarse; repitió que negar su proposición era incurrir en el pestilencial tedio de los monótonos psicoanalistas freudianos. No entendió (no quiso entender) que hablar de los monótonos freudianos era hablar de lo ya olvidado. Con insistencia algo senil, prodigó los períodos más brillantes de sus viejas polémicas; los jueces ni siquiera oían lo que los arrebató alguna vez. En lugar de tratar de purificarse de la más leve mácula de histrionismo, se esforzó en demostrar que la proposición de que la acusaban era lacanianamente ortodoxa. Discutió con los hombres de cuyo fallo dependía su suerte y, al igual que Sócrates, cometió la torpeza de hacerlo con ingenio y con ironía. El diecisiete de octubre, al cabo de una bizantina discusión con un mozo de bar sobre las supuestas bondades del populismo argentino, se enteró por whatsapp que habría de ser excomulgada de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Miller presenció la ejecución, porque no hacerlo era confesarse culpable. El lugar del suplicio era la sala de conferencias. Un miembro leyó la sentencia del tribunal. Bajo el sopor de las doce, Colette yacía con el semblante sobre el escritorio, lanzando bestiales bostezos. Arañaba los sesenta años, pero los verdugos lo mismo desnudaron sus secretos como si se tratara de mujer de veintiocho en pleno pase. En la cabeza le pusieron unas orejas de burro untadas con manteca; al lado, un ejemplar de su apócrifo tratado. Colette Soler rezó en francés, y en inglés, un idioma que sonaba todo como griego allí, según el testimonio del único psicoanalista norteamericano presente. La portera iba llevándosela a la rastra cuando Miller se atrevió a alzar los ojos. Miller vio por última vez el semblante de la odiada. Le recordó el de una actriz, pero no pudo precisar de cuál se trataba. Después, cuando la portera y Soler se perdieron, comprendió que era el de la Coca Sarli exclamando ¿Qué pretende usted de mí?
Plutarco ha referido que fue Falcioni el Julio Cesar que lloró en Pompeya el descenso de Deportivo Riestra a la quinta división; Miller no lloró la excomulgación de Soler, pero sintió lo que sentiría un hombre que sufre de hemorroides luego de ingerir unos chiles mexicanos. En París, en Buenos Aires, en Nueva York, dejó que los pacientes envejecieran sobre el diván, cobrándoles enormes sumas simbólicas (en bitcoins). Buscó los arduos límites de la banlieue parisina, las torpes ciénagas que hay en la rive droite del Riachuelo y los contemplativos baldíos del Bronx, en la esperanza de que un afroamericano lo ayudara a entender su destino a punta de pistola. En una celda del hospital frenopático, en la noche llena de cargadas, repensó la compleja acusación contra Colette Soler y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más le costó justificar su tortuosa denuncia. En el barrio judío del Vaticano, predicó el anacrónico sermón de Freud Luz de mi bengala. En Lucerna (valga la redundancia), en una de las mansiones que había alquilado uno de sus pacientes con el dinero ahorrado gracias a la interrupción de su tratamiento, lo sorprendió una noche un negro afroeuropeo. Recordó que en una noche romana a Colette, también, la había sorprendido otro negro invisible, desnudo en la oscuridad. Miller esbozó una interpretación psicoanalítica de los motivos que lleva al pobre a que en su camino delinca; la perorata incendió la paciencia del afroeuropeo en pelotas y Miller se las vio negras. Al menos pudo morir como siempre había soñado: solo y a oscuras.
El final de la historia solo es referible en significantes, porque en el reino de los cielos psicoanalíticos no existen los significados y está prohibido utilizar el significante palabra. Tal vez cabría decir que Miller conversó con Freud y que Éste se interesó tan poco en las diferencias conceptuales de sus fieles que lo tomó por Colette Soler. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión en la divina mente del Padre del Psicoanálisis. Más correcto es decir que para la insondable divinidad del Psicoanálisis, él y Colette Soler (el ortodoxo y la hereje, el aborrecedor y la aborrecida, el acusador y la víctima) formaban un solo psicólogo.
  







Denuncian como "machista" al concurso de la Reina de la Belleza de los productores de soja, "Miss Sójina": -no somos un pedazo de carne



Bogart era un machirulo con peluquín ¿ o no dijo "nacés , crecés, te desarrollás, capaz no te realizás como mujer: siempre tendremos "parís"?
por fin tenemos un presidente que no solo toma plena conciencia de la realidad, sino que ve lo que hay detrás de ella: "Gallardo es un culón"
si algo que parecía una oportunidad al final era mentira resulta que es calva y tiene patas cortas

estoy escribiendo una trilogía cuyos títulos son: 1) "El tiempo nos sobra" 2) "El tiempo nos obra" 3) "El tiempo no sobra"

a mí no me gusta que diga que es el día del bancá a Rio...yo voy a bancar a Galicia, a Itaú y llegado el caso a Santander Río también, a todos por igual


está quien disfruta el juego de palabras y está quien lo disverdura


toda reunión después de un tiempo te puede poner nerviosa, pero es un poco machista atribuirlo todo a eso...





La Orquesta Afónica Nacional, comprometida a enarbolar la causa de "los sin voz", volvió a sufrir un revés tras las denuncias del Inadi de haberse presentado el pasado domingo misóginamente con un grupo de "violines" que remitían inequívocamente a una celebración del atentado sexual contra la mujer. El regisseur, Juan Sebastián Trombetta, insistió en que "La pájara de fuega" en versión corregida por Fernando Niembro en modo alguno promovía una burla hacia los desocupados (por la flagrante presencia del "contrabajo") ni aludía a que gran parte de las mujeres está loca (al llamar a un sector "cuerdas"), ni que se trate de "una campaña perfectamente orquestada" de la que él sería apenas "un instrumento". -¡Ah re! ¡Faaa! ¡A la flauta!-exclamó: -¡todo lo que hace esta orquesta es en procura de construir una mayor armonía!
Pero deconstruir, ni hablar...







Julieta Lugo Sé de una ginecóloga "conchella" jaja destinada. Jajaja
Administrar


Responder1 d

Martin Gabriel Brauer es duro tener un nombre que se preste así a las burlas fáciles pero el mayor dolor es depilarse el ano: https://www.linkedin.com/in/pilar-celano-977b7028/

Cuando entré, la expresión ya estaba hecha. Hoy, de nuestro espacio "alemán animal", presentamos, "me mataste, ni idea, te la debo"

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

la peor opinión es el silencio, salvo...